La reina del pacifico

La reina del pacifico CAPITULO PRIMERO LA TRAICION Cuando despunto el alba la nave no estaba todavia en condiciones de navegar. Los carpinteros habian trabajado sin tregua, pero aun no habian logrado tapar por completo la via de agua abierta a proa, cuyas dimensiones ponian en serio peligro a la nave. Tampoco el timon estaba terminado, asi es que Morgan se veia obligado a esperar otras veinticuatro horas antes de alejarse de aquellos parajes que podian ser peligrosisimos, porque eran frecuentados por las naves espanolas.

Durante la noche el velero, arrastrado por alguna corriente, se habia acercado tanto a la costa venezolana, que a simple vista se la distinguia vagamente. Cual era, ninguno lo sabia, porque ni aun el capitan espanol pudo dar informacion precisa, afirmando que hacia cuarenta y ocho horas que no podian tomar la altura a causa del huracan. Tambien el otro barco, abandonado a si mismo, habia sido arrastrado hacia el sur durante la noche, y se le veia a una distancia de diez o doce millas, un poco inclinado sobre babor, pero flotante.

Morgan, que tenia prisa por ponerse a la vela y refugiarse en las Tortugas, y por saber si los otros barcos de la escuadra, que llevaban gran parte de las riquezas apresadas, se habian salvado, no habia salido de la cala, donde animaba a los carpinteros. Hasta los prisioneros espanoles habian sido empleados en formar una doble cadena, trabajando con achicadores y cubos, que llevaban llenos de la sentina y vaciaban sobre cubierta. En esto cayo la noche, sin que el trabajo hubiese terminado, con gran disgusto de la tripulacion, que comenzaba a desesperar de conseguir que el velero quedase en condiciones de navegar.

Todos estaban exhaustos, especialmente los hombres de las bombas y los prisioneros dedicados a la cadena; tanto, que varios de estos, no obstante las amenazas de Pedro el Picardo, se habian negado resueltamente a trabajar mas. ?Esto va mal! dijo Carmaux, que habia subido sobre cubierta a tomar un poco de aire y que por sus companeros supo las noticias. ?Se diria que algun santo o algun demonio protege al conde de Medina! Si esto sigue asi, en vez de ir a las Tortugas naufragaremos en las costas venezolanas. ?Lo crees, compadre? pregunto Van Stiller, que habia cambiado la guardia con un amigo.

Esta manana la costa estaba apenas visible, y ahora se distingue perfectamente. ?Hay una maldita corriente que fatalmente nos arrastra hacia el sur! ?No puede taparse esa via de agua? Parece que se ha abierto otra. Me han dicho que ahora el agua entra por la popa. ?No la habian visto antes? No. ?Como te explicas esa historia? Corren sospechas. ?Cuales? Que algunos prisioneros, aprovechandose de la poca vigilancia que ejercen nuestros hombres, ocupados con las bombas, han agujereado la nave por ese lado. El capitan debia ahorcarlos. ?Ve a saber quienes son! ?Y que dice el senor Morgan?

Esta furioso, y ha amenazado con tirar al mar a todos los prisioneros si logra descubrir a alguno con el aparejo de taladros. ?Has vigilado al Gobernador? No le he dejado ni un momento; y creo que ha sospechado ya que desconfio de el. ?Habra sido el quien ha hecho el agujero? No, porque siempre le he visto en las bombas repuso Carmaux. ?Tendra algun complice? ?Quien sabe! Mejor hubiera hecho el senor Morgan dejando a todos los prisioneros en tierra. ?Siempre es un peligro mas! dijo el hamburgues. ?Pero valen millares de piastras, compadre! ?Truenos de Hamburgo! exclamo tras una pausa Van Stiller. Diriase que la hija del Corsario nos ha traido la mala suerte! ?Bah! ?No hay que desconfiar! dijo Carmaux. El timon ya esta en su sitio; y si esta noche los carpinteros logran tapar la via de agua, manana pondremos la proa al norte. A media noche, cuando ya confiaban en poder dar los ultimos golpes en las tablas y espartos colocados en la via de agua, los carpinteros fueron sorprendidos por una imprevista irrupcion de agua que venia de babor con tal rapidez, que en menos de diez minutos habia cubierto el empalizado. Casi al mismo tiempo un fuerte viento del norte empujo a la nave con mayor velocidad a la costa venezolana, ya muy proxima.

Al oir el grito de alarma de los carpinteros, Morgan habia comparecido con Pedro el Picardo, y tuvo que reconocer que la nueva via de agua era imposible de agotar con las bombas de a bordo; la tripulacion estaba completamente postrada por el incesante trabajo, que ya duraba hacia veinticuatro horas. ?Mejor hubiera sido quedarse en la fragata! dijo a Pedro el Picardo. No hemos ganado nada con el cambio. Pero ? era una criba el casco de esta condenada nave? dijo el segundo con ira. ?O ha habido alguna mano culpable que de nuevo ha agujereado la quilla?

Si hubiesemos chocado contra una roca, el golpe se hubiera notado sobre cubierta. Si dijo Morgan; aqui se ha cometido una traicion. Mientras nuestros hombres trataban de tapar una via, una mano culpable abria otra. ?Con que designio? Para impedirnos volver a las Tortugas: la cosa es clara. ?Tendra el Gobernador algun amigo entre los prisioneros de la fragata? Puede ser, Pedro repuso Morgan. Debiais haberlos tirado a todos al mar, como te aconseje dijo Pedro. La senorita de Ventimiglia no me hubiera perdonado semejante crueldad. ?Es verdad! repuso Pedro con cierto mal humor. ?Que vamos a hacer?

No nos queda otro recurso que encallar la nave en cualquier banco y luego cerrar las vias de agua. El mar sube, Morgan, y el viento arrecia. Tratemos de encallar en alguna costa plana. Despleguemos algunas velas, y tratemos de aproximarnos antes de que la nave se llene de agua. Cuando subieron a cubierta encontraron a Yolanda, que, prevenida por Carmaux del peligro que corria la nave, habia salido de su camarote. ?Nos vamos a pique, senor Morgan? pregunto con su acostumbrada tranquilidad. Todavia no, senorita repuso el filibustero. Antes que la nave se llene de agua pasaran por lo menos dos horas, y nos basta una para llegar a la costa. La veis alla, hacia el sur? ?No se despedazara el velero? Veo estrellarse las olas contra la costa. Si, el mar se pone duro repuso Morgan mirando las olas, que aumentaban rapidamente de volumen bajo el soplo de un viento bastante vivo. Sin embargo, confio en encontrar un buen sitio para encallar la nave. Y elevando la voz, grito: ? Todos sobre cubierta, e izad las velas! Todos subieron a cubierta, incluso Carmaux y Van Stiller, que en aquellos momentos juzgaron inutil vigilar al Gobernador. Enormes olas, que se formaban a la vista de la tripulacion, embestian contra la nave.

Para dar al velero mayor estabilidad y para aumentar su velocidad, Pedro el Picardo habia hecho izar las dos latinas y algun foque en el baupres. La costa venezolana no debia ya de estar lejos. Se oia el estruendo formidable de las olas rompiendo en la playa o en las escolleras, y se veia ante la nave una inmensa sabana blanca producida por la espuma. Morgan llevaba el timon y habia rogado a Yolanda que no se alejase de el, para poder socorrerla, ya que no sabia si la nave resistiria el choque, y Carmaux se habia unido a ellos, mientras el hamburgues sondeaba el fondo con Pedro el Picardo.

A medida que el velero se acercaba a la costa, los golpes de mar menudeaban. Olas enormes pasaban por encima de las bordas, rompiendo sobre la cubierta y amenazando arrastrar prisioneros y tripulantes. El estruendo de aquella terrible resaca era tal, que casi no se oian las voces de mando de Morgan y de Pedro el Picardo. A media noche la costa estaba a trescientos pasos; pero la oscuridad era tan densa, que no podia distinguirse si habia algun refugio o escolleras que evitar. ?Adonde iremos? se preguntaba Carmaux, que tenia asida la mano a Yolanda. ?Nos hundiremos antes de llegar, o nos estrellaremos contra las escolleras?

El temor de que la nave se hundiese no era injustificado. La via o vias abiertas por el traidor debian de haberse ensanchado con el empuje del agua, porque el velero, en menos de media hora, habiase sumergido un par de metros, y el agua entraba ya por las troneras de las baterias, aunque Morgan las habia hecho cerrar para retrasar la inmersion. En la estiba se oia mugir el agua cada vez que la nave cabeceaba bajo el embate de las olas. Temiendo que los prisioneros fuesen alcanzados, Morgan los habia hecho subir en union del conde de Medina, que estaba a proa, confiado a Van Stiller, a fin de que la joven, que iba a popa, no le viese.

