Ensayos

El doncel de Don Enrique el Doliente Mariano Jose de Larra Capitulo I |     Mis arreos son las armas, | | | | Mi descanso es pelear, | | | | Mi cama las duras penas, | | | | Mi dormir siempre el velar. | | | | Cancionero general. |                 |

Antes de ensenar el primer cabo de nuestra narracion fidedigna, no nos parece inutil advertir a aquellas personas en demasia bondadosas que nos quieran prestar su atencion, que si han de seguirnos en el laberinto de sucesos que vamos a enlazar unos con otros en obsequio de su solaz, han menester trasladarse con nosotros a epocas distantes y a siglos remotos, para vivir, digamoslo asi, en otro orden de sociedad en nada semejante a este que en el siglo XIX marca la adelantada civilizacion de la culta Europa.

Tiempos felices, o infelices, en que ni la hermosura de las poblaciones, ni la facil comunicacion entre los hombres de apartados paises, ni la seguridad individual que en el dia casi nos garantizan nuestras ilustradas legislaciones, ni una multitud, en fin, de refinadas y exquisitas necesidades ficticias satisfechas, podian apartar de la imaginacion del cristiano la idea, que procura inculcarnos nuestro sagrado dogma, de que hacemos en esta vida transitoria una breve y molesta peregrinacion, que nos conduce a termino mas estable y bienaventurado. | Mis arreos son las armas | | | | Mi descanso es pelear, | | | | odian repetir con sobrada razon nuestros antepasados de cuatro o cinco siglos: nuestra nacion, como las demas de Europa, no presentaba a la perspicacia del observador sino un caos confuso, un choque no interrumpido de elementos heterogeneos que tendian a equilibrarse, pero que por la ausencia prolongada de un poder superior que los amalgamase y ordenase, completando el gran milagro de la civilizacion, se encontraban con extrana violencia en un vasto campo de disensiones civiles, de guerras exteriores, de rencillas, de desafios, y a veces de crimenes, que con nuestras extremadas instituciones mal en la actualidad se conformarian.

Una incomprensible mezcla de religion y de pasiones, de vicios y virtudes, de saber y de ignorancia, era el caracter distintivo de nuestros siglos medios.

Aquel mismo principe que perdia demasiado tiempo en devociones minuciosas, y que expendia sus tesoros en piadosas fundaciones, se mostraba con frecuencia inconsecuente en su devocion, o descubria de una manera bien perentoria lo frivolo de su piedad, pues en vez de arreglar por esta su conducta, se le veia no pocas veces salir de los templos del Altisimo para ir a descansar de las fatigas del gobierno en los brazos de una seductora concubina, que usurpaba la mitad del lecho regio de su consorte despreciada.

El caballero que volvia de reconquistar el santo sepulcro del Salvador, y que llevaba ricamente bordado en el pecho el signo augusto de la redencion, aquel mismo cruzado ue al entrar en el gremio de la Iglesia habia depuesto en las fuentes bautismales el vano deseo de venganza, adoptando y jurando, a imitacion del hombre Dios, el perdon de las injurias, sin el menor escrupulo de conciencia declaraba las muestras de su organizacion irascible, que a gala tenia; a la menor sombra de pretendida ofensa corria lanza en ristre a partir el sol del palenque, y a abrir una ancha fuente de sangre humana en el pecho de su adversario, invocando a un tiempo, por una inexplicable contradiccion, el nombre santo de Dios y el nombre profano de la dama por quien moria.

En vano la religion se esforzaba en dulcificar las costumbres de los hijos de los godos, exaltados por la prolongada guerra con los sarracenos. Es verdad que ganaba terreno, pero era con lentitud; entretanto se criaba el caballero para hacer la guerra y matar. Verdad es que los primeros enemigos contra quien debia dirigirse eran los moros; pero muchas veces lo eran tambien los cristianos, y habia quien matando dos de aquellos por cada uno de estos ultimos, creia lavado el pecado de su espantoso error.

Matar infieles era la grande obra meritoria del siglo, a la cual, como al agua bendecida por el sacerdote, daban enganados algunos la rara virtud de lavar toda clase de pecados. Para los hombres el ejercicio de las fuerzas corporales, el facil manejo de la pesada lanza, el arte de domenar el espumoso bridon, la resistencia en el encuentro, y el undonor falsamente entendido y llevado a un extremo peligroso; y para las mujeres el arte de conquistar con las gracias naturales y de artificio al campeon mas esforzado, y cenirle al brazo la venda del color favorito, recompensa del brutal denuedo del vencedor del torneo, y el recato solo para con el caballero no amado, eran la educacion del siglo. Dios y mi dama, decia el caballero; Dios y mi caballero, decia la dama.

En medio del furor de guerrear que debia animar a todos en aquella epoca, algunos ministros del Altisimo no dudaban acompanar las huestes, armados a la vez como los guerreros, y aun cuando no desenvainasen en las lides la poderosa espada de Damasco y de Toledo para herir con ella al enemigo, esta costumbre arrastraba a algunos a autorizar trances de rebelion del soberbio rico-hombre contra la majestad de su rey y senor natural.

Un corto numero de espiritus mas pusilanimes, o acaso mas calculadores que sus contemporaneos, poseia la corta riqueza literaria griega y romana que de las ruinas del Partenon y del Capitolio habian podido salvar, en medio de la devastacion desoladora de la irrupcion de los barbaros, algunas primitivas comunidades monasticas. El estudio todo que se hacia en los claustros estaba reducido, y debia estarlo, a la ciencia eclesiastica, la unica que podia y debia salvar, como efectivamente salvo, a la Europa de su total ruina.

Las bellezas gentilicas de los Homeros y Virgilios debian reservarse para otros tiempos; y los monasterios, conservando estos monumentos clasicos de la antiguedad, hacian a la literatura todo el servicio que podian hacerla. Otros espiritus, no obstante, se dedicaban fuera de aquellas escuelas al estudio, y la ciencia que adquirian era solo el medio criminal de granjearse una consideracion y una fortuna aun mas criminales todavia.

Afectando la ciencia de los astros, o una misteriosa comunicacion con el mundo de los espiritus, sabian abusar de la insensata credulidad de los reyes y de los pueblos, y convertir en propio y particular provecho suyo las luces que no trataban de difundir, sino antes de conservar entre si clandestina y masonicamente, como un perfido talisman que ejerciendo al cabo su irresistible influencia sobre los espiritus debiles e ignorantes, libraba en las manos de unos pocos empiricos solapados, la palanca poderosa con que movian y removian a su placer cuantos obstaculos a sus danadas intenciones se pudieran presentar.

A esta epoca, pues, y al trato belicoso de los nietos de las hordas del norte, al centro de aquella informe sociedad, hija de padres tan contrarios como los barbaros de la fria Noruega y las cultas ruinas de la capital del mundo, a esta epoca, a ese trato y a esa sociedad vamos a trasladar a nuestros lectores. No se crea tampoco por el cuadro que rapidamente acabamos de bosquejar, que sea preciso entrar con horror a desentranar las costumbres de tan inexplicable epoca; lejos de nosotros esta idea; tambien se ofrecen en ella virtudes colosales que no son por cierto de nuestros dias.

El amor, el rendimiento a las damas, el pundonor caballeresco, la irritabilidad contra las injurias, el valor contra el enemigo, el celo ardiente de la religion y de la patria, llevado el primero alguna vez hasta la supersticion, y el segundo hasta la odiosidad contra el que nacio en suelo apartado, si no son prendas todas las mas adecuadas al cristianismo, no dejan por eso de tener su lado hermoso por donde contemplarlas; y aun su utilidad manifiesta, dado sobre todo el dato del orden de cosas entonces establecido, las hacia tan necesarias como deslumbradoras.

