Robinson crusoe

Respecto a volver a casa, la verguenza me hacia rechazar mis buenos impulsos e inmediatamente pense que mis vecinos se reirian de mi y que me daria verguenza presentarme, no solo ante mis padres, sino ante el resto del mundo. En este sentido, y desde entonces, he observado lo incongruentes e irracionales que son los seres humanos, especialmente los jovenes, frente a la razon que debe guiarlos en estos casos; es decir, que no se averguenzan de pecar sino de arrepentirse de su pecado; que no se averguenzan de hacer cosas por las que, legitimamente, serian tomados por tontos, sino de retractarse, por lo que serian tomados por sabios.

En este estado permaneci un tiempo, sin saber que medidas tomar ni por donde encaminar mi vida. Aun me sentia renuente a volver a casa y, a medida que demoraba mi decision, se iba disipando el recuerdo de mis desgracias, lo cual, a su vez, hacia disminuir aun mas mis debiles intenciones de regresar a casa. Finalmente, me olvide de ello y me dispuse a buscar la forma de viajar.

La nefasta influencia que, en el principio, me habia alejado de la casa de mi padre; que me habia conducido a seguir la descabellada

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y absurda idea de hacer fortuna y me habia imbuido con tal fuerza dicha presuncion que me hizo sordo a todos los sabios consejos, a los ruegos y hasta las ordenes de mi padre; digo, que, esa misma influencia, cualquiera que fuera, me impulso a realizar la mas desafortunada de las empresas. De este modo, me embarque en un buque rumbo a la costa de Africa o, como dicen vulgarmente los marineros, emprendi un viaje a Guinea.

Para mi desgracia, en ninguna de estas aventuras me embarque como marinero. Es verdad que, de ese modo, habria tenido que trabajar un poco mas de lo ordinario, pero, al mismo tiempo, habria aprendido los deberes y el oficio de contramaestre y con el tiempo me habria capacitado para ejercer de piloto y oficial, si no de capitan. Sin embargo, como mi destino era siempre elegir lo peor, lo mismo hice en este caso, pues, bien vestido y con dinero en el bolsillo, subia siempre a bordo como un senor. Nunca realice ninguna tarea en el barco ni aprendi a hacer nada.

Al poco tiempo de mi llegada a Londres, tuve la fortuna de encontrar muy buena compania, cosa que no siempre les ocurre a jovenes tan negligentes y desencaminados como lo era yo entonces, pues el diablo no pierde la oportunidad de tenderles sus trampas muy pronto. Mas, no fue esa mi suerte. En primer lugar, conoci al capitan de un barco que habia estado en la costa de Guinea y, como habia tenido mucho exito alli, estaba resuelto a volver. Este hombre, escucho gustosamente mi conversacion, que en aquel momento no era nada desagradable, y cuando me oyo decir que tenia la intencion de ver el mundo, me dijo que si queria irme con el, no e costaria un centavo; que seria su companero de mesa y de viaje y que, si queria llevarme alguna cosa conmigo, le sacaria todo el provecho que el comercio proporcionaba y, tal vez, encontraria un poco de estimulo. Acepte su oferta y entable una estrecha amistad con este capitan, que era un hombre franco y honesto. Emprendi el viaje con el y me lleve, una pequena cantidad de mercan cia que, gracias a la desinteresada honestidad de mi amigo el capitan, pude acrecentar considerablemente. Llevaba como cuarenta libras de bagatelas y fruslerias que el capitan me habia indicado.

Reuni las cuarenta libras con la ayuda de los parientes con los que mantenia correspondencia, y quienes, seguramente, convencieron a mi padre, o al menos a mi madre, de que contribuyeran con algo para mi primer viaje. Esta expedicion fue, de todas mis aventuras, la unica afortunada. Esto se lo debo a la integridad y honestidad de mi amigo el capitan, de quien tambien obtuve un conocimiento digno de las matematicas y de las reglas de navegacion, aprendi a llevar una bitacora de viaje y a fijar la posicion del barco.

En pocas palabras, me transmitio conocimientos imprescindibles para un marinero, que el se deleitaba ensenandome y yo, aprendiendo. Asi fue como en este viaje me hice marinero y comerciante, ya que obtuve cinco libras y nueve onzas de oro en polvo a cambio de mis chucherias, que, al llegar a Londres, me produjeron una ganancia de casi trescientas libras esterlinas. Esto me lleno la cabeza de todos los pensamientos ambiciosos que desde entonces me llevaron a la ruina. Con todo, en este viaje tambien pase muchos apuros.

Estuve enfermo continuamente, con violentas calenturas, a causa del clima, excesivamente caluroso, pues la mayor parte de nuestro trafico se llevaba a cabo en la costa, que estaba a quince grados de latitud norte hasta la misma linea del ecuador. A estas alturas, podia considerarme un experto en el comercio con Guinea. Para mi desgracia, mi amigo murio al poco tiempo de nuestro regreso. No obstante, decidi hacer el mismo viaje otra vez y me embarque en el mismo navio, con uno que habia sido oficial en el primer viaje y ahora habia pasado a ser capitan.

Este viaje fue el mas desdichado que hombre alguno pudiera hacer en su vida, pese a que lleve menos de cien libras esterlinas de mi recien adquirida fortuna, dejando las otras doscientas libras al cuidado de la viuda de mi amigo, que era muy buena conmigo. En este viaje padeci terribles desgracias y esta fue la primera: mientras nuestro barco avanzaba hacia las Islas Canarias, o mas bien entre estas islas y la costa africana, fuimos sorprendidos, en la penumbra del alba, por un corsario turco de Sale, que nos persiguio a toda vela.

Nosotros tambien nos apresuramos a desplegar todo el velamen del que disponiamos o el que podian sostener nuestros mastiles, a fin de escapar. Mas, viendo que el pirata se nos acercaba y que nos alcanzaria en cuestion de pocas horas, nos pertrechamos para el combate; para esto, nuestro barco contaba con doce canones, mientras que el del pirata tenia dieciocho. A eso de las tres de la tarde nos alcanzaron, pero por un error de maniobra, se aproximo transversalmente a la borda de nuestro barco, en vez de hacerlo por popa, como era su intencion.

Nosotros llevamos ocho de nuestros canones a ese lado y le disparamos una descarga que le hizo virar nuevamente, despues de responder a nuestro fuego con la nutrida fusileria de los casi doscientos hombres que llevaba a bordo. No obstante, ninguno de nuestros hombres resulto herido, ya que estaban todos muy bien protegidos. Se prepararon para volver a atacar y nosotros, para defendernos, pero esta vez, por el otro lado, subieron sesenta hombres a la cubierta de nuestro barco e, inmediatamente, se pusieron a cortar y romper los puentes y el aparejo.

Les respondimos con fuego de fusileria, picas de abordaje, granadas y otras armas y logramos despejar la cubierta dos veces. Para acortar esta melancolica parte de nuestro relato, dire que, con nuestro barco maltrecho, tres hombres muertos y ocho heridos, tuvimos que rendirnos y fuimos llevados como prisioneros a Sale, un puerto que pertenecia a los moros. El trato que alli recibi no fue tan terrible como temia al principio, pues, no me llevaron al interior del pais a la corte del emperador, como le ocurrio al resto de nuestros hombres.

El capitan de los corsarios decidio retenerme como parte de su botin y, puesto que era joven y listo, y podia serle util para sus negocios, me hizo su esclavo. Ante este inesperado cambio de circunstancias, por el que habia pasado de ser un experto comerciante a un miserable esclavo, me sentia profundamente consternado. Entonces, recorde las profeticas palabras de mi padre, cuando me advertia que seria un desgraciado y no hallaria a nadie que pudiera ayudarme.

Me parecia que estas palabras no podian haberse cumplido mas al pie de la letra y que la mano del cielo habia caido sobre mi; me hallaba perdido y sin salvacion. Mas, ? ay! , esto era solo una muestra de las desgracias que me aguardaban, como se vera en lo que sigue de esta historia. Como mi nuevo patron, o senor, me habia llevado a su casa, tenia la esperanza de que me llevara consigo cuando volviese al mar. Estaba convencido de que, tarde o temprano, su destino seria caer prisionero de la armada espanola o portuguesa y, de ese modo, yo recobraria mi libertad.