A las doce y cuarto la nave estaba entre la resaca, que se dejaba sentir fuertemente. Corrientes y contracorrientes se mezclaban confusamente en derredor del pobre barco, que era lanzado de un lado a otro; Morgan seguia al timon, haciendo prodigiosos esfuerzos por mantener la ruta. Aquel intrepido hombre de mar, aunque no ignorase que la toldilla podia desaparecer bajo sus pies, conservaba una calma admirable, dictando ordenes con voz tranquila y vibrante. Solo sus miradas revelaban profunda emocion cuando se fijaban en  Yolanda, aunque la joven no mostrase ninguna ansiedad i temor. No os preocupeis por mi, senor Morgan le habia dicho. Este naufragio no me asusta. Combatida por todas partes, la nave se debatia en un mar de espuma, no obedeciendo al timon ni a las velas henchidas por el viento. Avanzaba, retrocedia, inclinabase violentamente, ora a un lado, ora a otro; elevabase despues bruscamente, para caer luego en un abismo. El agua que la llenaba con aquellas sacudidas se precipitaba como un torrente a traves del entrepuente y de la estiba, hundiendo las puertas de los camarotes y arrastrandolo todo en su carrera.

Ya la costa distaba solo un centenar de metros, cuando se oyo a Picardo, que gritaba desde proa: ?Rompientes a proa! ?Dobla, Morgan! El filibustero corrio a la banda con todas sus fuerzas, confiando en sacar de ruta a la nave, cuando una espantosa ola entro por popa y atraveso todo el velero. Morgan se habia precipitado sobre Yolanda y la cogio entre sus brazos, mientras Carmaux era lanzado contra la amura. ?Agarraos a mi! habia gritado. Apenas lo dijo, sintio que era levantado por la enorme masa de agua y arrastrado fuera. Se hundio, sin soltar a la joven, y por fin salio de nuevo a flote.

Cuando pudo abrir los ojos vio la nave a unas brazas de distancia, que se alejaba arrastrada por la corriente. Yolanda se habia desvanecido en sus brazos. ?A mi! ?A mi! grito espantado Morgan. Una voz que no estaba lejos respondio a su llamada. ?Voy, capitan! Una cabeza humana aparecio entre la espuma, desapareciendo en seguida bajo una ola, Viendo Morgan que la joven estaba inerte, trataba de tenerla fuera del agua para evitar la asfixia, y se puso a nadar desesperadamente. Hombre acostumbrado a luchar con el mar, aunque la joven dificultara sus movimientos, no se asustaba.

Ya otras veces se habia librado de la muerte lanzandose al agua antes de que la nave se fuese al fondo. Lo que mas le preocupaba era la violencia de las olas y la proximidad de la costa. Si bien esta representaba la salvacion, tambien ofrecia muchos peligros con la furiosa resaca que rugia. Repitio la llamada con siniestro fragor, y oyo la misma voz de antes, que le contestaba: ?Un momento, senor Morgan! ?Voy! Un grito de alegria se escapo de los labios de Morgan. ?Carmaux! ?El mismo, senor Morgan! ?Date prisa! ?Malditas olas! ?La senorita de Ventimiglia se ha desmayado! Por cien mil cuernos! ?Uff! ?La senora…! ?El mar…! ?Ya estoy aqui! Haciendo un ultimo esfuerzo, el brazo marinero llego junto a Morgan. ?Aqui! ?Apoyaos, capitan! ?He logrado pescar un salvavidas cuando me llevo el agua! ?Truenos de Hamburgo, que diria Van Stiller, la senorita aqui! Viendo cerca al marinero, que se apoyaba en el anillo de corcho, Morgan alargo la mano que tenia libre mientras con la otra sostenia a la joven, que aun no habia vuelto en si. ?Gracias, Carmaux! dijo mientras otra ola los empujaba hacia la playa. Habeis tocado tierra, capitan? Yo, no. ?La senorita esta desvanecida? Acaso la ola la empujo contra la banda. ?Ayudame, Carmaux, y escudemosla cuando caigamos a la playa! ?Que yo me rompa las costillas, poco importa; pero salvemos a la joven! ?Yo recibire el primer golpe, capitan! repuso Carmaux pasando un brazo por la cintura de la joven. ?Y la nave, adonde ha ido, que ya no se le ve? La he visto a lo lejos. ?Cuidado! ?He tocado fondo! ?Estamos en la orilla! ?No dejes a la senorita, Carmaux! ?No, senor Morgan! La ola los envolvio a los tres.

El estrepito era tal, que no lograban hacerse oir. Morgan hacia desesperados esfuerzos por tener a la joven casi fuera del agua; pero de cuando en cuando la espuma los cubria. Ya por dos veces habian tocado tierra, cuando una ola, que avanzaba mugiendo, los levanto a prodigiosa altura, empujandolos hacia adelante. ?No dejes…! tuvo apenas tiempo de gritar Morgan. Sintio que sus piernas se doblaban y quedaban como aprisionadas. La ola paso sobre ellos, pero los obstaculos que los habian aprisionado no cedieron. ?Estamos en tierra! grito Carmaux. ?Estamos salvados!

La ola los habia arrastrado hacia un grupo de mangles, y las raices de estas plantas no solo los habian detenido, sino que habian amortiguado el choque. Si los hubiese empujado algo mas alla, indudablemente se hubieran estrellado contra los primeros troncos de la floresta. ?Huyamos antes de que vuelva el agua! grito Morgan. Solto el salvavidas, ya inutil; estrecho a la joven entre sus brazos, y, pasando de rama en rama, alcanzo el lindero del bosque. Por fortuna la segunda ola no fue tan grande como la anterior, y se estrello contra las primeras filas de los rizoforos. ?Esto es un arribo feliz! dijo Carmaux.

Tratemos de hacer volver en si a la senorita. ?Dios quiera que no este herida! dijo Morgan con voz algo alterada. ?Lo primero seria tener fuego! Yo tengo pedernal y yesca en una bolsa impermeable. Veamos si esta seco. ?Date prisa, Carmaux; estoy inquieto! ?Late el corazon? Si. ?No sera nada! La yesca esta seca. Ni una gota de agua ha entrado en la bolsa. Recoge ramas secas mientras yo preparo una especie de lecho. Deposito dulcemente a la joven y, desenvainando la espada, corto ocho o diez hojas de platano y formo con ellas una especie de cama, que cubrio con musgo arrancado de un arbol enorme.

Entre tanto Carmaux habia recogido a tientas hojas secas y habia improvisado una hoguera, encendida sin gran trabajo. Apenas se alzo la llama vieron a la joven levantar un brazo, como si quisiera alejar algo. Morgan dio un grito de alegria. ?Vuelve en si! ?Yolanda, senorita de Ventimiglia! La joven tenia aun los ojos cerrados, y su bello rostro estaba palidisimo; pero su respiracion era mas libre. ?Senorita, senorita, estais salvada! repetia Morgan, inclinado sobre ella ansiosamente. ?Estamos en la costa! Al cabo de un momento la joven se movio, y sus bellos ojos abiertos se fijaron en Morgan. Vos, senor! murmuro. ?Si, soy yo; Morgan! Una sonrisa asomo a los labios de la hija del Corsario, y su diestra oprimio la del filibustero. ?La ola! ?Recuerdo! ?Como es que aun vivo? ?Estais herida, senorita? No. Es verdad que cai cuando me arrastraba el agua. ?Y la nave? ?Y los otros? ?No os preocupeis! dijo Morgan. Supongo que habran encallado. ?Ah! exclamo la joven, viendo junto a si al frances. ?Sois vos, Carmaux? ?Donde esta la hija de mi capitan, estoy yo siempre! repuso el marinero sonriendo. Pero ? no te arrastro a ti la ola? dijo Morgan.

Yo estaba agarrado al obenque de babor del mayor, y cuando os vi fuera de borda con la senorita, me deje caer yo tambien, llevando el salvavidas y pensando en seros util. ?Gracias, viejo amigo mio! dijo Morgan conmovido. ?Eres un marinero sin igual! Soy un marinero del Corsario Negro repuso modestamente Carmaux. CAPITULO II LOS NAUFRAGOS El resto de la noche los dos filibusteros y la senorita de Ventimiglia, que se habia repuesto rapidamente, lo pasaron alrededor del fuego para secarse los vestidos, no atreviendose a alejarse de la costa. Ademas, antes de tomar alguna decision querian saber que habia ocurrido al velero.

No creian que se hubiera ido a pique, aun estando medio lleno de agua, teniendo como mas probable que hubiera encallado en algun otro punto de la costa o en los arrecifes senalados por Pedro el Picardo antes del golpe de mar. Si se hubiese estrellado a breve distancia, ciertamente los gritos de los naufragos hubieran llegado a oidos de Morgan y de su companero. Un ardiente deseo de conocer la suerte de la nave atormento constantemente al frances y a Morgan, que, apenas los primeros albores disiparon las tinieblas, se dirigieron hacia los mangles con la esperanza de verla.

