Papapa

La Vida Inutil De Pito Perez (1938) Jose Ruben Romero (1890–1952) No tengo fijo lugar donde morir y nacer y ando siempre sin saber donde tengo que parar Calderon de la Barca I «? Pobrecito del Diablo, que lastima le tengo! » Pito Perez La silueta obscura de un hombre recortaba el arco luminoso del campanario. Era Pito Perez, absorto en la contemplacion del paisaje. Sus grandes zapatones rotos hacian muecas de dolor; su pantalon parecia confeccionado con telaranas, y su chaqueta, abrochada con un alfiler de seguridad, pedia socorro por todas, las abiertas costuras sin que sus gritos lograran la conmiseracion de las gentes.

Un viejo «carrete» de paja nimbaba de oro la cabeza de Pito Perez. Debajo de tan miserable vestidura el cuerpo, aun mas miserable, mostraba sus pellejos descoloridos; y el rostro, palido y enjuto, parecia el de un asceta consumido por los ayunos y las vigilias. —? Que hace usted en la torre, Pito Perez? —Vine a pescar recuerdos con el cebo del paisaje. —Pues yo vengo a forjar imagenes en la fragua del crepusculo. —? Le hago a usted mala obra? —Hombre, no. ?Y yo a usted? —Tampoco.

Subimos a la torre con fines diversos, y cada quien,

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por su lado, conseguira su intento: usted, el poeta, apartarse de la tierra el tiempo necesario para cazar los consonantes —catorce avecillas temblorosas— de un soneto. Yo, acercarme mas a mi pueblo, para recogerlo con los ojos antes de dejarlo, quiza para siempre; para llevarme en la memoria todos sus rincones; sus calles, sus huertas, sus cerros. ?Acaso nunca mas vuelva a mirarlos! —? Otra vez a peregrinar, Pito Perez? —? Que quiere usted que haga! Soy un pito inquieto que no encontrara jamas acomodo.

Y no es que quiera irme; palabra. Me resisto a dejar esta tierra que, al fin de cuentas, es muy mia. —? Oh, las carnitas de Canuto! ?Oh, el menudo de la tia «Susa»! ?Oh, las «tortas de coco» de Lino, el panadero! —Pero acabo de dar fin a una larga y azarosa borrachera, y mis parientes quieren descansar de mi persona, lo mismo que todo el pueblo. Cada detalle me lo demuestra: en las tiendas ya no quieren fiarme; los amigos no me invitan a sus reuniones, y el Presidente Municipal me trata como si fuera el peor de los criminales. Por que cree usted que me doblo la condena que acabo de cumplir? Pues porque le hice una inocente reflexion, a la hora de la consigna. El dijo su sentencia salomonica: para Pito Perez, por escandaloso y borracho, diez pesos de multa, o treinta dias de prision, a lo que yo conteste con toda urbanidad: pero, senor Presidente, ? que va usted a hacer con el Pito adentro tantos dias? El senor Presidente me disparo toda la artilleria de su autoridad, condenandome a limpiar el retrete de los presos durante tres noches consecutivas. No ha observado usted que la profesion de despota es mas facil que la de medico o la de abogado? Primer ano: ciclo de promesas, sonrisas y cortesias para los electores; segundo ano: liquidacion de viejas amistades para evitar que con su presencia recuerden el pasado, y creacion de un Supremo Consejo de Lambiscones; tercer ano: curso completo de egolatria y megalomania; cuarto y ultimo ano: preponderancia de la opinion personal y arbitrariedades a toda orquesta. A los cuatro anos el titulo comienza a hacerse odioso, sin que universidad alguna ose revalidarlo. Es usted inteligente, Pito Perez, y apenas se concibe como malgasta usted su vida bebiendo y censurando a los demas. —Yo soy amigo de la verdad, y si me embriago es nada mas que para sentirme con animos de decirla: ya sabe usted que los muchachos y los borrachos… Agregue usted a esto que odio las castas privilegiadas. —Venga, sientese usted, y vamos a platicar como buenos amigos. —De acuerdo. Nuestra conversacion podria titularse: Dialogo entre un poeta y un loco. Nos sentamos al borde del campanario, con las piernas colgando hacia fuera.

Mis zapatos nuevos junto a los de Pito Perez brillaban con su necio orgullo de ricos, tanto, que Pito los miro con desden y yo senti el reproche de aquella mirada. Nuestros pies eran el compendio de todo un mundo social, lleno de injusticias y desigualdades. —? Por que dijo usted que nuestra conversacion seria el dialogo entre un poeta y un loco? —Porque usted presume de poeta y a mi me tienen por loco de remate en el pueblo. Aseguran que falta un tornillo a toda mi familia. ?Que barbaridad!

Dicen que mis hermanas Herlinda y Maria padecen locura mistica y que por eso no salen de la iglesia; afirman las gentes que Concha esta tocada porque pasa los dias ensenando a los perros callejeros a sentarse en las patas traseras y a un gato barcino que tiene, a comer en la mesa con la pulcritud de un caballero; Josefa se tiro de cabeza a un pozo dizque porque estaba loca; y Dolores se enamoro de un cirquero por la misma causa, segun la infalibilidad de esos Santos Padres que andan por alli sueltos.

Joaquin, el sacerdote, no quiere confesar a las beatas, porque esta loco, y yo me emborracho, canto, lloro y voy por las calles con el vestido hecho jirones ? porque estoy loco! ?Que logica tan imbecil! Locos son los que viven sin voluntad de vivir, tan solo por temor a la muerte, locas las que pretenden matar sus sentimientos y por el que diran no huyen con un cirquero; locos los que martirizan a los animales en lugar de ensenarles a amar a los hombres —? no es cierto, hermano de Asis? ; locos los que se arrodillan delante de un ente igual a ellos, que masculla latin y viste sotana, para contarle cosas sucias, como esas lavanderas que bajan al rio todos los sabados, a lavar su camisa, a sabiendas de que a la siguiente semana volveran a lo mismo porque no tienen otra que ponerse, y mas locos que yo los que no rien, ni lloran, ni beben porque son esclavos de inutiles respetos sociales. Prefiero a mi familia, de chiflados y no a ese rebano de hipocritas que me ven como animal raro porque no duermo en su majada, ni balo al unisono de los otros. Pero una cosa es que algunos lo juzguen loco y otra que usted viva haciendo extravagancias —y perdone que se lo diga con tanta franqueza— sin que le importe su buena fama. ?Para que le sirve su inteligencia? —? Que inteligencia ni que demontre! Lo cierto —y usted no lo creera— es que soy un desgraciado. Mi mala suerte me persigue desde que naci y todo lo que emprendo me sale al reves de como yo lo he deseado. Pero no vaya usted a pensar que por eso bebo; me emborracho porque me gusta, y nada mas. Si tengo algun talento, lo aplico en encontrar los medios para que la bebida me resulte de balde, y asi obtengo un doble placer. Como goce durante aquellos dias en que me bebi un barril entero de catalan en la tienda de los Flores, sin que ellos se dieran cuenta de mi mana! Le voy a contar a usted como lo hice, por si algun dia quiere aprovecharse de mi truco: En la tienda de los Flores los barriles del vino servian de respaldo a las sillas de los visitantes. En calidad de tal, llegaba yo todas las noches y tomaba asiento, muy en mi juicio, cerca de uno de los barriles. Despues de un rato de charla me ponia en pie con grandes dificultades y hablando entre dientes. «—? Pero este Pito Perez como se emborrachara! — comentaban, noche a oche, los duenos de la tienda. Llega en sus cabales y se va siempre en cuatro patas». Y era verdad. A gatas tenia que atravesar las bocacalles para no perder el rumbo de mi casa, unas veces maullando como gato, y otras, ladrando como perro, de modo tan real, que los autenticos animales me seguian pretendiendo jugar conmigo. El secreto de mis borracheras era este: Con un tirabuzon logre hacer un agujero en la tapa de uno de los barriles y por alli introduje una tripa de irrigador que, pasando por dentro de mi chaqueta, llevaba a mi boca el consuelo de tan sabroso liquido que, de tanto chupar, se liquido tambien para siempre.