El caracter, empero, mas verdaderamente distintivo de la epoca, era la lucha establecida y siempre pendiente entre el principe y sus primeros subditos; una escala ascendiente y descendiente que constituia a los pecheros vasallos de vasallos, y a los reyes senores de senores, era el principal obstaculo que impedia al poder ejercer a la vez su influencia igual y equitativa por toda la extension de sus dominios; el pechero, doblemente subdito, tenia dobles obligaciones (mas bien que contraidas, impuestas) para con su dueno inmediato, y para con el senor natural de todos.

Por otra parte, era de notar el poder no reprimido de los orgullosos magnates, sin cuya cooperacion voluntaria hubiera sido una vana fantasma la autoridad del monarca. Este en odo trance de guerra se veia poco menos que precisado a mendigar los hombres de armas, que solo podian proporcionarle para las jornadas los ricoshombres que los sostenian a sus expensas, y por consiguiente a su devocion, y que desigualaban a placer la fuerza reciproca de los partidos con la mas leve inclinacion de su parte; el senorio absoluto (si no de derecho, de hecho) de vidas y haciendas en sus inmensos dominios; sus bien defendidos castillos feudales, de donde mal pudiera desalojarlos la sencilla arcabuceria y manera de guerrear de la epoca; su orgullo, nacido de los grandes favores que en la continua reconquista contra moros les debia el rey y la patria; y la remision sobre todo de los agravios al duelo particular, al paso que inutilizaban toda la energia de un rey y sus buenas intenciones, eran las causas, por entonces irremediables, de la impunidad de los delitos; causas que perpetuaban la injusticia y el abuso de la fuerza de los primeros hombres de la nacion, que no habia especie de ambicion ni pasion frenetica de que no se dejasen torpemente arrastrar.

Este era el estado de las costumbres de la Europa, y por consiguiente de nuestra Espana, en la epoca a que nos referimos. En el ano en que pasaba lo que vamos a contar, hacia ya trece que don Enrique III, dicho el Doliente, y nieto del famoso don Enrique el Bastardo, habia subido a ocupar el trono, vacante por la desastrosa muerte de su padre don Juan I, ocurrida en Alcala de Henares de caida de caballo. Y apenas habian bastado estos trece anos para reparar los danos que por su menor edad habia acarreado a Castilla desvalida. El cisma duraba en la Iglesia desde la eleccion tumultuosa del arzobispo de Bari, llamado Urbano VI, ocurrida el ano 1378, despues de la muerte de Gregorio onceno.

Habianse reunido los cardenales en conclave; pero sabedores acaso los romanos de que la corte de Francia trataba de influir en la eleccion del cardenal de Genova, ligado por parte de padre con los condes de Genova de la casa de Oliveros, y por parte de madre con los condes de Bolona, parientes de la casa real de Francia, se amotinaron, y precipitandose en el lugar del conclave, despues de forzar las cerraduras, segun en nuestras leyendas se refiere, clamaron: «Papa romano queremos, o a lo menos italiano», de cuya infraccion notable y sacrilega, resulto la eleccion del arzobispo, que se corono el dia de Pascua de Resurreccion. Varios cardenales, empero, refugiandose en el lugar de Anania, y despues en Fundi, proclamaron la invalidez de la eleccion forzada, y amparados de la corte de Francia eligieron al cardenal de Genova, que tomo el nombre de Clemente VII, y establecio la silla de su iglesia en Avinon.

Urbano y Clemente habian enviado entrambos al rey de Castilla, a la sazon Enrique II, sus mensajeros, asi como los habia enviado, en apoyo del ultimo, Carlos V, rey de Francia; la corte de Castilla permanecio por entonces indecisa hasta consultar en materia tan delicada a sus varones mas famosos. Posteriormente, en el ano 1381, el sucesor de don Enrique II, don Juan I, hallandose en Medina del Campo, y despues de haber reunido y consultado a sus prelados, ricoshombres y doctores, se decidio por Roberto de Genova, negando la obediencia al intruso apostatico Bartolome, como le llama en la carta que con fecha de Salamanca le escribio a Clemente VII, prestandole homenaje como a unico Papa verdadero.

Mas adelante murio en su palacio de Avinon el Papa Clemente VII, a 26 de septiembre de 1394, reinando en Castilla don Enrique III; y sus cardenales, deseosos de la union de la Iglesia, se propusieron elegirle un sucesor, jurando todos antes sobre los santos Evangelios renunciar al papazgo inmediatamente despues de nombrados, si asi fuese necesario, y en el caso de que se cinese a hacer otro tanto Urbano, para proceder unidos de nuevo todos los cardenales en Roma a la eleccion valida y conforme de uno solo. Fue elegido, pues, en Avinon el cardenal don Pedro de Luna, aragones de nacion, y ricohombre de los de Luna; negose al principio a admitir la triple corona, pero una vez sentado en la silla apostolica, se resistio enteramente a las solicitudes de sus cardenales y del rey de Francia, que le envio a Juan, duque de Berry, y a Felipe, duque de Borgona, sus tios, para que renunciase conforme habia jurado. Esto dio lugar a continuos debates, que se hallaban en pie todavia en el tiempo a que nos referimos, habiendose declarado en favor de Benedicto, Francia, Castilla, Navarra y Aragon, y por el Papa romano, el Emperador, la Inglaterra y la Italia.

Con respecto a Portugal, Castilla seguia defendiendo, aunque debilmente, sus derechos: verdad es que desde la infausta jornada de Aljubarrota, perdida por la impericia estrategica de los jovenes y acalorados caballeros del ejercito de don Juan I, este mismo habia casi abandonado las esperanzas de recobrar aquel reino que indisputablemente le perteneceria por su boda con dona Beatriz, hija y unica heredera del muerto rey don Fernando. El odio entre portugueses y castellanos, y el empeno sobre todo de aquellos en no ver nuevamente fundido en la corona de Castilla su suelo independiente, habia dado una popularidad extraordinaria al maestre de Avis; ayudado de ella se propaso a quitar la vida al conde de Oren en el mismo palacio de la regente, y permitio a sus partidarios la muerte del infeliz obispo de Lisboa, despenado de la torre: erigiose rey en Coimbra con el dictado de Juan I despues de la resignacion de la regente viuda Leonor, y reclusion de esta por nuestro rey en el monasterio de Otordesillas, como le llaman nuestras cronicas contemporaneas.

Ya don Juan I de Castilla, en su testamento otorgado en Celorico de la Vera, poco antes de la jornada de Aljubarrota, vacilando el mismo sobre la legitimidad de sus derechos, al legarselos a su hijo y sucesor Enrique III, le habia legado tambien las dudas que acerca de tan delicada contienda en su propio corazon albergaba. En la epoca de nuestra narracion, era tan debil ya la guerra que se sostenia contra Portugal, que mas parecia efecto de una obstinacion irrealizable, que una verdadera lucha que presentase sintomas de un termino definitivo. Ni apenas se hubiera dicho que semejante guerra existia entre las dos naciones, si no lo hubiesen atestiguado las continuas treguas y largos armisticios, que continuamente por una parte y otra se ratificaban.