Pero muy pronto se desvanecieron mis esperanzas, porque, cuando partio hacia el mar, me dejo en tierra a cargo de su jardincillo y de las tareas domesticas que suelen desempenar los esclavos, y cuando regreso de su viaje, me ordeno permanecer a bordo del barco para custodiarlo. En aquel tiempo, no pensaba en otra cosa que en fugarme y en la mejor forma de hacerlo, pero no lograba hallar ningun metodo que fuera minimamente viable. No habia ningun indicio racional de que pudiera llevar a cabo mis planes, pues, no tenia a nadie a quien comunicarselos ni que estuviera dispuesto a acompanarme.

Tampoco tenia amigos entre los esclavos, ni habia por alli ningun otro ingles, irlandes o escoces aparte de mi. Asi, pues, durante dos anos, si bien me complacia con la idea, no tenia ninguna perspectiva alentadora de realizarla. Al cabo de casi dos anos se presento una extrana circunstancia que reavivo mis intenciones de hacer algo por recobrar mi libertad. Mi amo permanecia en casa por mas tiempo de lo habitual y sin alistar la nave (segun oi, por falta de dinero). Una o dos veces por semana, si hacia buen tiempo, cogia la pinaza del barco y salia a pescar a la rada.

A menudo, nos llevaba a mi y a un joven morisco para que remaramos, pues le agradabamos mucho. Yo di muestras de ser tan diestro en la pesca que, a veces, me mandaba con uno de sus parientes moros y con el joven, el morisco, a fin de que le trajesemos pescado para la comida. Una vez, mientras ibamos a pescar en una manana clara y tranquila, se levanto una niebla tan espesa que, aun estando a media legua de la costa, no podiamos divisarla, de manera que nos pusimos a remar sin saber en que direccion, y asi estuvimos remando todo el dia y la noche.

Cuando amanecio, nos dimos cuenta de que habiamos remado mar adentro en vez de hacia la costa y que estabamos, al menos, a dos leguas de la orilla. No obstante, logramos regresar, no sin mucho esfuerzo y peligro, porque el viento comenzo a soplar con fuerza en la manana y estabamos debiles por el hambre. Nuestro amo, prevenido por este desastre, decidio ser mas cuidadoso en el futuro. Usaria la chalupa de nuestro barco ingles y no volveria a salir de pesca sin llevar consigo la brujula y algunas provisiones.

Entonces, le ordeno al carpintero de su barco, que tambien era un esclavo ingles, que construyera un pequeno camarote o cabina en medio de la chalupa, como las que tienen las barcazas, con espacio suficiente a popa, para que se pudiese largar la vela mayor y, a proa, para que dos hombres pudiesen manipular las velas. La chalupa navegaba con una vela triangular, que llamabamos lomo de cordero y la bomba estaba asegurada sobre el techo del camarote. Este era bajo y muy comodo y suficientemente amplio para guarecer a mi amo y a uno o dos de sus esclavos.

Tenia una mesa para comer y unos pequenos armarios para guardar algunas botellas de su licor favorito y, sobre todo, su pan, su arroz y su cafe. A menudo saliamos a pescar en este bote y, como yo era el pescador mas diestro, nunca salia sin mi. Sucedio que un dia, para divertirse o pescar, habia hecho planes para salir con dos o tres moros que gozaban de cierto prestigio en el lugar y a quienes queria agasajar esplendidamente. Para esto, ordeno que la noche anterior se llevaran a bordo mas provisiones que las habituales y me mando preparar polvora y municiones para tres escopetas que llevaba a bordo, pues pensaba cazar, ademas de pescar.

Apareje todas las cosas como me habia indicado y espere a la manana siguiente con la chalupa limpia, su insignia y sus gallardetes enarbolados, y todo lo necesario para acomodar a sus huespedes. De pronto, mi amo subio a bordo solo y me dijo que sus huespedes habian cancelado el paseo, a causa de un asunto imprevisto, y me ordeno, como de costumbre, salir en la chalupa con el moro y el joven a pescar, ya que sus amigos vendrian a cenar a su casa. Me mando que, tan pronto hubiese cogido algunos peces, los llevara a su casa; y asi me dispuse a hacerlo.

En ese momento, volvieron a mi mente aquellas antiguas esperanzas de libertad, ya que tendria una pequena embarcacion a mi cargo. Asi, pues, cuando mi amo se hubo marchado, prepare mis cosas, no para pescar sino para emprender un viaje, aunque no sabia, ni me detuve a pensar, que direccion debia tomar, convencido de que, cualquier rumbo que me alejara de ese lugar, seria el correcto. Mi primera artimana fue buscar un pretexto para convencer al moro de que necesitabamos embarcar provisiones para nosotros porque no podiamos comernos el pan de nuestro amo.

Me respondio que era cierto y trajo una gran canasta con galletas o bizcochos de los que ellos confeccionaban y tres tinajas de agua. Yo sabia donde estaba la caja de licores de mi amo, que, evidentemente, por la marca, habia adquirido del botin de algun barco ingles, de modo que la subi a bordo, mientras el moro estaba en la playa, para que pareciera que estaba alli por orden del amo. Me lleve tambien un bloque de cera que pesaba mas de cincuenta libras, un rollo de bramante o cuerda, un hacha, una sierra y un martillo, que me fueron de gran utilidad posteriormente, sobre todo la cera, para hacer velas.

Le tendi otra trampa, en la cual cayo con la misma ingenuidad. Su nombre era Ismael pero lo llamaban Muly o Moley. -Moley -le dije-, las armas de nuestro amo estan a bordo del bote, ? no podrias traer un poco de polvora y municiones? Tal vez podamos cazar algun alcamar (un ave parecida a nuestros chorlitos). Se que el patron guarda las municiones en el barco. -Si -me respondio-, traere algunas. Aparecio con un gran saco de cuero que contenia cerca de una libra y media de polvora, quizas mas, y otro con municiones, que pesaba cinco o seis libras.

Tambien trajo algunas balas, y lo subio todo a bordo de la chalupa. Mientras tanto, yo habia encontrado un poco de polvora en el camarote de mi amo, con la que llene uno de los botellones de la caja, que estaba casi vacio, y eche su contenido en otra botella. De este modo, abastecidos con todo lo necesario, salimos del puerto para pescar. Los del castillo, que estaba a la entrada del puerto, nos conocian y no nos prestaron atencion. A menos de una milla del puerto, recogimos las velas y nos pusimos a pescar.

El viento soplaba del norte-noreste, lo cual era contrario a lo que yo deseaba, ya que si hubiera soplado del sur, con toda seguridad nos habria llevado a las costas de Espana, por lo menos, a la bahia de Cadiz. Mas estaba resuelto a que, soplara hacia donde soplara, me alejaria de ese horrible lugar. El resto, quedaba en manos del destino. Despues de estar un rato pescando y no haber cogido nada, porque cuando tenia algun pez en el anzuelo, no lo sacaba para que el moro no lo viera, le dije: -Aqui no vamos a pescar nada y no vamos a poder complacer a nuestro amo.

Sera mejor que nos alejemos un poco. El, sin sospechar nada, accedio y, como estaba en la proa del barco, desplego las velas. Yo, que estaba al timon, hice al bote avanzar una legua mas y enseguida me puse a fingir que me disponia a pescar. Entonces, entregandole el timon al chico, me acerque a donde estaba el moro y agachandome como si fuese a recoger algo detras de el, lo agarre por sorpresa por la entrepierna y lo arroje al mar por la borda. Inmediatamente subio a la superficie porque flotaba como un corcho.

Me llamo, me suplico que lo dejara subir, me dijo que iria conmigo al fin del mundo y comenzo a nadar hacia el bote con tanta velocidad, que me habria alcanzado en seguida, puesto que soplaba muy poco viento. En ese momento, entre en la cabina y cogiendo una de las armas de caza, le apunte con ella y le dije que no le habia hecho dano ni se lo haria si se quedaba tranquilo. -Pero -le dije-, puedes nadar lo suficientemente bien como para llegar a la orilla. El mar esta en calma, asi que, intenta llegar a ella y no te hare dano, pero, si te acercas al bote, te metere un tiro en la cabeza, pues estoy decidido a recuperar mi libertad.

