EunsaSemiotica

998 vol. 11, 10860-10861 del hombre en cuant Aquino ante sus fuen 61-88; 165-177. SCHL EunsaSemiotica gy Antoniomcjia107 (‘copan* 1C, 2016 18 pagos SEMIÓTICA Bibliografía CROUZEL. H. , VOZ «Imagen» en Ritter, J. (ed. ), Diccionano patrístico y de la Antigüedad cristiana, Síguemo, salamanca, 1991, vol. 1082-1085. DOLBY, M. C. , El hombre es imagen de Dios. Visión antropológica de San Agustín, 2. a ed. , EIJNSA, Pamplona, 2002. GILSON, É. , La philosophie de Saint Bonaventure, Vrin, París, 1953. MIANO, V. y BAGGIO, Tv, voz «somiglianza», en Ritter, J. ed. ), Enciclopedia filosofica, gompiano, Milán, 2006, S»ipeto mage To s de 005, en RITTER, J. (ed. ), Historisches Wôrterbuch der Philosophie, vol. l, Schwabe, Basilea, 1971, 114115. SOLIGNAC, A. , «Image et ressemblance II, Pàres de l’Église», en Dictionaire de spiritualité, ascetique et mystique, 7, 2, Beauchesne, París, 1406-1425. Elisabeth Reinhardt Semiótica Introducción 1. El signo en la Antigüedad; 2. El signo en la Edad Media. 3. El signo en la Edad Moderna. 4. La semiótica de Charles S. Peirce. 5. La semiología de Ferdinand de Saussure. . La semiótica en el siglo XX humanos añadimos una nueva dimensión, la semiótica, esto es, su empleo como ignos para manifestarnos unos

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a otros lo que pensamos, lo que queremos, lo que sentimos y lo que advertimos en nuestra relación con el mundo. La «semiótica» o ciencia de los signos -término derivado del griego semeion (signo, indicio)- constituye hoy un ámbito disciplinar amplio y heterogéneo, porque su objeto, los procesos de significación o de semiosis, son abordados desde perspectivas teóricas y metodológicas muy diversas.

En particular, el florecimiento de la lingüística y de las ciencias de la comunicación a lo largo del siglo XX ha venido reclamando la elaboración de una semiótica filosófica que stableciera las categorías generales que hi- cieran posible una comparación entre los diferentes sistemas simbólicos: «Para una semiótica general, el discurso filosófico no ni aconsejable ni urgente, sino sencillamente constitutivo», escribió Umberto Eco. or este motivo, y con la finalidad de ofrecer una visión más ajustada de la semiótica, la exposición se hará con un enfoque histórico, centrando la atención en algunos de los autores que mayor importancia han tenido para el estudio del signo desde la Antigüedad hasta nuestros dias. 1. EL SIGNO EN LA ANTIGÜEDAD.

Las primeras re- lexiones documentadas acerca del signo, procedentes de la antigua Grecia, se centran sobre todo en el lenguaje, y su finalidad, lejos de ser inmanente, consiste en justificar 8 un determinado sistema fi enzando por Platón, toda doctrina puede considerarse como una doctrina del signo y de su referente metafísico. En lo que atañe al signo lingüístico, platón plantea en su diálogo Cratilo si las palabras convienen a las cosas por naturaleza o por convención.

El hecho de que parezca inclinarse por la primera postura se explica quizá desde su filosofía inmovilista: admitir que los signos ingüísticos son producto de la mente humana está peligrosamente cerca de admitir que también lo son las leyes que rigen la sociedad. 999 Aristóteles, en cambio, opta por el convencionalismo, lógicamente ligado a su concepción de la proporcionalidad como principio orientador de la conducta y de la razon, pues cuanta más regularidad se encuentre en un sistema de comunicación arbitrario y convencional, tanto más eficiente será.

Además, Aristóteles reflexiona sobre las distintas unidades sígnicas del lenguaje y distingue entre onoma, signo que por convención significa una cosa; rema, signo que significa ambién una referencia temporal; lógos, un signo complejo, un discurso significativo entero; y syndesmoi, signos cuyo significado no es autónomo sino que se establece por el contexto. A causa de su identificación entre lógica, semántica y gramática, Aristóteles elabora sus categorías lógicas sobre el modelo de las categorías gramaticales.

La lógica aristotélica está considerada como una lógica sustancial, que reproduce en la forma del pensamiento, y, por ta las formas de la realidad; universales y, en cambio, las formas del lenguaje, para Aristóteles, son las de la lengua griega. Basta con ambiar el modelo lingüístico para descubrir que la conexión sujeto-cópula-predicado no siempre se mantiene. Con los estoicos se dio un paso importante en el conocimiento de la lengua, e incluso desarrollaron una teoría del signo lingüístico.

