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Victor Hugo LOS MISERABLES INDICE PRIMERA PARTE FANTINA LIBRO PRIMERO: Un justo I. Monsenor Myriel II. El senor Myriel se convierte en monsenor Bienvenido III. Las obras en armonia con las palabras LIBRO SEGUNDO: La caida I. La noche de un dia de marcha II. La prudencia aconseja a la sabiduria III. Heroismo de la obediencia pasiva IV. Jean Valjean V. El interior de la desesperacion VI. La ola y la sombra VII. Nuevas quejas VIII. El hombre despierto IX. El obispo trabaja X. Gervasillo LIBRO TERCERO: El ano 1817 I. Doble cuarteto II. Alegre fin de la alegria LIBRO CUARTO: Confiar es a veces abandonar I.

Una madre encuentra a otra madre II. Primer bosquejo de dos personas turbias III. La alondra LIBRO QUINTO: El descenso I. Progreso en el negocio de los abalorios negros II. El senor Magdalena III. Depositos en la casa Laffitte IV. El senor Magdalena de luto V. Vagos relampagos en el horizonte VI. Fauchelevent VII. Triunfo de la moral VIII. Christus nos liberavit IX. Solucion de algunos asuntos de policia municipal LIBRO SEXTO: Javert I. Comienzo del reposo II. Como Jean se convierte en Champ LIBRO SEPTIMO: El caso Champmathieu I. Una tempestad interior II. El

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III. Entrada de preferencia IV. Un lugar donde empiezan a formarse algunas convicciones V. Champmathieu cada vez mas asombrado LIBRO OCTAVO: Contragolpe I. Fantina feliz II. Javert contento III. La autoridad recobra sus derechos IV. Una tumba adecuada SEGUNDA PARTE COSETTE LIBRO PRIMERO: Waterloo I. El 18 de junio de 1815 II. El campo de batalla por la noche LIBRO SEGUNDO: El navio Orion I. El numero 24. 601 se convierte en el 9. 430 II. El diablo en Montfermeil III. La cadena de la argolla se rompe de un solo martillazo LIBRO TERCERO: Cumplimiento de una promesa I. Montfermeil II. Dos retratos completos

III. Vino para los hombres y agua a los caballos IV. Entrada de una muneca en escena V. La nina sola VI. Cosette con el desconocido en la oscuridad VII. Inconvenientes de recibir a un pobre que tal vez era rico VIII. Thenardier maniobra IX. El que busca lo mejor puede hallar lo peor X. Vuelve a aparecer el numero 9. 430 LIBRO CUARTO: Casa Gorbeau I. Nido para un buho y una calandria II. Dos desgracias unidas producen felicidad III. Lo que observa la portera IV. Una moneda de 5 francos que cae al suelo hace mucho ruido LIBRO QIINTO: A caza perdida, jauria muda I. Los rodeos de la estrategia II.

El callejon sin salida III. Tentativas de evasion IV. Principio de un enigma V. Continua el enigma VI. Se explica como Javert hizo una batida en vano LIBRO SEXTO: Los cementerios reciben todo lo que se les da I. El Convento Pequeno Picpus II. Se busca una manera de entrar al convento III. Fauchelevent en presencia de la dificultad IV. Parece que Jean Valjean conocia a Agustin Castillejo V. Entre cuatro tablas VI. Interrogatorio con buenos resultados VII. Clausura TERCERA PARTE MARIUS LIBRO PRIMERO: Paris en su atomo I. El pilluelo II. Gavroche LIBRO SEGUNDO: El gran burgues I. Noventa anos y treinta y dos dientes

II. Las hijas LIBRO TERCERO: El abuelo y el nieto I. Un espectro rojo II. Fin del bandido III. Cuan util es ir a misa para hacerse revolucionario IV. Algun amorcillo V. Marmol contra granito LIBRO CUARTO: Los amigos del ABC I. Un grupo que estuvo a punto de ser historico II. Oracion funebre por Blondeau III. El asombro de Marius IV. Ensanchando el horizonte LIBRO QUINTO: Excelencia de la desgracia I. Marius indigente II. Marius pobre III. Marius hombre IV. La pobreza es buena vecina de la miseria LIBRO SEXTO: La conjuncion de dos estrellas I. El apodo. Manera de formar nombres de familia

II. Efecto de la primavera III. Prisionero IV. Aventuras de la letra U V. Eclipse LIBRO SEPTIMO: Patron Minette I. Las minas y los mineros II. Babet, Gueulemer, Claquesous y Montparnasse LIBRO OCTAVO: El mal pobre I. Hallazgo II. Una rosa en la miseria. III. La ventanilla de la providencia IV. La fiera en su madriguera V. El rayo de sol en la cueva VI. Jondrette casi llora VII. Ofertas de servicio de la miseria al dolor VIII. Uso de la moneda del senor Blanco IX. Un policia da dos punetazos a un abogado X. Utilizacion del Napoleon de Marius XI. Las dos sillas de Marius frente a frente

XII. La emboscada XIII. Se deberia comenzar siempre por apresar a las victimas XIV. El nino que lloraba en la segunda parte CUARTA PARTE IDILIO EN CALLE PLUMET Y EPOPEYA EN CALLE SAINT-DENIS LIBRO PRIMERO: Algunas paginas de historia I. Bien cortado y mal cosido II. Enjolras y sus tenientes LIBRO SEGUNDO: Eponina I. El cameo de la Alondra II. Formacion embrionaria de crimenes en las prisiones III. Aparicion al senor Mabeuf IV. Aparicion a Marius V. La casa del secreto VI. Jean Valjean, guardia nacional VII. La rosa descubre que es una maquina de guerra VIII. Empieza la batalla IX.

A tristeza, tristeza y media X. Socorro de abajo puede ser socorro de arriba LIBRO TERCERO: Cuyo fin no se parece al principio I. Miedos de Cosette II. Un corazon bajo una piedra III. Los viejos desaparecen en el momento oportuno LIBRO CUARTO: El encanto y la desolacion I. Travesuras del viento II. Gavroche saca partido de Napoleon el Grande III. Peripecias de la evasion IV. Principio de sombra V. El perro VI. Marius desciende a la realidad VII. El corazon viejo frente al corazon joven LIBRO QUINTO: ? Adonde van? I. Jean Valjean II. Marius III. El senor Mabeuf LIBRO SEXTO: El 5 de junio de 1832 I.

La superficie y el fondo del asunto II. Reclutas III. Corinto IV. Los preparativos V. El hombre reclutado en la calle Billettes VI. Marius entra en la sombre LIBRO SEPTIMO: La grandeza de la desesperacion I. La bandera, primer acto II. La bandera, segundo acto III. Gavroche habria hecho mejor en tomar la carabina de Enjolras IV. La agonia de la muerte despues de la agonia de la vida V. Gavroche, preciso calculador de distancias . VI. Espejo indiscreto VII. El pilluelo es enemigo de las luces VIII. Mientras Cosette dormia QUINTA PARTE JEAN VALJEAN LIBRO PRIMERO: La guerra dentro de cuatro paredes

I. Cinco de menos y uno de mas II. La situacion se agrava III. Los talentos que influyeron en la condena de 1796 IV. Gavroche fuera de la barricada V. Un hermano puede convertirse en padre VI. Marius herido VII. La venganza de Jean Valjean VIII. Los heroes IX. Marius otra vez prisionero LIBRO SEGUNDO: El intestino de Leviatan I. Historia de la cloaca II. La cloaca y sus sorpresas III. La pista perdida IV. Con la cruz a cuestas V. Marius parece muerto VI. La vuelta del hijo prodigo VII. El abuelo LIBRO TERCERO: Javert desorientado I. Javert comete una infraccion LIBO CUARTO: El nieto y el abuelo

I. Volvemos a ver el arbol con el parche de zinc II. Marius saliendo de la guerra civil, se prepara para la guerra familiar III. Marius ataca IV. El senor Fauchelevent con un bulto debajo del brazo V. Mas vale depositar el dinero en el bosque que en el banco VI. Dos ancianos procuran labrar, cada uno a su manera, la felicidad de Cosette . VII. Recuerdos VIII. Dos hombres dificiles de encontrar LIBRO QUINTO: La noche en blanco I. El 16 de febrero de 1833 II. Jean Valjean continua enfermo III. La inseparable LIBRO SEXTO: La ultima gota del caliz I. El septimo circulo y el octavo cielo II.