Sufrieron un cruel desengano: la nave habia desaparecido. -? Se habra ido a pique? -pregunto Carmaux, que pensaba en su amigo Van Stiller-. ?Que opinais, senor Morgan? -Si hubiese naufragado, se verian despojos -repuso e filibustero-. ?Ves tu cajas, barriles, gallardetes o trozos de amura? – No, senor. -Ni yo -dijo Yolanda, que iba con ellos. – Alla veo una punta que se extiende hacia el noroeste -dijo Morgan-. Puede ser que las aguas la hayan empujado hacia alla. – Sentiria que mi amigo Van Stiller hubiera naufragado sin mi. -Apenas podamos, alcanzaremos aquella punta -dijo Morgan. Capitan -dijo Yolanda-, ? sabeis donde hemos naufragado? -En la costa venezolana, senorita; pero donde, precisamente, no se deciroslo. -? Tienen por aqui ciudades los espanoles? -Si, y no pocas, aunque bastante alejadas unas de otras. -Entonces, ? como hareis para volver a las Tortugas? -No lo se, senorita; por ahora no pensemos en eso. Sea como sea, iremos; ? verdad, Carmaux? -? Un filibustero encuentra siempre el modo de volver a casa, si no le ahorcan o le fusilan en el camino! -dijo el frances riendo. – ? Podrias darnos algo de comer, viejo mio? Los bosques de Venezuela tienen muchos recursos. Pero yo solo tengo mi cuchillo de maniobra. -Y yo, mi espada y mi pistola. -? Pobre armamento si encontramos indios! -? Los hay aqui? -pregunto Yolanda. -Los caribes abunda en estas costas, y hay hasta tribus que devoran a los prisioneros de guerra. Debemos guardarnos de ellos. -Senorita, vamos a buscar el almuerzo. De fijo encontraremos algo, aunque sean frutas. Despues nos dirigiremos hacia ese cabo para ver si la nave se ha destrozado o ha encallado en alguna parte. Convencidos de que encontrarian pronto a sus camaradas, se alejaron de la playa y se internaron en el bosque, que a primera vista parecia impenetrable.

Estas tierras, banadas por las aguas del golfo de Mexico, regadas por gigantescos rios y acariciadas por el sol, son de una fertilidad prodigiosa, y el desarrollo de sus plantas es extraordinario. Basta que una plantacion sea descuidada algunas semanas, para que se vea invadida por un laberinto de plantas que crecen casi a simple vista. La vela que cubria toda la costa y que probablemente se extendia en un espacio inmenso del interior, parecia formada, al menos en sus lindes, por dos clases de plantas: palmas y bombix.

Y, en efecto, hasta donde la vista alcanzaba se veian las verdes hojas de las primeras, dispuestas como un plumero, en la punta de un tronco ni muy alto ni muy ancho, y las mas claras y menos largas de los segundos, con tronco mas grueso y blanquecino, y las ramas cubiertas de frutas erizadas de espinas duras, que se utilizan como clavos. Bajo aquella boveda de verdura, unidas unas a otras, rectas o enroscadas como serpientes, se veian grupos de plantas parasitas, bejucos, roquetas, que dan una fruta parecida a los higos, y troncos sarmentosos de niku, de negra y reluciente corteza.

Entre as ramas aullaban los macacos, simios voracisimos y glotones, y revoloteaban tucanes de pico enorme. En lontananza un honorato desde la cima del mas alto bombix lanzaba con monotonia unas cuantas notas musicales: do-mi-sol-do. -? La colacion no ha de faltar! -dijo Carmaux lanzando una ojeada a las plantas. -? Acaso esas frutas espinosas? – pregunto Yolanda. -? Eso apenas sirve para los simios! Tenemos algo mejor. Los queseros no son de ninguna utilidad para los hombres, y sobre todo para los hambrientos. -? Los queseros habeis dicho? -Si; esas plantas de corteza blanquecina se llaman asi, aunque no porque den queso. Pero su madera, que es blanca y porosa, sencilla y muy ligera – anadio Morgan-. Eso otro son semillas de palmeras; ? verdad, Carmaux? -Si, senor; y es una verdadera lastima que no haya ningun animal que comer, teniendo ya el pan asegurado. – No lo veo hasta ahora -dijo Yolanda. ?Donde hay horno? -? Un momento, senorita! ?Oh! ?Soy un ingrato! ?Me lamento sin razon! El asado vendra a ofrecerse el mismo. Un grito extrano, que parecia de trompeta, resono a pocos pasos. -? Que es? -pregunto asombrada Yolanda. -? Alguna senal india? -dijo Morgan desenvainando su espada. -Es el asado que se anuncia -dijo riendo Carmaux-. Buen pajaro! ?El agami! Da pena matarle; pero el estomago no razona. ?Senor Morgan, dadme vuestra espada! Un hermoso volatil, grande como un gallo, de larguisimas patas, con plumas negras en el cuello y en las alas y doradas bajo el vientre y en el dorso, habia salido de entre el follaje y saludaba a los naufragos con alegre trompeteo. Aquel gracioso pajaro no mostraba ningun temor por la proximidad de las tres personas; antes bien, las miraba complacido, batiendo las alas y continuando su cantata. -? No se escapara! -dijo Carmaux, viendo que Morgan buscaba algo que tirarle-. ?Dejadme a mi, capitan!

Viendo a algunos pasos un calupo diablo, planta que produce unas simientes que se tienen por optimas contra las mordeduras de las serpientes, sobre todo en infusion en aguardiente, desgrano algunas y se las echo al volatil, que se puso a comer tranquilamente. -Ya veis como se familiarizan con las personas -dijo Carmaux-. ?Lo siento, repito; pero no hay otra cosa! Mientras con una mano continuaba echando semillas, con la otra empunaba la espada de Morgan, y lentamente se acercaba al pobre pajaro. De pronto la hoja brillo en los aires, y el agami, decapitado, rodo por el suelo batiendo las alas. -? Pobrecillo! exclamo Yolanda-. ?Haceis traicion a su confianza! -Es la lucha por la existencia, senorita -repuso Morgan-. Cuidate del pan ahora, amigo, mientras yo preparo el asado. Ayudado por la joven, hizo recoleccion de ramas y hojas secas, reavivo el fuego y se puso a desplumar al volatil, mientras Carmaux trepaba a una de las mas altas palmeras. Pocos minutos despues un ruido de hojas sacudidas y ramas rotas anunciaba a Morgan que tambien el pan estaba seguro. Realmente no era pan, porque no era artocarpo, nombre que dan a una planta que sustituye a la de harina, aunque su gusto se asemeja mas a la alcachofa.

Las palmas producen una especie de fruta monstruosa, de un metro de largo, y gruesa como la pierna de un hombre; blanca, lisa, de excelente sabor, y que para los indios sustituye el casava, o sea la galleta de mandioca, cuando este tuberculo falta. Carmaux, que habia ya bajado, se puso a descortezar la mandorla, cuando a sus oidos llego un rumor de hojas y de ramas, como si alguien tratara de abrirse paso por entre las plantas. – ? Senor Morgan, alerta! -grito tendiendole su espada-. ?Parece que alguien se acerca! -? Algun animal? -No se, senor -dijo el filibustero recogiendo del suelo una rama que podia servirle de baston-.

Me parece que alguien corre por entre las plantas. – Yo no he oido nada. ?Y vos, senorita? – Tampoco. – Ante todo, pon el asado en lugar seguro -dijo Morgan. – Nadie lo tocara; os lo aseguro -repuso Carmaux-. ?A quien quiera probarlo le rompere las costillas! En aquel momento las ramas se abrieron, y dos indios aparecieron de improviso, empunando un largo arco de dos metros y flechas larguisimas, provistas en su extremo de aguzada espina. Estaban casi desnudos, eran de alta estatura, piel rojiza surcada por extranas pinturas hechas con jugo de genipa, cabellos negros larguisimos y ojos torvos.

En la cintura llevaban sujeto una especie de taparrabos de fibra vegetal, y al cuello y en las munecas, collares y brazaletes de dientes de animales feroces, de garras de jaguar y escamas de tortugas. Viendo a los naufragos, se detuvieron y los miraron con cierta curiosidad, pero sin manifestar por el momento ninguna intencion hostil. Uno de los dos, que llevaba prendido en un cabello el pico de un tucan, dio algunos pasos y dijo en mal espanol: – ? Que hacen aqui los hombres blancos? – Hemos naufragado la pasada noche -repuso Morgan cubriendo con su cuerpo a Yolanda-. ?Quienes sois? -Caribes -dijo el indio. -?

