Vera

Vera gy MatiDT 03, 2010 IS pagos [Cuento. Texto completo] Villiers de L’lsle Adam A la señora condesa d’Osmoy: «La forma del cuerpo le es más esencial que su propia sustancia. » La fisiología moderna El amor es más fuerte que la muerte, ha dicho Salomón: su misterioso poder no tiene límites. Concluía una tarde otoñal en Paris. Cerca del sombr[o barrio de Saint—Germain, algunos carruajes, ya alumbrados, rodaban retrasados después de concluido el horario de cierre del bosque. Uno de ellos se detuvo delante del ortalón de una gran casa señorial, rodeada de un escudo de piedra condes DiAthol: una a divisa Pallida Victri armiño.

Las pesadas oris rella br a del arco destacaba familia de los ndo de azur, con sca forrada de rieron. Un hombre de treinta y cinco años, enlutado, con el rostro mortalmente pálido, descendió. En la escalinata, los sirvientes taciturnos tenían alzadas las antorchas. Sin mirarles, él subió los peldaños y entró. Era el conde D’Athol. Vacilante, ascendió las blancas escaleras que conduc(an a aquella habitación donde, en la misma mañana, había acostado en un féretro de terciopelo, cubierto de violetas, entre lienzos de batista, a su amor voluptuoso y desesperado, a su pálida esposa,

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lo alto, la puerta giró suavemente sobre la alfombra. Él levantó las cortinas. Swlpe to vlew nexr page Todos los objetos permanecian en el mismo lugar en donde la condesa los había dejado la víspera. La muerte, súbita, la había fulminado. La noche anterior, su bien amada se desvaneció entre placeres tan profundos, se perdó en tan exqusitos abrazos, que su corazón, quebrado por tantas delicias sensuales, había desfallecido. Sus labios se mojaron bruscamente con un rojo mortal.

Apenas tuvo tiempo de darle a su esposo un beso de adiós, sonriendo, sin pronunciar una sola palabra. Luego, sus largas pestañas, como cendales de luto, se cerraron para siempre. Aquella jornada sin nombre ya había transcurrido. Hacia el mediodía, después de la espantosa ceremonia en el panteón famillar, el conde D’Athol despidló a la fúnebre escolta. Después solo, encerrase con la muerta, entre los cuatro muros de mármol, y cerró la puerta de hierro del mausoleo. El incienso se quemaba en un trípode, frente al ataúd.

Una corona luminosa de lámparas, en la cabecera de la joven difunta, la aureolaba como estrellas. Él, en pie, ensimismado, con el solo sentimiento de una ternura in esperanza, se había quedado allí durante todo el d[a. Alrededor de las seis, en el crepúsculo, salió del lugar sagrado. Al cerrar el sepulcro, quitó la llave de plata de la cerradura y, empinándose en el último peldaño de la escalinata, la arrojó al interior del panteón. Cayeron sobre las losas interiores a través del trébol que adornaba la parte superior del portal. ?Por qué todo esto…? Con certeza obedecía a la secreta d 2 OF adornaba la parte superior del portal. ¿Por qué todo esto…? Con certeza obedecía a la secreta decisión de no volver allí nunca más. Y ahora, él revisó la solitaria habitación. La ventana, detrás de los amplios cortinajes de cachemira malva, recamados en oro, estaba abierta. un último y pálido rayo de luz del atardecer iluminaba un cuadro envejecido de madera. Era el retrato de la muerta. El conde miró a su alrededor. La ropa estaba tirada sobre un sillón, como la víspera. obre la chimenea estaban las joyas, el collar de perlas, el abanico a medio cerrar, y los pesados frascos de perfume que su amada no aspirar(a nunca más. Sobre el techo deshecho, construido de ébano, con columnas retorcidas, junto a la almohada, en el lugar donde la abeza adorada había dejado su huella, en medio de los encajes, vio el pañuelo enrojecido, por gotas de su sangre cuando su joven alma aleteó un instante. El piano permanecía abierto, a la espera de una melodía inconclusa. Las flores de indiana, recogidas por ella en el invernadero, se marchitaban dentro del vaso de Sajonia.