La oscuridad que puede contener una revelacion LIBRO SEPTIMO: Decadencia crepuscular I. La sala del piso bajo II. De mal en peor III. Recuerdos en el jardin de la calle Plumet IV. La atraccion y la extincion LIBRO OCTAVO: Suprema sombra, suprema aurora I. Compasion para los desdichados e indulgencia para los dichosos II. Ultimos destellos de la lampara sin aceite III. El que levanto la carreta de Fauchelevent no puede levantar una pluma IV. Equivoco que sirvio para limpiar las manchas V. Noche que deja entrever el dia VI. La hierba oculta y la lluvia borra PRIMERA PARTE FANTINA LIBRO PRIMERO Un justo I

Monsenor Myriel En 1815, era obispo de D. el ilustrisimo Carlos Francisco Bienvenido Myriel, un anciano de unos setenta y cinco anos, que ocupaba esa sede desde 1806. Quizas no sera inutil indicar aqui los rumores y las habladurias que habian circulado acerca de su persona cuando llego por primera vez a su diocesis. Lo que de los hombres se dice, verdadero o falso, ocupa tanto lugar en su destino, y sobre todo en su vida, como lo que hacen. El senor Myriel era hijo de un consejero del Parlamento de Aix, nobleza de toga. Se decia que su padre, pensando que heredara su puesto, lo habia casado muy joven.

Se decia que Carlos Myriel, no obstante este matrimonio, habia dado mucho que hablar. Era de buena presencia, aunque de estatura pequena, elegante, inteligente; y se decia que toda la primera parte de su vida la habian ocupado el mundo y la galanteria. Sobrevino la Revolucion; se precipitaron los sucesos; las familias ligadas al antiguo regimen, perseguidas, acosadas, se dispersaron, y Carlos Myriel emigro a Italia. Su mujer murio alli de tisis. No habian tenido hijos. ?Que paso despues en los destinos del senor Myriel? El hundimiento de la antigua sociedad francesa, la caida de su propia familia, los tragicos espectaculos del 93, ? icieron germinar tal vez en su alma ideas de retiro y de soledad? Nadie hubiera podido decirlo; solo se sabia que a su vuelta de Italia era sacerdote. En 1804 el senor Myriel se desempenaba como cura de Brignolles. Era ya anciano y vivia en un profundo retiro. Hacia la epoca de la coronacion de Napoleon, un asunto de su parroquia lo llevo a Paris; y entre otras personas poderosas cuyo amparo fue a solicitar en favor de sus feligreses, visito al cardenal Fesch. Un dia en que el Emperador fue tambien a visitarlo, el digno cura que esperaba en la antesala se hallo al paso de Su Majestad Imperial.

Napoleon, notando la curiosidad con que aquel anciano lo miraba, se volvio, y dijo bruscamente: ?Quien es ese buen hombre que me mira? Majestad -dijo el senor Myriel-, vos mirais a un buen hombre y yo miro a un gran hombre. Cada uno de nosotros puede beneficiarse de lo que mira. Esa misma noche el Emperador pidio al cardenal el nombre de aquel cura y algun tiempo despues el senor Myriel quedo sorprendido al saber que habia sido nombrado obispo de D. Llego a D. acompanado de su hermana, la senorita Baptistina, diez anos menor que el. Por toda servidumbre tenian a la senora Magloire, una criada de la misma edad de la hermana del obispo.

La senorita Baptistina era alta, palida, delgada, de modales muy suaves. Nunca habia sido bonita, pero al envejecer adquirio lo que se podria llamar la belleza de la bondad. Irradiaba una transparencia a traves de la cual se veia, no a la mujer, sino al angel. La senora Magloire era una viejecilla blanca, gorda, siempre afanada y siempre sofocada, tanto a causa de su actividad como de su asma. A su llegada instalaron al senor Myriel en su palacio episcopal, con todos los honores dispuestos por los decretos imperiales, que clasificaban al obispo inmediatamente despues del mariscal de campo.

Terminada la instalacion, la poblacion aguardo a ver como se conducia su obispo. II El senorMyriel se convierte en monsenor Bienvenido El palacio episcopal de D. estaba contiguo al hospital, y era un vasto y hermoso edificio construido en piedra a principios del ultimo siglo. Todo en el respiraba cierto aire de grandeza: las habitaciones del obispo, los salones, las habitaciones interiores, el patio de honor muy amplio con galerias de arcos segun la antigua costumbre florentina, los jardines plantados de magnificos arboles. El hospital era una casa estrecha y baja, de dos pisos, con un pequeno jardin atras.

Tres dias despues de su llegada, el obispo visito el hospital. Terminada la visita, le pidio al director que tuviera a bien acompanarlo a su palacio. -Senor director -le dijo una vez llegados alli-: ? cuantos enfermos teneis en este momento? Veintiseis, monsenor. -Son los que habia contado -dijo el obispo. -Las camas -replico el director- estan muy proximas las unas a las otras. -Lo habia notado. -Las salas, mas que salas, son celdas, y el aire en ellas se renueva dificilmente. -Me habia parecido lo mismo. -Y luego, cuando un rayo de sol penetra en el edificio, el jardin es muy pequeno para los convalecientes.

Tambien me lo habia figurado. -En tiempo de epidemia, este ano hemos tenido el tifus, se juntan tantos enfermos; mas de ciento, que no sabemos que hacer. -Ya se me habia ocurrido esa idea. -? Que quereis, monsenor! -dijo el director-: es menester resignarse. Esta conversacion se mantenia en el comedor del piso bajo. El obispo callo un momento; luego, volviendose subitamente hacia el director del hospital, pregunto: ?Cuantas camas creeis que podran caber en esta sala? -? En el comedor de Su Ilustrisima? ( exclamo el director estupefacto.

El obispo recorria la sala con la vista, y parecia que sus ojos tomaban medidas y hacian calculos. -Bien veinte camas -dijo como hablando consigo mismo; despues, alzando la voz, anadio: Mirad, senor director, aqui evidentemente hay un error. En el hospital sois veintiseis personas repartidas en cinco o seis pequenos cuartos. Nosotros somos aqui tres y tenemos sitio para sesenta. Hay un error, os digo; vos teneis mi casa y yo la vuestra. Devolvedme la mia, pues aqui estoy en vuestra casa. Al dia siguiente, los veintiseis enfermos estaban instalados en el palacio del obispo, y este en el hospital. Monsenor Myriel no tenia bienes.

Su hermana cobraba una renta vitalicia de quinientos francos y monsenor Myriel recibia del Estado, como obispo, una asignacion de quince mil francos. El dia mismo en que se traslado a vivir al hospital, el prelado determino de una vez para siempre el empleo de esta suma, del modo que consta en la nota que transcribimos aqui, escrita de su puno y letra: Lista de dos gastos de mi casa ( Para el seminario 1500 ( Congregacion de la mision 100 ( Para los lazaristas de Montdidier 100 ( Seminario de las misiones extranjeras de Paris 200 ( Congregacion del Espiritu Santo 150 ( Establecimientos religiosos de la Tierra Santa 100 Sociedades para madres solteras 350 ( Obra para mejora de las prisiones 400 ( Obra para el alivio y rescate de los presos 500 ( Para libertar a padres de familia presos por deudas 1000 ( Suplemento a la asignacion de los maestros de escuela de la diocesis 2000 ( Cooperativa de los Altos Alpes 100 ( Congregacion de senoras para la ensenanza gratuita de ninas pobres 1500 ( Para los pobres 6000 ( Mi gasto personal 1000 Total 15000 Durante todo el tiempo que ocupo el obispado de D. , monsenor Myriel no cambio en nada este presupuesto, que fue aceptado con absoluta sumision por la senorita Baptistina.

Para aquella santa mujer, monsenor Myriel era a la vez su hermano y su obispo; lo amaba y lo veneraba con toda su sencillez. Al cabo de algun tiempo afluyeron las ofrendas de dinero. Los que tenian y los que no tenian llamaban a la puerta de monsenor Myriel, los unos yendo a buscar la limosna que los otros acababan de depositar. En menos de un ano el obispo llego a ser el tesorero de todos los beneficios, y el cajero de todas las estrecheces. Grandes sumas pasaban por sus manos pero nada hacia que cambiara o modificase su genero de vida, ni que anadiera lo mas infimo de lo superfluo a lo que le era puramente necesario.