Enrique III, al subir al trono a los catorce anos, para dar fin a la anarquia que en el Estado alimentaran sus poderosos tutores, habia ratificado las ligas hechas por su padre con don Carlos VI de Francia y con los reyes de Aragon y de Navarra; y solo con el rey moro de Granada sostenia una guerra, muy semejante en su lentitud y en sus largas treguas a la de Portugal. Tal era tambien el estado politico de Castilla en la epoca de nuestra historia caballeresca, a que daremos principio desde luego sin detenernos mas tiempo en digresiones preparatorias, de poco interes para el lector, si bien hasta cierto punto necesarias para la particular inteligencia de los hechos que a su vista tratamos de exponer sencilla y brevemente. Con respecto a la veracidad de nuestro relato, debemos confesar que no hay cronica ni leyenda antigua de donde le hayamos rabajosamente desenterrado; asi que, el lector perdiera su tiempo si tratase de irle a buscar comprobantes en ningun libro antiguo ni moderno: respondemos, sin embargo, de que si no hubiese sucedido, pudo suceder cuanto vamos a contar, y esta reflexion debe bastar tanto mas para el simple novelista, cuanto que historias verdaderas de varones doctos andan por esos mundos impresas y acreditadas, de cuyo contenido no nos atreveriamos a sacar tantas lineas de verdad, o por lo menos de verosimilitud, como las que encontrara quien nos lea en nuestras paginas, tan fidedignas como utiles y agradables. Capitulo II |     De Mantua salio el marques | | | | Danes Urgel el leale, | | | | Alla va a buscar la caza, | | | | A las orillas del mare. | | | |     Con el van sus cazadores | | | | Con aves para volare, | | | Con el van los sus monteros | | | | Con perros para cazare. | | | | Cancionero de romances. |                 | A fines del siglo XIV estaba la hoy coronada y heroica villa de Madrid muy lejos de pretender el lugar preeminente que en la actualidad ocupa en la lista de los pueblos de la Peninsula. Toda su importancia estaba reducida a la fama de que gozaban sus espesos montes, los mas abundantes de Castilla en caza mayor y menor: el jabali, la corza, el ciervo, hasta el oso feroz hallaban vivienda y alimento entre sus altos jarales, sus malezas enredadas y sus silvestres madroneros, que han desaparecido despues ante la destructora civilizacion de los siglos posteriores.

El implacable lenador ha derrocado por el suelo con el hacha en la mano la erguida copa de los pinos y robles corpulentos para satisfacer a las necesidades de la poblacion, considerablemente acrecentada, y el hombre ha venido a hollar la magnifica alfombra que la Naturaleza habia tendido sobre su suelo privilegiado; ha tenido fuerzas para destruir, pero no para reedificar; la Naturaleza ha desaparecido sin que el arte se haya presentado a ocupar su lugar. Inmensos arenales, oprobio de los siglos cultos, ofrecen hoy su desnuda superficie al pie del caminante; al servir los arboles de pasto al fuego insaciable del hogar, los manantiales mismos han torcido su corriente cristalina o la han hundido en las entranas de la madre tierra, conociendo ya, si se nos permite tan atrevida metafora, la inutilidad de su influjo vivificador.

Madrid, el antiguo castillo moro, la pobre y despreciada villa, cino mientras fue olvidada de los hombres la suntuosa guirnalda de verdura con que la Naturaleza quiso engalanarle, y Madrid, la opulenta Corte de reyes poderosos, termino de la concurrencia de una nacion extendida, y tumba de sus caudales inmensos y de los de un mundo nuevo, levanta su frente orgullosa, coronada de quimericos laureles, en medio de un yermo espantoso y semejante al avaro que, henchidas de oro las faltriqueras, no ve en torno de si, doquiera que vuelve los ojos, sino miseria y esterilidad. Al famoso soto de Segovia, que se extendia hasta el Pardo y mas aca, concurrian los reyes y los grandes de Castilla de todas partes para lograr el solaz de la cetreria y de la monteria, placer privilegiado y peculiar de los feudales senores de la epoca.

El sol, rojo como la lumbre, despidiendo sus rayos horizontales por entre las altas copas de los arboles, marcaba el fin proximo de uno de los mas hermosos dias del mes de mayo: como a cosa de dos leguas de Madrid, una compania de cazadores, ricamente engalanados y vestidos, turbaba todavia la tranquilidad del monte y de la selva: varias magnificas tiendas levantadas a orillas del Manzanares eran indicio de haber durado aquel placer algunos dias; acababa de practicarse el ultimo ojeo, y puestos los monteros en acecho, esperaban en las encrucijadas a que asomase por alguna parte el animal para precipitarse sobre el con el venablo aguzado y rendirle en tierra del primer golpe. Infinidad de reses de todas especies, suspendidas fuera y dentro de las tiendas, daban claras muestras de la destreza de los monteros y de la bienandanza del dia.

En una de ellas preparaban varios manjares y daban vueltas a un largo asador dos hombres, que asi revolvian con sus brazos arremangados el asador como atizaban la brasa, que iba dorando ya el engrasado lomo de la victima. Miraban tan interesante operacion otros dos personajes: el uno representaba tener a lo mas treinta anos; su aire no comun, su rostro afable, aunque grave, sus maneras francas y su traje, sobre todo, daban a entender que podia pertenecer, si no al primer rango de la sociedad de aquel tiempo, a una buena familia por lo menos; y de todas suertes se echaba bien de ver a la primera ojeada, en todo su exterior, cierta libertad que solo dan la satisfaccion, la holgura y la costumbre de frecuentar grandes personajes, ya que no se atreviera el observador a asegurar que el lo fuese.

En frente de el se hallaba otro que podria tener veinticinco anos: su personal era bueno, y, sin embargo, no se que expresion particular de siniestra osadia tenia su rostro; una sonrisa asomada de continuo a sus labios le daba cierto aire de complacencia obligada que suponia en el el habito de vivir al lado de personas de categoria superior a la suya; una voz verdaderamente seductora, sobre todo en sus modulaciones, probaba que no descuidaba medio alguno para captarse la voluntad; sus ojos, entre pardos y verdes, tenian no se que de talento y de misterio, y su pelo, crespo y de un rojo muy subido, prestaba a la cara que debiera adornar cierta aspereza y aun ferocidad rechazadora. Vestia un corto sayo pardo de montero, sujeto en el talle por un cinturon de vaqueta verde, prendido con un gran broche de laton; llevaba unos botines altos de pano, del mismo color del sayo y atacados hasta la rodilla, un capacete adornado de plumas blancas, y pendia de su cintura un largo cuchillo de monte. En el momento en que su conversacion empezo a interesar a nuestra historia, decia el primero al segundo: -?