Como sabes tu el espanol? El indio tomo una actitud gallarda, y con majestuoso gesto, dijo: -Yo soy Kumasa, el mas valiente guerrero de la tribu, que ha matado a muchos enemigos y ha visto la gran ciudad de los hombres venidos en grandes piraguas en donde el sol nace. En mi cabana conservo el collar de meta blanco que me dio el jefe de los rostros palidos. ?Kumasa es un gran guerrero! -? A mi me parece un gran fanfarron! -dijo Carmaux a media voz. El indio, terminada su presentacion, se apoyo en su arco, alzando la cabeza en actitud petulante que hizo sonreir a los naufragos. -Senor Morgan -dijo Carmaux-, espera nuestra respuesta. Te encargo que hagas mi presentacion -dijo el filibustero. -? Sera tremenda! A su vez se adelanto dos pasos, y elevando el baston como si quisiera apalear a alguien, dijo indicando a Morgan: – El hombre que aqui ves es el jefe de una inmensa tribu que jamas fue vencida por los espanoles. Tiene un infinito numero de grandes piraguas, de tubos que desencadenan el rayo y que matan desde lejos, y pueden dominar con un gesto los vientos y las tormentas. Su brazo es invencible, y la espada que cine ha cortado mas vidas que arboles hay en el bosque. Es el mayor guerrero de los paises en que nace el sol. -?

No faltaba sino que me proclamases genio! -dijo Morgan riendo. Los dos indios habian escuchado en silencio las palabras de Carmaux, y con seriedad absoluta. -Mis palabras han hecho efecto -dijo este-. ?Ya somos invencibles! – Si lo creen -dijo Yolanda. -? Oh! ?Tienen grandes tragaderas! -repuso el marinero. El indio que llevaba el pico de tucan cambio con su companero algunas palabras, y avanzo diciendo: -Vosotros, que sois hombres tan poderosos, permitid que nos pongamos bajo vuestra proteccion. -? Os amenaza alguien? -pregunto Morgan. -Si; los guerreros oyacules -repuso el indio, mirando a su alrededor. -? Quienes son? Indios malos, que matan a los prisioneros de guerra, y que nos han sorprendido esta manana junto a las orillas de la sabana mientras esperabamos cazar el maipuri (tapir). -Nunca he oido hablar de esos indios -dijo Carmaux-. ?Quienes son? – Hombres que tienen la piel casi blanca, como la vuestra, la nariz encorvada y barbas largas, -repuso Kumasa-. Habitan en las grandes selvas del interior, y de cuando en cuando hacen correrias por las orillas del mar para saquear nuestras aldeas. -? Eran muchos los que te atacaron? -pregunto Morgan. -No; siete u ocho. -? Con arcos y flechas? -Y con pesadas vanayas. -? Que es eso? Mazas de madera y de hierro de forma cuadrangular, que manejan con extraordinaria habilidad. -? Os han seguido? -Si. -? Estan cerca? -No se -repuso el indio-. Hace una hora que los hemos perdido de vista. -? Y no tener ni un fusil! -dijo Morgan mirando inquieto a Yolanda. -? Teneis la pistola, senor Morgan? -dijo Carmaux. -Con dos tiros y la polvora mojada. -La secaremos y reservaremos los dos tiros para las grandes circunstancias. – Comamos de prisa y desalojemos -dijo el filibustero. -Si encontramos a nuestros companeros, nada tenemos que temer de estos salvajes. -Sentaos, senorita, y no os preocupeis por ahora. A vuestro lado me siento segura -repuso la joven. Dividieron el volatil, del cual dieron un pedazo a los dos indios, y partieron el pan, que fue muy del agrado de todos. Mientras comian Kumasa les conto que el y su companero pertenecian a una gran tribu de caribes que tenia su aldea en la orilla de un profundo golfo, no muy lejos de alli, y que el era de sus capitanes mas respetados y estimados. Terminaron su almuerzo sin ser molestados. Probablemente los antoprofagos habian perdido el rastro de los dos indios, o, desesperando de poder cogerlos, se habian retirado a sus bosques. -? Vamos! -dijo Morgan-.

Iremos a ver aquel cabo, ya que supongo que la nave se ha estrellado alli. -? Y si se hubiera ido a pique con todos sus tripulantes? -pregunto la joven. -Seria una grave desgracia -repuso Morgan. -? Como volveriais a las Tortugas? -No nos quedaria mas recurso que intentar la travesia del golfo en una piragua india: peligrosa empresa, es cierto, senorita; pero yo estoy resuelto a no acabar aqui mis dias. -? No llegan hasta estas playas los corsarios? -Algunas veces, cuando hay algo que hacer en contra de los galeones espanoles; por eso deberiamos esperar algunos meses. ?Vamos, senorita; pronto sabremos lo que le ha ocurrido a la nave!

Precedidos por los dos indios, que se sentian mas seguros junto a los hombres blancos y que no se atrevian a entrar en el bosque por temor a encontrarse con los oyacules, que les inspiraban invencible temor, se pusieron en marcha siguiendo el lindero del bosque. Habiendo cesado el huracan, las olas poco a poco habian disminuido; pero la resaca se dejaba sentir violentisima en la playa a causa de los arrecifes. Ningun despojo aparecia entre las aguas que indicase haber naufragado alli una nave; antes bien, quiza el velero habia arrastrado hacia detras del cabo, donde se habia estrellado.

Los arboles del bosque variaban poco a poco. De cuando en cuando aparecian entre las palmeras enormes grupos de platanos de hojas inmensas, simarubas, que tienen propiedades tonicas, sea en su corteza o en sus raices, entre las cuales, segun los indios, se esconden las tortugas terrestres; colosales bambues, tan gruesos que con ellos los indios construyen canoas capaces de resistir a las mas afiladas hachas. Bandadas de tucanes de plumas multicolores y enorme pico revoloteaban con multitud de papagayos, mientras ntre el cesped huian lagartos monstruosos de flancos de esmeralda horribles a la vista, pero cuya carne blanca, parecia en su sabor a la del pollo, es muy buscada. Los dos indios, acostumbrados a atravesar el bosque, procedian con precaucion, mirando atentamente donde ponian el pie, y hurgando antes con la punta de sus arcos las hojas secas y las altas hierbas para evitar las mordeduras de las serpientes o de las grandes hormigas, que producen atroces dolores y fiebres especialmente las llamadas flamencas, que son las mas formidables de todas.

Ya habian visto mas de un reptil huir entre las hojas, y uno negro se habia enroscado ante ellos lanzando un agudisimo silbido e intentando morderlos. Era un ay-ay, uno de los mas peligrosos, cuyo veneno es tan potente, que causa la muerte en pocos minutos. Una hora despues el destacamento, atravesando un bosque de enormes pasionarias que cubria la peninsula que se extendia en el mar un centenar de metros, llegaba a la playa opuesta. Un grito se escapo de los labios de Morgan. -? Despojos! ?La nave se ha estrellado! -Entonces, ? que le ha pasado al velero? -dijo Yolanda. No me atrevo a responder, senorita -dijo Morgan. -Decidme francamente vuestro pensamiento -insistio Yolanda-. ?Soy hija de un corsario! – Si; ya lo se; y pruebas me habeis dado de vuestro valor -dijo el filibustero. -? Hablad, pues! -Creo que no debemos contar mas que con nuestras propias fuerzas. -Entonces, ? creeis que nuestra nave se ha hundido? -pregunto Yolanda, emocionada. Esa es mi opinion, senorita. Mis hombres, probablemente, descansan todos en el fondo del mar. La nave debe de haber sido arrastrada a mucha distancia de la costa, y se habra ido a pique. ? Ah! ?Mi pobre Van Stiller! -gimio Carmaux-. ?Marcharte asi, sin mi! – Aun no tenemos ninguna prueba de que el velero haya naufragado -dijo Morgan. -Estaba lleno de agua, senorita, y, a menos de un milagro, no puede haber escapado de ese fin. -Creo que no nos queda mas que cuidarnos de nosotros. – ? Que pensais hacer, Morgan? – Ya que la suerte nos ha deparado estos dos indios, seguirlos a su tribu -repuso el filibustero-. Al menos alli encontraremos un refugio y una proteccion. -No olvideis que en este bosque viven los oyacules. – ?

Como nos acogeran esos indios? -Los caribes no son malos cuando se les provoca -repuso Carmaux-. Yo los conozco por haberlos frecuentado con vuestro padre. Morgan interpelo a Kumasa. -Manana podremos llegar a la aldea, si los oyacules no nos detienen -repuso el indio-. Hemos dejado nuestra piragua en un rio que desemboca en una sabana, oculta entre las hojas del mucu-mucu, y acaso nuestros enemigos no la hayan descubierto. -? Esta lejos esa sabana? -Tres horas de marcha. – ? Con tal que esos malditos oyacules no nos esperen alli! -dijo Carmaux-.