De este modo, se dio la vuelta y nado hacia la orilla, y no dudo que haya llegado bien, porque era un excelente nadador. Tal vez me hubiese convenido llevarme al moro y arrojar al nino al agua, pero, la verdad es que no tenia ninguna razon para confiar en el. Cuando se alejo, me volvi al chico, a quien llamaban Xury, y le dije: -Xury, si quieres serme fiel, te hare un gran hombre, pero si no te pasas la mano por la cara -lo cual quiere decir, jurar por Mahoma y la barba de su padre-, tendre que arrojarte tambien al mar.

El nino me sonrio y me hablo con tanta inocencia, que no pude menos que confiar en el. Me juro que me seria fiel y que iria conmigo al fin del mundo. Mientras estuvimos al alcance de la vista del moro, que seguia nadando, mantuve el bote en direccion al mar abierto, mas bien un poco inclinado a barlovento, para que pareciera que me dirigia a la boca del estrecho (como en verdad lo habria hecho cualquier persona que estuviera en su sano juicio), pues, ? uien podia imaginar que navegabamos hacia el sur, rumbo a una costa barbara, donde, con toda seguridad, tribus enteras de negros nos rodearian con sus canoas para destruirnos; donde no podriamos tocar tierra ni una sola vez sin ser devorados por las bestias salvajes, o por los hombres salvajes, que eran aun mas despiadados que estas? Pero, tan pronto oscurecio, cambie el rumbo y enfile directamente al sur, ligeramente inclinado hacia el este para no alejarme demasiado de la costa.

Con el buen viento que soplaba y el mar en calma, navegamos tan bien que, al dia siguiente, a las tres de la tarde, cuando vi tierra por primera vez, no podia estar a menos de ciento cincuenta millas al sur de Sale, mucho mas alla de los dominios del emperador de Marruecos, o, quizas, de cualquier otro monarca de aquellos lares, ya que no se divisaba persona alguna. No obstante, era tal el temor que tenia de los moros y de caer en sus manos, que no me detuve, ni me acerque a la orilla, ni baje anclas (pues el viento seguia soplando favorablemente).

Decidi seguir navegando en el mismo rumbo durante otros cinco dias. Cuando el viento comenzo a soplar  del sur, decidi que si alguno de nuestros barcos habia salido a buscarnos, a estas alturas se habria dado por vencido. Asi, pues, me aventure a acercarme a la costa y me ancle en la boca de un pequeno rio, sin saber cual era, ni donde estaba, ni en que latitud se encontraba, ni en que pais o en que nacion. No podia divisar a nadie, ni deseaba hacerlo, porque lo unico que me interesaba era conseguir agua fresca.

Llegamos al estuario por la tarde y decidimos llegar a nado a la costa tan pronto oscureciera, para explorar el lugar. Mas, tan pronto oscurecio, comenzamos a escuchar un aterrador ruido de ladridos, aullidos, bramidos y rugidos de animales feroces, desconocidos para nosotros. El pobre chico estaba a punto de morirse de miedo y me suplico que no fueramos a la orilla hasta que se hiciese de dia. -Bien, Xury -le dije-, entonces no lo haremos, pero puede que en el dia veamos hombres tan peligrosos como esos leones. Entonces les disparamos escopeta -dijo Xury sonriendo-, hacemos huir. Xury habia aprendido a hablar un ingles entrecortado, conversando con nosotros los esclavos. Sin embargo, me alegraba ver que el chico estuviera tan contento y, para animarlo, le di a beber un pequeno trago (de la caja de botellas de nuestro amo). Despues de todo, el consejo de Xury me parecia razonable y lo acepte. Echamos nuestra pequena ancla y permanecimos tranquilos toda la noche; digo tranquilos porque ninguno de los dos pudo dormir.

Al cabo de dos o tres horas, comenzamos a ver que enormes criaturas (pues no sabiamos que llamarlas) de todo tipo, descendian hasta la playa y se metian en el agua, revolcandose y lavandose, por el mero placer de refrescarse, mientras emitian gritos y aullidos como nunca los habiamos escuchado. Xury estaba aterrorizado y, en verdad, yo tambien lo estaba, pero nos asustamos mucho mas cuando advertimos que una de esas poderosas criaturas nadaba hacia nuestro bote. No podiamos verla pero, por sus resoplidos, parecia una bestia enorme, monstruosa y feroz.

Xury decia que era un leon y, tal vez lo fuera, mas yo no lo sabia. El pobre chico me pidio a gritos que levaramos el ancla y remaramos mar adentro. -No -dije-, soltaremos el cable con la boya y nos alejaremos. No podra seguirnos tan lejos. No bien habia dicho esto, cuando me percate de que la criatura (o lo que fuese) estaba a dos remos de distancia, lo cual me sorprendio mucho. Entre a toda velocidad en la cabina y cogiendo mi escopeta le dispare, lo que le hizo dar la vuelta inmediatamente y ponerse a nadar hacia la playa. Es imposible describir los horrorosos ruidos, los speluznantes alaridos y los aullidos que provocamos con el disparo, tanto en la orilla de la playa como tierra adentro, pues creo que esas criaturas nunca antes habian escuchado un sonido igual. Estaba convencido de que no intentariamos ir a la orilla por la noche y me preguntaba como lo hariamos durante el dia, pues me parecia que caer en manos de aquellos salvajes era tan terrible como caer en las garras de leones y tigres; al menos a nosotros nos lo parecia. Sea como fuere, teniamos que ir a la orilla a por agua porque no nos quedaba ni una pinta en el bote; el problema era cuando y donde hacerlo.

Xury decia que, si le permitia ir a la orilla con una de las tinajas, intentaria buscar agua y traermela al bote. Le pregunte por que preferia ir el a que fuera yo mientras el se quedaba en el bote, a lo que respondio con tanto afecto, que desde entonces, lo quise para siempre: -Si los salvajes vienen y me comen, tu escapas. -Entonces, Xury -le dije-, iremos los dos y si vienen los salvajes, los mataremos y, asi, no se comeran a ninguno de los dos. Le di un pedazo de galleta para que comiera y otro trago de la caja de botellas del amo, que mencione anteriormente.

Aproximamos el bote a la orilla hasta donde nos parecio prudente y nadamos hasta la playa, sin otra cosa que nuestros brazos y dos tinajas para el agua. Yo no queria perder de vista el bote, porque temia que los salvajes vinieran en sus canoas rio abajo. El chico, que habia visto un terreno bajo como a una milla de la costa, se encamino hacia alli y, al poco tiempo, regreso corriendo hacia mi. Pense que lo perseguia algun salvaje, o que se habia asustado al ver alguna bestia y corri hacia el para socorrerle.

Mas cuando me acerque, vi que traia algo colgando de los hombros, un animal que habia cazado, parecido a una liebre pero de otro color y con las patas mas largas. Esto nos alegro mucho, porque parecia buena carne. Pero lo que en realidad alegro al pobre Xury fue darme la noticia de que habia encontrado agua fresca y no habia visto ningun salvaje. Poco despues, descubrimos que no teniamos que pasar tanto trabajo para buscar agua, porque un poco mas arriba del estuario en el que estabamos, habia un pequeno torren te del que manaba agua fresca cuando bajaba la marea.

Asi, pues, llenamos nuestras tinajas, nos dimos un banquete con la liebre que habiamos cazado y nos preparamos para seguir nuestro camino, sin llegar a ver huellas de criaturas humanas en aquella parte de la region. Como ya habia hecho un viaje por estas costas, sabia muy bien que las Islas Canarias y las del Cabo Verde, se hallaban a poca distancia. Mas, como no tenia instrumentos para calcular la latitud en la que estabamos, ni sabia con certeza, o al menos no lo recordaba, en que latitud estaban las islas, no sabia hacia donde dirigirme ni cual seria el mejor momento para hacerlo; de otro modo, me habria sido facil encontrarlas.

No obstante, tenia la esperanza de que, si permanecia cerca de esta costa, hasta llegar a donde traficaban los ingleses, encontraria alguna embarcacion en su ruta habitual de comercio, que estuviera dispuesta a ayudarnos. Segun mis calculos mas exactos, el lugar en el que nos encontrabamos debia estar en la region que colindaba con los dominios del emperador de Marruecos y los inhospitos dominios de los negros, donde solo habitaban las bestias salvajes; una region abandonada por los negros, que se trasladaron al sur por miedo a los moros; y por estos ultimos, porque no consideraban que valiera la pena habitarla a causa de su desolacion.