Lejos de esto, como siempre hay abajo mas miseria que fraternidad arriba, todo estaba, por decirlo asi, dado antes de ser recibido. Es costumbre que los obispos encabecen con sus nombres de bautismo sus escritos y cartas pastorales. Los pobres de la comarca habian elegido, con una especie de instinto afectuoso, de todos los nombres del obispo aquel que les ofrecia una significacion adecuada; y entre ellos solo le designaban como monsenor Bienvenido. Haremos lo que ellos y lo llamaremos del mismo modo cuando sea ocasion. Por lo demas, al obispo le agradaba esta designacion. Me gusta ese nombre -decia: Bienvenido suaviza un poco lo de monsenor. III Las obras en armonia con las palabras Su conversacion era afable y alegre; se acomodaba a la mentalidad de las dos ancianas que pasaban la vida a su lado: cuando reia, era su risa la de un escolar. La senora Magloire lo llamaba siempre «Vuestra Grandeza». Un dia monsenor se levanto de su sillon y fue a la biblioteca a buscar un libro. Estaba este en una de las tablas mas altas del estante, y como el obispo era de corta estatura, no pudo alcanzarlo. -Senora Magloire -dijo-, traedme una silla, porque mi Grandeza no alcanza a esa tabla.

No condenaba nada ni a nadie apresuradamente y sin tener en cuenta las circunstancias; y solia decir: Veamos el camino por donde ha pasado la falta. Siendo un ex pecador, como se calificaba a si mismo sonriendo, no tenia ninguna de las asperezas del rigorismo, y profesaba muy alto, sin cuidarse para nada de ciertos fruncimientos de cejas, una doctrina que podria resumirse en estas palabras: «El hombre tiene sobre si la carne, que es a la vez su carga y su tentacion. La lleva, y cede a ella. Debe vigilarla, contenerla, reprimirla; mas si a pesar de sus esfuerzos cae, la falta asi cometida es venial.

Es una caida; pero caida sobre las rodillas, que puede transformarse y acabar en oracion». Frecuentemente escribia algunas lineas en los margenes del libro que estaba leyendo. Como estas: «Oh, Vos, ? quien sois? El Eclesiastico os llama Todopoderoso; los Macabeos os nombran Creador; la Epistola a los Efesios os llama . Libertad; Baruch os nombra Inmensidad; los Salmos os llaman Sabiduria y Verdad; Juan os llama Luz; los reyes os nombran Senor; el Exodo os apellida Providencia; el Levitico, Santidad; Esdras, Justicia; la creacion os llama Dios; el hombre os llama Padre; pero Salomon os llama

Misericordia, y este es el mas bello de vuestros nombres». En otra parte habia escrito: «No pregunteis su nombre a quien os pide asilo. Precisamente quien mas necesidad tiene de asilo es el que tiene mas dificultad en decir su nombre». Anadia tambien: «A los ignorantes ensenadles lo mas que podais; la sociedad es culpable por no dar instruccion gratis; es responsable de la oscuridad que con esto produce. Si un alma sumida en las tinieblas comete un pecado, el culpable no es en realidad el que peca, sino el que no disipa las tinieblas». Como se ve, tenia un modo extrano y peculiar de juzgar las cosas.

Sospecho que lo habia tomado del Evangelio. Un dia oyo relatar una causa celebre que se estaba instruyendo, y que muy pronto debia sentenciarse. Un infeliz, por amor a una mujer y al hijo que de ella tenia, falto de todo recurso, habia acunado moneda falsa. En aquella epoca se castigaba este delito con la pena de muerte. La mujer fue apresada al poner en circulacion la primera moneda falsa fabricada por el hombre. El obispo escucho en silencio. Cuando concluyo el relato, pregunto: -? Donde se juzgara a ese hombre y a esa mujer? -En el tribunal de la Audiencia. Y replico: Y donde juzgaran al fiscal? Cuando paseaba apoyado en un gran baston, se diria que su paso esparcia por donde iba luz y animacion. Los ninos y los ancianos salian al umbral de sus puertas para ver al obispo. Bendecia y lo bendecian. A cualquiera que necesitara algo se le indicaba la casa del obispo. Visitaba a los pobres mientras tenia dinero, y cuando este se le acababa, visitaba a los ricos. Hacia durar sus sotanas mucho tiempo, y como no queria que nadie lo notase, nunca se presentaba en publico sino con su traje de obispo, lo cual en verano le molestaba un poco.

Su comida diaria se componia de algunas legumbres cocidas en agua, y de una sopa. Ya dijimos que la casa que habitaba tenia solo dos pisos. En el bajo habia tres piezas, otras tres en el alto, encima un desvan, y detras de la casa, el jardin; el obispo habitaba el bajo. La primera pieza, que daba a la calle, le servia de comedor; la segunda, de dormitorio, y de oratorio la tercera. No se podia salir del oratorio sin pasar por el dormitorio, ni de este sin pasar por el comedor. En el fondo del oratorio habia una alcoba cerrada, con una cama para cuando llegaba algun huesped.

El obispo solia ofrecer esta cama a los curas de aldea, cuyos asuntos parroquiales los llevaban a D. Habia ademas en el jardin un establo, que era la antigua cocina del hospital, y donde el obispo tenia dos vacas. Cualquiera fuera la cantidad de leche que estas dieran, enviaba invariablemente todas las mananas la mitad a los enfermos del hospital. «Pago mis diezmos», decia. Un aparador, convenientemente revestido de mantelitos blancos, servia de altar y adornaba el oratorio de Su Ilustrisima. -Pero el mas ello altar -decia- es el alma de un infeliz consolado en su infortunio, y que da gracias a Dios. No es posible figurarse nada mas sencillo que el dormitorio del obispo. Una puerta-ventana que daba al jardin; enfrente, la cama, una cama de hospital, con colcha de sarga verde; detras de una cortina, los utensilios de tocador, que revelaban todavia los antiguos habitos elegantes del hombre de mundo; dos puertas, una cerca de la chimenea que daba paso al oratorio; otra cerca de la biblioteca que daba paso al comedor.

La biblioteca era un armario grande con puertas vidrieras, lleno de libros; la chimenea era de madera, pero pintada imitando marmol, habitualmente sin fuego. Encima de la chimenea, un crucifijo de cobre, que en su tiempo fue plateado, estaba clavado sobre terciopelo negro algo raido y colocado bajo un dosel de madera; cerca de la puerta-ventana habia una gran mesa con un tintero, repleta de papeles y gruesos libros. La casa, cuidada por dos mujeres, respiraba de un extremo al otro una exquisita limpieza.

Era el unico lujo que el obispo se permitia. De el decia: «Esto no les quita nada a los pobres». Menester es confesar, sin embargo, que le quedaban de lo que en otro tiempo habia poseido seis cubiertos de plata y un cucharon, que la senora Magloire miraba con cierta satisfaccion todos los dias relucir esplendidamente sobre el blanco mantel de gruesa tela. Y como procuramos pintar aqui al obispo de D. tal cual era, debemos anadir que mas de una vez habia dicho: » Renunciaria dificilmente a comer con cubiertos que no fuesen de plata».

A estas alhajas deben anadirse dos grandes candeleros de plata maciza que eran herencia de una tia abuela. Aquellos candeleros sostenian dos velas de cera, y habitualmente figuraban sobre la chimenea del obispo. Cuando habia convidados a cenar, la senora Magloire encendia las dos velas y ponia los dos candelabros en la mesa. A la cabecera de la cama del obispo, habia pequena alacena, donde la senora Magloire guardaba todas las noches los seis cubiertos de plata y el cucharon. Debemos anadir que nunca quitaba la llave de la cerradura.

La senora Magloire cultivaba legumbres en el jardin; el obispo, por su parte, habia sembrado flores en otro rincon. Crecian tambien algunos arboles frutales. Una vez, la senora Magloire dijo a Su Ilustrisima con cierta dulce malicia: -Monsenor, vos que sacais partido de todo, teneis ahi un pedazo de tierra inutil. Mas valdria que eso produjera frutos que flores. -Senora Magloire -respondio el obispo-, os enganais: lo bello vale tanto como lo util. Y anadio despues de una pausa: Tal vez mas. LIBRO SEGUNDO La caida I La noche de un dia de marcha

En los primeros dias del mes de octubre de 1815, como una hora antes de ponerse el sol, un hombre que viajaba a pie entraba en la pequena ciudad de D. Los pocos habitantes que en aquel momento estaban asomados a sus ventanas o en el umbral de sus casas, miraron a aquel viajero con cierta inquietud. Dificil seria hallar un transeunte de aspecto mas miserable. Era un hombre de mediana estatura, robusto, de unos cuarenta y seis a cuarenta y ocho anos. Una gorra de cuero con visera calada hasta los ojos ocultaba en parte su rostro tostado por el sol y todo cubierto de sudor.

Su camisa, de una tela gruesa y amarillenta, dejaba ver su velludo pecho; llevaba una corbata retorcida como una cuerda; un pantalon azul usado y roto; una vieja chaqueta gris hecha jirones; un morral de soldado a la espalda, bien repleto, bien cerrado y nuevo; en la mano un enorme palo nudoso, los pies sin medias, calzados con gruesos zapatos claveteados. Sus cabellos estaban cortados al rape y, sin embargo, erizados, porque comenzaban a crecer un poco y parecia que no habian sido cortados hacia algun tiempo. Nadie lo conocia. Evidentemente era forastero. ?De donde venia?