No me gusta tener nada con salvajes, sobre todo sin mi arcabuz. -Lo mismo pueden sorprendernos aqui -repuso Morgan-. Ademas, no son mas que ocho, y la polvora de mi pistola ya se ha secado con este calor. Tengo, pues, la vida de dos hombres, y mi espada. ?Quieres guiarnos? -dijo a Kumasa. – Con los hombres blancos nada temo -repuso el indio-. Son fuertes guerreros. – ? Oyendole antes, era el mas temido y el mas formidable! -dijo Carmaux-. ?Fanfarron! -Senorita, partamos -dijo Morgan-. Ya nada hacemos aqui, estando seguros de que la nave no se ha hundido en estos parajes. Se pusieron en camino precedidos por los dos indios, que iban uno tras otro y con el arco tendido. Los tres naufragos estaban tristes y preocupados, especialmente Morgan, que, ademas de haber perdido a todos sus fieles companeros y el fruto de la audaz expedicion, se encontraba sin nave y sin ayuda, con grandes probabilidades de caer en manos de los salvajes o de los espanoles, en union de la joven que habia pretendido salvar. Tambien Carmaux habia perdido su habitual buen humor, pensando en el desgraciado fin de su inseparable companero, el pobre hamburgues.

La marcha paso a paso, dentro del bosque, era cada vez mas penosa. Estamos como envueltos por una vegetacion demasiado exuberante, que habia invadido los menores claros de tierra. A diestro y siniestro, delante y detras, se entrelazaban confusamente pasionarias, bejucos, sarmientos de pimienta, nueces moscadas selvaticas, arboles de pino, cedros, peras de Venezuela, arboles de algodon cargados de flores amarillas y purpureas, grupos de euforbias, cactiformes erizadas de espinas y Caspa butinacee, asi llamadas porque de esta planta se extrae un especie de manteca muy apreciada por los indios.

Entre aquella confusion de ramas y de hojas no se veia ningun volatil; sin embargo, de cuando en cuando el silencio se interrumpia por aullidos ensordecedores y mugidos formidables, que hacian detenerse a los tres naufragos, creyendo que serian los temidos antropofagos que se preparaban a atacarlos. Eran algunas bandadas de simios rojos que se divertian probando la solidez de sus pulmones y de su garganta. Esos cuadrumanos son extraordinariamente abundantes en Venezuela y en Guiaua, y por la potencia de su voz pueden competir con los barbados brasilenos.

Se cuelgan de las ramas de un arbol, y alli hinchan la garganta, grande como un huevo, lanzando mugidos tan formidables, que se oyen a la increible distancia de cinco kilometros. Si esos simios eran inofensivos, otro peligro esperaba al destacamento, que se veia obligado a avanzar con la mayor precaucion. De cuando en cuando, entre las hojas secas que formaban altisimas capas, se veian salir ciertas grandes hormigas de centimetro y medio de largo, negras relucientes, de hinchado abdomen, que intentaban morder los pies desnudos de los dos indios, y no retrocedian ante ellos.

Morgan, que ya tres veces habia recorrido los bosques de la America meridional, especialmente de Guiaua y Colombia, y que sabia los peligros que ocultan, cuidaba atentamente de Yolanda, mirando donde ponia el pie y registrando las hierbas y las hojas con la punta de su espada, por temor de que escondiesen algun formidable trigonocefalo o alguna serpiente coral, de incurable picadura, o serpiente liana, reptiles todos que abundaban extraordinariamente en aquellas regiones. Y no miraba tan solo al suelo.

Siguiendo el ejemplo de los dos indios, escrutaba el espeso follaje de las dos plantas, ya que subitamente podia caer alguno de esos enormes reptiles llamados pitones, que poseen una fuerza capaz de triturar a un hombre sin esfuerzo, y que gustan de ocultarse entre las ramas para sorprender a su presa. Caminaban hacia ya un par de horas, siempre internandose con gran dificultad, cuando un agudo grito rompio el silencio que en aquel momento reinaba bajo la boveda de verdura, haciendo detenerse a los dos indios. -? Que es? -pregunto Morgan colocandose ante Yolanda. -?

Habeis oido? -pregunto Kumasa. -? El grito de algun animal peligroso? – No; de una bernaca. -No se lo que es. -Una oca salvaje -dijo el indio. – ? Y te espanta ese volatil? – Donde se encuentre una cabana, hay siempre de esas ocas; pero no es eso lo que me preocupa. – ? Que es, entonces? -Ese grito no me parece natural, y Jay, mi companero, es del mismo parecer. -? Sera alguna senal? -Eso sospechamos hombre blanco -dijo el caribe. -? De algun oyacule? -pregunto Carmaux. – No hay tribus amigas por aqui. -Puedes haberte enganado -dijo Morgan. Kumasa movio la cabeza. ? Un caribe no se engana nunca! -dijo. -? Esta lejos la sabana? -Cerquisima. -Si quieren atacarnos lo mismo lo haran aqui que mas adelante -dijo Morgan a Yolanda-. Seguid a mi lado, senorita, y tomad mi pistola. Yo tengo bastante con mi espada. -Se usarla -dijo la joven. -? Adelante, heroico guerrero que no conoce el miedo! -dijo Carmaux al indio con algo de ironia-. ?Tu matas siempre a tus enemigos! Los indios se consultaron en voz baja, probaron la elasticidad de sus arcos, y partieron en silencio, mirando el uno a la derecha y el otro a la izquierda. Senorita -dijo Morgan-, ocurra lo que ocurra, no os aparteis de mi. -Asi lo hare -repuso la joven. El bosque comenzaba entonces a aclarar un poco y se hacia muy humedo. En medio de las plantas se oian correr varios arroyuelos, todos en la misma direccion. Los dos indios escuchaban siempre y alzaban con frecuencia la vista, como si buscasen la bernaca que habia lanzado aquel grito; pero ninguna oca salvaje aparecia. Habian recorrido dos o trescientos pasos entre las pasionarias que llenaban el suelo, cuando volvieron a detenerse, diciendo: -Oimos el rio que va a la sabana.

En efecto; un poco mas adelante se oia rumor de agua: parecia como si un rapido torrente se abriera paso por entre las plantas. -? Donde esta tu canoa? -pregunto Morgan. – En el rio -dijo Kumasa. -Me habias dicho que en la sabana. -El agua muerta no esta lejos. Iba a reanudar su marcha, cuando oyeron de nuevo, y mas proximo, el grito de la bernaca. Los dos indios se volvieron con los arcos preparados. -? Todavia la senal? -dijo Morgan. – Si; repuso Kumasa-. El grito de la oca salvaje esta bien imitado, pero no nos engana. – Apresuremonos a encontrar el rio -dijo Morgan-.

Si podemos encontrar la piragua, estamos salvados. -Debe de estar junto a aquel arbol -dijo Kumasa senalando un bacaba (especie de palmera aurifera), de cuyas ramas colgaban flores carmesies. – Id a ver, hombre blanco, mientras nosotros vigilamos el bosque con vuestro companero. -Si; id, capitan -dijo Carmaux-. Ante todo poned a la senorita en salvo. -? Daos prisa; oigo agitarse la fronda! Morgan se adelanto rapidamente seguido por Yolanda, y llego a la orilla de un cauce de agua bastante rapido, ancho de unos seis metros, que corria entre dos murallas de verdura.

Los arboles eran tan inmensos, que con sus ramas y sus hojas formaban una boveda casi impenetrable a los rayos del sol. Morgan se inclino sobre la orilla, y vio medio oculta entre las hojas de los mucu-mucu una de esas canoas labradas en el tronco de un bambu gigante, llamadas montarias, con cuatro remos de pala muy ancha y mango muy corto. – ? Aqui esta la piragua! -grito-. ?Pronto, senorita; embarcad! Ayudo a la joven a bajar a la orilla, y la hizo embarcarse en la canoa. Iba a subir para llamar a sus companeros, cuando gritos espantosos estallaron en el bosque. – ? Senor Morgan! -oyo gritar a Carmaux-. ?Salvad a la senorita! Huid! El filibustero, en vez de obedecer, se izo y vio a Carmaux y a los dos indios huir precipitadamente hacia el bosque seguidos por siete u ocho hombres medio desnudos, de altisima estatura, con el rostro adornado con largas barbas, y que lanzaban flechas con prodigiosa rapidez. -? Los oyacules! -exclamo-. ?Aqui, Carmaux aqui! ?La canoa! ?La canoa! Ya era tarde, porque los antropofagos, acaso sin querer, se habian colocado entre los fugitivos y el rio, impidiendo asi que se salvasen en la piragua. Oyendo los gritos de Morgan, tres hombres se destacaron del grupo y lanzaron contra el algunas flechas sin hacer blanco.

