Williams Tad Añoranzas y Pesares 04 07 y 08 ed bolsillo La Torre del Angel Verde

Tad Williams Añoranzas y Pesares La Torre del Ángel Verde 073 p TIMUN MAS AÑORANZAS Y PESARES 4 volúmenes copyright. TERCERA PARTE La rueda Lágrimas y humo La desnudez desarbolada del Aleo Thrithing le resultaba opresiva; Kwanitupul también le era ajena, pero la había frecuentado desde la infancia y sus ruinosos edificios y abundantes canales le recordaban, un poco al menos, a su hogar de los pantanos.

Incluso en Perdruin, donde había pasado un exilio largo y solitario, proliferaban tanto las murallas constrictivas y las veredas angostas, cuajadas de sombríos escondrijos e impregnadas de lor a salitre, que Tiamak había logrado vivir con sus añoranzas. Pero allí en las praderas se sent(a absolutamente expuesto y fuera de lugar, y la sensación no era agradable. ?Los Que Vigilan Y Dan Forma me han concedido una vida verdaderamente singular —solía decirse—; la más singular, quizá, de entre todos los mios desde que Nuobdig se casó con la Hermana de Fuego. » A veces se solazaba en ese pensamiento; al fin y al cabo, haber sido escogido para acontecimientos tan extraordinarios era una especie de recompensa por los años de incomprensión que su ropio pueblo y los perdruineses le habían demostrado.

No lo habían

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entendido, lógicamente, porque era especial; ¿qué otro wran sabía hablar y escribir las lenguas de las tierras secas como él? No obstante, en los últimos días, rodeado de extraños una vez más y sin saber lo que había sucedido a su pueblo, ese mismo pensamiento lo llenaba d sos momentos, cuando el 2 073 vacío de los aienos paisai esbordaba, baiaba hasta paisajes norteños lo desbordaba, bajaba hasta el rio que atravesaba el campamento y se sentaba a escuchar los sonidos familiares y tranquilizadores del mundo acuático.

Precisamente, regresaba al campamento un poco más animado después de remojar en el Sterflod sus morenos pies a pesar del viento y la baja temperatura del agua, cuando una sombra pasó de largo como un rayo; corría con el cabello claro flotando al viento y se movía con la agilidad de un caballito del diablo, mucho más veloz que cualquier ser humano. Sólo tuvo un instante para seguir con la vista la forma huidiza antes de que otra silueta oscura apareciera detrás. Debía de tratarse de un pájaro grande que volaba a ras de suelo como si persiguiera a la primera.

Se quedó perplejo mirando las dos formas que se perdían colina arriba en dirección al centro del campamento del príncipe y tardó unos momentos en darse cuenta de quién era la sombra primera. «iLa mujer sitha! —exclamó para s[—. ¿Perseguida por un halcón o un búho? » No tenía sentido; aunque, por otra parte, tampoco comprendía a la propia mujer: Aditu, se llamaba. Jamás había visto a nadie semejante y además lo atemorizaba un poco. Pero… ¿qué era lo que la perseguía? Por la expresión de su cara habría dicho que huía de algo terrible. ??O se precipitaba hacia algo terrible», puntualizó; se le encogió el estómago. La sitha se dirigía hacia las tiendas. «El Que Siempre Camina Sobre Arena —rezó, al tiempo que reemprendía la marcha—, protegedme; libradnos a todos del mal. —El corazón le latía desbocado, mucho más ráp 3 073 marcha—, protegedme; libradnos a todos del mal. —El corazón le latía desbocado, mucho más rápido que sus pies Qué año tan funesto! » Al llegar a las primeras tiendas, se tranquilizó un poco; todo estaba en calma, y algunas hogueras ardían aún.

Pero la quietud ra excesiva, se dijo al momento siguiente. A pesar de la hora tardía, faltaba mucho para la medianoche y deberla haber habido gente por los alrededores, o, al menos, oírse ruido de los que todavía no se hubieran acostado. ¿Qué sucedía? Había pasado ya un rato desde que había visto al pájaro en vuelo rasante y ahora estaba seguro de que se trataba de un búho; arrastrando una pierna y resollando, continuó hacia el punto por donde lo había visto desaparecer. La pierna herida no estaba acostumbrada a los esfuerzos y le ardía, le palpitaba, pero puso todo su empeño en olvidarse del dolor.

Calma, calma… aquello estaba tan quieto como una alberca estancada. Las tiendas se erguían oscuras y sin vida igual que las lápidas que los habitantes de las tierras secas colocaban en los campos donde enterraban a los muertos. iPor allí! Sintió un calambre en el estómago. iAlgo se movía allí! No muy lejos, una tienda se sacudía como batida por el viento, y dentro se percibía una luz que proyectaba extrañas sombras móviles sobre las paredes. Al mismo tiempo, notó un cosquilleo en la nariz, una especie de ardor impregnado de un olor dulce y almizclado.