Con un pegote de cera de campeche disimulaba la existencia del agujero. (Lastima que otros no puedan disimularse lo mismo). El vicio del vino es terrible, amigo, y el borracho, por principio de cuentas, necesita perder el pudor. Cuesta trabajo perderlo, pero cuando uno lo pierde, que descansado se queda, como dicen que dijo uno de los sinverguenzas mas famosos de Mexico. —Cuenteme cosas de su vida, Pito Perez. —No puedo ahora, porque tengo que acudir a la cita de un amigo que me ofrecio regalarme con unas copas; seria un sacrilegio desaprovechar tan rica ocasion. Vamos a cerrar un trato: venga usted todas las tardes, y yo le pagare su conversacion, al bajar de la torre, con una botella. —? De lo que yo elija? ?De conac? ?De champana…? Pero no se asuste; esas bebidas son para ricos desnaturalizados que no sienten amor por nuestra patria. Imagino que los que toman esas cosas son como aquellos mexicanos que fueron a Europa a traerse a un principe rubio como el champana. Hay que gastar de lo que el pais produce: hombres morenos, como Juarez, para que nos gobiernen; y para beber, tequila, charanda o aguardiente de Puruaran, hijo de cana de azucar, que es tan noble como la uva.

Le aseguro que si en la misa se consagrara con aguardiente de cana, los curas serian mas humildes y mas dulces con su rebano. —Bueno, es usted tan pintoresco que le pago cada hora de conversacion con una botella de ese aguardiente de Puruaran que usted exalta tanto. ?Asi somos los hombres de malos: ofrecemos un aperitivo a un hambriento, pero nunca una pieza de pan! —? Y usted piensa que va a divertirse oyendome, y que mi vida es un mosaico de gracias o una cajita de musica que toca solamente aires alegres?

Mi vida es triste como la de todos los truhanes, pero tanto he visto a las gentes reir de mi dolor, que he acabado por sonreir yo tambien, pensando que mis penas no seran tan amargas, puesto que producen en los demas algun regocijo. Me voy en busca de mi generoso copero, porque yo nunca falto a mi palabra de beber a costa ajena. Manana le tocara a usted su turno, de acuerdo con lo estipulado. Y Pito Perez desaparecio por el caracol de la torre, como un centavo mugroso por la hendedura de una alcancia. Pito Perez llego a nuestra cita, con exactitud cronometrica.

Su porte era el mismo del dia anterior, luciendo ademas, un cuello postizo, de celuloide, una corbata de plastron, que semejaba nido despanzurrado, y un clavel rojo en el ojal, como mancha de sangre sobre la sucia chaqueta. El sol parecia tambien un clavel reventon prendido en la mantilla de encajes del firmamento. —Viene usted muy elegante, Pito Perez. —? En que forma! Ni mi madre me reconoceria. Lo malo esta en que no armoniza el terno con el color de los zapatos, y en que el sombrero me viene chico porque el difunto era menos cabezon que yo.

Nombre a mi madre y comenzaremos por ella la narracion que usted me ha pedido y que creo completamente inutil. Mi madre fue una santa que se desvivio por hacer el bien. Ella pasaba las noches en claro velando enfermos, como una Hermana de la Caridad; ella nos quitaba el pan de la boca para ofrecerlo al mas pobre; sus manos parecian de seda para amortajar difuntos, y cuando yo naci, otro nino de la vecindad se quedo sin madre, y la mia le brindo sus pechos generosos. El nino advenedizo se crio fuerte y robusto, en tanto que yo aparecia debil y enfermo porque la leche no alcanzaba para los dos.

Este fue mi primer infortunio y el caso se ha repetido a traves de toda mi existencia. Creci al mismo tiempo que mis hermanos, pero como no habia recursos para costearnos carrera a los tres, ni becas para todos, prefirieron a los dos mayores; de modo que Joaquin fue al Seminario y Francisco a San Nicolas, porque mi madre queria tener sacerdote y abogado. El uno para que nos tuviera bienquistos de tejas arriba, y el otro para que nos defendiera de tejas abajo. Para mi eligieron un oficio que participara de las dos profesiones y me hicieron acolito de la parroquia.

Asi vestiria sotana, como el cura, y manejaria dineros como el abogado, porque los acolitos son como los albaceas de los santos, ya que en sus manos naufragan las limosnas que se colectan a la hora de los oficios divinos. En mis funciones eclesiasticas fui cumplido y respetuoso con los curas de la iglesia. Jamas di la espalda, irreverentemente, al altar en que Nuestro Amo estaba manifiesto; nunca eche semillas de chile al incensario, para hacer llorar al celebrante y a los devotos que se le acercaban; ni me orine por los rincones de la sacristia, como los demas acolitos.

A la hora de las comidas, las gentes me veian pasar, rumbo a mi casa, vestido con la sotana roja, y comentaban emocionadas: —«? Ah, que buen muchacho este de dona Conchita Gaona, tan piadoso y tan seriecito! » ?Y sabe usted por que no me apeaba mi vestido de acolito? , pues porque no tenia pantalones que ponerme y con las faldillas de la sotana cubria mis desnudeces hasta los tobillos. Asi aprendi que los habitos sirven para ocultar muchas cosas que a la luz del dia son inmorales. Un tal Melquiades Ruiz, apodado San Dimas, era mi companero de oficio y, ademas mi mentor de picardias.

Primero me enseno a fumar hasta en el interior del templo, y despues a beberme el vino de las vinajeras. Decianle San Dimas, no porque fuera devoto del Buen Ladron, sino por lo bueno de ladron que era. El muy taimado se pasaba la vida quemandome las asentaderas con las brasas del incensario, y cuando yo protestaba, me decia: —«Hermano Pito, el dolor es una penitencia por la cual tus quemaduras te acercan al Senor; yo soy la justicia divina que castiga tu lado flaco». —«Pero fijate en que es mi lado gordo el que me chamuscas, grandisimo pendejo! »

Cierta vez vimos que un ranchero rico, de Turiran, echo en el cepillo del Senor del Prendimiento una moneda de a peso, despues de rezar largamente, en accion de gracias, porque en sus tierras no habia helado. —«Mira, Pito —me dijo San Dimas— que suerte tiene el Senor del Prendimiento y con cuanto desden recibe las dadivas de sus fieles para que luego el senor cura las gaste en su propio provecho. Ya oiste que quiere hacer un viaje a Morelia para comprarse, con todo lo que caiga de limosnas en estos dias, un mueble de bejuco. ?Que te parece si nosotros madrugamos al cura y le damos su llegon a la alcancia? San Dimas me convencio sin mucho esfuerzo. El tenia cierto dominio sobre mi, por ser de mayor edad que yo y por sus ojos saltones que parecian de iluminado. Agregue usted a esto que mis teorias sobre la propiedad privada nunca fueron muy estrictas, y mucho menos tratandose de bienes terrenos de los santos, que siempre me imagine muy indulgentes con los menesterosos y, ademas, sin personalidad legal reconocida para acusar a los hombres ante los tribunales del fuero comun. —? Y la conciencia, Pito Perez? —La tengo arrinconada en la covacha de los chismes inutiles. A la manana siguiente ambos monaguillos llegamos al templo cuando apenas clareaba el alba, y mientras San Dimas encendia las velas del altar mayor para la primera misa y vigilaba la puerta de la sacristia, encamineme de puntillas hasta donde estaba el Senor del Prendimiento, y sacando un cuchillo mocho que llevaba prevenido debajo de la sotana, levante con el la tapa de la alcancia, metiendo en ella, con mucho miedo, ambas manos. Entre las monedas de cobre, las de plata abrian tamanos ojos, asustadas, como doncellas sorprendidas en cueros por una banda de salteadores. —«Chist! —me hizo San Dimas desde el altar mayor al oir tintinear los centavos— y yo me asuste tanto que vi claramente al Senor del Prendimiento que hacia ademan como para atraparme. En un colorado paliacate vacie el dinero y, apresurado y tembloroso, se lo entregue a San Dimas, que salio de la iglesia como alma que se lleva el Diablo. Entro Nazario el sacristan, y me dijo: —«Muevete, Pito, que ya se esta revistiendo el padre para la misa». Yo me dirigi a la sacristia mirando como llegaban al templo las primeras beatas, acomodandose en las tarimas de los confesonarios, para reconciliar culpas de la noche anterior.

El padre Coscorron estaba revistiendose y solo le faltaba embrocarse la negra y galoneada casulla de las celebraciones de difuntos. Los monaguillos deciamosle el padre Coscorron, por su caracter iracundo y por lo seguido que vapuleaba nuestras pobres cabezas con sus dedos amarillos y nudosos como canas de carrizo. Salimos, pues, a celebrar el santo sacrificio, el padre con los ojos bajos, pero a cuya inquisicion nada se escapaba, y yo, de ayudante, con el misal sobre el pecho, muy devotamente y orejeando para todas partes, atento a notar si se habia descubierto el hurto.