El filibustero, comprendiendo que ya no podia contar con sus companeros, y no pudiendo, por otra parte, hacer frente el solo, ya que no tenia mas arma que su espada, solo penso en salvar a Yolanda. En dos saltos llego a la canoa, gritando a la joven a la vez que saltaba dentro: -? Echaos en el fondo de la piragua! ?Vienen! Tan pronto como Yolanda obedecio empezo a remar afanosamente. Ya se habian alejado unos diez metros, cuando los tres salvajes que se habian vuelto contra ellos llegaron a la orilla. Tres flechas silbaron, seguidas de un grito de dolor.

Dos se habian clavado en la borda; pero la tercera, mejor dirigida, penetro en el pecho del filibustero a la altura de la clavicula derecha. Yolanda, que le habia visto arrancarse furiosamente la varita de bambu, y que habia oido un grito de dolor, se puso en pie, y viendo a los tres salvajes que de nuevo tendian los arcos, descargo sobre el mas proximo un tiro de pistola. El antropofago, herido en la cabeza, rodo por la orilla agitando los brazos, y cayo al agua. Los otros dos, espantados por el disparo, que acaso nunca habian oido, y por la fulminante muerte de su companero, desaparecieron rapidamente entre las plantas.

La joven, que se habia puesto muy palida, se habia acercado a Morgan, quien a pesar del intenso dolor que sentia, continuaba remando con suprema energia. -? Os han herido, senor Morgan? -le pregunto con alterada voz. -No sera cosa grave, senorita -dijo el filibustero tratando de sonreir-. Mas adelante sacaremos la punta que ha quedado dentro. -? Dios mio! ?Y si estuviese envenenada! -Estos salvajes no conocen el veneno; tranquilizaos, Yolanda. Coged los remos y ayudadme como podais. Es preciso alejarse antes de que vuelvan esos bribones. ?Oh! ?Remais maravillosamente! ?Gracias! -?

Veo sangre a traves de vuestra camisa! -Siempre quedara dentro lo suficiente. ?Los remos senorita; ayudadme! -? Dejad que contenga la sangre, senor Morgan! -? Luego! ?Dejad que salga! ?Pronto, senorita! Pueden venir y acribillarnos a flechazos. La joven, comprendiendo que no lograria convencer al corsario, y temiendo que reaparecieran los salvajes y le rematasen, tomo los otros dos remos. Estaba profundamente emocionada, y a cada instante volvia la cabeza hacia el filibustero, preguntandole: -? Quereis descansar, senor Morgan? Dejadme a mi el cuidado de llevar la canoa. Se guiar hasta una chalupa. -No, senorita. De prisa; mas de prisa! -repetia Morgan. El rio, por fortuna, tenia una rapida corriente y se alejaban con velocidad. Mas que un rio, era una especie de torrente de aguas negras, saturada de miasmas corrompidos, que se habian abierto paso por entre dos linderos del bosque. Bajo la boveda de verdura que le cubria no soplaba la menor corriente de aire, y reinaba una temperatura de estufa que hacia sudar copiosamente a los dos remeros. Aquella boveda los preservaba en cambio de las insolaciones frecuentisimas en aquellas regiones casi ecuatoriales, y que casi nunca perdonan a quien ha sido atacado por ellas.

Morgan, aunque sufria bastante por habersele quedado en la carne la punta de la flecha, y cuya herida no cesaba de manar sangre, resistia tenazmente sin que de sus labios saliese una queja. Tenia la frente banada en frio sudor, y se le veia apretar los dientes para no dejar escapar un gesto de sufrimiento. Yolanda le secundaba remando energicamente; pero su inquietud aumentaba viendo formarse a los pies del filibustero un charco de sangre que poco a poco aumentaba. -? Basta, senor Morgan! -dijo de pronto, notando que disminuia el esfuerzo del marino-. ?Quereis mataros?

Dejadme a mi llevar la canoa, y vendados la herida. -? Un momento aun, senorita! -repuso Morgan con voz ahogada-. Veo un lago… Debe de ser la sabana o alguna laguna. -? Os lo ruego! -? Esperad! -? Entonces, os lo mando! El filibustero, que ya no podia mas, habia soltado los remos y se oprimia la herida con ambas manos. La canoa entonces desembocaba en una vasta laguna llena de hojas de mucu-mucu y de trozos de madera de canon blanca y plateada. Yolanda la llevo hacia la orilla, encallandola en un banco fangoso. -? Venid, senor Morgan! -dijo con voz conmovida-. ?No olvidare nunca que os debo la vida!

El filibustero se puso en pie vacilando. -? Es la punta que me lacera las carnes! -murmuro. -? Estara envenenada? -pregunto aterrada Yolanda. -? No, no! Bajo a la orilla apoyandose en la espada; pero al llegar arriba tuvo que sostenerse en la joven. -? Cuanto debe usted de sufrir, pobre amigo! -dijo Yolanda. -? Pasara! -repuso el filibustero mirandola con los ojos casi cerrados-. Amarrad la canoa: puede arrastrarla la corriente… ?Y Carmaux? ?Donde estara Carmaux? Y, doblandose bruscamente, se dejo caer en la orilla lanzando un sordo gemido. -? Senor Morgan! -grito Yolanda corriendo hacia el. ? No os asusteis, senorita! -repuso el filibustero reanimandose pronto-. ?Los corsarios tienen la piel muy dura! CAPITULO III EL HERIDO El rio desaguaba en una vasta laguna, interrumpida aca y aculla por bancos fangosos en los cuales crecian enormes grupos de bambues gruesos como el cuerpo de un hombre, y mangles que hundian en el agua sus tortuosas raices. Las orillas, aunque lejanas, aparecian cubiertas de boscaje, que debia de ser tupidisimo, a juzgar por la enorme cantidad de troncos que se elevaban a gran altura extendiendo en todas direcciones sus monstruosas hojas.

No se veia ni una canoa entre las aninges y las muricis que cubrian el agua. En cambio, revoloteaban bandadas de martin-pescadores, becasinas y cigarras, que dificilmente se alejan de los rios o pantanos. Despues de asegurarse de que aquel lugar estaba desierto y de haber atado la canoa a fin de que la corriente no se la llevara, Morgan habia desabrochado la casaca de pano y la camisa de franela, dejando al descubierto el hombro derecho, en el cual se veia una abertura producida por una flecha y que manaba abundante sangre. – ? Pobre amigo mio! dijo Yolanda, que miraba con visible emocion la herida-. ?Cuanto debeis de sufrir! -Dadme mi espada, senorita. -? Que quereis hacer? -Alargar la herida para extraer la punta que ha quedado dentro. -? Dios mio! -Es preciso lavarla, senorita, o producira una peligrosa inflamacion. -? Sufrireis mucho! -No es la primera flecha que me hiere. En las orillas del Orinoco recibi otra. Por fortuna estos salvajes no tienen la triste costumbre de envenenarlas: si no, a estas horas ya no viviria. -? Esperad, senor Morgan! – ? Que quereis hacer? -No tenemos nada con que ven-dar la herida. He ahi una planta de algodon. En el suelo encontrareis capsulas bien provistas de el. Para vendaje bastaria una manga de mi camisa de lana. Id, senorita; ya es tiempo de detener la sangre. La joven se dirigio a las plantas que crecian a cincuenta o sesenta pasos de la orilla. Mientras se alejaba, Morgan limpio la punta de su espada en la camisa, y delicadamente la introdujo en la herida, profundizando en ella hasta que tropezo con la extremidad inferior de la flecha. Cogerla y arrancarla violentamente con los dedos fue cuestion de un instante. Pero el dolor habia sido an intenso, que el desgraciado cayo hacia atras medio desvanecido. Cuando la joven volvio con las manos llenas de algodon, aun no se habia repuesto del atroz espasmo. Yacia sobre la hierba, con los ojos cerrados, desencajado, mientras la sangre salia a borbotones por la herida. En la mano izquierda apretaba aun la punta de la flecha, una espina de ausara de una pulgada de largo, agudisima y dura como el acero. Viendole en aquel estado, Yolanda lanzo un grito de angustia. -? Senor Morgan! ?Senor Morgan! El filibustero abrio los ojos e intento incorporarse, sin conseguirlo.

