Platón Fedro

Platón Fedro gyugusp cbenpanR II, 2016 101 pagcs FEDRO O SOBRE LA BELLEZA Platón Edición Electrónica de www. philosophia. cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS. www. philosophia. cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS. FEDRO O SOBRE LA BELLEZA SÓCRATES. —FEDRO SÓCRATES. —Mi querido Fedro, ¿adónde vas y de dónde vienes? FEDRO. ??Vengo, Sócrates, de casa de Lisiasl, hijo de Céfalo, y voy o pasearme fuera de muros; porque he pasado toda la mañana sentado junto o Lisias, y siguiendo el precepto de Acumenos, tu amigo y mío, me paseo por las vías públicas, porque dice que roporcionan mayor recreo salubridad que las carreras en el gimnasio. SÓCRATES. —Tienes razón, arni go mío; pera Lisias, por lo que veo, estaba en la ciudad. FEDRO. —Sí, un hombre sin amor, y sostiene que debe conceder sus amores más bien al que no ama, que al que ama. SOCRATES. —iOh! , muy amable.

Debió sostener igualmente que preciso tener complacencia con la pobreza que con la riqueza, con la ancianidad que con la juventud, y lo mismo con todas las desventajas que tengo yo y tienen muchos otros. Sería ésta una idea magnífica y prestaría un servicio a los intereses populares3. Así es

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que yo rdo en deseos de escucharte y ya Lisias nació en Atenas en 459 y murió en 379 a. de J. C; perteneció al partido democrático y fue desterrado a Megara durante la oligarquía. esta condenó a muerte a su hermano Polemarco y a su cuñado Dionisidoro. Casa llamada así de uno llamado Moriquia. Sócrates tenía poca simpatía por la democracia ateniense y así se burla de los oradores populares. conociese a Fedro, no me conocería a mi mismo; pero le conozco. Estoy bien seguro de que oyendo un discurso de Lisias no ha podldo contentarse con una primera lectura, sino que volviendo a la carga, habrá edido al autor que comenzara de nuevo, y el autor le habrá dado gusto, y, no satisfecho aún con esto, concluiría por apoderarse del papel, para volver a leer los pasajes que más llamaran su atención.

Y después de haber pasado toda la mañana Inmóvil y atento a este estudio, fatigado ya, habría salido a tomar el aire y a dar un paseo, y mucho me engañaría, ipor el Can! , si no sabe ya de memoria todo el discurso, a no ser que sea de una extensión excesiva. Se ha venido fuera de muros para meditar sobre él a sus anchuras, y encontrando un des dichado que tenga una pasión funosa 4 or discursos, complacerse inte riormente en tener la fortuna de hallar uno a quien comunicar su entusiasmo y precisarle a que le siga.

Y como el encontradizo, llevado de su pasión por discursos, le invita a que se explique, se hace el desdeñoso, y como si nada le importara; cuando, si no le quisiera oír, sería capaz de obligarle a ello por la fuerza. Así, pues, mi querido Fedro, m hacer por voluntad lo que hable bien o mal. SÓCRATES. —Tienes razón. FEDRO. —pues bien, doy principio… Pero verdaderamente, Sócrates, yo no puedo responder de darte a conocer el discurso palabra por palabra.

En cambio, sí me acuerdo muy bien de todos los argumentos que Lisias hace valer para preferir el amigo frío al amante apasionado; y voy a referírtelos en resumen y por su orden. Comienzo por el primero. SÓCRATES. —Muy bien, querido amigo; pero enséñame, por lo pronto, lo que tienes en tu mano izquierda bajo la capa. Sospecho que sea el discurso. Si he adivinado, vive persuadldo de lo mucho que te estimo; pero, supuesto que tenemos aquí a Lisias mismo, no puedo Este Heródico era médico. iertamente consentir que seas tú materia de nuestra conversación. Veamos, presenta ese discurso. FEDRO. ??sasta de bromas, querido Sócrates; veo que renunciar a la esperanza q sentarnos. FEDRO. —¿Ves este plátano de tanta altura? qué? FEDRO. —Aquí, a su sombra encontraremos una brisa agradable y hierba donde sentarnos, y, si queremos, también para acostarnos. SÓCRATES. —Adelante, pues. FEDRO. —Dime, Sócrates, ¿no es aquí, en cierto punto de las orillas del lliso, donde Bóreas robo, según se dice, a la ninfa Oritia?

SÓCRATES. —ASí se cuenta. FEDRO. —Y ese suceso tendría lugar aquí mismo, porque el encanto risueño de las odas, el agua pura y transparente y esta ribera, todo onvidaba para que las ninfas tuvieran aquí sus juegos. SOCRATES. —No es preclsa mente aquí, sino un poco más abajo, a dos o tres estadios, donde está el paso del río para el templo de Artemisa. Por este mismo rumbo hay un altar a Bóreas. FEDRO. —No lo recuerdo bien, pero dime, ipor Zeus! , ¿crees tú en esta maravillosa aventura? SÓCRATES. ??Si dudase como los sabios, no me vería en conflictos, podría agotar los recursos de mi espí ritu, diciendo que el Bóreas la hizo caer de las rocas vecinas solazaba con Farmakeia, y las proporciones de la historia humana y natural (hipótesis bjetiva); 2. 0, el sistema de los mitológicos, que niega a estas historias toda realidad histórica y no ve en estas leyendas sino mitos, producto espontáneo del espíritu humano y de las alegorías morales y metafísicas (hipótesis subjetiva). Este capítulo de Platón nos prueba la existencia de la exégesis racionalista cuatrocientos años antes de Jesucristo. SOCRATES andaba habitualmente descalzo, y sólo se ponía sandalias en convites o actos semejantes. (Véase El banquete. ) / Escuela de Filosofia Universidad ARCIS. nos hallamos. Yo encuentro que todas estas explicaciones, mi querido Fedro, on las más agradables del mundo, pero exigen un hombre muy hábil, que no ahorre trabajo y que se vea reducido a una penosa necesidad; porque, además de esto, tendrá que explicar la forma de los hipocentauros y la de la quimera, y en seguida de éstos las gorgonas, los pegasos y otros mil monstruos aterradores por su número y su rareza.