A los pies del lecho, sobre una piel negra, estaban las pequeñas chinelas orientales, de terciopelo, sobre las que un emblema gracioso resaltaba bordado en perlas: Quien ve a Vera la ama. Los pies desnudos de la bien amada jugaban aún la mañana del día nterior, moviendo a cada paso el edredón de plumas de cisne. Y allá, en la sombra, estaba el reloj de péndulo al que él había roto el resorte para que no sonasen más las sombra, estaba el reloj de péndulo al que él había roto el resorte para que no sonasen más las horas. Así, pues, ella había partido… ¿Adónde?

Vivir ahora, ¿para hacer qué? Era imposible, absurdo… Y el conde se abismó en aquellos pensamientos extraños y sobrecogedores, rememorando toda la existencia pasada. Seis meses habían transcurrido desde su matrimonio. ¿No fue en el extranjero, en el baile de una embajada, donde la vio or primera vez…? Sí, ese instante se recreaba ante sus ojos, pero de forma muy distinta. Ella se le apareció allí, radiante, deslumbrante. Aquella tarde sus miradas se hablan encontrado. Ellos se habían reconocido íntimamente, sabiéndose de naturaleza Igual, y en adelante se amaron para siempre.

Los propósitos engañosos, las sonrisas que observaban, las insinuaciones, todas las dificultades y problemas que opone el mundo para retrasar la inevitable felicidad de aquellos que se pertenecen, se desvanecía ante la certeza que ellos tuvieron, en aquel fugaz instante, de saberse el uno para el otro. Vera, cansada de la insípida ceremoniosidad, de las personas de su entorno, había ido hacia él desde el primer instante, dejando de lado las banalidades donde se pierde el tiempo precioso de la vida. iOh!

Cómo, a las primeras palabras, las tontas ideas de quienes les eran indiferentes, les parecían como el vuelo de los pájaros nocturnos adentrándose en la oscuridad. iQué sonrisas intercambiaban y qué inefables abrazos! Sin embargo, su naturaleza era d 40F iQué sonrisas intercambiaban y qué inefables abrazos! Sin embargo, su naturaleza era de lo más extraña. Eran dos eres dotados de sentidos maravillosos, pero exclusivamente terrestres. Las sensaciones se prolongaban en ellos con una intensidad inquietante, tanto es así que se olvidaban de sí mismos a fuerza de experimentarlas.

Y por el contrario, ciertas ideas, aquellas del alma, por ejemplo, del Infinito, de Dios mismo, estaban como veladas a su entendimiento. La fe de la mayoría de las personas en las cosas sobrenaturales no era para ellos más que algo sorprendente y extraño, una cuestión de la cual no se preocupaban, no considerándose con capacidad para criticar o aprobar. En razón de eso, puesto que reconocían que el mundo les era extraño, se habían aislado, inmediatamente después de haberse unido, en esa vieja y sombría mansión, donde la extensión de los jardines alejaba los ruidos del exterior.

Allí, ambos amantes se sumergieron en ese océano de alegrías lánguidas y perversas donde el espíritu se mezcla con los misterios de la carne. Ellos agotaron las violencias de los deseos, los estremecimientos de la ternura más apasionada, y se convirtieron en el palpitante latido de ser el uno del otro. En ellos, el espíritu se adentraba tan bien en el cuerpo que sus formas arecían compenetrarse, y los besos ardientes les encadenaban en una fusión ideal. iProlongado deslumbramiento! La muerte había destruido el encanto. El terrible accidente los desunía, y sus brazos se desenlaz s OF muerte había destruido el encanto.