El padre parecia una capitular de oro; yo, junto a el, una insignificante minuscula impresa en tinta roja. Cavilando en mi delito, olvidabanseme las respuestas de la misa, y para que no lo notara el padre, hacia yo una boruca tan incomprensible como el latin de algunos clerigos de misa y olla. Al cambio del misal para las ultimas oraciones, mire de soslayo hacia el Senor del Prendimiento y vi que el sacristan hablaba acaloradamente en medio de un grupo de beatas, que observaban con atencion el cepo vacio.

La manana nos habia traicionado con su luz cobarde, y cuando en-tramos a la sacristia, Nazario salio a nuestro encuentro y dijo con voz tan agitada como si anunciara un terremoto : —«? Robaron al Senor del Prendimiento! » —«? Que dices, Nazario? ?Se llevaron el santo? » —«No, senor, ? que se llevaron el santo dinero de su alcancia! » —«? En donde esta San Dimas? » —grito el padre Coscorron clavandome los ojos, como si quisiera horadar mi pensamiento; y tirando el cingulo y la estola, me llevo a empellones hasta un rincon de la sacristia. «—Pito Perez, ponte de rodillas y reza el Yo pecador para confesarte: ?

Quien se robo el dinero de Nuestro Senor? » «—No se, padre». «—Hic et nunc te condeno si no me dices quien es el ladron… » «—Yo fui, Padre» —exclame con un tono angustiado, temeroso de aquellas palabras en latin que no entendia, y que por lo mismo parecieronme formidables. El cura agarro con sus dedos de alambre una de mis orejas, que poco falto para que se desprendiera de su sitio, y zarandeandome despiadadamente me dijo: —«? Fuera de aqui, fariseo; sinverguenza, Pito cochambrudo, y devuelve inmediatamente el dinero, si no quieres consumirte en los apretados infiernos! Cuando el padre Coscorron aflojo un pocos los dedos, di la estampida y no pare hasta el corral de mi casa. No volvi a ver a San Dimas, que se quedo con lo robado, y todo el pueblo supo nuestra hazana porque el padre Coscorron se encargo de pregonarla desde el pulpito : —«Dos Judas traidores robaron el templo; por caridad yo no dire quienes son, pero uno es conocido por San Dimas, y al otro le dicen Pito Perez». Nos acomodaron versos, mal hechos, por cierto, y peor intencionados: A Dimas le dijo Gestas: ?que pendejadas son estas!

Y al Pito le dijo Dimas: te… tizno si no te arrimas. Y volaron al momento las limosnas que tenia en su sagrada alcancia el Senor del Prendimiento. Lo mas triste del caso fue que San Dimas pudo volver a la parroquia, rehabilitado por mi confesion. El se quedo con el santo y la limosna, como dice el viejo refran; en cambio, yo cargue con el desprestigio, y como unico recuerdo de mi vida de acolito, me quede con la sotana roja, chorreada de cera y llena de las quemaduras que le hicieron las chispas del incensario. Pito Perez, nadie sabe para quien trabaja; ese San Dimas debe haber pensado que ladron que roba a ladron tiene cien anos de perdon, y que el que va por lana sale trasquilado. —No me diga usted mas refranes, que cada uno de ellos puede servir de epigrafe a los capitulos de mi vida. Y me voy porque ya tengo el gaznate seco. Venga, pues, el importe de la botella, que hoy lo tengo bien ganado… —? Por que le dicen Pito Perez? Creame usted que aun no me entero. —Este apodo no tiene la malicia que las gentes imaginan, y va usted a saber su origen: Como todos los ninos pobres, yo no tuve juguetes costosos ni diversiones presumidas.

Mi madre me tenia muy sujeto y no me dejaba salir a la calle por miedo de que me perdiera, en el recto sentido de la palabra. ?Mire usted que si la pobre levantara ahora la cabeza! Asi es que, relegado en el corral de mi casa, pasaba los dias rinendo con mis hermanas, o haciendo pequenos hornos de tierra en los que cocia panes de lodo. Mis manos fabricaban con mucha habilidad chilindrinas rociadas de arena, roscas de barro, empanadas rellenas de pasojo, que a Concha mi hermana tocabale consumir so pena de acusarla con mi madre de ciertos coqueteos con el hijo de don Zenon, el sordo.

Dedique mis largos ocios a labrar con navaja un pito de carrizo, al que, a fuerza de paciencia y de saliva, logre arrancarle primero unas notas destempladas, y despues de muchos trabajos, las canciones en boga por aquellos rumbos. Se desesperaban los vecinos escuchando mis largos conciertos de tremolos, arpegios, fermatas y trinos; tenian pito para levantarse, pito para comer y pito para la hora de acostarse, a tal extremo, que protestaban y gritaban pidiendo misericordia: —«? Dona Herlinda, asilencie ese pito! » —«? Que se calle ese pito! » Y Pito me pusieron de apodo, sin que me hayan lastimado con el sobrenombre.

Despues de mi aventura por los dineros del Senor del Prendimiento, me dedique con mas ahinco a la flautita porque mi madre Herlinda, avergonzada por el pregon del cura, prohibiome terminantemente salir a la calle. Pasaba la vida sentado en el brocal del pozo, como un encantador de serpientes, haciendo bailar, al compas de la musica, mis tristes y aburridos pensamientos. Pero llego un dia en que cansado de aquella carcel, quise emprender el vuelo; y al obscurecer de un jueves sali de mi casa diciendo a mi familia que me iba a rezar la Hora Santa.

Sin una muda de repuesto, sin sombrero, sin planes para el porvenir, con un capital de diez centavos en la bolsa, subi a toda prisa por la calzada de las Tenerias, y al llegar a la cerca del Cerrito, me detuve para tomar alientos y para cerciorarme de que nadie me seguia. El pueblo alargaba sus calles blancas, como si quisiera retenerme con sus brazos amorosos; pero el camino, lleno de misterios, me atraia. Adios, Santa Clara del Cobre, que me viste nacer y crecer, humillado y triste! Volvere a ti vencedor, y tus campanas se echaran a vuelo para recibirme. —? Y a donde fue usted a parar, Pito Perez? A Tecario, al amanecer del siguiente dia, cansado, muriendome de hambre y de frio. Asi me acerque a la plaza en busca de algo que comer y de algun sitio en donde calentarme. Mirandome pasar por las calles a tan temprana hora y sin sombrero, las gentes debieron figurarse que yo era de algun rancho inmediato. En un portal pequeno unas mujeres vendian tazas de cafe y hojas de naranjo con sus buenos chorros de aguardiente. La primera que tome me hizo entrar en reaccion, y a la segunda, olvide que andaba huido de la casa paterna y fortaleciose mi animo para seguir adelante como descubridor de un nuevo mundo.

Apenas unas cuantas leguas me separaban de mi pueblo y ya pensaba que habia realizado una proeza digna de los grandes conquistadores : Julio Cesar + Hernan Cortes = Pito Perez. A la tercera taza, mi capital exhalo el ultimo suspiro, pero mi fantasia encendio sus primeras luces. Desde el banco en donde me encontraba sentado, veia un comercio grande, muy surtido, quiza el mejor del pueblo, atestado de marchantes en aquella primera hora de la manana. Dos o tres dependientes, en mangas de camisa, atendian a los parroquianos, y un viejo calvo, ganchudo como alcayata, tal vez el dueno del negocio, escribia ensimismado sobre un libro de cuentas.

En lo mas alto de las armazones de la tienda, con sus faldas amponas y azules, alineabanse grandes pilones de azucar, ostentando orgullosos su marca de fabrica: Hacienda del Cahulote. Me vino la idea de apoderarme, por medio de un ardid atrevido, de una de aquellas codiciadas piramides. Entre al comercio, y dirigiendome a uno de los dependientes, le pedi un centavo de canela. Mi unica moneda superviviente! Cuando tuve la raja en la mano acerqueme al dueno del comercio, y ensenandole mi compra le pedi por favor, poniendo cara de perro humilde, un piloncito de azucar. «Que te lo den» —contesto el viejo. Fui al otro extremo del mostrador y con tono garboso dije a otro de los dependientes: —«Dice el amo que me de un pilon de azucar» —apuntando con el dedo uno de los panes que moraban cerca del techo. El dependiente, desconfiado, pregunto en voz alta a su jefe : —«? Se le da un pilon de azucar a este muchacho? » A lo que el viejo contesto afirmativamente, sin levantar los ojos del libro y creyendo que se trataba de un piloncito con que endulzar una taza de canela.