En resumidas cuentas, unos y otros la habian abandonado por la gran cantidad de tigres, leones, leopardos y demas fieras que alli habitaban. Los moros solo la utilizaban para cazar, actividad que realizaban en grupos de dos o tres mil hombres. Asi, pues, en cien millas a lo largo de la costa, no vimos mas que un vasto territorio desierto de dia, y, de noche, no escuchamos mas que aullidos y rugidos de bestias salvajes. Una o dos veces, durante el dia, me parecio ver el Pico de Tenerife, que es el pico mas alto de las montanas de Tenerife en las Canarias.

Me entraron muchas ganas de aventurarme con la esperanza de llegar alli y, en efecto, lo intente dos veces, pero el viento contrario y el mar, demasiado alto para mi pequena embarcacion, me hicieron retroceder, por lo que decidi seguir mi primer objetivo y mantenerme cerca de la costa. Despues de abandonar aquel sitio, me vi obligado a volver a tierra varias veces a buscar agua fresca. Una de estas veces, temprano en la manana, anclamos al pie de un pequeno promontorio, bastante elevado, y alli nos quedamos hasta que la marea, que comenzaba a subir, nos impulsase.

Xury, cuyos ojos parecian estar mucho mas atentos que los mios, me llamo suavemente y me dijo que retrocedieramos: -Mira alli -me dijo-, monstruo terrible, dormido en la ladera de la colina. Mire hacia donde apuntaba y, ciertamente, vi un monstruo terrible, pues se trataba de un leon inmenso que estaba, echado a la orilla de la playa, bajo la sombra de la parte sobresaliente de la colina, que parecia caer sobre el. -Xury -le dije-, debes ir a la playa y matarlo. Me miro aterrorizado y dijo: -? Matarlo! , me come de una boca. En verdad queria decir de un bocado.

No le dije nada mas, sino que le ordene que permaneciese quieto. Tome el arma de mayor tamano, que era casi como un mosquete, la cargue con abundante polvora y dos trozos de plomo y la deje aparte. Entonces cargue otro fusil con dos balas y luego un tercero, pues teniamos tres armas. Apunte lo mejor que pude con el primer arma para dispararle en la cabeza pero como estaba echado con las patas sobre la nariz, los plomos le dieron en una pata, a la altura de la rodilla, y le partieron el hueso. Intento ponerse en pie mientras rugia ferozmente, pero, como tenia la pata partida, volvio a caer al suelo.

Luego se puso en pie con las otras tres patas y lanzo el rugido mas espeluznante que jamas hubiese oido. Me sorprendio no haberle dado en la cabeza, e inmediatamente, tome el segundo fusil, y, pese a que ya habia comenzado a alejarse, le dispare otra vez en la cabeza y tuve el placer de verlo caer, emitiendo apenas un quejido y luchando por vivir. Entonces Xury recobro el valor y me pidio que le dejara ir a la orilla. -Esta bien, ve -le dije. El chico salto al agua, sujetando el arma pequena en una mano. Se acerco al animal, se puso la culata del fusil cerca de la oreja, le disparo nuevamente en la cabeza y lo remato.

Esto era mas bien un juego para nosotros, pero no servia para alimentarnos y lamente haber gastado tres cargas de polvora en dispararle a un animal que no nos servia para nada. No obstante, Xury dijo que queria llevarse algo, asi que subio a bordo y me pidio que le diera el hacha. -? Para que la quieres, Xury? -le pregunte. -Yo corto cabeza -me contesto. Pero no pudo hacerlo, de manera que le corto una pata, que era enorme, y la trajo consigo. De pronto se me ocurrio que la piel del leon podia servirnos de algo y decidi desollarlo si podia.

Inmediatamente, nos pusimos a trabajar y Xury demostro ser mucho mas diestro que yo en la labor, pues, en realidad, no tenia mucha idea de como realizarla. Nos tomo todo el dia, pero, por fin, pudimos quitarle la piel y la extendimos sobre la cabina. En dos dias se seco al sol y desde entonces, la utilizaba para dormir sobre ella. Despues de esta parada, navegamos hacia el sur durante diez o doce dias, consumiendo con parquedad las provisiones, que comenzaban a disminuir rapidamente, y yendo a la orilla solo cuando era necesario para buscar agua fresca.

Mi intencion era llegar al rio Gambia o al Senegal, es decir, a cualquier lugar cerca del Cabo Verde, donde esperaba encontrar algun barco europeo. De lo contrario, no sabia que rumbo tomar, como no fuese navegar en busca de las islas o morir entre los negros. Sabia que todas las naves que venian de Europa, pasaban por ese cabo, o esas islas, de camino a Guinea, Brasil o las Indias Orientales. En pocas palabras, aposte toda mi fortuna a esa posibilidad, de manera que, encontraba un barco o perecia.

Una vez tomada esta resolucion, al cabo de diez dias, comence a advertir que la tierra estaba habitada. En dos o tres lugares, a nuestro paso, vimos gente que nos observaba desde la playa. Nos percatamos de que eran bastante negros y estaban totalmente desnudos. Una vez senti el impulso de desembarcar y dirigirme a ellos, pero Xury, que era mi mejor consejero, me dijo: -No ir, no ir. No obstante, me dirigi a la playa mas cercana para hablar con ellos y vi como corrian un buen tramo a lo largo de la playa, a la par que nosotros.

Observe que no llevaban ar mas, con la excepcion de uno, que llevaba un palo largo y delgado, que, segun Xury era una lanza, que arrojaban desde muy lejos y con muy buena punteria. Mantuve, pues, cierta distancia pero me dirigi a ellos como mejor pude, por medio de senas, sobre todo, para expresarles que buscabamos comida. Con un gesto me dijeron que detuviera el bote y ellos nos traerian algo de carne. Baje un poco las velas y me quede a la espera. Dos de ellos corrieron tierra adentro y, en menos de media hora, estaban de vuelta con dos piezas de carne seca y un poco de grano, del que se cultiva en estas tierras.

Aunque no sabiamos que era ni una cosa ni la otra, las aceptamos gustosamente. El siguiente problema era como recoger lo que nos ofrecian, pues yo no me atrevia a acercarme a la orilla y ellos estaban tan aterrados como nosotros. Entonces, se les ocurrio una forma de hacerlo, que resultaba segura para todos. Dejaron los alimentos en la playa y se alejaron, deteniendose a una gran distancia, hasta que nosotros lo subimos todo a bordo; luego volvieron a acercarse. Les hicimos senas de agradecimiento porque no teniamos nada que darles a cambio.

Sin embargo, en ese mismo instante surgio la oportunidad de agradecerles el favor, por que mientras estaban en la orilla, se acercaron dos animales gigantescos, uno venia persiguiendo al otro (segun nos parecia) con gran sana, desde la montana hasta la playa. No sabiamos si era un macho que perseguia a una hembra ni si estaban en son de juego o pelea. Tampoco sabiamos si esto era algo habitual, pero nos inclinabamos mas hacia la idea contraria; en primer lugar, porque estas bestias famelicas suelen aparecer solamente por la noche; en segundo lugar, porque la gente estaba aterrorizada, en especial, las mujeres.

El hombre que llevaba la lanza no huyo, aunque el resto si lo hizo. Los dos animales se dirigieron hacia el agua y, al parecer, no tenian intencion de atacar a los negros. Se zambulleron en el agua y comenzaron a nadar como si solo hubiesen ido alli por diversion. Al cabo de un rato, uno de ellos comenzo a acercarse a nuestro bote, mas de lo que yo hubiese deseado, pero yo le apunte con el fusil que habia cargado a toda prisa, y le dije a Xury que cargara los otros dos. Tan pronto se puso a mi alcance, dispare y le di justo en la cabeza.

Se hundio en el acto pero en seguida salio a flote, volvio a hundirse y, nuevamente, salio a flote, como si se estuviese ahogando, lo que, en efecto, hacia. Rapidamente se dirigio a la playa pero, entre la herida mortal que le habia propinado y el agua que habia tragado, murio antes de llegar a la orilla. No es posible expresar el asombro de estas pobres criaturas ante el estallido y el disparo de mi arma. Algunos, segun parecia, estaban a punto de morirse de miedo y cayeron al suelo como muertos por el terror.