Frente a la posición analogista de Aristóteles, consideraron el lenguaje como una capacidad humana natural que había que aceptar tal como era, con todas sus irregularidades características. Según ellos, el significado, el significante y el objeto se unen entre sí de tres maneras: «En efecto, el significante es la imagen fónica, el significado es la osa misma expresada por la imagen fónica, cosa que nosotros aprehendemos pensando simultáneamente en lo que se representa y en la imagen fónica, pero los extranjeros no lo aprehenden aunque oigan el sonido; finalmente, el objeto es lo que existe fuera de nosotros.

De estos tres conceptos, dos son materiales, o sea la imagen fónica y el objeto, y el tercero inmaterial, es decir, la cosa designada y enunciada que puede ser verdadera o falsa» (H. Arens, La lingüística). A diferencia de los estoicos, los alejandrinos estaban interesados principalmente en el lenguaje como parte de los estudios literarios y fueron artidarios de la posición analogista. La obra de sus principales representantes, Dionisio de Tracia y Apolonio, centrada sobre todo en la la 18 lengua griega, penetró en atina.

A su vez, la obra del gramática latina. A su vez, la obra del gramatico latino Pnsciano constituyó el puente entre la Antigüedad y la Edad Media. pero antes de pasar al Medievo, hay que mencionar la teoría de los signos de san Agustín, de especial interés por el hecho de que no se ciñe exclusivamente al lenguaje. Según este autor, «un signo es algo que, además de la impresión que hace en los sentidos, suscita en la ente alguna otra cosa».

San Agustín distingue entre signos naturales, «aquellos que, sin propósito o intencion de significar nada exterior a ellos, permiten conjeturar alguna cosa», y los signos conscientemente dados, «aquellos que todos los hombres se hacen para, en la medida de lo posible, mostrar todo lo que les sucede: lo que sienten y lo que piensan». Entre los distintos signos concede primacía a los verbales, pues ala gran cantidad de signos con que los hombres comunican sus pensamientos consisten en palabras.

Todos los otros slgnos, de que brevemente he hablado, he odido exponerlos con palabras, pero yo no hubiera podido expresar las palabras con aquellos signos». 2. EL SIGNO EN LA EDAD MEDIA. Con los modistae en el siglo XIII reaparecerá el interés especulativo por el signo lingüístico. El interés científico de la escolástica por la lengua deriva de aristóteles y se centra en la aplicación de su lógica a la gramática, armonizando los dos ámbitos.

Si en la filosofía Aristóteles se había convertido en la autoridad máxima, en gramatica lo seguía siendo sde esta base se quería s 8 ver cómo se refle- refle- jaban los conceptos mentales establecidos or Aristóteles en las partes de la oración fijadas por Prisciano. Por consiguiente, se procedió a indagar qué y cómo significan las ocho partes de la oración, cómo se originan, y se llega así a una filosoffa de la palabra y de su significación más precisa: de sus modos de significación.

Muy resumidamente puede decirse que esa teor(a consistía en establecer una relación unidireccional entre objeto, concepto y signo. Los objetos tienen unas propiedades universales que la mente mediante sus modos de operación también universales aprehende y, en función de estas propiedades aprehendidas, construye el enguaje. Esta teor(a se basa en un realismo moderado que consiste en diferenciar un sistema pasivo de uno activo. El prmero, abstracto, seria la materia y tendr(a un carácter universal, mientras que el segundo, concreto, sería la forma con carácter accidental.

Es decir, de una gramática universal serían productos accidentales las lenguas particulares. En el realismo de la escolástica, mientras la relación entre verbum y especie inteligible es arbitraria, la que existe entre concepto y cosa es motivada. Este proceso llega a convertirse en totalmente signico con su deriva nominalista. La postura nominalista encuentra uno de sus principales representantes en Guillermo de Ockham, que defiende que los universal ombres o palabras, sin existencia fuera del lengua e las sino a los conceptos.

Los conceptos, a su vez, son simples signos de cada cosa, como una especie de artificio estenográfico por medio del cual reunimos bajo una únlca rúbrica genérica a una multiplicidad de individuos. Por lo tanto, el proceso para llegar a formular un concepto es igual a aquel por el que se llega a formular un signo. El signo lingüístico es un significante que se refiere al concepto como significado suyo, ero el concepto a su vez es un signo, el significante abreviado y abstracto cuyo significado o referente son las cosas singulares.