El dependiente bajo el pan de azucar y yo sali con el en brazos, acariciandolo carinosamente, y me aleje de la tienda a toda prisa. Esta fue la primera contribucion que impuse a los tontos y mi entrada triunfal al pais de los borrachos, porque las tazas que empine, cargadas de aguardiente, me hicieron el efecto de un sol esplendoroso. Desde entonces, por mi boca habla el espiritu… del vino y, como los profetas de la antiguedad, paso la vida iluminado. —Se queja usted de su mala estrella, y, sin embargo, el robo del pilon de azucar no le salio mal. —Es que no fue robo, sino un prestamo obtenido con la venia de Dios.

Yo no me quedo nunca con nada de nadie, sin elevar antes una solicitud mental al Supremo Creador de todas las cosas y, por tanto, dueno absoluto de cuanto existe. Si el Senor esta conforme con mi ruego, permite que yo me lleve el objeto que necesito, y si no lo esta, pone en guardia a su poseedor accidental y este evita, en la forma que mas le place, que yo consume mis propositos. —Pito Perez, ? es usted grandioso! —Gracioso querra usted decir, porque vivo y bebo de pura gracia. Pero no tengo mucha confianza en mi sistema, porque se de sobra que lo que la vida obsequia con una mano, lo quita con a otra. En un tendajon de las orillas de Tecario vendi el pan de azucar, y segui adelante, temeroso de que algun policia amargara con su presencia tanta dulzura. Con el pito en la boca pase por los caminos, por las veredas, por los atajos de los montes, sonando —? iluso! — que ensenaria a cantar a los pajaros pero los pajaros volaban asustados al oir aquellos sones broncos de mi flauta de carrizo, y como una protesta prendian sus trinos en las ramas de todos los arboles. ?Que cantaran los pajaros? ?Que romanza divina, sin palabras, capaz de conmover el alma sorda de un borracho? Espera, pajarito pasajero —decia yo a la avecilla cautelosa, mirandola esconder en lo mas alto de un pino gigante— voy a tocar el miserere de «El Trovador», que aprendi de la musica de Hilario, mientras el senor cura levantaba la hostia! Mas el pajaro tarareaba su Novena Sinfonia, y se alejaba sin hacerme caso… Pian pianito llegue a Urapa, y en este 0pueblo rabon, situado ya en tierra caliente, me ofreci como mancebo de botica. —«Como te llamas, muchacho? » preguntome el boticario. —«Jesus Perez Gaona, para servir a usted… si es que nos arreglamos». —«? Que sabes hacer? —«Pildoras»—conteste sin faltar a la verdad, recordando la frecuencia con que mis dedos exploraban mis fosas nasales. —«? Y que mas? » —inquirio el boticario, midiendome con la vista. —«Jarabes medicinales patentados en el extranjero». —«Pues voy a probarte unos dias —resolvio el viejo— para ver si me convienes». Entre a servir en la botica, animado de los mejores propositos. Era el boticario hombre de unos cincuenta anos; llamabase Jose de Jesus Jimenez y pesaba ciento treinta kilos, despues de haberse sometido a cuanto regimen le recomendaron para adelgazar.

Cuando entraba en la botica apenas cabia dentro de ella, y a su paso, movianse los frascos, los tarros y los botes, como agitados por un temblor de tierra. No dejaba su casa ni para asistir a los actos religiosos ni para concurrir a las juntas del Ayuntamiento, y era de una pereza tan peligrosa para su clientela, que hubiera sido capaz de sustituir en las recetas el jarabe de quina con la valeriana, con tal de no pararse de la silla de brazos en la que acomodaba su nalgatorio, igual que en un molde hecho a su justa medida.

Como no podia tener vanidad de su cuerpo de barrica sin aros, o de su rostro, todo el convertido en papada, la tenia de haber cursado su carrera en una de las mejores escuelas del mundo, segun pregonaba a toda hora, y a tal grado, que en el centro del rotulo de la botica, que se llamaba Farmacia de la Providencia, habia un circulo con una alegoria que representaba los atributos de la medicina, y este letrero dorado : J. DE J. JIMENEZ. Ex Alumno de la Escuela de Farmacia de Guadalajara. Ex Farmaceutico del Hospital de San Juan de Dios.

Ex Discipulo de don Prospero Lopez. Una mano anonima, ocultandose en las sombras de la noche, escribio debajo de tanto titulo, este otro: Ex Cremento. La mujer del boticario se llamaba Jovita Jaramillo, y por las iniciales de su nombre y las de su senor esposo, a la botica le decian en el pueblo El Cementerio de las Jotas. Era dona Jovita una mujer como de cuarenta anos, flaca y amarilla, pero de facciones correctas y con unos ojos verdes que contrastaban con el color de su piel y con el negro zaino de sus trenzas.

En sus doce anos de matrimonio no habia tenido hijos, y esto seguramente influyo en que se agriara su caracter y en que fuera reganona hasta con su marido que, delante de ella, no alardeaba de cosa alguna. Oi, cierta vez, que un amigo hizo alusion a la obesidad de mi amo, y el, bajando los ojos para contemplar aquella temblorosa montana de manteca, suspiro tristemente, exclamando: ? Hace diez anos que no veo a mi Jesusito ni retratado en un espejo!

Comence a granjearme la voluntad del matrimonio, trabajando afanosamente en cuanto me mandaban. Para proteger sus habitos de pereza el boticario se sentaba en su silla, y abanicandose con un periodico, pasaba los dias diciendome el contenido de los frascos y la aplicacion mas usual de los medicamentos. No dejaba de recomendarme que en la preparacion de las recetas empleara siempre las substancias similares mas baratas, por ejemplo, bicarbonato de sosa en lugar de pricolita, azucar a cambio de antipirina. «Los medicos recetan cosas raras —decia—, sobre todo si no tienen un tanto por ciento en nuestras boticas, pero la farmacopea nos ayuda a defendernos de sus artimanas, acaso en beneficio de la humanidad puesto que, simplificando las medicinas, matamos menor numero de personas. Aqui donde me ves, yo he ahorrado muchas vidas y algun dinerillo para mi regalo, haciendo pocimas de simple jarabe y pildoras de inofensivo almidon. Aprende, Jesus, sigue honradamente mi ejemplo y gozaras de una conciencia tranquila y de una bolsa satisfecha».

Escuchando sus consejos comence a preparar recetas caprichosas y a tomarle gusto al oficio, como el cocinero que pone un poco de fantasia al condimentar sus platos. En la farmacia, teniendo ciertas inclinaciones pictoricas, se pueden emplear sin peligro colorantes que alegrenlos ojos de los enfermos: el jarabe de rosas, el de grosella en las cucharadas del 1 y del 2, para los ninos que padecen colerin. El verde vegetal convierte las pildoras en cabuchones de esmeralda, que las mujeres toman sin repugnancia, por su aficion a los adornos y a las joyas.

Pero lo que mas satisfizo a nuestra clientela fue el uso del alcohol mezclado moderadamente en el agua hervida de las cucharadas, de los pozuelos y de los demas bebedizos. A las primeras tomas los enfermos se animaban, cantaban, dormian bien, y algunos se escaparon de una muerte segura, con honra y fama para el medico que los asistia. Despues, seguian surtiendo las recetas dizque para preservarse de todo genero de dolencias.

Como si me hubieran contagiado las enfermedades de todo el pueblo, yo daba el punto a tales medicinas, probandolas y saboreandolas lo mismo que los dulceros sus confituras. En aquel empleo la cosa pintaba bien para mi: dormia en la rebotica, en un catre de tambor, con obligacion de atender las llamadas nocturnas, para que don J. de J. no interrumpiera su apacible sueno; me alimentaban con la misma pitanza de los amos: en las comidas del mediodia un plato rebosante de caldo, otro de arroz, carne cocida y frijoles.

Al amo le doblaban la racion, y el caldo lo tomaba sorbiendolo estrepitosamente de una sopera, despues de aderezarlo con quince cosas distintas : platano, sal, limon, chile, granos de granada, oregano, elote, aguacate, pedazos de tortilla, un chorro de vino tinto, otro de aceite, migas de pan frances, rodajas de huevo duro, cebolla y papas cocidas. El mismo, diariamente, preparaba tan variado mejunje, con un gesto supersticioso de sacerdote que celebra un extrano rito, ante los ojos indiferentes de dona Jovita que no paraba de quejarse de algun mal imaginario.