Puedo yo saber, Ferrus, como habeis dejado un solo momento el lado del poderoso conde de Cangas y Tineo?… -Pardiez, senor Vadillo, me gusta mas ver al jabali en la brasa que entre la maleza: sobre todo desde que uno de ellos me rompio el ano pasado junto a Burgos un rico sayo de vellori que me habia regalado el conde mi amo. Desde que me convenci, colgado de un roble, de que no habia mediado entre su colmillo y mi persona mas espacio que el que separa mi ropa de mi cuerpo, jure a todos los santos del paraiso no volver a ponerme en el camino de ningun animal de esa especie. Son tan brutos, que asi respetan ellos a un rimador favorito del pariente del rey como a un montero adocenado. Y puedo yo hacer la misma pregunta al senor Fernan Perez de Vadillo, primer escudero de su senoria? -Os habeis hecho harto curioso y pregunton, Ferrus. Respondedme antes a otra pregunta, y despues vere de responderos a la vuestra, si me place. ?Habeis visto un palafren que acaba de llegar de Madrid cubierto de polvo y devorando tierra no hace medio cuarto de hora? ?Habeisle conocido? -Es Hernando, criado del Doncel. -? Y a que vino? -No lo se, aunque lo sospecho. Me parece que su amo estaba encargado por el conde de una comision particular… El maestre de Calatrava estaba en los ultimos… -Cierto… acaso habra terminado sus dias… -Tal vez… -? Y que podria tener eso de comun con la venida de Hernando? Mucho; me temo que don Enrique de Villena anda hace tiempo acechando un maestrazgo. -? Sabeis que es casado? -? Puede ignorarlo, senor Fernan Perez? Pero puedo asegurar a todo el que tenga interes en saberlo que don Enrique de Villena y su esposa dona Maria de Albornoz no son dos amantes… -? Chiton! , Ferrus, no estamos solos -dijo alarmado el primer escudero echando una ojeada de desconfianza hacia el paraje donde daba vueltas todavia sobre la brasa el ciervo, impelido del brazo del infatigable repostero. -Teneis razon, senor escudero. Nunca me acuerdo de que no es esa gente el mejor consonante para mis trovas. -? Y que quereis decir con la proposicion que habeis aventurado? dijo acercandose a el Vadillo y con tono de voz apenas perceptible. -Solo sabre deciros -contesto Ferrus con igual misterio- que nuestros senores no duermen juntos… -Brava ocasion para chanzas, Ferrus… -? Chanzas, eh? Digalo la senorita Elvira, vuestra misma esposa, que no se separa un punto de la condesa… -Coplero, ? quereis hablar alguna vez con formalidad? ?Y dejara de ser casado porque no haga vida comun con ella? -Decis bien, pero como alla van leyes… No os enojeis, hare por enfrenar mi lengua. ?Sabeis la historia del rey don Pedro? -? Y bien? -Casado estaba con dona Blanca de Borbon… y caso sin embargo con la Padilla… -? Y quereis suponer?… Don Enrique seria capaz de imitar al Rey cruel?… -? No habria un medio de compostura sin necesidad de que muriese mi senora dona Maria? ?No hay casos en que el divorcio?… -Mucho sabeis. -? Pensais que el rey Enrique III podra negar muchas cosas a su tio don Enrique de Villena?… -No; el prestigio de que goza en la Corte es demasiado grande. -? Y pensais que el senor Clemente VII se expondria a perder la amistad y proteccion de Castilla y Aragon en su lucha con Urbano VI por tener el gusto de negar una bula de divorcio al conde de Cangas y Tineo? -Por San Pedro, Ferrus, que teneis cabeza de cortesano mas que de rimador. -Muchas gracias, senor Fernan.

Algunos senores de la Corte que me desprecian cuando pasan delante de mi en el estrado de Su Alteza y que me dan una palmadita en la mejilla diciendome: Adios, Ferrus; dinos una gracia, podrian dar testimonio de mi destreza si supieran ellos… -Entiendo; no estoy en ese caso. -Yo estimo demasiado al primer escudero de mi amo para confundirle con la caterva de cortesanos, cuyo brillo me ofende y cuya insolencia provoca mi venganza. -? Y en que estamos de Hernando y de su comision? -interrumpio Vadillo dandole la mano y apretandosela como para dar a entender que aquel apreton de manos debia significar mas que todas las frases vulgares que en semejantes casos se dicen. Ya he dicho que no se sino que sospecho que el conde quiere ser maestre; que Hernando puede traer noticias de la salud de don Gonzalo de Guzman y que esta noche no se acostara don Enrique de Villena sin haber aligerado y repartido la carga de su secreto, si tiene alguno; tambien quiero ser franco: tal puede ser el que no me sea licito confiarle ni a vos mismo. Pero atended. ?No ois? -? Que es? -repuso el escudero escuchando. -Es la senal de haber salido la pieza; ? no ois los ladridos de los sabuesos y la griteria de los monteros? -En efecto -dijo Vadillo-; salgamos, si es que no teneis miedo tambien de ver a esta distancia la caza. -Salgamos.

Pasaba efectivamente como a tiro de ballesta un horrendo jabali perseguido de una jauria de valientes canes; ya dos de estos habian probado sus agudas defensas, dando al viento su sangre y sus entranas palpitantes; mas de un montero, a punto de dar el golpe que hubiera terminado la ansiedad en que a todos los tenia la fiera, se habia visto arrebatado fuera del sendero que esta seguia por su caballo espantado. «Por el valle, por el valle se escapa», gritaban los ojeadores, y mas de diez cuernos, resonando en medio del silencio de la selva, habian dado aviso a los impacientes cazadores que en el llano se hallaban guardando los pasos y salidas. Mucho menos tiempo del que hemos tardado en describir esta maniobra tardo en desaparecer a los ojos de nuestros pacificos observadores por entre la espesura la encarnizada caterva, cuyos individuos apenas podian percibirse ya a tal distancia y a aquellas horas.

Perdianse en lontananza los cazadores, y el ruido tambien de sus voces y sus bocinas, cuando salieron de la selva dos jinetes galopando a mas galopar hacia las tiendas donde se aderezaba el banquete para la noche, que empezaba ya a convidar al descanso con sus frescas auras y sus tinieblas a los fatigados perseguidores de las inocentes reses del soto de Manzanares, -? No os dije yo -grito Ferrus estirando el cuello y abriendo los ojos para reconocer a los caballeros- que la venida de Hernando nos traeria novedades de importancia? Mirad hacia la derecha por encima de ese ribazo, alli, ? no veis? Entre aquellos dos arboles, el uno mas alto y el otro mas pequeno… mas aca, seguid la indicacion de mi dedo… ahi… ahi… -Si, alli vienen dos galopando… -? No reconoceis el plumero encarnado del mas bajo? -Si; el es… -Hernando es el otro. -? Que apostais a que desde este momento se ha acabado ya la partida de caza? Sin embargo, sabeis que veniamos para cuatro dias, y no llevamos sino tres. -Enhorabuena: pues no vuelva yo a hacer una estancia ni a probar vino de Toro en la copa de mi senor si dormimos esta noche aqui… y voto va que si tal supiera diera principio a una pierna de esa anima en pena que esta purgando en la brasa las corridas inutiles que habra hecho dar por el bosque a mas de cuatro cazadores inexpertos -y lanzo un suspiro clavando sus ojos en el asador, vuelto de espaldas al sitio de donde venian los cabalgantes. -? Que haceis, Ferrus, ahi distraido? Apartad, apartad -grito Vadillo, sacudiendole por un brazo y desviandole del camino mal su grado.

En esto llegaban los jinetes a las tiendas, y mientras que el uno de ellos se adelantaba a apearse y tener de la brida el caballo del otro, Ferrus, ambicioso de servir el primero al recien llegado, gano por la delantera al escudero y tomando el estribo con una mano, mientras que con la otra descubria su cabeza roja y ensortijada, acogio con su acostumbrada sonrisa de deferencia una rapida inclinacion de cabeza y una ojeada de amistosa proteccion que le dispenso el caballero. -Ya veo, Ferrus -le dijo este al apearse-, que pudieras desempenar ese oficio perfectamente si muriesen de repente todos los dignos escuderos de mi casa -y arrojo al descuido una mirada sardonica hacia el negligente Vadillo, que con el capacete en la mano e inclinando el cuerpo, esperaba sin duda a que le dejase algo que hacer el solicito poeta… -No hay duda, senor -contesto Vadillo, apreciando en su justo valor el ligero sarcasmo del caballero-, que la costumbre de correr tras el consonante presta a los poetas cierta agilidad de que nunca podra gloriarse un escudero indigno, aunque hijodalgo. Aunque hijodalgo -dijo entre dientes Ferrus, pero de modo que pudo oirlo el que era objeto de la consideracion y respeto de entrambos-, cada uno es hijo de sus obras, y las mias pueden ser tan honradas como las del primer escudero de Castilla. -Paz, senores, paz -dijo el caballero-; paz entre las musas y los hijosdalgo; en estos momentos he menester mas que nunca de la union de mis leales servidores -y quiso repartir un favor a cada uno para equilibrar el momentaneo desnivel de su constante amistad-. Cubrios, Vadillo; la noche empieza a refrescar y vuestra salud me es harto preciosa para sacrificarla a una etiqueta cortesana. Ferrus, toma ese pliego y cuando estemos en Madrid, me diras tu opinion acerca de ese incidente que me anuncian; tu sabras si es fausto o desdichado para nuestros planes.