En el 1000 fondo, esta contienda entre realismo y nominalismo no hace más que repetir en un plano más elevado aquella otra que consistía en dilucidar si las palabras eran significantes por naturaleza o por convencion. 3. EL SIGNO EN LA EDAD MODERNA. En el Siglo XVII se manifiestan en Europa tres tipos de observación lingüística claramente diferenciados. En las islas Británicas, la empírica pura, desde Bacon hasta Locke. Francis Bacon sostiene que «es evidente que hay tipos e comunicación distintos que las palabras y las letras [… todo lo que permite diferenciaciones, que son bastante numerosas para expresar la multiplicidad de los conceptos (si bien estas diferencias solo son aprehensibles por los sentidos), puede convertirse en vehículo de las represe hombre a hombre. Los signos para las cosas que tilizar la forma de la lenguas como formas de expresión del espíritu humano, distintas según las naciones, y contempla la posibilidad de crear un lenguaje ideal para la comunicaclón de saberes y conocimientos usando los mejores rasgos y características de algunas de las lenguas xistentes.

En la misma línea, John Wilkins ideó un sistema de signos reales, destinados a semir de medio de comunicación entre todas las naciones, esquematizando en teoría todo el conocimiento humano. John Locke traza, por una parte, una clara línea de separación entre palabra y cosa y, por otra, establece la inconsistencia de la relación palabra-representación que incluso puede desaparecer de la conciencia, de tal manera que quede el solo dominio de la palabra. Es decir, aboga por una negación del conocimiento por medio del lenguaje a la vez que sostiene la independencia de su dominio.

Según Locke, se puede dudar de las cosas, pero de los signos no, ya que las ideas no son otra cosa que los senos estenográficos bajo los cuales recogemos, por razones operativas, las hipótesis sobre las cosas que 1001 se ponen en duda. Las palabras no expresan las cosas, porque las cosas se conocen por medio de la construcción de ideas complejas y con la combinación de ideas sencillas. Las palabras se refieren a las ideas, como a su significado más inmediato. por ello, existe una relación arbitraria entre palabras y cosas.

No existe motivación profunda y, ad ento mediador entre 8 8 alabras y construcción selectiva. Las ideas abstractas no reflejan la esencia individual de la cosa, que nos es desconocida, sino su esencia nominal. La misma idea, como esencia nominal, ya es signo de la cosa. Para Locke, la esencia nominal como idea abstracta todavía tiene consistencia mental, pero ya es un producto semiótico. George Berkeley ve el universo como un sistema simbólico y afirma que incluso nuestras percepciones tienen una pura función sígnica, pues constituyen palabras de un lenguaje por medio del cual Dios nos explica el mundo.

Afirma que «lo que nosotros conocemos son ercepciones individuales, ideas particulares; si queremos dar un significado a nuestras palabras y hablar solamente de lo que podemos entender, creo que podemos reconocer que una idea, que en sí misma se considera como particular, se convierte en general cuando se la hace representar y se la hace estar por todas las demás ideas de la misma especie». La nominalización absoluta de las mismas ideas lleva a la consideración de que no se pueden fundar conocimientos seguros sobre el lenguaje.

Por otro lado, en Francia, se desarrolla la vía racionalista, representada por los maestros de Port-Royal, uienes se esforzaron por mostrar la influencia del pensamiento y de la razón humana en unos rasgos universales necesarios de todas las lenguas, aunque con distinta manifestación externa. Según estos autores, el lenguaje refleja el pensamiento, y las leyes del pensamient para todos los hombres. La fun ramática general es hallar, es hallar, por debajo de las superficies de las frases, la articulación ló- SEMIOTICA gica que expresan.

Es una lógica de la sustancia para la que la estructura profunda de los enunciados es la estructura profunda de lo real. Finalmente, destaca la línea de Gottfried W. Leibniz, intermedia entre las dos anteriores. Según este filósofo, cada lengua no solamente refleja la historia de un pueblo, sino que condiciona su mentalidad y sus costumbres. El objeto de la ciencia es elaborar un instrumento lógico que sea capaz de superar estas diferencias y establezca una correspondencia rigurosa entre un sistema de signos y el sistema de las ideas lógicas, puesto que en las lenguas naturales no existe esta correspondencia.

En el siglo XVIII Étienne Bonnot de Condillac continúa de un modo tajante con la línea racionalista: « toda lengua es un método analítico y todo método analltico es na lengua Las primeras expresiones del lenguaje de los gestos vienen dadas por naturaleza, puesto que resultan de la constitución orgánica del hombre: son las primeras que aparecen, pero la analogía forma restantes y difunde esa especie de lengua; poco a poco aquélla es capaz de expresar representaciones de todo tipo El álgebra es un lenguaje bien formado, y por cierto el único.

Nada en él es caprichoso. La analogía siempre evidente conduce claramente de expresión en expresión. El uso aquí no tiene vigencia En la analogía, pues, estriba t del pensamiento y del lenguaje».