Si nuestro incrédulo pone en obra su vulgar, para reducir cada extraño. Por esto renuncio a profundizar todas estas historias, y en este punto me atengo a las creencias públicas7. Y como te decía antes, en lugar de intentar explicarlas, yo me observo a í mismo; quiero saber si yo soy un monstruo más complicado y más furioso que Tifón, o un animal más dulce, más sencillo, a quien la naturaleza le ha dado parte de una chispa de divina sabiduría. pero, amigo mío, con nuestra conversación hemos llegado a este árbol, donde querías que fuésemos. FEDRO. ??En efecto, es el mismo. SÓCRATES . —iPor Hera! iPre cioso retiro! Cuán copudo y elevado es este plátano! Y este agnocasto, iqué magnificencia en su estirado tronco y en su frondosa copa! , parece como si floreciera con intención para perfumar estos preciosos sitios. ¿Hay ada más encantador que el arroyo que corre al pie de este plátano? Nuestros pies sumergidos en él, acreditan su frescura. Este sitio retirado está sin duda consagrado a algunas ninfas y al río Aqueloo, si hemos de juzgar por las fi estatuas que vemos. ¿No un hombre extraordinario.

Porque al escucharte se te tendr(a por un extranjero a quien se hacen los honores del país, y no por un habitante de Ática. Probablemente tú no habrás salido jamás de Atenas, ni Sócrates profesaba el mayor respeto a las leyes religiosas de su país, pero cuando la religión estaba en pugna con la moral, sacrificaba la religión. Véase Eutifrón. ) Sócrates era reformador en moral y conservador en religión, cosa insostenible. A una nueva moral correspondía una nueva religión, y esto hizo el cristianismo, que Sócrates preparó sin presentirlo. traspasado las fronteras, ni aun dado un paso fuera de muros. SÓCRATES. —perdona, amigo mío. Así es, pero es porque quiero instruirme. Los campos y los árboles nada me enseñan, y sólo en la ciudad puedo sacar partido del roce con los demás hombres. Sin embargo, creo que tú has encontrado recursos para curarme de este humor casero. Se obliga a un animal hambriento a eguirnos mostrándole al verde o algún fruto v tú, e sabes que miro la realización de mis deseos como provechosa a ambos. No sería justo rechazar mis votos, porque no soy tu amante.

Porque los amantes, desde el momento en que se ven satisfechos, se arrepienten ya de todo lo que han hecho por el objeto de su pasión. Pero los que no tienen amor no tienen jamás de qué arrepentirse, porque no es la fuerza de la pasión la que les ha movido a hacer a su amigo todo el bien que han podido, sino que han obrado libremente, juzgando que servían así a sus más caros intereses. Los amantes consideran el daño ausado por su amor a sus negocios, alegan sus liberalidades, traen a cuenta las penalidades que han su frido; y después de un tiempo creen haber dado pruebas positivas de su reconocimiento al objeto amado.

Pero los que no están enamorados no pueden ni alegar los negocios que han abandonado, ni citar las penalidades sufridas, ni quejarse de las querellas que se hayan suscitado en el interior de la familia; y no pudiendo pretextar todos estos males, que no han llegado a conocer, sólo les resta aprovechar con decisión cuantas ocasiones se presenten de complacer a su amigo. «Se alegará quizá en favor del mante que su amor es m una amistad ordinaria, qu llega a mudar de objeto, no dudará en sacrificar sus antiguos amores a los nuevos, y, si el que ama hoy se lo exige, hasta perjudicar al que amaba ayer. Racionalmente no se pueden conceder tan preciosos favores a un hombre atacado de un mal tan cróni co, del cual ninguna persona sensata intentara curarle, porque los mismos amantes confiesan que su espíritu está enfermo y que carecen de buen sentido. Saben bien, dlcen ellos, que están fuera de sí mismos y que no pueden dominare. Y entonces, si llegan a entrar en sí mismos, ¿cómo ‘,wm. philosophia. l / Escuela de Filosoffa Universidad ARCIS. mistades son rara vez durables y que un rompmiento, que siempre es una desgracia para ambos, te será funesto, sobre todo después del sacrificio que has hecho de lo más precioso que tienes? Si así sucede, es al amante a quien debes sobre todo temer. Un nada le enoja, y cree que lo que se hace es para perjudicarle. Asf es que quiere impedir al objeto de su amor toda relación con todos los demás, teme verse postergado por las riquezas de uno, por los talentos de otro, y siempre está en guardia contra el ascendiente de todos a 01 tienen sobre él alguna ve