Estornudó con na convulsión y estuvo a punto de caer, pero se recuperó antes de tocar el suelo. Se lanzó hacia la tienda, que se agitaba 4 1073 caer, pero se recuperó antes de tocar el suelo. Se lanzó hacia la tienda, que se agitaba entre luces y sombras como si un ser monstruoso estuviera naciendo en el interior. Trató de levantar la voz para advertir de su llegada y dar la alarma, pues sus temores iban en aumento, pero no logró articular sonido alguno; hasta el doloroso resuello de su respiración era apenas un débil suspiro.

La tienda permanecía en un silencio sospechoso; dominando su iedo, retiró la toldilla y se asomó. Al principio no vio más que formas oscuras y luz brillante, casi una reproducción fiel de los juegos de sombras que se percibían desde el exterior. Al cabo de unos instantes, las imágenes en movimiento comenzaron a perfilarse. En el extremo opuesto de la tienda se encontraba Camaris, que debía de haber recibido un golpe porque sangraba por alguna parte de la cabeza y tenía la mejilla y el pelo teñidos de oscuro; se tambaleaba aturdido.

Aun así, doblado y apoyado en la tela para no caer, resistía con la actitud fiera de un oso acosado por perros. No tenía espada pero blandía un madero en la mano y no dejaba de agitarlo adelante y atrás para mantener a raya a una sombra amenazadora y completamente negra, a excepción del destello blanco de las manos y de un objeto que refulgía entre ellas. un bulto aún más inidentificable pataleaba a los pies del anciano, aunque Tiamak creyó entrever otros brazos y piernas vestidos de negro y el nimbo claro del cabello de Aditu.

Un tercer atacante con ropas igualmente oscuras se acurrucaba en una esquina defendiéndose de u S073 Un tercer atacante con ropas igualmente oscuras se acurrucaba n una esquina defendiéndose de una sombra que se abatía y aleteaba. Aterrorizado, quiso gritar para pedir ayuda pero no lo consiguió. A pesar de que los enfrentamientos parecían a vida o muerte, el reducido espacio permanecía en silencio; sólo se oían los escarceos sofocados de los combatientes del suelo y la febril agitación de alas. «¿Por qué no oigo nada? —se preguntó desesperado—. ¿Por qué no puedo emitir ningún sonido? ? Miró al suelo con frenesí en busca de cualquier cosa que pudiera servirle de arma y maldijo el descuido de haber salido de la tienda ue compartía con Strangyeard sin su cuchillo. Sin cuchillo, sin honda, sin dardos… , isin nada! La Que Espera para Llevarnos A Todos había cantado esa noche, sin duda. Algo enorme y blando lo golpeó en la cabeza y lo hizo caer de rodillas, pero cuando levantó la vista los combates continuaban igual, y ninguno cerca de él. El dolor lacerante de la cabeza era más insoportable aún que el de la pierna, y el tufo dulzón se habla intensificado hasta casi asfixiarlo.

Mareado, se arrastró hacia adelante y su mano tropezón con algo duro: la espada del caballero, la negra Espina, envainada todavía. Sabía que pesaba demasiado para sus fuerzas, pero la sacó del revoltijo de ropas y mantas y se puso en pie, tan titubeante como Camaris. ¿Qué era lo que impregnaba el aire? Inesperadamente, el arma se hizo ligera entre sus manos, a pesar de la voluminosa funda y del cinto que la sujetaba. La levantó, avanzó unos pasos y la descargó c 6 073 avanzó unos pasos y la descargó con toda su energía sobre lo que creía la cabeza del contrincante de Camaris.

El impacto le hizo temblar el brazo, pero el atacante no cayó; en cambio, volvió despacio la cabeza, y dos ojos negros y brillantes lo miraron esde un rostro de palidez cadavérica. La garganta se le agitó en una convulsión; aunque hubiera tenido voz no habría logrado emitir un solo grito. Levantó los temblorosos brazos para asestar un segundo golpe, pero la blanca mano de aquel ser, rápida como la luz, lo tumbó de espaldas. La habitación desapareció a sus ojos en un remolino, y Espina salió volando de sus inertes dedos y fue a parar a la hierba que constituía el suelo de la tienda.

Tenia la cabeza pesada como una losa, aunque no notaba el martilleo de la contusión, y comprendió que perdía el sentido. Trató de levantarse de nuevo mas sólo consiguió ponerse de rodillas, y se quedó acurrucado, temblando como un perro enfermo. No podía hablar pero, por desgracia, veía. Camaris se tambaleaba y movía la cabeza de un lado a otro, tan malherido, al parecer, como el propio Tiamak. El anciano intentaba mantener a su enemigo alejado el tiempo suficiente para agacharse a recoger algo del suelo: la espada, según comprendió, aturdido, el wran, la espada negra.

