Varios

Varios gyTHEOVlLLON 15, 2011 6 pagos l. HOMBRES Y SOMBRAS Desprovistos de alas y de penacho, los caracteres mediocres son incapaces de volar hasta una cumbre o de batirse contra un rebaño. Su vida es perpetua complicidad con la ajena. Son hueste mercenaria primer hombre firme que sepa uncirlos a su yugo. Atraviesan el mundo cuidando su sombra e ignorando su personalidad. Nunca llegan a vidualizarse: ignoran el placer de exclamar «yo soy», frente a los de más. No existen solos. Su amorfa estructura los obliga a borrarse una raza, en un pueb bandería: siempre a embadurn

Y pre- juicios, consolidados camino e orfi to View nut*ge nt secta, en una todas las doctrinas edran. Siguen el de las menores resistencias, nadando a favor de toda corriente y riando con ella; en su rodar aguas abajo no hay mérito: es simple inca- pacidad de nadar aguas arriba. Crecen porque saben adaptarse a la hipocresía social, como las lombrices a la entraña. Son refractarios a todo gesto digno; le son hostiles. Conquistan «honores» y alcanzan «dignidades», en plural; han inventado el Incon- cebible plural del honor y de la dignidad, por definición singu ares nflexibles. Viven de los demás y para los demás:

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sombras de una emoción.

Todo es, en ellos, prestado. Los caracteres excelentes ascienden a la propia dignidad nadando contra todas las corrientes rebajadoras, cuyo reflujo resisten con tesón. Frente a los otros se les reconoce de inmediato, nunca borrados por esa brumazón moral en que aquéllos se destiñen. Su personalidad es todo brillo y arista: «Firmeza y luz, como cristal de roca», breves palabras que sintetizan su definición perfecta. No la dieron mejor Teofrasto o gruyére. Han creado su vida y servido un Ideal, erseverando en la ruta, slntiéndose dueños de sus acciones, templándose por grandes esfuerzos: seguros en sus creencias, leales a sus afectos. ieles a su palabra. Nunca se obstinan en el error, ni traicionan jamás a la verdad. Ignoran el impudor de la inconstancia y la insolencia de la ingratitud. Pujan contra los obstáculos y afrontan las dificultades. Son respetuosos en la victoria y se dgnifican en la derrota como para ellos la belleza estuviera en la lid y no en su resultado. Siempre, invariablemente, ponen la mirada alto y lejos; tras lo actual fugitivo ivisan un Ideal más respetable cuanto más distante. Estos optimates son contados; cada uno vive por un millón.

Poseen una firme línea moral que les sirve de esqueleto o armadura. Son alguien. Su fisonomía es la propia y no puede ser de nadie más; son inconfundibles, capaces de imprimir su sello indele ciativas fecundas. Las de imprimir su sello indeleble en mil iniciativas fecundas. Las gentes domesticadas los temen, como la llaga al cauterio; sin advertirlo, pero, los adoran con su desdén. Son los verdaderos amos de la socie- dad, los que agreden el pasado y preparan el porvenir, los que estruyen y plasman. Son los actores del drama social, con energía inagotable.

Poseen el don de resistir a la rutina y pueden librarse de su tiranía niveladora. por ellos la Humanidad vive y progresa. Son siem- pre excesivos; centuplican las cualidades que los demás sólo poseen en germen. La hipertrofia de una idea o de una pasión los hace inadapta- bles d su medio, exagerando su pujanza; mas, para la sociedad, realizan una función armónica y vital. Sin ellos se inmovilizaría el progreso humano, estancándose como velero sorprendido en alta mar por bonanza. De ellos, solamente de ellos, suelen ocuparse la historia arte, interpretándolos como arquetipos de la Humanidad.

El hombre que piensa con su propia cabeza y la sombra que re- fleja los pensamientos ajenos, parecen pertenecer a mundos distintos. Hombres y sombras: difieren como el cristal y la arcilla. El cristal tiene una forma preestablecida en su propia composi- ción química; cristaliza en ella o no, según los casos; pero nunca toma- rá otra forma que la propia. Al verlo sabemos que lo es, inconfundiblemente. De ig ue el hombre superior es 31_1f6 inconfundiblemente. De igual manera que el hombre superior es pre uno, en sí, aparte de los demás.