Debia haber caminado todo el dia, pues se veia muy fatigado. Se dirigio hacia el Ayuntamiento. Entro en el y volvio a salir un cuarto de hora despues. Un gendarme estaba sentado a la puerta. El hombre se quito la gorra y lo saludo humildemente. Habia entonces en D. una buena posada que, segun la muestra, se titulaba «La Cruz de Colbas», y hacia ella se encamino el hombre. Entro en la cocina; todos los hornos estaban encendidos y un gran fuego ardia alegremente en la chimenea. El posadero estaba muy ocupado en vigilar la excelente comida destinada a unos carreteros, a quienes se oia hablar y reir ruidosamente en la pieza inmediata.

Al oir abrirse la puerta pregunto sin apartar la vista de sus cacerolas: -? Que ocurre? -Cama y comida -dijo el hombre. -A1 momento -replico el posadero. Entonces volvio la cabeza, dio una rapida ojeada al viajero, y anadio: -Pagando, por supuesto. El hombre saco una bolsa de cuero del bolsillo de su chaqueta y contesto: -Tengo dinero. -En ese caso, al momento os atiendo. El hombre guardo su bolsa; se quito el morral, conservo su palo en la mano, y fue a sentarse en un banquillo cerca del fuego. Entretanto el dueno de casa, yendo y viniendo de un lado para otro, no hacia mas que mirar al viajero. ? Se come pronto? -pregunto este. -En seguida -dijo el posadero. Mientras el recien llegado se calentaba con la espalda vuelta al posadero, este saco un lapiz del bolsillo, rasgo un pedazo de periodico, escribio en el margen blanco una linea o dos, lo doblo sin cerrarlo, y entrego aquel papel a un muchacho que parecia servirle a la vez de pinche y de criado; despues dijo una palabra al oido del chico y este marcho corriendo en direccion al Ayuntamiento. El viajero nada vio. Volvio a preguntar otra vez: -? Comeremos pronto? -En seguida. Volvio el muchacho: traia un papel.

El huesped lo desdoblo apresuradamente como quien esta esperando una contestacion. Leyo atentamente, movio la cabeza y permanecio pensativo. Por fin dio un paso hacia el viajero que parecia sumido en no muy agradables ni tranquilas reflexiones. -Buen hombre -le dijo-, no puedo recibiros en mi casa. El hombre se enderezo sobre su asiento. -? Como! ?Temeis que no pague el gasto? ?Quereis cobrar anticipado? Os digo que tengo dinero. -No es eso. -? Pues que? -Vos teneis dinero. -He dicho que si. -Pero yo -dijo el posadero- no tengo cuarto que daros. El hombre replico tranquilamente: Dejadme un sitio en la cuadra. -No puedo. -? Por que? -Porque los caballos la ocupan toda. -Pues bien -insistio el viajero-, ya habra un rincon en el pajar, y un poco de paja no faltara tampoco. Lo arreglaremos despues de comer. -No puedo daros de comer. Esta declaracion hecha con tono mesurado pero firme, parecio grave al forastero, el cual se levanto y dijo: -? Me estoy muriendo de hambre! Vengo caminando desde que salio el sol; pago y quiero comer. -Yo no tengo que daros -dijo el posadero. El hombre solto una carcajada y volviendose hacia los hornos, pregunto: -? Nada? ?Y todo esto?

Todo esto esta ya comprometido por los carreteros que estan alla dentro. -? Cuantos son? -Doce. -Alli hay comida para veinte. -Lo han encargado todo, y ademas me lo han pagado adelantado. El hombre se sento, y sin alzar la voz dijo: -Estoy en la hosteria; tengo hambre y me quedo. El posadero se inclino entonces hacia el, y le dijo con un acento que le hizo estremecer: -Marchaos. El viajero estaba en aquel momento encorvado, y empujaba algunas brasas con la contera de su garrote. Se volvio bruscamente, y como abriera la boca para replicar, el huesped lo miro fijamente y anadio en voz baja: Mirad, basta de conversacion. ?Quereis que os diga vuestro nombre? Os llamais Jean Valjean. Ahora, ? quereis que os diga tambien lo que sois? Al veros entrar sospeche algo; envie a preguntar al Ayuntamiento, y ved lo que me han contestado: ? sabeis leer? Al hablar asi presentaba al viajero el papel que acababa de ir desde la hosteria a la alcaldia y de esta a aquella. El hombre fijo en el una mirada. Bajo la cabeza, recogio el morral y se marcho. Camino algun tiempo a la ventura por calles que no conocia, olvidando el cansancio, como sucede cuando el animo esta triste.

De pronto se sintio aguijoneado por el hambre; la noche se acercaba. Miro en derredor para ver si descubria alguna humilde taberna donde pasar la noche. Precisamente ardia una luz al extremo de la calle y hacia alli se dirigio. Era en efecto una taberna. El viajero se detuvo un momento, miro por los vidrios de la sala, iluminada por una pequena lampara colocada sobre una mesa y por un gran fuego que ardia en la chimenea. Algunos hombres bebian. El tabernero se calentaba. La llama hacia cocer el contenido de una marmita de hierro, colgada de una cadena en medio del hogar. El viajero no se atrevio a ntrar por la puerta de la calle. Entro en el corral, se detuvo de nuevo, luego levanto timidamente el pestillo y empujo la puerta. -? Quien va? -dijo el amo. -Uno que quiere comer y dormir. Las dos cosas pueden hacerse aqui. Entro. Todos se volvieron hacia el. El tabernero le dijo: -Aqui teneis fuego. La cena se cuece en la marmita; venid a calentaros. El viajero fue a sentarse junto al hogar y extendio hacia el fuego sus pies doloridos por el cansancio. Dio la casualidad que uno de los que estaban sentados junto a la mesa antes de ir alli habia estado en la posada de La Cruz de Colbas.

Desde el sitio en que estaba hizo al tabernero una sena imperceptible. Este se acerco a el y hablaron algunas palabras en voz baja. El tabernero se acerco a la chimenea, puso bruscamente la mano en el hombro del viajero y le dijo: -Vas a largarte de aqui. El viajero se volvio, y contesto con dulzura: -? Ah! ?Sabeis…? -Si. -? Que no me han admitido en la posada? -Y yo lo echo de aqui. -Pero, ? donde quereis que vaya? -A cualquier parte. El hombre cogio su garrote y su morral y se marcho. Paso por delante de la carcel. A la puerta colgaba una cadena de hierro unida a una campana.

Llamo. Abriose un postigo. -Buen carcelero -le dijo quitandose respetuosamente la gorra-, ? quereis abrirme y darme alojamiento por esta noche? Una voz le contesto: -La carcel no es una posada. Haced que os prendan y se os abrira. El postigo volvio a cerrarse. Entro en una callejuela a la cual daban muchos jardines. El viento frio de los Alpes comenzaba a soplar. A la luz del expirante dia el forastero descubrio una caseta en uno de aquellos jardines que costeaban la calle. Penso que seria alguna choza de las que levantan los peones camineros a orillas de las carreteras.

Sentia frio y hambre. Estaba resignado a sufrir esta, pero contra el frio queria encontrar un abrigo. Generalmente esta clase de chozas no estan habitadas por la noche. Logro penetrar a gatas en su interior. Estaba caliente, y ademas hallo en ella una buena cama de paja. Se quedo por un momento tendido en aquel lecho, agotado. De pronto oyo un grunido: alzo los ojos y vio que por la abertura de la choza asomaba la cabeza de un mastin enorme. El sitio en donde estaba era una perrera. Se arrastro fuera de la choza como pudo, no sin agrandar los desgarrones de su ropa.