Mas cuando vieron que la bestia habia muerto y se hundia en el agua, mientras yo les hacia senas para que se acercaran a la playa, se armaron de valor y se dieron a su busqueda. Fui yo quien la descubrio, por la mancha de la sangre en el agua y, con la ayuda de una cuerda, con la que ate el cuerpo y cuyo extremo luego les arroje, los negros pudieron arrastrarlo hasta la orilla. Era un leopardo de lo mas curioso, que tenia unas manchas admirablemente delicadas. Los negros levantaron las manos con admiracion hacia aquello que habia utilizado para matarlo.

El otro animal, asustado con el resplandor y el ruido del disparo, nado hacia la orilla y se metio directamente en las montanas, de donde habian venido, pero, a esa distancia, no podia saber que era. Me di cuenta en seguida, que los negros querian comerse la carne del animal. Estaba dispuesto a darsela, a modo de favor personal y les hice senas para que la tomaran, ante lo cual, se mostraron muy agradecidos. Inmediatamente, se pusieron a desollarlo y como no tenian cuchillo, tilizaban un trozo de madera muy afilado, con el que le quitaron la piel tanto o mas rapidamente que lo que hubiesemos tardado en hacerlo Xury y yo con un cuchillo. Me ofrecieron un poco de carne, que yo rechace, fingiendo que se la daba toda a ellos, pero les hice senas de que queria la piel, la cual me entregaron gustosamente, y, ademas, me trajeron muchas mas de sus provisiones, que, aun sin saber lo que eran, acepte de buen grado. Entonces, les indique por senas que queria un poco de agua y di la vuelta a una de las tinajas para mostrarles que estaba vacia y que queria llenarla.

Rapidamente, llamaron a algunos de sus amigos y aparecieron dos mujeres con un gran recipiente de barro, seguramente, cocido al sol. Lo llevaron hasta la playa, del mismo modo que antes lo habian hecho con los alimentos, y yo envie a Xury a la orilla con las tinajas, que trajo de vuelta llenas. Las mujeres, al igual que los hombres, estaban desnudas. Provisto de raices, grano y agua, abandone a mis amistosos negros y segui navegando unos once dias, sin tener que acercarme a la orilla. Entonces vi que, a unas cuatro o cinco leguas de distancia, la tierra se prolongaba mar adentro.

Como el mar estaba en calma, recorrimos, bordeando la costa, una gran distancia para llegar a la punta y, cuando nos disponiamos a doblarla, a un par de leguas de la costa, divise tierra al otro lado. Deduje, con toda probabilidad, que se trataba del Cabo Verde y que aquellas islas que podiamos divisar, eran las Islas del Cabo Verde. Sin embargo, se encontraban a gran distancia y no sabia que hacer, pues de ser sorprendido por una rafaga de viento, no podria llegar ni a una ni a otra parte. Ante esta disyuntiva, me detuve a pensar y baje al camarote, dejandole el timon a Xury.

De pronto, lo senti gritar: -? Capitan, capitan, un barco con vela! El pobre chico estaba fuera de si, a causa del miedo, pues pensaba que podia ser uno de los barcos de su amo, que nos estaba buscando, pero yo sabia muy bien que, des de hacia tiempo, estabamos fuera de su alcance. De un salto sali de la cabina y, no solo pude ver el barco, sino tambien, de donde era. Se trataba de un barco portugues que, segun me parecia, se dirigia a la costa de Guinea en busca de esclavos. Mas, cuando me fije en el rumbo que llevaba, adverti que se dirigia a otra parte y, al parecer, no se acercaria mas a la costa.

Entonces me lance mar adentro, todo lo que pude, decidido, si era posible, a hablar con ellos. Aunque desplegamos todas las velas, me di cuenta de que no podriamos alcanzarlo y desapareceria antes de que yo pudiera hacerle cualquier senal. Cuando habia puesto el bote a toda marcha y comenzaba a desesperar, ellos me vieron a mi, al parecer, con la ayuda de su catalejo. Viendo que se trataba de una barcaza europea, que debia pertenecer a algun barco perdido, bajaron las velas para que yo pudiera alcanzarlos. Esto me alento y, como llevaba a bordo la bandera de mi amo, la agite en el aire, en senal de socorro y dispare un tiro con el arma.

Al ver ambas senales, porque despues me dijeron que habian visto la bandera y el humo, aunque no habian escuchado el disparo, detuvieron la nave generosamente y, al cabo de tres horas, pude llegar hasta ellos. Me preguntaron de donde era en portugues, espanol y frances pero yo no entendia ninguna de estas lenguas. Finalmente, un marinero escoces que iba a bordo, me llamo y le conteste. Le dije que era ingles y que me habia escapado de los moros, que me habian hecho esclavo en Sale. Entonces me dijeron que subiera a bordo y, muy amablemente, me acogieron con todas mis pertenencias.

Cualquiera podria entender la indecible alegria que senti al verme liberado de la situacion tan miserable y desesperanzada en la que me hallaba. Inmediatamente, le ofreci al capitan del barco todo lo que tenia, como muestra de agradecimiento por mi rescate. Mas el, con mucha delicadeza, me dijo que no tomaria nada de lo mio, sino que todo me seria devuelto cuando llegaramos a Brasil. -Puesto que -me dijo-, os he salvado la vida del mismo modo que yo habria deseado que me la salvaran a mi, y puede que alguna vez me encuentre en una situacion simi lar.

Si os llevo a Brasil, un pais tan lejano del vuestro, y os quito vuestras pertenencias, morireis de hambre y, entonces, os estare quitando la misma vida que ahora os acabo de salvar. No, no, Seignior Inglese, os llevare por caridad y vuestras pertenencias os serviran para buscaros el sustento y pagar el viaje de regreso a vuestra patria. Asi como se mostro caritativo en su oferta, fue muy puntual a la hora de llevarla a cabo, pues les ordeno a los marineros que no tocaran ninguna de mis pertenencias.

Tomo posesion de todas mis cosas y me entrego un inventario preciso de ellas, en el que incluia hasta mis tres tinajas de barro. En cuanto a mi bote, que era muy bueno y el se dio cuenta de ello, me dijo que lo compraria para su barco y me pregunto cuanto queria por el. Yo le respondi que habia sido tan generoso conmigo, que no podia ponerle precio y lo dejaba completamente a su criterio. Me contesto que me daria una nota firmada por ochenta piezas de a ocho, que me pagaria cuando llegaramos a Brasil y, una vez alli, si alguien me hacia una mejor oferta, el la igualaria.

Tambien me ofrecio sesenta piezas de a ocho por Xury pero yo no estaba dispuesto a aceptarlas, no porque no quisiera dejarselo al capitan, sino porque no estaba dispuesto a vender la libertad del chico, que me habia servido con tanta lealtad a recuperar la mia. Cuando le explique mis razones al capitan, le parecieron justas y me propuso lo siguiente: que se comprometia a darle al chico un testimonio por el cual obtendria su libertad en diez anos si se convertia al cristianismo. Como Xury dijo que estaba dispuesto a irse con el, se lo cedi al capitan.

Hicimos un estupendo viaje a Brasil y llegamos, al cabo de unos veinte dias, a la bahia de Todos los Santos. Una vez mas, habia escapado de la suerte mas miserable y debia pensar que seria de mi vida. Nunca he podido olvidar el trato generoso que me dispenso el capitan, que no quiso aceptar nada a cambio de mi viaje y me dio veinte ducados por la piel del leopardo, cuarenta por la del leon, me devolvio puntualmente todas mis pertenencias y me compro lo que quise vender, como las botellas, dos de mis armas y el trozo de cera que me habia sobrado, pues el resto lo habia utilizado para hacer velas.

En pocas palabras, vendi mi carga en doscientas veinte piezas de a ocho y, con este acopio, desembarque en la costa de Brasil. Al poco tiempo de mi llegada, el capitan me encomendo a un hombre bueno y honesto, como el, que tenia un ingenio (es decir, una plantacion y hacienda azucarera). Vivi con el un tiempo y asi aprendi sobre el metodo de plantacion y fabricacion del azucar. Viendo lo bien que vivian los hacendados y como se enriquecian tan rapidamente, decidi que, si conseguia una licencia, me haria hacendado y, mientras tanto, buscaria la forma de que se me enviara el dinero que habia dejado en Londres.