Le indico la herida, y murmuro: -? Aqui!. . . ?Detened!. . . ?La vida se va!… ?No os asusteis! Yolanda se habia arrodillado junto a el. Con mano firme lavo la herida, reunio delicadamente los labios del orificio hecho por la espina, aplico un punado de algodon, y arrancandose un trozo del tocado que llevaba para reservarse del sol, vendo la herida lo mejor que pudo. Morgan no habia lanzado ni una queja. Antes bien, sus labios parecian sonreir. – ? Gracias, senorita! -murmuro-. ?Habeis trabajado mejor que un medico! -? Sufris mucho? -? Ya pasara! La perdida de sangre. . . ?Estoy debil! Reposad, senor Morgan; yo velo por vos. El filibustero asintio la cabeza. Se sentia extremadamente exhausto y experimentaba un extrano zumbido de oidos. La fiebre no debia tardar en aparecer. Ya sus mejillas se coloreaban de color rojo de fuego y su respiracion se hacia anhelosa. La joven, temiendo que cogiera una insolacion, corto con la espada algunas gigantescas hojas de platano, planto en el suelo algunas ramas e improviso una minuscula tienda de campana, suficiente para proteger al herido. -? Ah, Dios mio! -murmuraba la pobre joven sentada junto al filibustero dormido-. ?Si estuviese aqui Carmaux! Le habran matado los salvajes? ?Que hare yo en esta laguna con un herido? Morgan comenzaba a desvariar. De sus labios, secos por la fiebre, salian palabras inconexas. Hablaba de las Tortugas, de su Rayo, de Pedro el Picardo y de Carmaux. De pronto, un nombre llego a los oidos de la joven. – ? Yolanda! -murmuraba el herido con tono dulcisimo-. ?Joven valiente! -? Suena conmigo! -dijo la hija del Corsario. Un rapido rubor tino sus mejillas, y sus ojos se fijaron en las fieras facciones del filibustero, que ni el dolor ni la fiebre alteraban. – ? Suena! – murmuro por segunda vez-. ?Y suena conmigo!

De pronto Morgan se estremecio y abrio los ojos, balbuceando con voz pastosa: -? Agua! ?Agua! ?Me devora la sed! Hizo un movimiento para incorporarse; pero la joven le contuvo. -? No, senor Morgan; no os movais! Yo os dare de beber. – ? Ah! ?Sois vos, Yolanda? ?Que buena sois! ?Velais por mi! ?Maldito salvaje! -? No os exciteis! ?Nadie nos amenaza! -? Y Carmaux? -No he visto a nadie. Confiemos en que habran logrado rechazar a los oyacules. -Vos sola… -Tengo la espada, y una bala en la pistola. No he disparado mas que un tiro. ?Esperad, senor Morgan! Recogio una hoja de platano, arrollo un trozo n forma de cucurucho, y se dirigio al rio, porque habia notado que el agua de la laguna era salubre. El curso de agua solo distaba tres o cuatrocientos pasos. La joven se dirigio hacia alla, y llegada a la orilla se inclino para llenar el cucurucho. De repente se detuvo viendo con espanto en la orilla opuesta, a quince pasos de ella y en un arbol inclinado sobre el rio, un animal de un metro de largo, con la cabeza grande, el cuerpo robusto, cubierto de un pelo espeso, gris en el dorso, con manchas y estrias negras y amarillento bajo el vientre. Miraba atentamente la corriente, y dejaba colgar la cola sobre el agua. ? Sera un jaguar? -murmuro la joven ocultandose detras de un arbol. El rio que la separaba de la fiera era, como queda dicho, poco ancho, y aquel animal podia dar un salto, franquearle y caer sobre ella. Pero parecia que no se habia dado cuenta de la joven, porque continuaba su misteriosa maniobra sin apartar la mirada de la corriente. – He cometido una imprudencia no cogiendo la espada o la pistola -dijo la joven-. Sin embargo, es necesario que lleve agua a Morgan. Iba a salir de su escondite, cuando vio al animal hacer un brusco movimiento y lanzar un sordo rugido.

Retiro precipitadamente la cola, a la cual estaba adherido algo informe, que a primera vista, Yolanda no supo que podia ser, y adelantandose, agarro con las patas delanteras aquel cuerpo, que se debatia furiosamente. -? Una tortuga! -dijo Yolanda-. ?Que habil pescador! El animal, satisfecho con su presa, de un salto cayo en la orilla, y desaparecio rapidamente en el bosque. – ? Acaso ese pobre reptil me ha salvado la vida! -penso la joven. Lleno de agua el cucurucho y corrio hacia la laguna, por temor a que aquel animal se hubiera decidido a cruzar el rio para buscar una presa mayor.

Cuando llego junto a la choza, Morgan habia recaido en un profundo amodorramiento, y yacia entre las hojas de platano con los brazos extendidos y la cabeza inclinada. Yolanda iba a llamarle, cuando retrocedio vivamente lanzando un grito de horror. En el pecho del herido, entre la casaca y la camisa, estaba acurrucada una arana monstruosa, de cuerpo peloso, negra, de largas patas, tambien peludas, y armadas en sus extremidades con formidables unas. Tenia ocho ojos brillantes como carbunclos y de tamano desigual, dispuestos los unos junto a los otros en forma de X.

La horrible bestia parecia disponerse a remover el vendaje de la herida para chupar la sangre del pobre filibustero. La joven, horrorizada, seguia inmovil, mientras la arana, que habia notado su presencia, clavaba en ella sus feroces ojos. Sentia helarsele la sangre en las venas, y las fuerzas le faltaban. De pronto se volvio para sustraerse a aquella especie de fascinacion, y se inclino para coger la espada que estaba junto al filibustero. Habia recobrado su energia. Alzo resueltamente la espada y tiro un golpe de punta, con el cual lanzo a la monstruosa arana a tres pasos de distancia, y de un segundo golpe la partio en os. -? Ah! ?Horrible bestia! -murmuro-. ?Si tardo un poco mas en llegar, desangra a Morgan! En aquel momento abrio el herido los ojos. -? Vos, senorita! -murmuro. -? Teneis sed, senor Morgan? -pregunto la joven. -Si; tengo la garganta seca: es la fiebre, que en este clima visita siempre a los heridos. Yolanda se inclino sobre el, le ayudo a incorporarse y le acerco a los labios el cucurucho casi lleno de agua. El herido la bebio con avidez hasta el ultimo sorbo, lanzando un suspiro de satisfaccion. -? Gracias, senorita! -dijo. Pero, haciendo un gesto de estupor, anadio: ? Que teneis? Estais muy palida, y vuestros brazos tiemblan. ?Habeis visto a los indios? -? No, senor Morgan: tranquilizaos! – ? Os ha amenazado algun peligro? – Era a vos a quien amenazaba. -? Que era? -Mirad alli esa bestia, que aun agita las patas. Estaba acurrucada en vuestro pecho. -Una migal -dijo Morgan-. El olor de la sangre la habra atraido. ?Son malos bichos! – ? Matan? – No, no son capaces de tanto; pero si encuentran algun nino dormido, le desangran abriendole una herida en el cuello. ?Habeis visto a alguien en la orilla del rio? Tan solo a un animal que pescaba tortugas, y que, os lo confieso, me asusto no poco al principio, porque no tenia la espada conmigo. -? Muy grande? -pregunto Morgan. -Parecia un tigre joven. – ? Tenia la piel amarillo-rojiza y con manchas negras y rojas? -No; gris oscura y amarilla con estrias negras. Morgan respiro. -Temia que fuese un jaguar -dijo-. Debia de ser un maracaya o un pardino, grandes cazadores que no atacan al hombre. Acordaos siempre de llevar la espada, si os veis obligada a alejaros. Estos bosques estan poblados de animales feroces y podian atacarnos. ?Yo no puedo ahora defenderos! Si estuviese aqui Carmaux! -? Que habra sido de el, senor Morgan? -pregunto Yolanda-. ?Le habran matado esos salvajes? -Carmaux no es hombre que se deje matar como un conejo. Le he visto salir de peligros mas grandes todavia, y, ademas, iban con el los dos caribes, que tenian arcos y flechas. Se habran refugiado en el centro del bosque. -? Vendran a buscarnos? -No lo dudo. Los indios saben encontrar una choza hasta en medio del bosque, y no viendo la canoa, se imaginaran que nos hemos refugiado aqui. ?Ya vuelve la fiebre! ?Pasareis una mala noche, senorita! – Vos; no yo. Entonces, los dos -dijo Morgan tratando de sonreir-. ?Ah! Habia metido una mano en el bolsillo de su casaca, y sacaba una cajita de lata. – ? La yesca y el pedernal de Carmaux! -dijo-. ?Ha sido una verdadera suerte traerlo! -? Quereis que encienda el fuego? -Esta noche. Las fieras temen la llama y no se atreven a acercarse a ella. -Voy a recoger lena. -Y buscar alguna fruta para vos. No teneis nada para la cena. -Si. No os perdere de vista, y os dejare la pistola. -Yo no corro peligro. Aqui hay poca espesura para que un animal se aventure. Vos sois la que debeis guardaros de los malos encuentros. Si me lo permitis, volvere al rio para que no os falte agua esta noche. -? Sois demasiado buena! Si pudieseis encontrar un cuiera, lo celebraria mucho. -Conozco esa planta, y se como hacen los indios para usarla como recipiente. No sera dificil encontrarla. ?Adios, senor Morgan! No os inquieteis. La valiente joven cogio la espada y se dirigio hacia el bosque con intencion de atravesar el trozo que cubria una especie de promontorio tras el cual debia de correr el rio. Se habia alejado, no solo para la provision de lena, sino con la idea de encontrar algo que pudiera servir de cena al herido.