Salio de la ciudad, esperando encontrar algun arbol o alguna pila de heno que le diera abrigo. Pero hay momentos en que hasta la naturaleza parece hostil; volvio a la ciudad. Serian como las ocho de la noche. Como no conocia las calles, volvio a comenzar su paseo a la ventura. Cuando paso por la plaza de la catedral, enseno el puno a la iglesia en senal de amenaza. Destrozado por el cansancio, y no esperando ya nada se echo sobre un banco de piedra. Una anciana salia de la iglesia en aquel momento, y vio a aquel hombre tendido en la oscuridad. -? Que haceis, buen amigo? -le pregunto. Ya lo veis, buena mujer, me acuesto -le contesto con voz colerica y dura. -? Por que no vais a la posada? -Porque no tengo dinero. -? Ah, que lastima! -dijo la anciana-. No llevo en el bolsillo mas que cuatro sueldos. -Dadmelos. El viajero tomo los cuatro sueldos. -Con tan poco no podeis alojaros en una posada -continuo ella-. ?Habeis probado, sin embargo? ?Es posible que paseis asi la noche? Tendreis sin duda frio y hambre. Debieran recibiros por caridad. -He llamado a todas las puertas y de todas me han echado. La mujer toco el hombro al viajero, y le senalo al otro extremo de la plaza una puerta pequena al lado del palacio arzobispal. ? Habeis llamado -repitio- a todas las puertas? -Si. -? Habeis llamado a aquella? -No. -Pues llamad alli. II La prudencia aconseja a la sabiduria Aquella noche el obispo de D. , despues de dar un paseo por la ciudad, permanecio hasta bastante tarde encerrado en su cuarto. A las ocho trabajaba todavia con un voluminoso libro abierto sobre las rodillas, cuando la senora Magloire entro, segun su costumbre, a sacar la plata del cajon colocado junto a la cama. Poco despues el obispo, sabiendo que su hermana lo esperaba para cenar, cerro su libro y entro en el comedor.

En ese momento, la senora Magloire hablaba con singular viveza. Se referia a un asunto que le era familiar, y al cual el obispo estaba ya acostumbrado. Tratabase del cerrojo de la puerta principal. Parece que yendo a hacer algunas compras para la cena habia oido referir ciertas cosas en distintos sitios. Se hablaba de un vagabundo de mala catadura; se decia que habia llegado un hombre sospechoso, que debia estar en alguna parte de la ciudad, y que podian tener un mal encuentro los que aquella noche se olvidaran de recogerse temprano y de cerrar bien sus puertas. Hermano, ? oyes lo que dice la senora Magloire? -pregunto la senorita Baptistina. -He oido vagamente algo -contesto el obispo. Despues, levantando su rostro cordial y francamente alegre, iluminado por el resplandor del fuego, anadio: -Veamos: ? que hay? ?Que sucede? ?Nos amenaza algun peligro? Entonces la senora Magloire comenzo de nuevo su historia, exagerandola un poco sin querer y sin advertirlo. Deciase que un gitano, un desarrapado, una especie de mendigo peligroso, se hallaba en la ciudad. Habia tratado de quedarse en la posada, donde no se le quiso recibir.

Se le habia visto vagar por las calles al obscurecer. Era un hombre de aspecto terrible, con un morral y un baston. -? De veras? -dijo el obispo. -Y como monsenor nunca pone llave a la puerta y tiene la costumbre de permitir siempre que entre cualquiera… En ese momento se oyo llamar a la puerta con violencia. -? Adelante! -dijo el obispo. III Heroismo de la obediencia pasiva La puerta se abrio. Pero se abrio de par en par, como si alguien la empujase con energia y resolucion. Entro un hombre. A este hombre lo conocemos ya. Era el viajero a quien hemos visto vagar buscando asilo.

Entro, dio un paso y se detuvo, dejando detras de si la puerta abierta. Llevaba el morral a la espalda; el palo en la mano; tenia en los ojos una expresion ruda, audaz, cansada y violenta. Era una aparicion siniestra. La senora Magloire no tuvo fuerzas para lanzar un grito. Se estremecio y quedo muda a inmovil como una estatua. La senorita Baptistina se volvio, vio al hombre que entraba, y medio se incorporo, aterrada. Luego miro a su hermano, y su rostro adquirio una expresion de profunda calma y serenidad. El obispo fijaba en el hombre una mirada tranquila.

Al abrir los labios sin duda para preguntar al recien llegado lo que deseaba, este apoyo ambas manos en su garrote, poso su mirada en el anciano y luego en las dos mujeres, y sin esperar a que el obispo hablase dijo en alta voz: -Me llamo Jean Valjean: soy presidiario. He pasado en presidio diecinueve anos. Estoy libre desde hace cuatro dias y me dirijo a Pontarlier. Vengo caminando desde Tolon. Hoy anduve doce leguas a pie. Esta tarde, al llegar a esta ciudad, entre en una posada, de la cual me despidieron a causa de mi pasaporte amarillo, que habia presentado en la alcaldia, como es preciso hacerlo.

Fui a otra posada, y me echaron fuera lo mismo que en la primera. Nadie quiere recibirme. He ido a la carcel y el carcelero no me abrio. Me meti en una perrera, y el perro me mordio. Parece que sabia quien era yo. Me fui al campo para dormir al cielo raso; pero ni aun eso me fue posible, porque crei que iba a llover y que no habria un buen Dios que impidiera la lluvia; y volvi a entrar en la ciudad para buscar en ella el quicio de una puerta. Iba a echarme ahi en la plaza sobre una piedra, cuando una buena mujer me ha senalado vuestra casa, y me ha dicho: llamad ahi. He llamado: ? Que casa es esta? Una posada? Tengo dinero. Ciento nueve francos y quince sueldos que he ganado en presidio con mi trabajo en diecinueve anos. Pagare. Estoy muy cansado y tengo hambre: ? quereis que me quede? -Senora Magloire -dijo el obispo-, poned un cubierto mas. El hombre dio unos pasos, y se acerco al velon que estaba sobre la mesa. -Mirad -dijo-, no me habeis comprendido bien: soy un presidiario. Vengo de presidio y saco del bolsillo una gran hoja de papel amarillo que desdoblo-. Ved mi pasaporte amarillo: esto sirve para que me echen de todas partes. ?Quereis leerlo? Lo leere yo; se leer, aprendi en la carcel.

Hay alli una escuela para los que quieren aprender. Ved lo que han puesto en mi pasaporte: «Jean Valjean, presidiario cumplido, natural de… » esto no hace al caso… «Ha estado diecinueve anos en presidio: cinco por robo con fractura; catorce por haber intentado evadirse cuatro veces. Es hombre muy peligroso. » Ya lo veis, todo el mundo me tiene miedo. ?Quereis vos recibirme? ?Es esta una posada? ?Quereis darme comida y un lugar donde dormir? ?Teneis un establo? -Senora Magloire -dijo el obispo-, pondreis sabanas limpias en la cama de la alcoba. La senora Magloire salio sin chistar a ejecutar las ordenes que habia recibido.

El obispo se volvio hacia el hombre y le dijo: -Caballero, sentaos junto al fuego; dentro de un momento cenaremos, y mientras cenais, se os hara la cama. La expresion del rostro del hombre, hasta entonces sombria y dura, se cambio en estupefaccion, en duda, en alegria. Comenzo a balbucear como un loco: ?Es verdad? ?Como! ?Me recibis? ?No me echais? ?A mi? ?A un presidiario? ?Y me llamais caballero? ?Y no me tuteais? ?Y no me decis: «? sal de aqui, perro! » como acostumbran decirme? Yo creia que tampoco aqui me recibirian; por eso os dije en seguida lo que soy. Oh, gracias a la buena mujer que me envio a esta casa voy a cenar y a dormir en una cama con colchones y sabanas como todo el mundo! ?Una cama! Hace diecinueve anos que no me acuesto en una cama. Sois personas muy buenas. Tengo dinero: pagare bien. Dispensad, senor posadero: ? como os llamais? Pagare todo lo que querais. Sois un hombre excelente. Sois el posadero, ? no es verdad? -Soy -dijo el obispo- un sacerdote que vive aqui. -? Un sacerdote! -dijo el hombre-. ?Oh, un buen sacerdote! Entonces ? no me pedis dinero? Sois el cura, ? no es esto? ?El cura de esta iglesia? Mientras hablaba habia ejado el saco y el palo en un rincon, guardado su pasaporte en el bolsillo y tomado asiento. La senorita Baptistina lo miraba con dulzura. -Sois muy humano, senor cura -continuo diciendo-; vos no despreciais a nadie. Es gran cosa un buen sacerdote. ?De modo que no teneis necesidad de que os pague? -No -dijo el obispo-, guardad vuestro dinero. ?Cuanto teneis? ?No me habeis dicho que ciento nueve francos? -Y quince sueldos -anadio el hombre. -Ciento nueve francos y quince sueldos. ?Y cuanto tiempo os ha costado ganar ese dinero? -? Diecinueve anos! El obispo suspiro profundamente. El hombre prosiguio:

Todavia tengo todo mi dinero. En cuatro dias no he gastado mas que veinticinco sueldos, que gane ayudando a descargar unos carros en Grasse. El obispo se levanto a cerrar la puerta, que habia quedado completamente abierta. La senora Magloire volvio, con un cubierto que puso en la mesa. -Senora Magloire -dijo el obispo-, poned ese cubierto lo mas cerca posible de la chimenea. -Y se volvio hacia el huesped-: El viento de la noche es muy crudo en los Alpes. ?Teneis frio, caballero? Cada vez que pronunciaba la palabra caballero con voz dulcemente grave, se iluminaba la fisonomia del huesped.