Tenia un vecino, un portugues de Lisboa, hijo de ingleses, que se llamaba Wells y se encontraba en una situacion similar a la mia. Digo que era mi vecino, ya que su plantacion colindaba con la mia y nos llevabamos muy bien. Mis existencias eran tan escasas como las suyas, pues, durante dos anos, sembramos casi exclusivamente para subsistir. Con el tiempo, comenzamos a prosperar y aprendimos a administrar mejor nuestras tierras, de manera que, al tercer ano, pudimos sembrar un poco de tabaco y preparar una buena extension de terreno para sembrar azucar al ano siguiente.

Ambos necesitabamos ayuda y, entonces, me di cuenta del error que habia cometido al separarme de Xury, mi muchacho. Mas, ? ay! , no me sorprendia haber cometido un error, ya que, en toda mi vida, habia acertado en algo. No me quedaba mas remedio que seguir adelante, pues me habia metido en un negocio que superaba mi ingenio y contrariaba la vida que siempre habia deseado, por la que habia abandonado la casa de mi padre y hecho caso omiso a todos sus buenos consejos.

Mas aun, estaba entrando en ese estado intermedio, o el estado mas alto del estado inferior, que mi padre me habia aconsejado y, si iba a acogerlo, bien podia haberme quedado en casa para hacerlo, sin haber tenido que padecer las miserias del mundo, como lo habia hecho. Muchas veces me decia a mi mismo que esto lo podia haber hecho en Inglaterra, entre mis amigos, en lugar de haber venido a hacerlo a cinco mil millas, entre extranos y salvajes, en un lugar desolado y lejano, al que no llegaban noticias de ninguna parte del mundo donde habitase alguien que me conociera.

De este modo, lamentaba la situacion en la que me hallaba. No tenia a nadie con quien conversar si no era, de vez en cuando, con mi vecino, ni tenia otra cosa que hacer, salvo trabajos manuales. Solia decir que mi vida transcurria como la del naufrago en una isla desierta, donde no puede contar con nadie mas que consigo. Mas, con cuanta justicia todos los hombres deberian reflexionar sobre esto: que cuando comparan la condicion en la que se encuentran con otras peores, el cielo les puede obligar a hacer el cambio y convencerse, por experiencia, de que fueron mas felices en el pasado.

Y digo que, con justicia, mereci vivir una vida solitaria en una isla desierta, como la que habia imaginado, pues tantas muchas veces la compare, injustamente, con la vida que llevaba entonces; si hubiera perseverado en ella, con toda seguridad habria logrado hacerme rico y prospero. En cierto modo, habia logrado realizar mis proyectos en la plantacion, cuando llego el momento de la partida de mi querido amigo, el capitan del barco que me recogio en el mar. Su embarcacion habia permanecido alli cerca de tres eses en lo que se cargaba y se preparaba para el viaje. Le comente que habia dejado un dinero en Londres y el me dio un consejo sincero y amistoso: -Seignior Inglese -porque asi me llamaba siempre-, si me dais cartas y un poder legal, por escrito, con ordenes para que la persona que tiene su dinero en Londres, se lo envie a las personas que yo le diga en Lisboa, os comprare las cosas que puedan seros utiles aqui y os las traere, si Dios lo permite, a mi regreso.

Mas, como los asuntos humanos estan sujetos a los cambios y los desastres, os recomiendo que solo pidais cien libras esterlinas que, como me decis, es la mitad de vuestro haber y, asi solo arriesgareis esa parte. Si todo llega bien, podreis mandar a pedir el resto, del mismo modo que lo habeis hecho ahora, y, si se pierde, aun tendreis la otra mitad a vuestra disposicion. Este consejo me parecio tan sensato y tan honesto que pense que lo mejor que podia hacer era seguirlo.

Asi, pues, prepare las cartas para la senora, a quien le habia dejado mi dinero, y un poder legal para el capitan portugues, del que me habia hablado mi amigo. En la carta que le envie a la viuda del capitan ingles, le hice el recuento completo de mis aventuras, la esclavitud y la huida. Le conte sobre la forma en que habia conocido al capitan portugues en el mar y sobre su trato compasivo, le explique el estado en el que me encontraba, y le di las instrucciones necesarias para llevar a cabo mis encargos.

Cuando este honesto capitan llego a Lisboa, logro que unos mercaderes ingleses que habia alli, le hicieran llegar, tanto mi orden escrita como el recuento completo de mi historia, a un mercader de Londres que, a su vez, se la conto con lujo de detalles a la viuda. Ante esto, la viuda envio mi dinero y, ademas, de su propio bolsillo, un generoso regalo para el capitan portugues, como muestra de agradecimiento por su caridad y su compasion hacia mi.

Con las cien libras esterlinas, el mercader de Londres compro la mercancia inglesa, que el capitan le habia indicado por escrito, y se la envio directamente a Lisboa, desde donde el capitan me las trajo a Brasil sanas y salvas. Entre las cosas que me trajo, sin que yo se lo pidiera (pues era demasiado inexperto en el negocio como para pensar en ello), habia todo tipo de herramientas, herrajes e instrumentos para trabajar en la plantacion, que me fueron de gran utilidad. Cuando llego el cargamento, pense que ya habia hecho fortuna; tal fue la alegria que me causo recibirlo.

Mi buen comisionado, el capitan, habia guardado las cinco libras que mi amiga le habia dado de regalo para comprar y traerme un sirviente, con una obligacion de seis anos, y no quiso aceptar nada a cambio, excepto un poco de tabaco de mi propia cosecha. Pero esto no fue todo. Como los bienes que me habia traido eran de manufactura inglesa, es decir, telas, panos y tejidos finos y otras cosas, que resultaban particularmente utiles y valiosas en este pais, pude venderlas y sacarles un gran beneficio.

De este modo, podia decir, que habia cuadriplicado el valor de mi primer cargamento y habia aventajado infinitamente a mi pobre vecino, en lo tocante a la plantacion, pues, lo primero que hice, fue comprar un esclavo negro y un sirviente europeo, aparte del que me habia traido el capitan. Mas me ocurrio lo que suele suceder en estos casos, en los que, la prosperidad mal entendida, puede ser la causa de las peores adversidades. Al ano siguiente, prosegui mi plantacion con gran exito y coseche cincuenta rollos de tabaco, mas de lo que habia previsto que seria necesario entre los vecinos.

Como cada uno de estos rollos pesaba mas de cien libras y estaban bien curados, decidi guardarlos hasta que la flota de Lisboa regresara y, puesto que me iba haciendo rico y prospero en los negocios, comence a idear proyectos, que sobrepasaban mi capacidad; el tipo de negocios que, a menudo, llevan a la ruina a los mejores negociantes. Si hubiera permanecido en el estado en el que me hallaba, habria recibido todas las bendiciones de las que me habia hablado mi padre, cuando me recomendaba una vida tranquila y retirada; esas bendiciones que, segun me decia, colmaban el estado medio de la vida.

Mas, otra suerte me aguardaba, y volveria a ser el agente voluntario de mis propias desgracias, aumentando mi error y redoblando los motivos para reflexionar sobre mi propia vida, cosa que, en mis futuras calamidades, tuve tiempo de hacer. Todas estas desgracias ocurrieron porque me obstine en seguir mis tontos deseos de vagabundear por el extranjero, contrariando la clara perspectiva que tenia de beneficiarme, con tan solo perseguir simple y llanamente, los objetivos y los medios de ganarme la vida, que la naturaleza y la Providencia insistian en mostrarme y hacerme aceptar como mi deber.

Del mismo modo que antes, cuando me separe de mis padres, no pude conformarme con lo que tenia, ahora tambien tenia que marcharme y abandonar la posibilidad de hacerme un hombre rico y prospero, con mi nueva plantacion, en pos de un deseo descabellado e irracional de aumentar mi fortuna mas rapidamente de lo que la naturaleza admitia. Fue asi como, por mi culpa, volvi a naufragar en el abismo mas profundo de la miseria, al que pudiera caer hombre alguno o, fuese capaz de soportar.