De los platos de antojo quintuplicabanle la racion, y maravilla pensar como no se derramaba el pozo de las defecaciones de aquella casa con los frecuentes viajes que a el hacia el senor boticario. Al alcance de mi mano tenia los frascos de los cordiales y el cajon del dinero que prudentemente soportaba mis acometidas. Por algo le llaman don Prudencio los dependientes de las tiendas. Ademas, Urapa es un pueblo chico, de pocos habitantes, y hasta alli era dificil que llegaran las pesquisas de mi amantisima familia para conocer mi paradero.

El pueblo, pues, resultaba un paraiso, sin la molestia de convivir con los animales de la creacion, cada uno encerrado en su casa. Pero no hay paraiso sin tentaciones. ?Desperte yo, por imprudente, las adormecidas dentro de aquel hogar, al contarles a los amos que en mi pueblo me llamaban Pito Perez? Quiza por asociacion de ideas, una tarde dona Jovita grito, desde el interior de su cuarto : —«Muchacho, traeme un poco de linimento». Con mi cara de santo mojarro lleve el pomo de linimento a la pieza de la patrona que, tendida en su cama, boca abajo, quejabase pesarosamente.

Segun ella, le dolia un costado, la espalda, el cuello, y no resistia ni el peso de una mosca. —«Es el reuma que me sube y me baja y me pone en un grito —decia con voz de muchacho consentido—; pero mi esposo no se preocupa por mi salud, ni se acomide a darme una frieguita de algo. ?Ay! ?Aay! ?Aaay! Por caridad untame un poco de linimento en la espalda». Y dona Jovita se enderezo para aflojarse los broches del corpino. Mi alma se encendio en una ardiente compasion para aquella infeliz mujer que tanto padecia, y con el pensamiento puesto en Dios, introduje mi mano por la abertura del vestido, comenzando a frotar suavemente la espalda desnuda. «? Asi, asi! » —decia la enferma en tono suplicante. Despues, se volteo boca arriba, con los ojos cerrados, diciendome dulcemente : —«Tambien en la cintura y en el pecho para calmar este dolor que me mata». Mi mano comenzo a frotar, y al subir tropezo con dos solidas cupulas cuyos pezones endurecieronse sensiblemente. —«Asi, asi» —repetia la enferma. Y echandome los brazos al cuello, atrajome sobre su cuerpo dolorido… Haciendo un juego de palabras, de las cupulas pasamos a las copulas. Los efectos de las medicinas fueron sorprendentes y, tarde a tarde, gritaba la enferma desde el fondo de su cuarto, en medio de quejidos lastimeros: «Muchacho, trai el linimento». Yo bajaba el frasco de su sitio y me aprestaba a cumplir devotamente con una obra de misericordia. Entretanto, don J. de J. quedaba al frente de la botica, inmovil en su silla de brazos. Mas un dia, uno de esos dias aciagos que yo debiera relatar con una voz equivalente a letra bastardilla, coincidieron tres marchantes premiosos, y el farmaceutico, haciendo un esfuerzo sobrehumano, entro en mi busca hasta el interior de la casa. Empujo la puerta de la alcoba, y al mirar lo que miro, quedose de una pieza.

El susto me hizo bajar de la cama, como un sonambulo, mientras dona Jovita rompio a dar alaridos, igual que si le arrancaran las tiras del pellejo. Sali del cuarto tropezando con los muebles, mientras el boticario despertaba de su asombro y con una elocuencia arrolladora llamaba a su mujer puta, malagradecida y sonsacadora de menores. Sin detenerme a recoger mis exiguos ahorros, abandone la casa por la puerta del corral, con tanto miedo a las iras de aquel marido coronado, que resolvi dejar inmediatamente el pueblo, y si me hubiera sido posible, el globo terraqueo, sin atentar contra la vida.

Aquella noche, caminando por un largo camino, cavilaba tristemente: ? Cuan breves son las fiestas de este mundo y como nos dejamos enganar con un senuelo! Iba otra vez a la aventura, sin casa ni sosten, y todo por haber olvidado la historia de la mujer de Putifar. El cansancio del sendero haciame evocar la vida quieta y regalona de la casa del boticario: los platos sustanciosos, los tragos de la hemoglobina falsificada y los buenos pellizcos al cajon del dinero. ?Todo perdido para siempre por causa de la insospechada temperatura de la senora dona Jovita…! —? Es usted mas poeta que yo, Pito Perez!

Y, ? a donde fue usted a parar, despues de sus amores con la boticaria? —Manana se lo contare; ahora es preciso que yo vaya a consolar, con unas copitas, las penas que hemos removido. Hablar del pasado es resucitar un muerto, y yo tengo valor de hablar con los muertos unicamente cuando estoy borracho. Tendi el vuelo a La Huacana, dando un rodeo para no tocar la hacienda de San Pedro Jorullo, propiedad de unos paisanos mios, cuyo encuentro procuraba evitar, porque si me hubiesen descubierto, habrian corrido traslado a mi familia de mi aparicion por aquellos rumbos.

De no vivir en una gran metropoli, preferi siempre los pequenos poblados a las capitales provincianas, que son planteles de vanidad y asiento de extravagancias. Sus habitantes pueden ser clasificados de este modo; tres o cuatro familias duenas de hacienda grande, que fue heredada o hecha al vapor en negocios usurarios; diez casas muy ilustres, arruinadas, y con las comodas repletas de pergaminos, en donde consta que un bisabuelo fue Oidor, otro Coronel realista, otro cunado del Conde de Cerro Gordo o sobrino del Marques de Sierra Madre.

Estas dan el tono en las reuniones de la buena sociedad, en donde salen a relucir los pendientes que regalo la Emperatriz Carlota, o la mantilla de punto que uso la abuela cuando fue madrina de matrimonio de dona Lorenza Negrete Cortina de Sanchez de Tagle. Gente muy encopetada, que se pone en ridiculo en todas partes por presumir de expedita, como sucedio cuando convidaron a Maximiliano para que visitara Morelia. Uno de los mas caracterizados vecinos de la capital michoacana, dandola de cortesano, pregunto al Emperador: —«? Como esta Carlotita? » A lo que contesto el Emperador, muy circunspecto: «Su Majestad la Emperatriz esta bien». Y declino la invitacion de aquellas gentes que tan mal conocian el protocolo. Despues de esta casta de munecos de oropel, vienen las familias de los empleados del Gobierno, las de los profesionales, las amas de los canonigos, y esa masa anonima de humildes menestrales que comen de milagro y cuyas hijas saludan en las serenatas a los pollos ricos, no se por que antecedentes o por que razones: adivinalo tu, buen adivinador. En estas ciudades la miseria adquiere gestos tragicos, y los sinverguenzas, como yo, no pueden vivir decorosamente.

En cambio, los pueblos chicos son de mi gusto, porque en ellos el hombre se confunde con la naturaleza, o yo confundo la naturaleza con el hombre. Lo cierto es que me gusta vivir en los pueblos rabones porque en ellos soy primera figura, agasajado por gentes humildes que se honran con mi amistad y se divierten con mis platicas. Me he sentado largos dias a la mesa de un ranchero pesudo, a quien tuve embobado con mis mentiras. Oyendolas, no paraba de decirme, como los ninos que escuchan un cuento fantastico: —«? Y que mas, senor Perez? ?Y que mas, senor Pito? Hasta que se agoto el agua de mi noria y tuve que renunciar a una hospitalidad pagada con monedas de mi escasa inventiva. En los pueblos pequenos, el rico es agricultor y el pobre campesino, que es la misma cosa, salvo Don Fulanito, el de la tienda, que roba a ambos, y Don Menganito que tiene botica y los limpia a todos: unas veces del estomago o del higado, pero de la bolsa siempre. Al anochecer el labrador vuelve del potrero, rendido por las duras faenas del surco, y en busca de un rato de conversacion, acercase a la tienda de su compadre Gumersindo.