Llamar caballero a un presidiario, es dar un vaso de agua a un naufrago de la Medusa. La ignominia esta sedienta de consideracion. -Esta luz alumbra muy poco -prosiguio el obispo. La senora Magloire lo oyo; tomo de la chimenea del cuarto de Su Ilustrisima los dos candelabros de plaza, y los puso encendidos en la mesa. -Senor cura -dijo el hombre-, sois bueno; no me despreciais, me recibis en vuestra casa. Encendeis las velas para mi. Y sin embargo, no os he ocultado de donde vengo, y que soy un miserable. El obispo, que estaba sentado a su lado, le toco suavemente la mano: No teneis que decirme quien sois. Esta no es mi casa, es la casa de Jesucristo. Esa puerta no pregunta al que entra por ella si tiene un nombre, sino si time algun dolor. Padeceis; teneis hambre y sed; pues sed bien venido. No melo agradezcais; no me digais que os recibo en mi casa. Aqui no esta en su casa mas que el que necesita asilo. Vos que pasais por aqui, estais en vuestra casa mas que en la mia. Todo lo que hay aqui es vuestro. ?Para que necesito saber vuestro nombre? Ademas, teneis un nombre que antes que me lo dijeseis ya lo sabia. El hombre abrio sus ojos asombrado. -? De veras? Sabiais como me llamo? -Si -respondio el obispo-, ? os llamais mi hermano! -? Ah, senor cura! -exclamo el viajero-. Antes de entrar aqui tenia mucha hambre; pero sois tan bueno, que ahora no se lo que tengo. El hambre se me ha pasado. El obispo lo miro y le dijo: -? Habeis padecido mucho? -? Mucho! ?La chaqueta roja, la cadena al pie, una tarima para dormir, el calor, el frio, el trabajo, los apaleos, la doble cadena por nada, el calabozo por una palabra, y, aun enfermo en la cama, la cadena! ?Los perros, los perros son mas felices! ?Diecinueve anos! Ahora tengo cuarenta y seis, y un pasaporte amarillo. Si -replico el obispo-, salis de un lugar de tristeza. Pero sabed que hay mas alegria en el cielo por las lagrimas de un pecador arrepentido, que por la blanca vestidura de cien justos. Si salis de ese lugar de dolores con pensamientos de odio y de colera contra los hombres, sereis digno de lastima; pero si salis con pensamientos de caridad, de dulzura y de paz, valdreis mas que todos nosotros. Mientras tanto la senora Magloire habia servido la cena; una sopa hecha con agua, aceite, pan y sal; un poco de tocino, un pedazo de carnero, higos, un queso fresco, y un gran pan de centeno.

A la comida ordinaria del obispo habia anadido una botella de vino anejo de Mauves. La fisonomia del obispo tomo de repente la expresion de dulzura propia de las personas hospitalarias: -A la mesa -dijo con viveza, segun acostumbraba cuando cenaba con algun forastero; a hizo sentar al hombre a su derecha. La senorita Baptistina, tranquila y naturalmente, tomo asiento a su izquierda. El obispo bendijo la mesa, y despues sirvio la sopa segun su costumbre. El hombre empezo a comer avidamente. -Me parece que falta algo en la mesa -dijo el obispo de repente.

La senora Magloire no habia puesto mas que los tres cubiertos absolutamente necesarios. Pero era costumbre de la casa, cuando el obispo tenia algun convidado, poner en la mesa los seis cubiertos de plata. Esta graciosa ostentacion de lujo era casi una nineria simpatica en aquella casa tranquila y severa, que elevaba la pobreza hasta la dignidad. La senora Magloire comprendio la observacion, salio sin decir una palabra, y un momento despues los tres cubiertos pedidos por el obispo lucian en el mantel, colocados simetricamente ante cada uno de los tres comensales.

Al fin de la cena, monsenor Bienvenido dio las buenas noches a su hermana, cogio uno de los dos candeleros de plata que habia sobre la mesa, dio el otro a su huesped y le dijo: -Caballero, voy a ensenaros vuestro cuarto. El hombre lo siguio. En el momento en que atravesaban el dormitorio del obispo, la senora Magloire cerraba el armario de la plata que estaba a la cabecera de la cama. Lo hacia cada noche antes de acostarse. El obispo instalo a su huesped en la alcoba. Una cama blanca y limpia lo esperaba. El hombre puso la luz sobre una mesita. -Bien -dijo el obispo-, que paseis buena noche.

Manana temprano, antes de partir, tomareis una taza de leche de nuestras vacas, bien caliente. -Gracias, senor cura -dijo el hombre. Pero apenas hubo pronunciado estas palabras de paz, subitamente, sin transicion alguna, hizo un movimiento extrano, que hubiera helado de espanto a las dos santas mujeres si hubieran estado presente. Se volvio bruscamente hacia el anciano, cruzo los brazos, y fijando en el una mirada salvaje, exclamo con voz ronca: -? Ah! ?De modo que me alojais en vuestra casa y tan cerca de vos! Callo un momento, y anadio con una sonrisa que tenia algo de monstruosa: -?

Habeis reflexionado bien? ?Quien os ha dicho que no soy un asesino? El obispo respondio: -Ese es problema de Dios. Despues, con toda gravedad, bendijo con los dedos de la mano derecha a su huesped, que ni aun doblo la cabeza, y sin volver la vista atras entro en su dormitorio. Hizo una breve oracion, y un momento despues estaba en su jardin, donde se paseo meditabundo, contemplando con el alma y con el pensamiento los grandes misterios que Dios descubre por la noche a los ojos que permanecen abiertos. En cuanto al hombre, estaba tan cansado que ni aprovecho aquellas blancas sabanas.

Apago la luz soplando con la nariz como acostumbran los presidarios, se dejo caer vestido en la cama, y se quedo profundamente dormido. Era medianoche cuando el obispo volvio del jardin a su cuarto. Algunos minutos despues, todos dormian en aquella casa. IV Jean Valjean Jean Valjean pertenecia a una humilde familia de Brie. No habia aprendido a leer en su infancia; y cuando fue hombre, tomo el oficio de su padre, podador en Faverolles. Su padre se llamaba igualmente Jean Valjean o Vlajean, una contraccion probablemente de «voila Jean»: ahi esta Jean.

Su caracter era pensativo, aunque no triste, propio de las almas afectuosas. Perdio de muy corta edad a su padre y a su madre. Se encontro sin mas familia que una hermana mayor que el, viuda y con siete hijos. El marido murio cuando el mayor de los siete hijos tenia ocho anos y el menor uno. Jean Valjean acababa de cumplir veinticinco. Reemplazo al padre, y mantuvo a su hermana y los ninos. Lo hizo sencillamente, como un deber, y aun con cierta rudeza. Su juventud se desperdiciaba, pues, en un trabajo duro y mal pagado. Nunca se le conocio novia; no habia tenido tiempo para enamorarse.

Por la noche volvia cansado a la casa y comia su sopa sin decir una palabra. Mientras comia, su hermana a menudo le sacaba de su plato lo mejor de la comida, el pedazo de carne, la lonja de tocino, el cogollo de la col, para darselo a alguno de sus hijos. El, sin dejar de comer, inclinado sobre la mesa, con la cabeza casi metida en la sopa, con sus largos cabellos esparcidos alrededor del plato, parecia que nada observaba; y la dejaba hacer. Aquella familia era un triste grupo que la miseria fue oprimiendo poco a poco. Llego un invierno muy crudo; Jean no tuvo trabajo.

La familia carecio de pan. ?Ni un bocado de pan y siete ninos! Un domingo por la noche Maubert Isabeau, panadero de la plaza de la Iglesia, se disponia a acostarse cuando oyo un golpe violento en la puerta y en la vidriera de su tienda. Acudio, y llego a tiempo de ver pasar un brazo a traves del agujero hecho en la vidriera por un punetazo. El brazo cogio un pan y se retiro. Isabeau salio apresuradamente; el ladron huyo a todo correr pero Isabeau corrio tambien y lo detuvo. El ladron habia tirado el pan, pero tenia aun el brazo ensangrentado. Era Jean Valjean. Esto ocurrio en 1795.