Mas, prosigamos con los detalles de esta parte de mi historia. Como podeis imaginar, habiendo vivido durante cuatro anos en Brasil y habiendo empezado a prosperar en mi plantacion, no solo habia aprendido la lengua, sino que habia trabado conocimiento y amistad con algunos de los demas hacendados, asi como con los comerciantes de San Salvador, que era nuestro puerto.

En nuestras conversaciones, les habia contado de mis dos viajes a la costa de Guinea, del comercio con los negros de alli, y de lo facil que era adquirir, a cambio de bagatelas, tales como cuentecillas, juguetes, cuchillos, tijeras, hachas, trozos de cristal y cosas por el estilo, no solo polvo de oro, cereales de Guinea y colmillos de elefante, sino tambien gran cantidad de negros esclavos para trabajar en Brasil.

Siempre escuchaban con mucha atencion mis relatos, particularmente, lo concerniente a la compra de negros, que era un negocio que, en aquel tiempo, no se explotaba y, cuando se hacia, era mediante asientos, es decir, permisos que otorgaban los reyes de Espana o Portugal, a modo de subastas publicas. De este modo, los pocos negros que se traian, resultaban excesivamente caros.

Sucedio que, un dia, despues de haber estado hablando seriamente de estos asuntos con algunos comerciantes y hacendados conocidos, a la manana siguiente, tres de ellos vinieron a decirme que habian meditado mucho sobre lo que les habia contado la noche anterior y querian hacerme una proposicion secreta. Cuando obtuvieron mi complicidad, me dijeron que habian pensado fletar un barco para ir a Guinea, pues, al igual que yo, poseian plantaciones y de nada tenian tanta necesidad como de esclavos. Como ese trafico era ilegal no podrian vender publicamente los negros que trajeran, querian hacer tan solo un viaje, para traer secretamente algunos negros y dividirlos entre sus propias plantaciones. En otras palabras, querian saber si estaba dispuesto a embarcarme en dicha nave y hacerme cargo del negocio en la costa de Guinea. A cambio de esto, me ofrecian una participacion equitativa en la adquisicion de los esclavos, sin costo alguno. Debo confesar que era una propuesta justa, para alguien que no tuviera que atender una plantacion que comenzaba a prosperar y aumentar de valor.

Mas, para mi, que ya estaba instalado y bien encaminado; que no tenia mas que seguir haciendo las cosas como hasta entonces, por otros tres o cuatro anos y hacerme enviar las otras cien libras de Inglaterra que, en ese tiempo y con una pequena suma adicional, producirian un beneficio de tres o cuatro mil libras esterlinas, que, a su vez, aumentaria; para mi, hacer aquel viaje era el acto mas descabellado del que podria acusarse a cualquier hombre que estuviera en mis circunstancias.

Pero yo habia nacido para ser mi propio destructor, y no pude resistirme a esa oferta mas de lo que pude renunciar, en su dia, a mis primeros y fatidicos proyectos, cuando hice caso omiso a los consejos de mi padre. En pocas palabras, les dije que iria de todo corazon, si ellos se encargaban de cuidar mi plantacion durante mi ausencia y disponer de ella, segun mis instrucciones, en caso de que la empresa fracasara. Todos estuvieron de acuerdo, comprometiendose a cumplir su parte; y procedimos a firmar los contratos y acuerdos formales.

Yo redacte un testamento, en el que disponia que, si moria, mi plantacion y mis propiedades pasaran a manos de mi heredero universal, el capitan del barco que me habia salvado la vida, y que el, a su vez, dispusiera de mis bienes, segun estaba escrito en mi testamento: la mitad de las ganancias seria para el y la otra mitad seria enviada por barco a Inglaterra. En fin, tome todas las precauciones necesarias para proteger mis bienes y mi plantacion.

Si hubiese tenido la mitad de esa prudencia para velar por mis intereses personales y juzgar lo que debia o no debia hacer, seguramente no hubiese abandonado una empresa tan prometedora como la mia, ni hubiese renunciado a todas las perspectivas que tenia de progresar, para lanzarme a realizar un viaje por mar, sin contar con los riesgos que conllevaba, ni las posibilidades de que me ocurriera alguna desgracia. Pero me lance, obedeciendo los dictados de mi fantasia y no los de la razon.

Urna vez listos el barco y el cargamento, y todos los demas acuerdos consignados por contrato con mis socios, me embarque, a mala hora, el primer dia de septiembre de 1659, el mismo dia en que, ocho anos antes, habia abandonado la casa de mis padres en Hull, actuando como un rebelde ante su autoridad y como un idiota ante mis propios intereses. Nuestra embarcacion llevaba como ciento veinte toneladas de peso, seis canones y catorce hombres aparte del capitan, de su mozo y yo.

No llevabamos demasiados bienes a bordo, solo las chucherias necesarias para negociar con los negros, tales como cuentecillas, trozos de cristal, caracoles y cacharros viejos, en especial, pequenos catalejos, cuchillos, tijeras, hachas y otras cosas por el estilo. El mismo dia que subi a bordo, zarpamos hacia el norte, siguiendo la costa rumbo a tierras africanas hasta los diez o doce grados de latitud norte, que era la ruta que, al parecer, se seguia en esos dias. Nos hizo muy buen tiempo, aunque mucho calor, mientras bordeamos la costa hasta llegar al cabo de San Agustin.

A partir de entonces, comenzamos a meternos mar adentro hasta que perdimos de vista la tierra y navegamos, como si nos dirigieramos a la isla de Fernando de Noronha, rumbo al norte-noreste, dejandola, luego, al este. Siguiendo este rumbo, tardamos casi doce dias en cruzar la linea del ecuador y, segun nuestra ultima observacion, nos encontrabamos a siete grados veintidos minutos de latitud norte, cuando un violento tornado o huracan, nos dejo totalmente desorientados. Comenzo a soplar de sudeste a noroeste y luego se estaciono al noreste, desde donde nos acometio con anta furia, que durante doce dias no pudimos hacer mas que ir a la deriva, para huir de el, y dejarnos llevar a donde el destino y la furia del viento quisieran llevarnos. Durante esos doce dias, huelga decir, creia que seriamos tragados por el mar y, a decir verdad, ninguno de los que estaba a bordo, esperaba salir de alli con vida. En esta angustiosa situacion, mientras padeciamos el terror de la tormenta, uno de nuestros hombres murio de calentura y el mozo del capitan y otro de los marineros cayeron al mar por la borda.

Hacia el duodecimo dia, cuando el tiempo se hubo calmado un poco, el capitan intento fijar la posicion del barco lo mejor que pudo, y se dio cuenta de que estaba a once grados de latitud norte pero a veintidos grados de longitud oeste del cabo de San Agustin. Asi, pues, advirtio que nos encontrabamos entre la costa de Guyana, o la parte septentrional de Brasil, mas alla del rio Amazonas, hacia el rio Orinoco, comunmente llamado el Gran Rio. Comenzo a consultarme que rumbo debiamos seguir, pues el barco habia sufrido muchos danos y le estaba entrando agua, y el queria regresar directamente a la costa de Brasil.

Mi opinion era totalmente opuesta a la del capitan. Nos pusimos a estudiar las cartas de la costa americana y llegamos a la conclusion de que no habia ninguna tierra habita da, hacia la cual pudieramos dirigirnos, antes de llegar a la cuenca de las islas del Caribe. Asi, pues, decidimos dirigirnos hacia Barbados, manteniendonos en alta mar, para evitar las corrientes de la bahia o golfo de Mexico. De esta forma, esperabamos llegar a la isla en quince dias, ya que no ibamos a ser capaces de navegar hasta la costa de Africa sin recibir ayuda para la nave y para nosotros mismos.

Con esta intencion, cambiamos el rumbo y navegamos en direccion oeste-noroeste para llegar a alguna de las islas inglesas, donde esperabamos encontrar ayuda. Pero nuestro viaje estaba previsto de otro modo. A los doce grados dieciocho minutos de latitud, nos encontramos con una segunda tormenta, que nos llevo hacia el oeste, con la misma intensidad que la anterior, y nos alejo tanto de la ruta comercial humana, que si lograbamos salvarnos de morir en el mar, con toda probabilidad, seriamos devorados en tierras de salvajes y no podriamos regresar a nuestro pais.