Cogio Ferrus el pergamino y guardole en el seno con aire de satisfaccion, echando una mirada de superioridad sobre el desairado escudero; superioridad que efectivamente le daba la confianza que en publico acababa de hacer de el su distinguido senor. Pero este, atento a la menor circunstancia que pudiera renovar el mal apagado fuego de la rivalidad de sus subditos, se apoyo en el brazo de su escudero y llevando a la izquierda al ambicioso juglar y detras a Hernando con entrambos caballos de las bridas, penetro en una tienda, a cuya entrada quedo este respetuosamente, esperando las ordenes que no debian de tardar mucho en comunicarsele. La tienda en que entraron, inmediata a aquella donde hemos dicho que se aprestaban las viandas, se hallaba sencillamente alhajada; una alfombra que representaba la caza del ciervo, y alegorica por onsiguiente a las circunstancias, ofrecia blando suelo a nuestros interlocutores; cuatro tapices de extraordinaria dimension decoraban sus paredes o lienzos con las historias del sacrificio de Abraham, de la casta Susana sorprendida en el bano por los viejos, del arca de Noe y de la muerte de Holofernes a manos de la valiente y hermosa Judit. Una mesa artificiosamente trabajada de modo que pudiera armarse y desarmarse comodamente para esta clase de expediciones y varias banquetas de tijera faciles de plegar completaban el ajuar de aquella vivienda campestre y provisional; una camara interior y reducida estaba ocupada por un lecho con su cubierta de seda labrada de damasco. Algunos arcos y ballestas suspendidas aqui y alli y varios venablos apoyados en los rincones, daban a entender a la primera ojeada el objeto de la expedicion que en el campo detenia por aquellos dias a su dueno.

Una armadura completa que en el lugar preeminente se veia suspendida, manifestaba que la seguridad personal no era olvidada de los caballeros belicosos del siglo XIV ni aun entonces mismo que se entregaban a los placeres de una epoca pacifica y ajena de temores de guerra. -Ferrus, partiremos inmediatamente -dijo el caballero a su confidente. -? Sin cenar, senor? -? Ferrus! -Senor -interrumpio el juglar volviendo en si de la distraccion y falta de respeto a que habia dado ocasion la mucha familiaridad que su amo le consentia-, si tus negocios han menester de mi ayuno y si mi hambre puede en algo contribuir a su buen exito, marchemos… -Naciste para comer, Ferrus; hago mal en creer que tengo un hombre en ti… Pero, gran senor, tu propio anduvieras acertado en restaurar tus fuerzas; el camino hasta Madrid es malo y largo, la noche oscura y Dios sabe si malhechores o enemigos tuyos esperaran a que pasemos para enviarnos en pos del maestre… si es que ha muerto -anadio acercandosele al oido- como presumo. ?Que mal puede haber en que nos pillen reforzados? -En buen hora, bachiller, deja de hablar. Fernan Perez, dispondreis que al rayar manana el dia se recoja la batida, y marchareis conmigo lo mas pronto que pudiereis. Ferrus, haz que nos den un breve refrigerio. Seguire tu consejo. No oye reo su indulto con mas placer que el que experimento Ferrus al escuchar la revocacion de la cruel sentencia, que a dos largas horas de hambre le condenaba.

En pocos minutos se vio cubierta la mesa de un limpio mantel labrado y un opiparo trozo de exquisito morcon curado al fuego se presento ante los avidos ojos de nuestros tres interlocutores. El hidalgo hizo plato a su senor, que no quiso acelerar para su servicio el fin de la caza, ni se curo de llamar a los dependientes, a quienes tales oficios de su casa estaban cometidos; la situacion de su animo, devorado al parecer de secretas ideas y el deseo de permanecer en la compania libre y desembarazada de aquellos en quienes depositaba su confianza, redujo a dos el numero de sus servidores en tan critica situacion. Luego que el hidalgo le hubo hecho plato y Ferrus servidole la copa: Sentaos -dijo- y cenad, Fernan Perez, que bien podeis poner la mano en el plato de mi propia mesa. Sentose respetuosamente al extremo de la mesa Vadillo y el favorito permanecio en pie a la derecha de su senor, recibiendo de su propia mano los mejores bocados que este por encima del hombro le alargaba, como pudiera con un perro querido que hubiera tenido su estatura. Reiase Ferrus, empero, muy bien de esta manera de recibir los trozos de la vianda, a tal de recibirlos; sabia el ademas que lo que hubiera podido parecer desprecio a los ojos de un observador imparcial era una distincion carinosisima que le colocaba sobre todos los subditos del caballero.

Sin mortificarle estas ideas dabase prisa a engullir morcon, sin mas interrupcion que la que exigieron las dos o tres libaciones que con rico vino de Toro, entonces muy apreciado, hacia de cuando en cuando el taciturno y distraido personaje, cuyo nombre y circunstancias singulares no tardaremos en poner en claro para nuestros lectores. Acabose la corta refaccion sin hablar palabra de una parte ni de otra, sirvieronse las especias y pusose aquel en pie. -Partamos. -Pareceme, gran senor, que harias bien en armarte mejor de lo que estas, porque ? vive Dios que no quisiera que se quedase Espana sin tan gran trovador! y… -? Chiton! Ponme en efecto esa armadura. Quitose un capotillo propio de caza, pusose una loriga ricamente recamada de oro sobre terciopelo verde: vistio una fuerte cota de menuda malla; cino una espada y calzo las botas con la espuela de oro, insignia de caballeros de la mas alta jerarquia.

Previnose tambien contra la intemperie envolviendose en un tabardo de velarte, y despues que Ferrus se hubo armado, aunque mas a la ligera, montaron en sus caballos y se despidieron de Fernan Perez, encargandole sobre todo que en manera alguna dejase de estar a la manana siguiente en la camara de Su Grandeza a la hora comun de levantarse; prometiolo Vadillo, besandole el extremo de la loriga, y al son de las cornetas de los cazadores que daban ya la senal de recogida a los monteros desparcidos, picaron de espuela nuestros viajeros seguidos de Hernando. Ya era a la sazon cerrada y oscura la noche; no dicen nuestras leyendas que les acaeciese cosa particular que digna de contar sea.

Ferrus trato varias veces de aventurar alguna frase truhanesca de aquellas que solian provocar el humor festivo de su senor; pero el silencio absoluto de este le probo otras tantas que no era ocasion de bufonadas, y que la cabeza del caballero, sumamente ocupada con las revueltas ideas a que habia dado lugar el pliego que tan intempestivamente habia venido a arrancarle del centro de sus placeres, estaba mas para resolver silenciosamente alguna enredada cuestion de propio interes que para prestar atencion a sus gracias pasajeras. Resignose, pues, con su suerte, y era tanto el silencio y la igualdad de las pisadas de sus trotones, que en medio de las tinieblas nadie hubiera imaginado que podia provenir de tres distintas personas aquel uniforme y monotono compas de pies.