Jean Valjean fue acusado ante los tribunales de aquel tiempo como autor de un robo con fractura, de noche, y en casa habitada. Tenia en su casa un fusil y era un eximio tirador y aficionado a la caza furtiva, y esto lo perjudico. Fue declarado culpable. Las palabras del codigo eran terminantes. Hay en nuestra civilizacion momentos terribles, y son precisamente aquellos en que la ley penal pronuncia una condena. ?Instante funebre aquel en que la sociedad se aleja y consuma el irreparable abandono de un ser pensante! Jean Valjean fue condenado a cinco anos de presidio.

Un antiguo carcelero de la prision recuerda aun perfectamente a este desgraciado, cuya cadena se remacho en la extremidad del patio. Estaba sentado en el suelo como todos los demas. Parecia que no comprendia nada de su posicion sino que era horrible. Pero es probable que descubriese, a traves de las vagas ideas de un hombre completamente ignorante, que habia en su pena algo excesivo. Mientras que a grandes martillazos remachaban detras de el la bala de su cadena, lloraba; las lagrimas lo ahogaban, le impedian hablar, y solamente de rato en rato exclamaba: «Yo era podador en Faverolles».

Despues sollozando y alzando su mano derecha, y bajandola gradualmente siete veces, como si tocase sucesivamente siete cabezas a desigual altura, queria indicar que lo que habia hecho fue para alimentar a siete criaturas. Por fin partio para Tolon, donde llego despues de un viaje de veintisiete dias, en una carreta y con la cadena al cuello. En Tolon fue vestido con la chaqueta roja; y entonces se borro todo lo que habia sido en su vida, hasta su nombre, porque desde entonces ya no fue Jean Valjean, sino el numero 24. 601. ?Que fue de su hermana? ?Que fue de los siete ninos?

Pero, ? a quien le importa? La historia es siempre la misma. Esos pobres seres, esas criaturas de Dios, sin apoyo alguno, sin guia, sin asilo, quedaron a merced de la casualidad. ?Que mas se ha de saber? Se fueron cada uno por su lado, y se sumergieron poco a poco en esa fria bruma en que se sepultan los destinos solitarios. Apenas, durante todo el tiempo que paso en Tolon, oyo hablar una sola vez de su hermana. Al fin del cuarto ano de prision, recibio noticias por no se que conducto. Alguien que los habia conocido en su pueblo habia visto a su hermana: estaba en Paris.

Vivia en un miserable callejon, cerca de San Sulpicio, y tenia consigo solo al menor de los ninos. Esto fue lo que le dijeron a Jean Valjean. Nada supo despues. A fines de ese mismo cuarto ano, le llego su turno para la evasion. Sus camaradas lo ayudaron como suele hacerse en aquella triste mansion, y se evadio. Anduvo errante dos dias en libertad por el campo, si es ser libre estar perseguido, volver la cabeza a cada instante y al menor ruido, tener miedo de todo, del sendero, de los arboles, del sueno. En la noche del segundo dia fue apresado. No habia comido ni dormido hacia treinta seis horas.

El tribunal lo condeno por este delito a un recargo de tres anos. Al sexto ano le toco tambien el turno para la evasion; por la noche la ronda le encontro oculto bajo la quilla de un buque en construccion; hizo resistencia a los guardias que lo cogieron: evasion y rebelion. Este hecho, previsto por el codigo especial, fue castigado con un recargo de cinco anos, dos de ellos de doble cadena. Al decimo le llego otra vez su turno, y lo aprovecho; pero no salio mejor librado. Tres anos mas por esta nueva tentativa. En fin, el ano decimotercero, intento de nuevo su evasion, y fue cogido a las cuatro horas.

Tres anos mas por estas cuatro horas: total diecinueve anos. En octubre de 1815 salio en libertad: habia entrado al presidio en 1796 por haber roto un vidrio y haber tomado un pan. Jean Valjean entro al presidio sollozando y tembloroso; salio impasible. Entro desesperado; salio taciturno. ?Que habia pasado en su alma? V El interior de la desesperacion Tratemos de explicarlo. Es preciso que la sociedad se fije en estas cosas, puesto que ella es su causa. Jean era, como hemos dicho, un ignorante; pero no era un imbecil. La luz natural brillaba en su interior; y la desgracia, que tiene tambien su claridad, aumento la poca que habia en quel espiritu. Bajo la influencia del latigo, de la cadena, del calabozo, del trabajo bajo el ardiente sol del presidio, en el lecho de tablas, el presidiario se encerro en su conciencia, y reflexiono. Se constituyo en tribunal. Principio por juzgarse a si mismo. Reconocio que no era un inocente castigado injustamente. Confeso que habia cometido una accion mala, culpable; que quiza no le habrian negado el pan si lo hubiese pedido; que en todo caso hubiera sido mejor esperar para conseguirlo de la piedad o del trabajo; que no es una razon el decir: ? e puede esperar cuando se padece hambre? Que es muy raro el caso que un hombre muera literalmente de hambre; que debio haber tenido paciencia; que eso hubiera sido mejor para sus pobres ninos; que habia sido un acto de locura en el, desgraciado criminal, coger violentamente a la sociedad entera por el cuello, y figurarse que se puede salir de la miseria por medio del robo; que es siempre una mala puerta para salir de la miseria la que da entrada a la infamia; y, en fin, que habia obrado mal.

Despues se pregunto si era el unico que habia obrado mal en tal fatal historia; si no era una cosa grave que el, trabajador, careciese de trabajo; que el, laborioso, careciese de pan; si, despues de cometida y confesada la falta, el castigo no habia sido feroz y extremado; si no habia mas abuso por parte de la ley en la pena que por parte del culpado en la culpa; si el recargo de la pena no era el lvido del delito, y no producia por resultado el cambio completo de la situacion, reemplazando la falta del delincuente con el exceso de la represion, transformando al culpado en victima, y al deudor en acreedor, poniendo definitivamente el derecho de parte del mismo que lo habia violado; si esta pena, complicada por recargos sucesivos por las tentativas de evasion, no concluia por ser una especie de atentado del fuerte contra el debil, un crimen de la sociedad contra el individuo; un crimen que empezaba todos los dias; un crimen que se cometia continuamente por espacio de diecinueve anos.

Se pregunto si la sociedad humana podia tener el derecho de hacer sufrir igualmente a sus miembros, en un caso su imprevision irracional, y en otro su impia prevision; y de apoderarse para siempre de un hombre entre una falta y un exceso; falta de trabajo, exceso de castigo. Se pregunto si era justo que la sociedad tratase asi precisamente a aquellos de sus miembros peor dotados en la reparticion casual de los bienes y, por lo tanto, a los miserables mas dignos de consideracion. Presentadas y resueltas estas cuestiones, juzgo a la sociedad y la condeno.

La condeno a su odio. La hizo responsable de su suerte, y se dijo que no dudaria quiza en pedirle cuentas algun dia. Se declaro a si mismo que no habia equilibrio entre el mal que habia causado y el que habia recibido; concluyendo, por fin, que su castigo no era ciertamente una injusticia, pero era seguramente una iniquidad. Los hombres no lo habian tocado mas que para maltratarle. Todo contacto con ellos habia sido una herida. Nunca, desde su infancia, exceptuando a su madre y a su hermana, nunca habia encontrado una voz amiga, una mirada benevola.

Asi, de padecimiento en padecimiento, llego a la conviccion de que la vida es una guerra, y que en esta guerra el era el vencido. Y no teniendo mas arma que el odio, resolvio aguzarlo en el presidio, y llevarlo consigo a su salida. Habia en Tolon una escuela para presidarios, en la cual se ensenaba lo mas necesario a los desgraciados que tenian buena voluntad. Jean fue del numero de los hombres de buena voluntad. Empezo a ir a la escuela a los cuarenta anos, y aprendio a leer, a escribir y a contar.

Penso que fortalecer su inteligencia era fortalecer su odio; porque en ciertos casos la instruccion y la luz pueden servir de auxiliares al mal. Digamos ahora una cosa triste: Jean, despues de juzgar a la sociedad que habia hecho su desgracia, juzgo a la Providencia que habia hecho la sociedad, y la condeno tambien. Asi, durante estos diecinueve anos de tortura y de esclavitud, su alma se elevo y decayo al mismo tiempo. En ella entraron la luz por un lado y las tinieblas por otro. Jean Valjean no tenia, como se ha visto, una naturaleza malvada. Aun era bueno cuando entro en el presidio.