Si el clima le es propicio conviérte_ se en núcleo de energías sociales, proyectando sobre el medio sus características propias, a la manera del cristal que en una solución saturada provoca nuevas cristalizaciones semejantes a sí mismo, crean- do formas de su propio sistema geométrico. La arcilla, en cambio, carece de forma propia y toma la que le . imprimen las circunstanclas exteriores, los seres que la presionan o las cosas que la rodean; conser- va el rastro de todos los surcos y el hoyo de todos los dedos, omo la cera, como la masilla; será cúbica, esférica o piramidal, según la delen.

Así los caracteres mediocres: sensibles a las coerciones del incapaces de servir una fe o una pasión. medio en que viven, Las creencias son el soporte del carácter; el hombre que las posee firmes y elevadas, lo tiene excelente. Las sombras no creen. La perso- nalidad está en perpetua evolución y el carácter individual es su delica- do instrumento; hay que templarlo sin descanso en las fuentes de cultura y del amor. Lo que heredamos implica cierta fatalidad, que ducación corrige y orienta.

Los hombres están predestinados a servar su línea propia entre las presiones coercitivas de la sociedad; las sombras no tienen resiste an a las demás hasta resistencia, se adaptan a las demás hasta desfigurar- se, domesticándose. El carácter se expresa por actividades que consti- tuyen la conducta. Cada ser humano tiene el correspondiente a creencias; si es ‘firmeza y luz», como dijo el poeta, la firmeza está los sólidos cimientos, de su cultura y la luz en su elevación moral.

Los elementos intelectuales no bastan para determinar su rienta ción; la febledad del carácter depende tanto de la consistencia moral como de aquéllos, o más. Sin algún ingenio, es imposible ascender por los senderos de la virtud; sin alguna virtud son inaccesibles los ingenio. En la acción van de consuno. La fuerza de las creencias está en no ser puramente racionales; pensamos con el corazón y con cabeza. Ellas no implican un conocimiento exacto a de la realidad; son simples juicios a su respecto, susceptibles de ser corregidos o reempla- zados.

Son instrumentos actuales; cada creencia es una opinión contin- ente y provisional. odo juicio implica una afirmación. Toda negación es, en sí mismo, afirmativa; negar es afirmar una negación. La actitud es idéntica: se cree lo que se afirma c se niega. Lo contrario de la afirmación no es la negación, es la duda. Para afirmar o negar es indispensable creer. Ser alguien es creer intensamente; pensar es creer; amar es creer; odiar es cre creer. Las creencias son los móviles de toda actividad humana.

No ne- cesitan ser verdades: creemos con anterioridad a todo razonamiento y cada nueva noción es adquirida a través de creencias ya reformadas. La duda debiera ser más común, escaseando los criterios de certidum- bre lógica; la primera actitud, sin embargo, es una adhesión a lo que se presenta a nuestra experiencia. La manera primitiva de pensar las cosas consiste en creerlas tales como las sentimos; los niños, los salvajes, los ignorantes y los espíritus débiles son accesibles a todos los errores, juguetes frívolos de las personas, las cosas y las circunstancias. Cual quiera desvía los bajeles sin gobierno.

Esas creencias son como clavos que se meten de un solo golpe; las convicciones firmes ntran como los tornillos, poco a poco, a fuerza de observaclón y de estudio. Cuesta más trabajo adquirirlas; pero mientras los clavos ceden al pri- mer estrujón vigoroso, los tornillos resisten y mantienen de pie la per- sonalidad. El ingenio y la cultura corrigen las fáciles ilusiones primitivas y las rutinas impuestas por la sociedad al individuo: la plitud del saber permite a los hombres formarse ideas propas. Vivir arrastrado por las ajenas equivale a no vivir. Los mediocres son obra de los demás y están en toda era de no ser nadie y no estar en