Dos horas habian transcurrido desde su salida de las tiendas, cuando dando en las puertas de Madrid, llegaron a entrar en el cubo de la Almudena, y dirigiendose al alcazar que a la sazon reedificaba el rey don Enrique III en esta humilde villa, llego el principal de los viajeros a su labio el cuerno, que a este fin no dejaba nunca de llevar un caballero, e hizo la senal de uso en aquellos tiempos; la cual oida y respondida en la forma acostumbrada, no tardaron mucho en resonar las pesadas cadenas, que inclinando el puente levadizo, dieron facil entrada en el alcazar a nuestros personajes; dirigiendose inmediatamente a las habitaciones interiores sin interrumpir el silencio de su viaje sino con el ruido de sus fuertes pisadas, cuyo eco resonaba por las galerias donde los dejaremos, difiriendo para el capitulo siguiente la prosecucion del cuento de nuestra historia. Capitulo III |     Ellos en aquesto estando | | | | Su marido que llego: | | | | -? Que haceis la blanca nina, | | | | Hija de padre traidor? | | | | -Senor, peino mis cabellos, | | | | Peinolos con gran dolor, | | | | Que me dejais a mi sola | | | | Y a los montes os vais vos. | | | | Anonimo. |                 |

Hallabase concluida la parte principal del alcazar de Madrid y habitabala ya el Rey con gran parte de su comitiva siempre que el placer de la caza le obligaba a venir a esta villa, cosa que le acontecio algunas veces en su corto reinado. Entre las habitaciones inmediatas a la de Su Alteza se contaban algunas de las principales dignidades de su corte, pero distinguiase entre todas la de don Enrique de Aragon, llamado comunmente de Villena; este joven senor, uno de los mas poderosos y esplendidos de la epoca, era tio del rey don Enrique III y descendiente por linea recta de don Jaime de Aragon. Su padre don Pedro, casado con dona Juana, hija bastarda de don Enrique II, y reina despues de Portugal, habia muerto en la batalla de Aljubarrota.

Correspondiale de derecho a don Enrique el marquesado de Villena, que su abuelo don Alfonso, primer marques de este titulo, a quien le dio don Enrique II, habia cedido a su hijo don Pedro, reservandose solo el usufructo por toda su vida. Pero habiendo el rey don Enrique III en su menor edad invitado al marques don Alfonso a que viniese a ejercer su titulo de condestable de Castilla que le diera don Juan I, y habiendose el negado con frivolos pretextos a tan justa exigencia, se aprovecho esta ocasion de volver a la corona aquellos ricos dominios, que como fronteros de Aragon no se creia prudente que estuviesen en poder de un principe de aquel reino.

Diose en compensacion a don Enrique el senorio de Cangas y Tineo, con titulo de conde, y su mujer dona Maria de Albornoz le habia traido ademas en dote las villas de Alcocer, Salmeron, Valdeolivas y otras; con todo lo cual podia justamente reputarsele uno de los mas ricos senores de Castilla. No habia pensado el nunca en acrecentar sus Estados por los medios comunes en aquel tiempo de conquistas hechas a los moros. Mas cortesano que guerrero y mas ambicioso que cortesano, habia desdenado las armas, para las cuales no era su caracter muy a proposito, y su aficion marcada a las letras le habia impedido adquirir aquella flexibilidad y pulso que requiere la vida de Corte. Las lenguas, la poesia, la historia, las ciencias naturales habian ocupado desde muy pequeno toda su atencion. Habiase entregado tambien al estudio de las matematicas, de la astronomia y de la poca fisica y quimica que entonces se sabia.

Una erudicion tan poco comun en aquel siglo, en que apenas empezaban a brillar las luces en este suelo, debia elevarle sobre el vulgo de los demas caballeros, sus contemporaneos; pero fuese que la multitud ignorante propendiese a achacar a causas sobrenaturales cuanto no estaba a sus alcances, fuese que efectivamente el tratase de prevalecerse y abusar de sus raros conocimientos para deslumbrar a los demas, el hecho es que corrian acerca de su persona rumores extranos, que ora podian en verdad servirle de mucho para sus fines, ora podian tambien perjudicarle en el concepto de las mas de las gentes, para quienes entonces como ahora es siempre una triste recomendacion la de ser extraordinario. No dejaba de ser notado en el, a mas de su ambicion, cierto afecto decidido al bello sexo; y lo que era peor, notabase tambien que nunca se paro en los medios cuando se trataba de conseguir cualquiera de esos dos fines, que tenian igualmente dividida su alma ardiente y que ocuparon exclusivamente todo el transcurso de su vida.

Hallabase ricamente alhajada la parte que en el alcazar habitaba este senor; costosos tapices, ostentosas alfombras de Asia, almohadones de la misma procedencia, cuanto el lujo de la epoca podian permitir, se hallaba alli reunido con el mayor gusto y primor; ardian lentamente en los cuatro angulos del salon principal pebeteros de oro que exhalaban aromas deliciosos del oriente, uso que habian introducido los arabes entre nosotros. A una parte del hogar se veia una mujer joven y asaz bien parecida, vestida con descuido a la moda del tiempo y sentada en una pesada poltrona, notable por su madera y por el mucho trabajo de adornos y relieves con que se habia divertido el artista en sobrecargarla; descansaban sus pies en un lindo taburete, y se hallaba ocupada en una delicada labor de su sexo. Ayudabala enfrente de ella a su trabajo y a pasar las horas de la primera noche otra mujer todavia mas sencilla en u traje y poco mas o menos de su misma edad. Todo lo que la primera le llevaba de ventaja a la segunda en dignidad y riqueza, llevaba la segunda a la primera en gracia y en hermosura. Tez blanca y mas suave a la vista que la misma seda, estatura ni alta ni pequena, pie proporcionado a sus dimensiones, garganta disculpa del atrevimiento y fisonomia llena de alma y de expresion. Su cabello brillaba como el ebano; sus ojos, sin ser negros, tenian toda la expresion y fiereza de tales; sus demas facciones, mas que por una extraordinaria pulidez, se distinguian por su regularidad y sus proporciones marcadas y eran las que un dibujante llamaria en el dia academicas o de estudio.

Sus labios algo gruesos daban a su boca cierta expresion amorosa y de voluptuosidad a que nunca pueden pretender los labios delgados y sutiles, y sus sonrisas frecuentes, llenas de encanto y de dulzura, manifestaban que no ignoraba cuanto valor tenian las dos filas de blancos y menudos dientes que en cada una de ellas francamente descubria. Cierta suave palidez, indicio de que su alma habia sentido ya los primeros tiros del pesar y de la tristeza, al paso que hacia resaltar sus vagas sonrisas, interesaba y rendia a todo el que tenia la desgracia de verla una vez para su eterno tormento. En el otro extremo del salon bordaban un tapiz varias duenas y doncellas en silencio, muestra del respeto que a su senora tenian. Hablaba esta con su dama favorita, pero en n tono de voz tal, que hubiera sido muy dificil a las demas personas, que al otro lado de la habitacion se hallaban, enlazar y coordinar las pocas palabras sueltas que llegaban a sus oidos enteras de rato en rato, cuando la vehemencia en el decir o alguna rapida exclamacion hacian subir de punto las entonaciones del dialogo entre las dos establecido. -Elvira -decia dona Maria de Albornoz a su camarera-, Elvira, ? cuanta envidia te tengo! -? Envidia, senora? ?A mi? -contesto Elvira con curiosidad. -Si; ? que puedes desear? Tienes un marido que te ama y de quien te casaste enamorada; tu posicion en el mundo te mantiene a cubierto de los tiros de la ambicion y de las intrigas de la Corte… -?