Alli como de casualidad, cae tambien Pito Perez, a quien, para que anime la reunion, ofrecen una copa. Su servidor comenta las noticias del periodico, repite lo bueno que ha oido decir de cada uno de los presentes, cuidando de no tropezar con alguna palabra que desagrade al dadivoso; y convite del uno, y convite del otro, Pito Perez guarda en la barriga sus buenos tragos y una torta de pan con queso que el dueno de la tienda le da a hurtadillas, porque tambien el saca de la tertulia su buena raja. ?Oh, los pueblos chicos, Jauja de holgazanes, paraiso de platicones! Pero ya no divague tanto, Pito Perez, cuenteme lo que hizo al llegar a La Huacana. —Sentarme en un banco de la plaza, debajo de unos tamarindos tan floreados que parecian un palio de tisu extendido por primera vez sobre la cabeza de un caminante. Las campanas de la parroquia llamaban a misa y unas cuantas personas se dirigian parsimoniosamente al templo. Entonces pense en Dios, como lo hacen todos los necesitados. Vamos a probar —me dije— que tal Providencia tienen estos de La Huacana, y de paso daremos una vuelta por el mercado para ver si el Senor pone algun comestible al alcance de mi boca.

Despues de torcer calles inutilmente, entre en la iglesia y me sente frente a un confesionario en que un sacerdote escuchaba el bisbiseo pecaminoso de una beata. Al fijarme en la cara negruzca y cacariza del Ministro del Senor, lo reconoci en seguida : era el padre Pureco, de Santa Clara, a quien yo habia ayudado muchas veces a decir misa. No pude contenerme y fui a hincarme tan cerca del confesionario que llegaban a mis oidos los consejos menudos que el padre daba a la penitente : «Ama a tu esposo como la Iglesia a Cristo; las casadas deben ser mudas; no discutas con tu marido aunque sea mas tonto que tu, como afirmas. Paga la penitencia y ve en paz, hija mia». Le dio la absolucion y volviendose a donde yo estaba, dijo : —«Reza el Yo pecador… » —«Yo soy Jesus Perez». —«Ese no es el Yo pecador, ni te conozco». —«Si me conoce, padre, yo soy Pito Perez, de Santa Clara». —«? Tu eres Pito Perez? — exclamo el sacerdote con un acento que me parecio de alegria». —«El mero Pito, senor, pero muerto de hambre». «Ve a la sacristia y esperame para que me digas lo que te pasa». El padre Pureco tenia en mi tierra fama de lerdo, y que Dios me perdone si, diciendolo, denigro a uno de sus representantes, aunque, sin duda, el Espiritu Santo conocia muy bien los alcances de su ministro. Al llegar el padre a la sacristia le solte un patetico relato, hablandole de la miseria de mi familia, que me habia impulsado a salir de Santa Clara en busca de trabajo; de mi empeno por hacerme de recursos para ayudar a mis hermanas; y el ambre puso en mi voz tan conmovedor acento que, por primera providencia, el padre Pureco ofreciome asilo en su casa, y terciandose el manteo, me llevo a ella para obsequiarme con un jarro de leche y unos platanitos cocidos, al uso de tierra caliente. A la hora del almuerzo, el padre pregunto por la vida y milagros de todos los vecinos de nuestro pueblo, yo satisfice su curiosidad como pude, agregando de mi cosecha pequenos detalles, que pudieron dar al traste con mi generoso anfitrion: —«Y Marin Pureco, ? que hace? » «Nada, padre, porque paso a mejor vida». —«? Como! ?Se murio? » Estuvo en un tris que el padre no se desmayara al oirme, pues la persona aludida era su hermano, y yo no lo sabia. Tuve que resucitar al muerto rapidamente, y, a fuerza de labia, hacer que mi interlocutor olvidara el falso informe necrologico. En los dias que siguieron ayude al padre en todos los menesteres del templo: junte las limosnas sin cobrar porcentaje, cambie de ropa a los santos, y como no habia organista, con mi flauta prodigiosa llene de gorgoritos los ambitos del recinto.

Los fieles se sorprendieron con aquella musica inusitada, pero note desde el coro que cuando la pieza era de baile ellos se animaban, llevando el compas con la cabeza. En la misa mayor del domingo que siguio a mi llegada, cuando el lleno de campesinos era mas imponente, el padre Pureco subio al pulpito a decir el sermon. Rezo primero una Ave Maria para que la Virgen lo inspirara, carraspeo, tasco bien la dentadura postiza y solto el chorro de su elocuencia : En otras ocasiones, desde esta catedra sagrada, os he explicado, hermanos mios, las virtudes teologales, pero me habeis oido con indiferencia, como quien oye llover y no se moja. Bien pocas son las virtudes teologales para que vosotros no las conozcais, —pero perdonadme, Soberano Senor Sacramentado— dijo el padre Pureco, volviendose al altar mayor—, tengo un rebano de brutos que no entienden la doctrina cristiana. Una vez mas voy a explicaros lo que es la fe, lo que es la esperanza, lo que es la caridad: ? Que cosa es la fe? ?Corazones de piedra, conmoveos! ?La fe es una paloma blanca que llevamos oculta en nuestro tierno regazo ! Pero hay que despertarla para que ella nos guie a las puertas de la gloria, y para despertarla, es necesario arrojar primero de nuestros corazones el gavilan del pecado, porque si lo dejamos alli acabara por devorar a la inocente palomita. «? Y la esperanza? ?Habra algo mas hermoso que la esperanza? ?Solo Maria Santisima es mas hermosa que ella! ?Que cosa es la esperanza?

Fijaos bien y grabad mis palabras en vuestros corazones; es la segunda virtud teologal, y es tan dulce repetir con el Senor: yo tengo esperanza de enderezar mis pasos, de limpiar mi conciencia, de conocer a Dios. Hasta en las cosas materiales ? es tan grato tener esperanza! Porque no es pecaminoso, hermanos mios, decir con el pensamiento puesto en Dios: yo tengo esperanza de tener una casita, y mujer, y muchos hijos, que son la bendicion del sagrado vinculo; yo tengo esperanza de sacarme la loteria; yo tengo esperanza de que el dia de mi santo mis fieles me compren una sotana nueva y un reloj, que tanta falta me hacen. ? Y la caridad? Bien claro lo indica su nombre : Ca-ri-dad, dad, dad. ?Por algo es la mayor y la mas grande de las virtudes! Pero, ? que entendeis vosotros de cosas divinas, por mas que el Espiritu Santo inspire mis palabras? Porque yo quiero iluminar la cerrazon de vuestro entendimiento con la luz indeficiente de la verdad, pero —con tu permiso, Soberano Senor Sacramentado— sois un hatajo de pendejos. No, no puedo retirar lo que he dicho, hasta que demostreis que vuestra fe existe, que vuestra esperanza vive y que vuestra caridad se manifiesta con los hechos.

Ya sabeis que mi celebracion es el 24 de agosto. Id en paz en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espiritu Santo. Amen». El padre Pureco bajo del pulpito poseido por el fuego de la inspiracion y no se dio cuenta de que el alba se le habia enganchado en un clavo de la puerta, hasta que sintio la desgarradura, y sin pedir permiso al Soberano Senor Sacramentado, lanzo un carajo tan rotundo como una bofetada. Nos dirigimos a la casa, y a la hora de la comida, como no queriendo abordar el asunto, el padre Pureco me pregunto : —«? Que te parecio mi sermon, Pito Perez? » «Muy bien, padre, sobre todo esa figura tan bonita de nuestro tierno regazo; pero le falto lo principal para conmover a los fieles : el latin, que es lo unico que hace llorar en el templo a los piadosos oyentes». —«Es cierto, Pito, pero ya no recuerdo las citas de los Santos Padres de la Iglesia». —«Yo puedo servirle en eso, y en otras muchas cosas, padre» —le dije, con el afan de conquistarmelo. Vera usted: le apuntare las oraciones en latin, usted se las aprende y las suelta en los sermones, sin pedir permiso al Senor Sacramentado, en lugar de esas palabras tan duras que acaba de proferir». «Te dire: solo los domingos hablo asi, porque es el dia que bajan los rancheros a misa y no entienden de otra manera». —«Ahi esta el chiste, padre, que no le entiendan para que piensen que es usted un sabio. Los medicos tambien llaman a las enfermedades por sus nombres cientificos delante de los dolientes, porque si les dieran sus nombres vulgares, los enfermos se atenderian solos, con infusiones de malvas o con ladrillos calientes». Convenci al padre Pureco y me puse a buscar sentencias en latin.