El terrible accidente los desunía, y sus brazos se desenlazaban. ¿Qué sombra había atrapado a su querida muerta? iMuerta no! ¿Es que el alma de los violoncelos puede ser arrastrada con el gemido de una cuerda que se quiebra? Transcurrieron las horas. A través de la ventana, él contemplaba cómo la noche se insinuaba en los cielos. Y la noche se le apareció como algo personal. Tuvo la impresión de que era una reina marchando con melancolía en el exilio, y el broche de diamantes de su túnica de luto, Venus, sola, brillaba por encima de los árboles, perdida en el fondo oscuro. -Es Vera —pensó él.

Al pronunciar en voz muy baja su nombre se estremeció como un hombre que despierta. Después, enderezándose, miró en torno suyo. En la habitación, los objetos estaban iluminados ahora por una luz tenue, hasta entonces imprecisa, la de una lamparilla que azulaba las tinieblas, y que la noche, ya alzada en el cielo, hacia aparecer omo si fuese otra estrella. Era esa lamparilla, con perfumes de incienso, un icono, relicario de la familia de Vera. El relicario, de una madera preclosa y vieja, colgaba de una cuerda de esparto ruso entre el espejo y el cuadro. Un ref ejo de los dorados del interior caía sobre el collar encima de la chimenea.

La compacta aureola de la Madona brillaba con hálito de cielo; la cruz bizantina con finos y rojos alineamientos, fundidos en el reflejo, sombreaban con un tinte de sangre las perlas encendidas. Desde la infancia, Vera 6 OF en el reflejo, sombreaban con un tinte de sangre las perlas encendidas. Desde la Infancia, Vera admiraba, con sus grandes ojos, el rostro puro y maternal de la Madona hereditaria. Pero su naturaleza, por desdicha, no podía consagrarle más que un supersticioso amor, ofrecido a veces, ingenua y pensativamente, cuando pasaba por delante de la lámpara.

Al verla, el conde, herido de recuerdos dolorosos hasta lo más recóndito de su alma, se enderezó y sopló en la luz santa, para luego, a tientas, extendiendo la mano hacia un cordón, hacerlo sonar. Apareció un sirviente. Era un anciano vestido de negro. Llevaba un candelabro que colocó delante del retrato de la condesa. Cuando se volvió, el hombre slntió un escalofr(o de terror supersticioso al ver a su amo de pie y tan sonriente como si nada hubiera sucedido. -Raymond -dijo tranquilamente el conde-, esta tarde, la condesa y yo nos sentimos abrumados de cansancio. Servirás la cena hacia las diez de la noche.

Y a propósito, hemos resuelto aislarnos aquí durante algun tiempo. Desde mañana, ninguno de mis sirvientes, excepto tú, debe pasar la noche en la casa. Les entregarás el sueldo de tres años y les dirás que se vayan. Atrancarás después el portal, encenderás los candelabros de abajo, en el comedor. Tú nos bastarás puesto que en lo sucesivo no recibiremos a nadie. El mayo domo temblaba y le miraba con atención. El conde encendió un cigarro y descendió a los jardines. El sirviente pensó primeramente que el dolor, demasiado agudo y cigarro y descendió a los jardines.

El sirviente pensó primeramente que el dolor, demasiado agudo y desesperado, había perturbado el espíritu de su amo. Él le conocía desde la infancla y comprendló al instante que el choque de un despertar demasiado súbito podía serle fatal a ese sonámbulo. Su primer deber consistía en respetar aquel secreto. Inclinó la cabeza. ¿Una abnegada complicidad a ese sueño religioso? ¿Obedecer…? ¿Continuar sirviéndoles sin tener en cuenta a la muerte? iQué idea tan extraña! ¿Podría además sostenerse por más tiempo que una noche? Mañana, mañana… iAy! Pero, ¿quién sabe…? iQuizá!