Y es dona Maria de Albornoz, la rica heredera y la esposa del ilustre don Enrique de Villena, quien tiene envidia a la mujer de un hidalgo particular?… -? De que me sirve ser la esposa de ese ilustre don Enrique si lo soy solo en el nombre? Mira lo que en este momento esta pasando; tres dias hace ya que partio a caza de monteria; en esos tres dias Fernan Perez de Vadillo ha venido dos veces a ver a su mujer, y el conde de Cangas y Tineo prefiere a la vista de la suya la de los jabalies y ciervos del soto. Elvira, si se hicieran las cosas dos veces, dona Maria de Albornoz no volveria a dar su mano a un hombre cuyos sentimientos no le fuesen bien conocidos, ? maldita razon de estado! a un hombre de quien no supiese con seguridad que habia de ser el mismo con ella a los tres anos que a los tres dias. -? Donde esta, senora, ese caballero? -pregunto con distraccion Elvira, lanzando un suspiro-. ?Donde esta? -? Donde esta? -repitio asombrada la de Albornoz-. ?Tan dificil crees encontrar un esposo que me ame mas que don Enrique? -Si me lo permitis, dire que no seria dificil; pero desde que un esposo os ame mas que don Enrique hasta el hombre que buscabais hace poco hay la misma distancia que hay desde la idea imaginaria que del matrimonio os habeis formado, hasta la realidad de lo que es este vinculo en si verdaderamente. -No te entiendo, Elvira. -?

Y me entenderiais si os dijera que hace tres anos que me case enamorada con Fernan Perez de Vadillo, y que el no lo estaba menos segun todas las pruebas que de ello me tenia dadas, y si os anadiese que ni yo encuentro ya en mi excelente esposo el amante por mas que le busco ni el acaso encontrara en mi a la Elvira de nuestros amores? -? Que dices? -Acaso no podreis concebirlo. Es la verdad, sin embargo; estad segura, empero, de que en Castilla dificilmente pudierais encontrar matrimonio mejor avenido; el me estima, y yo no hallo en el mundo otro que merezca mas mi preferencia. ?Ah! senora, no esta el mal en el ni en mi; el mal ha de estar o en quien nos hizo de esta manera o en quien exige de la flaca humanidad mas de lo que ella puede dar de si… Perdonadme, senora; no debiera acaso hablar en estos terminos, pero solo a vos confiaria estos sentimientos que quisiera mantener encerrados eternamente en mi corazon.

La vida comun, en la cual cada nuevo sol ilumina en el consorte un nuevo defecto que la venda de la pasion no nos habia permitido ver la vispera en el amante, se opondra siempre a la duracion del amor entre los esposos. En cambio, una estimacion mas solida y un carino de otra especie se establecen entre los desposados, y si ambos tienen alternativamente la deferencia necesaria para vivir felices, podra no pesarles de haberse enlazado para siempre. -? Que consuelo derraman tus palabras en mi corazon, Elvira! Si tu no te consideras completamente dichosa, creo tener menos motivos para quejarme; sin embargo, de buena gana te pediria un consejo que creo necesitar. Si tu esposo te insultase diariamente con su frialdad y su indiferencia nada menos que galantes, si tus virtudes no te bastasen a esclavizarle y contenerle en la carrera del deber… Redoblaria, senora, esas virtudes mismas; no se si el cielo me tiene reservada esa amarga prueba; pero si tal caso llegase, fuerzas le pediria solo para resistirla y para vencer en generosidad al mal caballero que con tan negra ingratitud premiase mi carino y mi conducta irreprensible. -Basta, Elvira, basta; seguire tu consejo; esta en armonia con mis propios sentimientos. Si, la paciencia y la resignacion seran mis primeras virtudes. ?Ah, don Enrique, don Enrique! ?Y que mal pagais mi afecto! ?Y que poco sabeis apreciar la esposa que teneis! -? Tened, senora! ?No ois la senal del conde? ?No habeis oido una corneta? -Imposible; llevan solo tres dias y fueron para cuatro. -No importa; no he podido equivocarme; no, no me he equivocado; ? ois las pesadas cadenas del puente? -? Cielos! No le esperaba. ?Ah! stoy demasiado sencilla; Dios sabe si no sera perdido el trabajo que emplee en adornarme. -? Que decis? -Si; llama a mis duenas. Acercaronse dos duenas de las que en la extremidad de la sala bordaban a la indicacion que Elvira les hizo levantandose y prosiguio la condesa: -Arreglad mis cabellos, pasadme un vestido con el cual pueda recibir dignamente a mi esposo; probablemente nos dara lugar; nunca que viene de fuera deja de dirigirse primero a la camara del Rey para informarle de su llegada. Jamas me parecera bastante todo el cuidado que puedo tener en engalanarme y aparecer a sus ojos armada de las unicas ventajas que nuestro sexo nos concede.

Este mismo cuidado le probara el aprecio que hago de su amor; acaso vuelva en si algun dia avergonzado de su conducta, y acaso no se frustren estas esperanzas que ahora te parecen infundadas. Llegaron dos doncellas que en el menor espacio de tiempo posible recogieron sus hermosos cabellos sobre su frente y los prendieron con una rica diadema de esmeraldas, sustituyendo asimismo al sencillo vestido que la cubria otro lujosamente recamado de plata. -Llegad, Guiomar -dijo a una de sus sirvientes dona Maria de Albornoz-, llegad hasta el alabardero de la camara del Rey y ved de inquirir si es efectivamente don Enrique de Villena el caballero que acaba de entrar en el alcazar, como tengo sobrados motivos para sospecharlo. Inclino Guiomar la cabeza y salio a obedecer la orden que se le acababa de dar. -?