Encontre un diccionario con locuciones en dicho idioma; pero como queria hacerme el indispensable, forre el libro con un periodico para que el padre no se diera cuenta como adquiria yo tanta erudicion, y en tiritas de papel copiabale las sentencias que, a mi juicio, podian utilizarse, trocitos de papel que Pureco sacaba del breviario, cuando estaba en el pulpito, como esos pajaritos amaestrados que dicen en las ferias la buenaventura. Cuando me veia leer a hurtadillas, imaginabase el padre que lo que yo traia entre las manos era alguna novela pornografica y me reprendia severamente, aunque con cierta sonrisa socarrona en los labios.

No muy seguro de lo que decia, y temeroso de ofender a Dios, el padre Pureco siguio diciendo: Con tu permiso, Soberano Senor Sacramentado, antes de soltar algun latin de los que yo le suministraba. «Hermanos en Jesucristo: me duele ab ovo vuestra ingratitud con el Divino Salvador. Venid todos a sus plantas como lo mandan los Evangelios: bonum vinum laectificat cor hominis. Yo quiero solamente vuestra salvacion; pido para vosotros las gracias del Supremo Juez y ante El quiero interceder y decirle : perdonales, Senor, aqui los tienes inpoculis y arrepentidos». «Equivoco usted los papelitos, padre, y llamo borrachos a los fieles» —deciale yo cuando descendia del pulpito. —«No importa, Pito, antes les decia peores cosas y no se daban por ofendidos». Yo no se si seria por el uso del latin, o por una mera coincidencia, el caso es que los feligreses comenzaron a dar muestras de mayor respeto para su pastor espiritual, y este a sentirse mas engreido y a estirarse, como cualquier funcionario, a tal extremo, que a mi mismo aplicabame los latines que le ensenaba, y con mayor acierto que en el pulpito.

Antes de mandarme alguna cosa, decia : Noc voto, sic jubes, sit pro ratione voluntas. Tanto despotismo, chocante a mi natural rebeldia; el no gozar de ningun sueldo, y el tirantito de embriagarme de cuando en cuando, pues ya le habia tomado gusto al vino y el padre no me dejaba ni olerlo, hicieronme pensar en salir de aquella casa para probar fortuna en otro sitio. Una enfermedad cayome encima, que vino a fortalecer mis proyectos de abandonar La Huacana: las calenturas intermitentes.

A la hora de la fiebre temblaba mi cuerpo como si lo cernieran, y despues, no tenia animos ni para llevarme el pan a la boca. Me resolvi, pues, a dejar al padre Pureco enredado en la malla cada vez mas espesa de sus latines; y a una escultura de la Virgen de la Soledad que tenian con mucha veneracion en el templo, le quite dos o tres milagros de oro, para llevarlos como recuerdo de tan bella imagen, pero, muy a mi pesar, tuve que venderlos en el camino. Puedo, pues, afirmar a los incredulos que he palpado milagros patentes y aun he vivido de ellos.

Sentiame agotado y tan triste que ya no tocaba la flauta, preocupandome solamente la idea de encontrar la forma adecuada de llegar a mi casa sin peligro de reprimendas y castigos. De La Huacana hice dos dias a Ario, y otros dos de este pueblo a Santa Clara, pernoctando en los montes, tan debilitado por la fiebre y por el cansancio, que las estrellas me parecian cirios mortuorios temblando en torno de mi cadaver. Hubiera podido llegar a mi tierra con el sol muy alto, pero crei prudente esperar a que anocheciera, para no llamar la atencion por las calles del pueblo.

De seguros —pensaba yo— tendre que comparecer ante un consejo de familia; mis hermanas me increparan, mi madre Herlinda intentara castigarme; lloraran despues, y calmada la tormenta, quiza escuchen con interes el relato de mis viajes, y acabaran por matar un cordero para festejar la vuelta del Hijo Prodigo. Sentado en una piedra del camino espere a que la tarde se apagara, y como un perro derrengado, baje lentamente hasta mi casa y llame al zaguan con mas susto que verguenza.

Una de mis hermanas abrio, diciendome: —«Pasa» —con la naturalidad que si me hubiese visto salir unos cuantos minutos antes. Nadie se manifesto extranado de mi presencia; nadie me pregunto de donde venia, ni si pensaba quedarme. Yo fui, mas bien, el que dijo a Concha, notando en ella alguna preocupacion : —«Te siento triste, hermanita». —«Estoy preocupada por que anoche sone que habia puesto, con muchos trabajos, un huevo muy grande, y me asusta pensar en que mi pesadilla resulte cierta».

De pronto, cai en la cuenta de que Concha parecia gallina con anteojos, y de que en nuestra familia todos teniamos algo de animales: mi madre Herlinda, carita de perro; Maria, el aspecto de una tuza; Lola, facha de tarengo mojado; Joaquin, de inocente conejo, y yo, de rata cautelosa. ?Delirios de calentura! Pero, ? que clase de fiebre era la de Concha que temia poner huevos?… —? Y se establecio usted de nueva cuenta en su pueblo? —Por una temporada nada mas, porque se hace vicio rodar por el mundo, y yo no renunciare a mis viajes, aunque solo sean de aqui a Opopeo.

Asi como la comida de la casa ajena nos resulta mas sabrosa, el vino de otros pueblos para los borrachos tiene un sabor mas incitante. Al llegar de nuevo a mi tierra, encontre como novedad que en el changarro de Solorzano habia, noche a noche, concurso de borrachos. Un tal Jose Vasquez, secretario de los juzgados y a quien yo no conocia, por tener poco tiempo en el pueblo, ocupaba el primer lugar. Segun decian era un fenomeno para eso de soplarles a las botellas, dejando muy atras al sordo Juarez, a don Pedro Sandoval y a don Alipio Aguilera, quienes gozaron antes de gloria y fama.

Picome la curiosidad por conocer al campeon, y una tarde fui a esperarlo a la tienda de Solorzano. Llego Vasquez y pidio que se le sirviera un refresquito. Llenaron de aguardiente un vaso grande y Vasquez se lo empino de un sorbo, como si fuese garapina. Presentaronme con el y al oir que los de la reunion me llamaban Pito, penso quiza, que mi apodo era diminutivo carinoso de Agapito, y comenzo a decirme con mucha amabilidad : don Pito por aqui, don Pito por alla, provocando la risa de todos. —«Senor don Pito, dicen que usted conoce medio mundo». —«De a jurisdiccion de la Biblia, excepto a Sodoma, conozco Ninive, Jerusalem, Babilonia. De este hemisferio conozco Tecario, Ario, La Huacana y otros puntos mas cuyos nombres, por ser muchos, no retengo en la memoria. ?Pueblos que parecen ranchos; ranchos que parecen ciudades! » Recordando que el dueno de la tienda era oriundo de Patzcuaro y nos escuchaba atentamente, exclame con gran prosopopeya: —«Pero la metropoli que mas me gusta es Patzcuaro. ?En donde una ciudad con una tristeza mas poetica! ?En donde un lago como el suyo, mineral liquido, cuya veta de peces de plata es inagotable! En donde un panorama mas hermoso que el que se descubre desde la cima del Calvario, que abarca todo Michoacan, y si apuramos un poco la vista, hasta las torres de Guadalajara, unico en el mundo, por la diafanidad del aire en los contados dias que no llueve! ?En donde una virgen mas milagrosa que la de la Salud, que concede cuanto se le pide! » —«? Verdad, senor Solorzano? » —interrogue al dueno del establecimiento, a quien le temblaban los bigotes de pura emocion al oirme exaltar con tanto calor a su tierra. Yo senti que maduraba dentro de mi cabeza un plan diabolico : «Mire usted, senor Vasquez, vamos a pedir de beber a la Virgen, y si realmente es milagrosa, ella proveera lo necesario. Estoy seguro de que la Virgen no quedara mal por una bagatela como la que vamos a pedirle, pues su negativa seria un baldon para Patzcuaro». Junte las manos devotamente, como si rezara con los ojos puestos en el techo, y la flecha dio en el blanco, o sea, en el sentimiento religioso de Solorzano, que se apresuro a servirnos sendos vasos del Tancitaro mas puro, fabricado de contrabando por el, en la trastienda de su acreditado comercio.