Tanto los cuerpos oscuros y contorsionados de Aditu y su atacante, que se revolcaban por el suelo a sus ples, como su propio contrincante, que no cejaba, impedían al aballero alcanzar el arma. En la otra esquina, un o 7 073 propio contrincante, que no cejaba, impedían al caballero alcanzar el arma. En la otra esquina, un objeto destelló en la mano de uno de aquellos seres pálidos, algo rojo como una media luna de fuego. El brillo escarlata se desplazó, raudo como una serpiente al ataque, y una nubécula de copos oscuros estalló y cayó flotando lentamente. Tiamak reconoció lo que era cuando uno le cayó en la mano: plumas de búho. ?Auxilio. —La cabeza lo atormentaba como si lo hubieran apuñalado—. Necesitamos ayuda; moriremos si no nos socorre lguien. » Por fin, Camaris se agachó hasta casi caerse, recogió la espada y la levantó a tiempo para detener un golpe de su enemigo; ambos se movían en círculo, Camaris tambaleándose y el negro atacante con agilidad y cautela. Volvieron a enzarzarse y el caballero desvió una cuchillada, aunque la hoja le dejó un hilo de sangre en el brazo; con los ojos entrecerrados por el dolor o el agotamiento, retrocedió torpemente para tomar distancia y asestar un mandoble. ?Está herido —se dijo Tiamak con desesperación, el martilleo de la cabeza era cada vez más fuerte—, agonizando, tal vez. ?Por qué no acude nadie? » Se arrastró hacia el gran brasero de carbón, de donde provenía toda la luz. Estaba a punto de desvanecerse como las lámparas de Kwanitupul al amanecer, y sólo el débil retazo de una idea le bailaba en la mente, pero fue suficiente para levantar la mano hacia el brasero de hierro. Cuando sintió en los dedos el calor del objeto, vagamente, como un eco en la distancia, lo empujó.

El brasero cayó y las ascuas se esp 8 073 brasero cayó y las ascuas se esparcieron como una catarata de rubíes. Cuando se derrumbó con un estremecimiento, lo último que vio ue su propia mano ennegrecida y agarrotada como una araña y, detrás, un ejército de llamas diminutas que lamian los bajos de la tela de la tienda. No nos hacen maldita falta más preguntas —rugió Isgrimnur— Tenemos tantas como para llenar tres vidas. il_o que necesitamos son respuestas! ??Estoy de acuerdo con vos, duque Isgrimnur —replicó Binabik con un gesto de incomodidad—, pero las respuestas no son como las ovejas, que acuden cuando las llamas. Josua suspiró y se apoyó en la lona de la tienda de Isgrimnur. Fuera, se levantó un poco de viento que gimió débilmente al ibrar en las cuerdas exteriores. —Sé lo difícil que resulta, Binabik, pero Isgrimnur tiene razón: necesitamos respuestas. Lo que nos habéis contado sobre la Estrella del Conquistador no ha hecho sino arrojar más confusión. Necesitamos saber cómo se utilizan las tres grandes espadas.

Lo único que la estrella nos indica, si es que habéis acertado, es que el tiempo de empuñarlas se nos escapa de las manos. —Ese es el tema que más estudiamos, príncipe Josua —repuso el gnomo—, y creemos que tal vez pronto averigüemos algo, pues Strangyeard ha dado con ciertos datos que pueden ser de gran mportancia. —¿De qué se trata? —inquirió Josua, inclinándose hacia adelante . Cualquier cosa, cualquier asomo nos daría ánimos. —Yo no estoy tan seguro como Binabik, alteza, de que sea de util 1073 cualquier asomo nos daría ánimos.

Yo no estoy tan seguro como Binabik, alteza, de que sea de utilidad —terció Strangyeard, que había permanecido en silencio, un tanto cohibido—. Encontré el primer indicio hace algún tiempo, cuando nos dirigíamos a Sesuad’ra. Strangyeard halló un pasaje escrito en el libro de Morgenes —añadió Binabik— sobre las tres espadas que tanto nos onciernen. —¿Y? —lo apremió Isgrimnur tamborileando con los dedos en su embarrada rodilla; le había llevado un buen rato asegurar las estacas de la tienda en el terreno suelto y blando. ??Lo que Morgenes parece sugerir —dijo el archivista— es que la peculiaridad de las tres espadas… , no; el poder, mejor dicho, consiste en que no pertenecen a Osten Ard. Cada una de ellas, en cierto modo, contraviene las leyes de Dios y de la naturaleza. —¿En qué forma? El principe escuchaba con gran atención; Isgrimnur corroboraba con tristeza que esa clase de especulaciones siempre interesaban ás a Josua que los asuntos menos exóticos relacionados con el gobierno, como el precio del grano, los impuestos y las leyes de la propiedad privada.

Geloé os lo explicaría mejor que yo —añadió Strangyeard, vacilante—. Conoce mejor estas cuestiones. —Ya debería estar aquí —comentó Binabik—; no sé si seria mejor esperarla. Contadme lo que podáis —le instó Josua . El día ha sido muy largo y empiezo a notar el cansancio. Además, mi esposa no se encuentra bien y quiero estar a su lado. —Naturalmente, príncipe Josua. Lo lamento, tenéis razón. — Strangyeard reunió fuerzas—. Según Morgene 0 DF 1073