Después de todo era un proyecto sagrado… ¿Con qué derecho reflexionar sobre ello? Salió del cuarto. Ejecutó las órdenes al pie de la letra y aquella misma tarde comenzó la insólita experiencia. Se trataba de crear un terrible espejismo. El embarazo de los primeros días se borró súbitamente. Al principio con estupor, pero luego por una especie de deferente ternura, Raymond se las ingenió tan bien para parecer natural que aún no habían transcurrido tres semanas cuando por momentos él mismo se sentía engañado por su buena voluntad. No había lugar para segundas interpretaciones.

A veces, experimentando una especie de vértigo, tenia la necesidad de decirse a sí mismo que la condesa estaba realmente muerta. Se dejó arrastrar a ese juego fúnebre olvidándose a cada instante de la realidad. Y muy pronto tuvo necesidad en más de una ocasión de reflexionar para convencerse y ealidad. Y muy pronto tuvo necesidad en más de una ocasión de reflexionar para convencerse y rehacerse. Comprendió pronto que de seguir así no tardaría en abandonarse por completo al espantoso magnetismo a través del cual el conde iba impregnando paulatinamente la atmósfera que les rodeaba.

Tenía miedo, un miedo indeciso, suave. D’Athol, en efecto, vivía sumido en la inconsciencia de la muerte de su bien amada. No podía más que tenerla siempre presente, a tal punto la memoria viva de la joven dama estaba mezclada con la suya. En ocasiones se sentaba en un banco del jardín, los días e sol, leyendo en voz alta las poesías que ella prefería, o bien, en la tarde, delante del fuego, las dos tazas de té sobre una mesita, conversaba con la Ilusión sonriente, sentada, a sus ojos, en el otro sillón.

Las noches, los días, las semanas, transcurrieron en un soplo. Ni el uno ni el otro sabían lo que estaban haciendo. Y se producían unos fenómenos singulares que hacían que resultase cada vez más difícil distinguir cuándo lo imaginario y lo real se hacían idénticos. Una presencia flotaba en el aire: una forma se esforzaba por manifestarse, por hacerse ver, plasmándose en el espacio indefinible. D’Athol vivía doblemente iluminado.

Un semblante suave y pálido, entrevisto como un relámpago, en un abrir y cerrar de ojos; un débil acorde que hería de repente el piano; un beso que le cerraba la boca en el momento en que se disponía a hablar, pensamientos femeninos que aparecían en él como re el momento en que se disponía a hablar, pensamientos femeninos que aparecían en él como respuesta a lo que decía, un desdoblamiento de sí mismo que le llevaba a percibir como en una niebla fluida, el perfume vertiginosamente dulce de su bien amada muy próximo a él.

Y por la noche, entre la vigilia y l sueño, las palabras oídas muy quedas le conmovían. iEra una negación de la muerte elevada, por fin, a un poder desconocido! Una vez, DAthol la vio y sintió tan cerca de él que la tomó en sus brazos, pero ese movimiento hizo que desapareciera. -iChiquilla! -murmuró él, sonriente. Y se adormecía como un amante ofendido por su amada risueña y adormilada.

El día de su cumpleaños colocó, como una broma, una flor de siemprevivas en el ramillete que depositó encima de la almohada de Vera. -Puesto que ella se cree muerta… -murmuró él. Gracias a la profunda y todopoderosa voluntad del señor D’Athol ue, a fuerza de amor, forjaba la vida y la presencia de su mujer en la solitaria mansión, esta existencia había acabado por llegar a ser de un encanto sombrío y seductor.

El mismo Raymond ya no experimentaba temor y se acostumbraba a todas aquellas circunstancias. Un vestido de terciopelo negro entrevisto al girar un corredor, una voz risueña que le llamaba en el salón; el sonido de la campanilla despertándole por la mañana, como antes, todo esto llegaba a hacérsele familiar. Se hubiera dicho que la muerta jugaba en lo invisible, como una chiquilla. iSe sentía amada de tal modo que result