Nos hallabamos en esta angustiosa situacion y el viento aun soplaba con mucha fuerza, cuando uno de nuestros hombres grito «? Tierra! ». Apenas saliamos de la cabina, deseosos de ver donde nos encontrabamos, el barco se encallo en un banco de arena y se detuvo tan de golpe, que el mar se lanzo sobre nosotros, y nos abatio con tal fuerza, que pensamos que moririamos al instante. Ante esto, nos apresuramos a ponernos bajo cubierta para protegernos de la espuma y de los embates del mar. No es facil, para alguien que nunca se haya visto en semejante situacion, describir o concebir la consternacion de los hombres en esas circunstancias.

No teniamos idea de donde nos hallabamos, ni de la tierra a la que habiamos sido arrastrados. No sabiamos si estabamos en una isla o en un continente, ni si estaba habitada o desierta. El viento, aunque habia disminuido un poco, soplaba con tanta fuerza, que no podiamos confiar en que el barco resistiria unos minutos mas sin desbaratarse, a no ser que, por un milagro del cielo, el viento amainara de pronto. En pocas palabras, nos quedamos mirandonos unos a otros, esperando la muerte en cualquier momento.

Todos actuaban como si se prepararan para el otro mundo, pues no parecia que pudiesemos hacer mucho mas. Nuestro unico consuelo era que, contrario a lo que esperabamos, el barco aun no se habia quebrado, y, segun pudo observar el capitan, el viento comenzaba a disminuir. A pesar de que, al parecer, el viento empezaba a ceder un poco, el barco se habia encajado tan profundamente en la arena, que no habia forma de desencallarlo. De este modo, nos hallabamos en una situacion tan desesperada, que lo unico que podiamos hacer era intentar salvar nuestras vidas, como mejor pudieramos.

Antes de que comenzara la tormenta, llevabamos un bote en la popa, que se desfondo cuando dio contra el timon del barco. Poco despues se solto y se hundio, o fue arrastrado por el mar, de modo que no podiamos contar con el. Llevabamos otro bote a bordo pero no nos sentiamos capaces de ponerlo en el agua. En cualquier caso, no habia tiempo para discutirlo, pues nos imaginabamos que el barco se iba a desbaratar de un momento a otro y algunos decian que ya empezaba a hacerlo. En medio de esta angustia, el capitan de nuestro barco echo mano del bote y, con la ayuda de los demas hombres, logro deslizarlo por la borda.

Cuando los once que ibamos nos hubimos metido todos dentro, lo solto y nos encomendo a la misericordia de Dios y de aquel tempestuoso mar. Pese a que la tormenta habia disminuido considerablemente, las gigantescas olas rompian tan descomunalmente en la orilla, que bien se podia decir que se trataba de Den wild Zee, que en holandes significa tormenta en el mar. Nuestra situacion se habia vuelto desesperada y todos nos dabamos cuenta de que el mar estaba tan crecido, que el bote no podria soportarlo e, inevitablemente, nos ahogariamos.

No teniamos con que hacer una vela y aunque lo hubiesemos tenido, no habriamos podido hacer nada con ella. Ante esto, comenzamos a remar hacia tierra, con el pesar que llevan los hombres que van hacia el cadalso, pues sabiamos que, cuando el bote llegara a la orilla, se haria mil pedazos con el oleaje. No obstante, le encomendamos encarecidamente nuestras almas a Dios y, con el viento que nos empujaba hacia la orilla, nos apresuramos a nuestra destruccion con nuestras propias manos, remando tan rapidamente como podiamos hacia ella. No sabiamos si en la orilla habia roca o arena, ni si era escarpada o lisa.

Nuestra unica esperanza era llegar a una bahia, un golfo, o el estuario de un rio, donde, con mucha suerte, pudieramos entrar con el bote o llegar a la costa de sotavento, donde el agua estaria mas calmada. Pero no parecia que tendriamos esa suerte pues, a medida que nos acercabamos a la orilla, la tierra nos parecia mas aterradora aun que el mar. Despues de remar, o mas bien, de haber ido a la deriva a lo largo de lo que calculamos seria mas o menos una legua y media, una ola descomunal como una montana nos embistio por popa e inmediatamente comprendimos que aquello habia sido el coup de grace.

En pocas palabras, nos acometio con tanta furia, que volco el bote de una vez, dejandonos a todos desperdigados por el agua, y nos trago, antes de que pudiesemos decir: «? Dios mio! ». Nada puede describir la confusion mental que senti mientras me hundia, pues, aunque nadaba muy bien, no podia librarme de las olas para tomar aire. Una de ellas me llevo, o mas bien me arrastro un largo trecho hasta la orilla de la playa. Alli rompio y, cuando comenzo a retroceder, la marea me dejo, medio muerto por el agua que habia tragado, en un pedazo de ierra casi seca. Todavia me quedaba un poco de lucidez y de aliento para ponerme en pie y tratar de llegar a la tierra, la cual estaba mas cerca de lo que esperaba, antes de que viniera otra ola y me arrastrara nuevamente. Pronto me di cuenta de que no podria evitar que esto sucediera, pues hacia mi venia una ola tan grande como una montana y tan furiosa como un enemigo contra el que no tenia medios ni fuerzas para luchar. Mi meta era contener el aliento y, si podia, tratar de mantenerme a flote para nadar, aguantando la respiracion, hacia la playa.

Mi gran preocupacion era que la ola, que me arrastraria un buen trecho hacia la orilla, no me llevase mar adentro en su reflujo. La ola me hundio treinta o cuarenta pies en su masa. Sentia como me arrastraba con gran fuerza y velocidad hacia la orilla, pero aguante el aliento y trate de nadar hacia delante con todas mis fuerzas. Estaba a punto de reventar por falta de aire, cuando senti que me elevaba y, con mucho alivio comprobe que tenia los brazos y la cabeza en la superficie del agua. Aunque solo pude mantenerme asi unos dos minutos, pude reponerme un poco y recobrar el aliento y el valor.

Nuevamente me cubrio el agua, esta vez por menos tiempo, asi que pude aguantar hasta que la ola rompio en la orilla y comenzo a retroceder. Entonces, me puse a nadar en contra de la corriente hasta que senti el fondo bajo mis pies. Me quede quieto unos momentos para recuperar el aliento, mientras la ola se retiraba, y luego eche a correr hacia la orilla con las pocas fuerzas que me quedaban. Pero esto no me libro de la furia del mar que volvio a caer sobre mi y, dos veces mas, las olas me levantaron y me arrastraron como antes por el fondo, que era muy plano.

La ultima de las olas casi me mata, pues el mar me arrastro, como las otras veces, y me llevo, mas bien, me estrello, contra una piedra, con tanta fuerza que me dejo sin sentido e indefenso. Como me golpee en el costado y en el pecho, me quede sin aliento y si, en ese momento, hubiese venido otra ola, sin duda me habria ahogado. Mas pude recuperarme un poco, antes de que viniese la siguiente ola y, cuando vi que el agua me iba a cubrir nuevamente, resolvi agarrarme con todas mis fuerzas a un pedazo de la roca y contener el aliento hasta que pasara.

Como el mar no estaba tan alto como al principio, pues me hallaba mas cerca de la orilla, me agarre hasta que paso la siguiente ola, y eche otra carrera que me acerco tanto a la orilla que la que venia detras, aunque me alcanzo, no llego a arrastrarme. En una ultima carrera, llegue a tierra firme, donde, para mi satisfaccion, trepe por unos riscos que habia en la orilla y me sente en la hierba, fuera del alance del agua y libre de peligro. Encontrandome a salvo en la orilla, eleve los ojos al cielo y le di gracias a Dios por salvarme la vida en una situacion que, minutos antes, parecia totalmente desesperada.

Creo que es imposible expresar cabalmente, el extasis y la conmocion que siente el alma cuando ha sido salvada, diria yo, de la mismisima tumba. En aquel momento comprendi la costumbre segun la cual cuando al malhechor, que tiene la soga al cuello y esta a punto de ser ahorcado, se le concede el perdon, se trae junto con la noticia a un cirujano que le practique una sangria, en el preciso instante en que se le comunica la noticia, para evitar que, con la emocion, se le escapen los espiritus del corazon y muera:

Pues las alegrias subitas, como las penas, al principio desconciertan. Camine por la playa con las manos en alto y totalmente absorto en la co