Alli condeno a la sociedad y supo que se hacia malo; condeno a la Providencia, y supo que se hacia impio. ?Puede la naturaleza humana transformarse asi completamente? Al hombre, creado bueno por Dios, ? puede hacerlo malo el hombre? ?Puede el destino modificar el alma completamente, y hacerla mala porque es malo el destino? ?No hay en toda alma humana, no habia en el alma de Jean Valjean en particular, una primera chispa, un elemento divino, incorruptible en este mundo, inmortal en el otro, que el bien puede desarrollar, encender, purificar, hacer brillar esplendorosamente, y que el mal no puede nunca apagar del todo? Tenia conciencia el presidiario de todo lo que habia pasado en el, y de todas las emociones que experimentaba? Preguntas profundas y obscuras para que este hombre rudo a ignorante pudiera responder. Habia demasiada ignorancia en Jean Valjean para que, aun despues de tanta desgracia, no quedase mucha vaguedad en su espiritu. Ni aun sabia exactamente lo que por el pasaba. Jean Valjean estaba en las tinieblas; sufria en las tinieblas; odiaba en las tinieblas. Vivia habitualmente en esta sombra, a tientas, como un ciego, como un sonador.

Solamente a intervalos recibia subitamente, de si mismo o del exterior, un impulso de colera, un aumento de padecimiento, un palido y rapido relampago que iluminaba toda su alma y que le mostraba, entre los resplandores de una luz horrible, los negros precipicios y las sombrias perspectivas de su destino. Pero pasaba el relampago, venia la noche, y ? donde estaba el? Ya no lo sabia. Jean Valjean hablaba poco y no reia nunca. Era necesaria una emocion fuertisima para arrancarle, una o dos veces al ano, esa lugubre risa del forzado que es como el eco de una risa satanica. Parecia estar ocupado siempre en contemplar algo terrible.

Y en aquella penumbra sombria y tenebrosa en que vivia, no dejo de destacarse su increible fuerza fisica. Y su agilidad, que era aun mayor que su fuerza. Ciertos presidiarios, fraguadores perpetuos de evasiones, concluyen por hacer de la fuerza y de la destreza combinadas una verdadera ciencia, la ciencia de los musculos. Subir por una vertical, y hallar puntos de apoyo donde no habia apenas un desnivel, era solamente un juego para Jean Valjean. No sin razon su pasaporte lo calificaba de «hombre muy peligroso». De ano en ano se habia ido desecando su alma, lenta, pero fatalmente.

A alma seca, ojos secos. A su salida de presidio hacia diecinueve anos que no habia derramado una lagrima. VI La ola y la sombra ?Un hombre al mar! ?Que importa! El buque no se detiene por eso. El viento sopla; el barco tiene una senda trazada, que debe recorrer necesariamente. El hombre desaparece y vuelve a aparecer; se sumerge y sube a la superficie; llama; tiende los brazos, pero no es oido: la nave, temblando al impulso del huracan, continua sus maniobras; los marineros y los pasajeros no ven al hombre sumergido; su miserable cabeza no es mas que un punto en la inmensidad de as olas. Sus gritos desesperados resuenan en las profundidades. Observa aquel espectro de una vela que se aleja. La mira, la mira desesperado. Pero la vela se aleja, decrece, desaparece. Alli estaba el: hacia un momento, formaba parte de la tripulacion, iba y venia por el puente con los demas, tenia su parte de aire y de sol; estaba vivo. Pero ? que ha sucedido? Resbalo; cayo. Todo ha terminado. Se encuentra inmerso en el monstruo de las aguas. Bajo sus pies no hay mas que olas que huyen, olas que se abren, que desaparecen.

Estas olas, rotas y rasgadas por el viento, lo rodean espantosamente; los vaivenes del abismo lo arrastran; los harapos del agua se agitan alrededor de su cabeza; un pueblo de olas escupe sobre el; confusas cavernas amenazan devorarle; cada vez que se sumerge descubre precipicios llenos de oscuridad; una vegetacion desconocida lo sujeta, le enreda los pies, lo atrae: siente que forma ya parte de la espuma, que las olas se lo echan de una a otra; bebe toda su amargura; el oceano se encarniza con el para ahogarle; la inmensidad juega con su agonia.

Parece que el agua se ha convertido en odio. Pero lucha todavia. Trata de defenderse, de sostenerse, hace esfuerzos, nada. ?Pobre fuerza agotada ya, que combate con lo inagotable! ?Donde esta el buque? Alla a lo lejos. Apenas es ya visible en las palidas tinieblas del horizonte. Las rafagas soplan; las espumas lo cubren. Alza la vista; ya no divisa mas que la lividez de las nubes. En su agonia asiste a la inmensa demencia de la mar. La locura de las olas es su suplicio: oye mil ruidos inauditos que parecen salir de mas alla de la tierra; de un sitio desconocido y horrible.

Hay pajaros en las nubes, lo mismo que hay angeles sobre las miserias humanas; pero, ? que pueden hacer por el? Ellos vuelan, cantan y se ciernen en los aires, y el agoniza. Se ve ya sepultado entre dos infinitos, el oceano y el cielo; uno es su tumba; otro su mortaja. Llega la noche; hace algunas horas que nada; sus fuerzas se agotan ya; aquel buque, aquella cosa lejana donde hay hombres, ha desaparecido; se encuentra solo en el formidable abismo crepuscular; se sumerge, se estira, se enrosca; ve debajo de si los indefinibles monstruos del infinito; grita. Ya no lo oyen los hombres. Y donde esta Dios? Llama. Llama sin cesar. Nada en el horizonte; nada en el cielo. Implora al espacio, a la ola, a las algas, al escollo; todo ensordece. Suplica a la tempestad; la tempestad imperturbable solo obedece al infinito. A su alrededor tiene la oscuridad, la bruma; la soledad, el tumulto tempestuoso y ciego, el movimiento indefinido de las temibles olas; dentro de si el horror y la fatiga. El frio sin fondo lo paraliza. Sus manos se crispan y se cierran, y cogen, al cerrarse, la nada. Vientos, nubes, torbellinos, estrellas; ? todo le es inutil! ?Que hacer?

El desesperado se abandona; el que esta cansado toma el partido de morir, se deja llevar, se entrega a la suerte, y rueda para siempre en las lugubres profundidades del sepulcro. ?Oh destino implacable de las sociedades humanas, que perdeis los hombres y las almas en vuestro camino! ?Oceano en que cae todo lo que deja caer la ley! ?Siniestra desaparicion de todo auxilio! ?Muerte moral! La mar es la inexorable noche social en que la penalidad arroja a sus condenados. La mar es la inmensa miseria. El alma, naufragando en este abismo, puede convertirse en un cadaver. ?Quien lo resucitara? VII Nuevas quejas

Cuando llego la hora de la salida del presidio; cuando Jean Valjean oyo resonar en sus oidos estas palabras extranas: «? Estas libre! «, tuvo un momento indescriptible: un rayo de viva luz, un rayo de la verdadera luz de los vivos penetro en el subitamente. Pero no tardo en debilitarse. Jean Valjean se habia deslumbrado con la idea de la libertad. Habia creido en una vida nueva; pero pronto supo lo que es una libertad con pasaporte amarillo. Al dia siguiente de su libertad, en Grasse, vio delante de la puerta de una destileria de flores de naranjo algunos hombres que descargaban unos fardos.

Ofrecio su trabajo. Era necesario y fue aceptado. Se puso a trabajar. Era inteligente, robusto, agil, trabajaba muy bien; su empleador parecia estar contento. Pero paso un gendarme, lo observo y le pidio sus papeles. Le fue preciso mostrar el pasaporte amarillo. Hecho esto, volvio a su trabajo. Un momento antes habia preguntado a un companero cuanto ganaba al dia; «treinta sueldos», le habia respondido. Llego la tarde, y como debia partir al dia siguiente por la manana, se presento al dueno y le rogo que le pagase. Este no pronuncio una palabra, y le entrego quince sueldos.

Reclamo y le respondieron: «Bastante es eso para ti». Insistio. El dueno lo miro fijamente, y le dijo: «? Cuidado con la carcel! » La excarcelacion no es la libertad. Se acaba el presidio, pero no la condena. Esto era lo que habia sucedido en Grasse. Ya hemos visto como fue recibido en D. VIII El hombre despierto Daban las dos en el reloj de la catedral cuando Jean Valjean desperto. Lo que lo desperto fue el lecho demasiado blando. Iban a cumplirse veinte anos que no se acostaba en una cama, y aunque no se hubiese desnudado, la sensacion era demasiado nueva para no turbar su sueno.

Habia dormido mas de cuatro horas. No acostumbraba dedicar mas tiempo al reposo. Abrio los ojos y miro un momento en la oscuridad en derredor suyo; despues los cerro para dormir otra vez. Pero cuando han agitado el animo durante el dia muchas sensaciones diversas; cuando se ha pensado a la vez en muchas cosas, el hombre duerme, pero no vuelve a dormir una vez que ha des