Se interno valerosamente entre las enormes plantas, las cuales crecian en tal numero y tan cerca, que no permitian al sol atravesar la boveda de verdura. Las habia de todas clases, mezcladas confusamente: queseros, jaboneros (palo de jabon vulgar), llamados asi porque sus cortezas sumergidas en agua dan una densa espuma parecida al jabon; cedros, algodoneros, simarubas, palmeras y maots de gigantescas hojas. La joven escucho antes, por temor a que hubiera algun carnivoro, y no oyendo mas que las notas monotonas del honorato, se interno entre las plantas y recogio muchas ramas muertas, que reunio en pequenos haces, ligandolos con bejucos.

No se olvidaba de la cena, e hizo recoleccion de mangos y de aguacates, que desprendio de las ramas golpeandoles con la espada. Asi continuo avanzando a traves del promontorio, apresurando el paso porque el sol declinaba rapidamente y la oscuridad se hacia mas densa bajo los arboles. Ya oia el murmullo del rio, cuando descubrio la cuiera (arbol de coco) que buscaba, enorme planta de amplias hojas y multitud de ramas rodeadas de parasitas y con el tronco cubierto de musgos. Tenia un numero infinito de grandes frutos, relucientes, de color verde palido, de forma esferica y bastante mayores que un melon.

Arranco uno, lo partio en dos, atandolo fuertemente con un bejuco, y le extrajo la pulpa blanca que contenia. -He aqui dos magnificos vasos, que llenare de agua para el senor Morgan -dijo. Y avanzo rapidamente hacia el rio, pasando por entre enormes arboles en los cuales veia, no sin repugnancia, muchas aranas peludas que la miraban con sus relucientes ojos como si tratasen de fascinarla. Algunas estaban medio ocultas entre la hierba, ocupadas en digerir los pajaros que habian sorprendido en sus nidos, y de cuando en cuando las veian limpiarse en el peludo dorso las patas, aun llenas de sangre.

Lleno a toda prisa las dos cuieras, y volvio al bosque, que atraveso mas aprisa que antes. Morgan seguia echado y tenia los ojos abiertos, fijos en las negras aguas de la laguna. La fiebre continuaba y su rostro enrojecido sudaba copiosamente. – ? No habeis tenido ningun encuentro? – No, senor Morgan. Aqui estan el agua y la fruta. Voy a recoger la lena para el fuego de esta noche. -? Daos prisa; la tarde acaba rapidamente! -Los haces no estan lejos, senor Morgan. La joven, que no se sentia cansada, volvio al bosque y transporto algunos haces; pero temiendo que no fueran bastantes, y a pesar de haber ya aido el sol, hizo otro viaje al bosque. Ya habia cargado los ultimos haces, cuando de entre una tupida mata de pasionarias salio un ronco aullido. -? Otro animal! -murmuro-. ?Mala noche se prepara! Echo a correr, y cruzo el bosque sin haber soltado los haces. Encontro a Morgan sentado y con la pistola en la mano. -? Ah! ?Gracias, senorita! -exclamo viendo a la joven-. ?He temblado por vos! -? Por que, senor Morgan? -? No habeis oido un aullido? -Si. -Era un jaguar. -? Temiais que me acometiese? -No temen a los hombres, y cuando estan hambrientos se lanzan hasta contra los cazadores. Le habeis visto? -No; pero no debia de estar muy lejos de donde he cogido la lena. -? Encended pronto el fuego! – ? Vendra a rondar por aqui? -? Teneis miedo? – Por ahora, no, senor Morgan -contesto la valiente joven. – El jaguar vendra; estoy seguro. ?Y no puedo defenderos! Siento que dentro de poco me vencera la fiebre. -Nuestra pistola tiene aun una bala, y si esa bestia viene se la enviare. ?Tranquilizaos, senor Morgan! Hizo dos haces de lena y los encendio uno cerca de otro. Hecho esto, se sento junto al herido, que habia recaido en su sopor, con admirable calma.

En el mismo instante, en la tenebrosa selva retumbo otro aullido mas prolongado que el primero. El jaguar bajaba hacia la laguna. CAPITULO IV EL JAGUAR La noche en las orillas de aquella isla desierta, con el bosque proximo infestado probablemente de hambrientas fieras, se anunciaba terrible para la valiente joven; tanto mas, cuanto que Morgan, presa de la fiebre, que bajo aquellos parajes reviste gravisimos sintomas, seguia delirando. Se habia acurrucado bajo la pequena cabana al lado del herido y tras los dos fuegos, que lanzaban siniestros fulgores sobre las proximas plantas.

Tenia delante la espada y la pistola y espiaba ansiosamente el lindero del bosque, en el cual oia de cuando en cuando resonar el lugubre aullido del jaguar. Mil rumores se alzaban, bien bajo los islotes y bancos de la laguna, bien entre las tupidas malezas que proyectaban densa sombra en la orilla. Eran graznidos de batracios, de las enormes pipas, silbidos de reptiles acuaticos o terrestres, aullidos agudos que repercutian bajo la boveda, lanzados por los simios rojos y las cebras, a los que, de tiempo en tiempo, hacian eco los gritos roncos de las panteras y de los macacos.

Yolanda se esforzaba por estar tranquila; pero a cada aullido del jaguar se acercaba a Morgan palideciendo y creyendo siempre verse ante aquel formidable depredador, a quien el hambre debia tarde o temprano arrastrar hacia el campamento. -? Como acabara esta noche? -se preguntaba con angustia-. ?Si tuviese municiones! ?Pero no tengo mas que un tiro, y puedo fallar! El filibustero parecia no oir nada. Dormia, o estaba amodorrado por la fiebre que doblegaba su poderosa fibra; pero de cuando en cuando se agitaba violentamente, abria los ojos y pronunciaba palabras sin ilacion ni sentido.

Yolanda se esforzaba por calmarle; pero el desgraciado parecia no oir la voz de la joven. Solo a largos intervalos tenia momentos de lucidez, y entonces las primeras palabras que salian de sus secos labios eran para pedir agua. Por fortuna los recipientes llevados por Yolanda eran asaz capaces, y no habia que temer que se agotasen antes del alba. Hacia la medianoche, habiendo cesado la fiebre, Morgan volvio en si. Su primera mirada fue para la joven, que estaba a su lado. -? Velais? -le dijo-. ?Pobre senorita! ?Haceis guardia mientras yo duermo? No tengo sueno, senor Morgan -repuso Yolanda-; y, ademas, no quiero que se apague el fuego. -Pero debeis de estar rendida. -Ya descansare cuando salga el sol. Yo estoy buena, mientras que vos estais herido y desangrado. -? Si; esa maldita flecha! -exclamo Morgan-. ?Estar yo tan debil mientras vos necesitais proteccion! -Por ahora nada nos amenaza. -La noche oculta mil peligros. De pronto, haciendo un supremo esfuerzo, se sento, fijando sobre la joven una mirada de espanto. Habia oido el aullido del jaguar. -? Decis que nadie nos amenaza? -exclamo-. ?Habeis olvidado a esa fiera? Aun no ha venido por aqui; y, ademas, ? no tengo la espada y la pistola? -Puede caer sobre vos. -Los fuegos nos protegen. -Si; pero no estoy tranquilo, senorita. ?Ayudadme a ponerme en pie! ?Quiero defenderos! – No estais en disposicion de hacer frente a esa fiera, senor Morgan. Seguid echado, o vuestra herida en vez de cicatrizar se abrira mas aun. – ? Que me devore a mi y no a vos! ?No quiero que caigais bajo la zarpa de esa fiera! -Os repito que aun no ha aparecido. Tranquilizaos, senor Morgan; no corremos ningun peligro. Ademas, sabria defenderme. ?No habeis visto que se manejar la pistola? No teneis mas que un tiro. -Tratare de enviar la bala a su destino sin desviarla. ?Ea, acostaos; os lo ruego! Ya teneis fiebre otra vez. -? Fiebre! -dijo Morgan-. ?Agua! ?Estan lejos las Tortugas? ?No veo aqui a mi Rayo! ?Lo habra echado a pique ese perro del conde? -? Que decis, senor Morgan? -? Si; ha sido el! ?Sabes, Carmaux? ?Es preciso ahorcarle para que no haga dano a la senorita de Ventimiglia! ?Quiere tenerla en su mano! ?Prepara una buena cuerda… , en el gallardete del mastelero! Morgan seguia delirando, mientras el aullido del jaguar se dejaba oir cada vez mas cerca.

Yolanda aferro

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