La Virgen realizo el prodigio diez veces seguidas, hasta que el secretario clavo el pico, dormido sobre unos cajones, y yo di con mi casa de pura casualidad. Pretendi alguna otra vez despertar el amor propio de aquel mistico tabernero, pero la Virgen no repitio el milagro, quiza porque no lo pedi con la fe requerida. Por aquel entonces la cruda suerte aun no alteraba mi pulso y era yo poseedor de una letra hermosa, redonda y clara. Cuando Vasquez, el secretario, la conocio, invitome a servirle de amanuense, lo que acepte porque crei que, siendo camaradas de borracheras, nos llevariamos bien a la hora del trabajo. Que bah! Vasquez era de esos funcionarios que aprovechan al subalterno para todo, sin manifestarse jamas complacidos, y que se visten con las ideas de los otros. Yo decia mi parecer ingenuamente, al hablar de los negocios del Juzgado, y el soltaba despues mis opiniones como si fueran suyas, con el preambulo de siempre : «a mi humilde juicio… » Para hacer el estudio de los necios, en general, me basto conocer al juez y al secretario, y ahora ya se que lo que cambia en los hombres es la dimension de sus empleos, pero ue el tonto o el sinverguenza, lo mismo lo son de alcaldes de un pueblo que de ministros en la capital de la Republica. En una oficina del Gobierno se aprende mucho. Resistese uno a creer que los funcionarios publicos sean tan vanidosos, y los que los rodean tan serviles y aduladores. A proposito, contare una sencilla anecdota: Un Presidente de nuestra Republica, democrata y bueno, tenia un amigo de la infancia que vivia soterrado en su pueblo y nunca lo habia pedido nada. Pero sucedio que el amigo tuvo que ir a la capital a curarse, por prescripcion del medico del pueblo, y entonces se dijo muy ilusionado. «Ahora aprovechare para saludar al senor Presidente y, de paso, pedire a el, que es tan generoso, ayuda para algunos de sus viejos amigos; no para mi que, gracias a Dios, no la necesito». Ya en la capital, el amigo comenzo a echar viajes a Palacio y a conocer el suplicio de las antesalas durante todo el tiempo que le dejaba libre su medico. Ante su lugarena curiosidad pasaban los ministros y los mas altos dignatarios de la Republica, midiendo con la vista a los pobrecitos mortales que parecian hongos nacidos para morir en la penumbra de las antesalas.

Pasaban, repito, personajes con las carteras debajo del brazo y, saludando apenas entre dientes, abrian la puerta del despacho presidencial y se perdian en el misterio. Despues de algunas horas, los funcionarios volvian a aparecer en la puerta, y con los mismos aires de grandes visires, atravesaban de nuevo las antesalas, rodeados de sus clientes y agasajados por sus amigos. Uno de tantos dias, enterose el senor Presidente de que su amigo de la infancia, aquel muchacho triston y humilde a quien desde hacia tantos anos no veia, solicitaba audiencia. «Que pase mi amigo —ordeno al ayudante de guardia, y el amigo paso satisfecho y conmovido, encontrando al senor Presidente en compania de algunos de aquellos senores que el habia visto pasar por las antesalas, orgullosos y levantados. —«Aguarda unos momentos» —dijole con amabilidad el Primer Magistrado. El visitante acomodose en un rincon del despacho, en espera de que el senor Presidente se desocupara para charlar con el a sus anchas y hacer recuerdos de los dias lejanos; mas noto, con sorpresa, que los senores alli presentes no se parecian en nada a los que el veia pasar por las antesalas.

Estos hablaban en voz baja, con las cabezas humilladas; caminaban de puntillas y salian del despacho como si salieran del cuarto de un enfermo grave. El Presidente, por fin, quedo solo, y dirigiendose a su amigo, le dijo: —«Acercate, ? que haces por aqui? ?En que puedo servirte? » Pero el amigo contemplaba ensimismado la puerta del despacho, moviendo tristemente la cabeza. —«? Que cosa ves? » —interrogo el Presidente. —«Esa puerta que separa lo real de lo ficticio, la puerta de las simulaciones, de las metamorfosis. Antes de entrar por ella los altos funcionarios esconden los anillos, los gestos, las ideas.

Alla, afuera, son otros que olvidan tus doctrinas y te traicionan hasta con su porte. Afuera, desprecian a todos los hombres; aqui, adentro, no saben como hablarle a un hombre. ?Pobre pueblo ! Y dime, ? quien tiene la culpa, tu o ellos…? » El senor Presidente creyo que su amigo se habia vuelto loco, y lo dejo salir de la estancia sin tenderle la mano para detenerlo. El relato no viene a cuento, y si lo traigo a colacion, es porque me acuerdo de Vasquez y del juez, que me hicieron abominar de la justicia de este mundo con todas sus triquinuelas y sus maldades. Pobres de los pobres! Yo les aconsejo que respeten siempre la ley, y que la cumplan, pero que se orinen en sus representantes. —Y el amor, Pito Perez, ? ha sido con usted generoso, o ingrato? —Amigo, no ponga usted el dedo en la llaga, ni miente la soga en casa del ahorcado. El amor es la incubadora de todas mis amarguras; el espejo de todos mis desenganos. Ha influido en contra mia de tal manera, que otro gallo me cantara si en el amor hubiera encontrado estimulo para luchar por algo o por alguien.

Dicen que tira mas una mujer que una yunta de bueyes, lo creo pero conmigo han ensayado las mujeres su fuerza de repulsion y no la de atraccion. Aqui, en la intimidad, confieso a usted mis culpas que, por otra parte, no son un secreto para nadie. Borracho y tramposo, el amor me hubiera regenerado, pero ese diosecillo impertinente jamas se acerco a mi con intenciones de redimirme, sino de escarnecerme. Con sus manos de nino inocente rompio todos los resortes de mi voluntad. ?Que voy por la vida sucio, grenudo, desgarrado? ?Y que importa si no tengo con quien quedar bien! ?Que no trabajo? Que mas da, si nadie tiene que vivir a mi costa! ?Quien se ha interesado por mi con algun sentimiento afectuoso? Usted mismo, a quien estoy contando mi historia, ? se ha preocupado por conocerme, por estudiarme con alguna indulgencia? No, usted quiere que yo le cuente aventuras que le hagan reir: mis andanzas de Periquillo o mis argucias de Gil Blas. Pero, ? ya se fijo usted que mis travesuras no son regocijadas? Yo no soy de espiritu generoso, ni tuve una juventud atolondrada, de esas que al llegar a la madurez vuelven al buen camino y acaban predicando moralidad, mientras mecen la cuna del hijo.

No, yo sere malo hasta el fin, borracho hasta morir congestionado por el alcohol; envidioso del bien ajeno, porque nunca he tenido bien propio; malediciente, porque en ello estriba mi venganza en contra de quienes me desprecian. Nada pondre de mi parte para corregirme. Solamente los cobardes ofrecen enmienda, o se retractan, y yo no hare ni una ni otra cosa. La humanidad es una hipocrita que pasa. la vida alabando a Dios, pretendiendo enganarlo con el Jesus en los labios y maldiciendo y renegando sin piedad del Diablo. Pobrecito del Diablo, que lastima le tengo, porque no ha oido jamas una palabra de compasion o de carino! ?Los hombres son realmente aburridos, insoportables. Cuando se dirigen a Dios, lo hacen con formulas escritas para cada caso: Ayudanos, Senor, danos el pan de cada dia; ? ten misericordia de nosotros…! Para librarse del dolor ocurren a Dios, como al dentista; pero para la disipacion, buscan vergonzantemente al Diablo y se anegan en todas las delicias del pecado, sin que Satanas oiga alguna vez un ? gracias, Diablo mio!

Por el contrario, aun tiene que escuchar como los hombres, despues del goce prohibido, dan gracias a Dios por el placer que obtuvieron. Yo no se que Fausto agradeciera al Diablo la juventud, el amor y el dinero que recibio de sus manos. El Diablo habita en circulos de sombras, luchando contra el odio y la envidia, ajeno a toda caricia, a todo sentimiento de ternura. El Diablo no conocio calor de madre; Jesus nacio de una virgen toda pureza, toda amor. El Diablo pudiera odiar el mal y amar el bien, pero no es dueno de su albedrio; el fue condenado a amar el odio y a odiar el amor, y jamas rompera su destino.

Jesucristo murio una sola vez, con todos los dolores humanos; el Diablo padecera, por los siglos de los siglos, sus suplicios y los que Dante le invento. ?Pobrecito del Diablo, que lastima le tengo…! —Pito Perez, perdone que interrumpa sus disquisiciones diabolicas, pero estoy avido de saber como fueron sus exitos y sus desastres amorosos.