Puedes comprender, Elvira, la causa que me vuelve a mi esposo un dia antes de lo que esperaba? ?Acaso habra amenazado su vida algun riesgo inesperado? -No lo temas, senora. En el dia y en este punto de Castilla ningun miedo puede inspirarnos ni el moro granadino ni el portugues, y por parte de los demas grandes, don Enrique esta bien en la actualidad con todos. Acaso el Rey le habra enviado a buscar; algun asunto de Estado podra reclamar su presencia. -Dices bien; me ocurre que la llegada del caballero que a todo correr entro esta manana en el alcazar pudiera tener algo de comun con esta sorpresa… -? Que motivos tienes, senora, para presumir?… Motivos… , ninguno… ; pero mi corazon me engana rara vez; y aun si he de creer a sus pensamientos, nada bueno me anuncia este suceso. -? Pero sabes, senora, quien fuese el caballero? -Hanme dicho solo que venia con un su escudero de Calatrava. -? De Calatrava? ?Y no sabes mas?… -Dicen que es un caballero que viene todo de negro… -? De negro? -Quien me ha dado estos detalles ha dicho que no sabia mas del particular; pero pareceme, Elvira, que te ha suspendido esta escasa noticia que apenas basta para fijar mis ideas. ?Conoces algun caballero de esas senas?… -No, senora… son tan pocas las que me das… -Estas, sin embargo, inmutada… Guiomar esta aqui ya -interrumpio Elvira, como aprovechando esta ocasion que la libraba de tener que dar una explicacion acerca de este reparo de la condesa-: ella nos dara cuenta de… -Guiomar -dijo levantandose dona Maria de Albornoz-, Guiomar, ? es mi esposo quien ha llegado? -Si, senora, es don Enrique de Villena. -Elvira, nuestros esposos. -No, senora, viene solo con su juglar y con el escudero del caballero del negro penacho, que llego esta manana al alcazar. -Mi corazon me decia que tenia algo de comun un suceso con el otro… ?Y por que tarda en llegar a los brazos de su esposa, Guiomar? -Senora, no puedo satisfacer a tu pregunta: ni yo he visto a tu senor ni le han visto en la camara del Rey todavia. -? No? Parece que se ha dirigido en cuanto ha llegado a preguntar por la habitacion del caballero recien venido de Calatrava. -? Que confusion en mis ideas! Despejad vosotras, siento pasos de hombres; ellos son; Elvira, permanece tu sola a mi lado. Oianse, efectivamente, las pisadas aceleradas de varias personas, y se podia inferir que trataban andando cosas de mas que de mediana importancia, porque se paraban de trecho en trecho; volvian a andar y volvian a pararse, hasta que se les oyo en el dintel mismo del gran salon. Las duenas y doncellas salieron a la indicacion de su ama, y solo la impaciente dona Maria y su distraida camarera quedaron dentro con los ojos clavados en la puerta que debia abrirse muy pronto para dar entrada al esperado esposo. Podeis retiraros -dijo al entrar don Enrique de Villena a dos personas de tres que le acompanaban, y saludandose unos a otros cortesmente, el conde con su juglar se presento dentro del salon a la vista de su consorte anhelante. -Esposo mio -exclamo dona Maria, previniendo las frias caricias de su severo esposo-. ?Tu en mis brazos tan presto? -? Os pesa, dona Maria? -,contesto con risa sardonica el desagradecido caballero. -? Pesarme a mi de tu venida! Yo que no deseo otra dicha sino tu presencia y que solo para ti existo. -Y que solo para ti me engalano, pudierais anadir, hoy que os encuentro tan prendida sabiendo que estoy en el monte. -Y si solo tu venida… -Me es indiferente, senora… -Indiferente… ?Ah!… Venis a insultar como de costumbre a mi dolor y a mi… -Acabad… -Si, acabare… a mi necedad… Basta; no estamos solos, senora. -? Elvira! -dijo la de Albornoz, echando sobre su camarera una mirada de dolor. -Te entiendo, senora… te esperare en tu camara. Salio dona Elvira del salon por una puerta que daba a otra pieza inmediata, con rostro decaido, ora procediendo su abatimiento de la prolongacion imprevista de la ausencia de su esposo, o, lo que es mas creible, de la esperanza chasqueada que de ver entrar al caballero de Calatrava habia alimentado inutilmente. -Ferrus, vos tambien podeis iros -dijo don Enrique a su juglar-; esperadme en mi camara, pero haced retirar a todo el mundo; que se acuesten mis donceles y mis pajes; vos solo podeis quedaros… enemos que tratar materias en que no habemos menester testigos. -Seras obedecido-dijo el juglar, y salio dejando a la de Albornoz retorciendo sus manos en medio de su desesperacion y con los ojos clavados en el conde con cierto asombro, nada de extranar en quien estaba como ella muy poco acostumbrada a tener con su esposo escenas solitarias como la que al parecer de intento la preparaba. -Ya estamos solos -exclamo don Enrique levantandose-. Extranareis este paso sin duda, la de Albornoz… -Al llegar aqui callo como si no estuviera muy resuelto todavia a decir lo que traia pensado, y empezo a pasearse a lo largo con pasos tendidos y acelerados… Perdonadme si no os he respondido mas pronto -contesto su esposa despues de una ligera pausa-; crei que ibais a seguir hablando. ?Debere alegrarme de esta inesperada entrevista? ?Por fin vuestro corazon, don Enrique, se ha rendido a mi amor? ?Habeis pensado ya decididamente volver la paz al pecho de vuestra esposa y cortar de raiz las rencillas que han amargado hasta ahora nuestra desdichada union? -? Desdichada? , maldecida debierais decir -murmuro entre dientes el conde, paseandose siempre sin volver los ojos una sola vez a mirar a su afligida mitad. -Si tal es vuestro intento -continuo sin oirle la de Albornoz-, ? que tardais en venir a los brazos de la mujer que mas os ama y que no ha amado nunca sino a vos?… Desechad esa dura indiferencia…

Si algun rubor de vuestra pasada frialdad os impide darme ese contento, yo os lo perdono todo. -Perdon… -grito fuera de si el conde al oir esta palabra, que le saco de su letargo-. Perdon… vos a mi. ?Y sabeis antes si os perdono yo a vos? -? Santo cielo! ?Que palabras! ?Pues en que pude yo ser culpable jamas? ?En amaros demasiado, en sufriros?… ?Ah! perdonad, pero soy vuestra esposa y tengo derecho a vuestro amor, o por lo menos a vuestra consideracion. -No se trata ya de amor. -? Se ha tratado con vos alguna vez? -Lo ignoro; solo se que ha llegado el caso de un rompimiento completo. -? Un rompimiento? ?Desgraciada Maria!… ?Y que causa podreis alegar para tan indigna conducta? -? Maria! -grito don Enrique. Si, sacad el punal todo; no os contenteis con apretarle en vuestra mano; aqui teneis el corazon criminal que os ha querido bien; acabad de una vez con el unico estorbo de vuestros intentos… De otra manera, don Enrique, jamas conseguireis esa separacion; yo quiero antes saber el motivo que os conduce a… -Ya lo podeis haber conocido; el estudio que ocupa todas las horas de mi vida me impide que me entregue como debiera a la contemplacion de una belleza terrenal… los hondos arcanos de las ciencias, el objeto importante de mis tareas misteriosas… -? Vos pretendeis embaucar como al vulgo de las gentes a vuestra misma esposa?… ?Delirios! Bien, senora, pues que no os satisface esa respuesta, os dire secamente: mi voluntad. -Para ese divorcio que pretendeis necesitais de la mia. -Y esa es precisamente la que vengo a pediros… -? Yo dar mi consentimiento? -Vos…. si. -Jamas. -? Maria! ?Conoces mi furor? Tu me le daras… -? Ah! , vos ocultais mal vuestra perfidia; vos amais a otra; no, no puede tener otro origen ese extrano interes que manifestais. -? A otra mujer? -interrumpio rojo de colera don Enrique-. Cuando don Enrique de Villena pueda volver al estado de la estupidez y de la ignorancia de un ente que nace al mundo, entonces amara a una mujer… -? Mentis, don Enrique!… -?

Mentis, Maria, habeis dicho? ?Mentis? -Nada temo ya; mentis como fementido caballero; yo os he visto mas de una vez, yo os he visto profanar con miradas de iniquidad la faz mas pura acaso y celestial que existe sobre la tierra; yo he leido en vuestros ojos el pecado, no me lo ocultareis… -? Silencio! -Los ojos de una mujer que quiere ven mas de lo que pensais los hombres insensatos e ignorantes en medio de vuestra sabiduria… -? Silencio, repito! -dijo con voz ronca don Enrique-. Oid; quiero conceder vuestras gratuitas suposiciones: ? pretendeis, imaginais vencer mi repugnancia a fuerza de amor? Si tanto sabeis, no podeis ignorar que vuestra solicitud seria inutil… Lo se; dad gracias, don Enrique, a que no de ahora lo se, y a que he llorado muchas lagrimas que han desahogado mi corazon; que de no, con mis propias manos yo os hiciera pagar… -Teneos, Maria; y acabemos… Si lo sabeis, y si ya de mucho tiempo habeis consentido en ello, de nada servira vuestra tenacidad; dadme vuestro consentimiento y retiraos a un monasterio. Los estados de Salmeron, Alcolea y Valdeolivas que me trajisteis al matrimonio pagaran esplendidamente vuestra dote. -Nunca; lo se, y se que todos mis esfuerzos seran inutiles; cedere, si, cedere a la fuerza de los sucesos; empero nunca pondre yo misma la primera piedra para el edificio de mi deshonra. Haced, don Enrique, lo que gusteis; pero puesto que quereis guerra, guerra os juro de muerte… Maria, es en vano; desprecio tus balandronadas; mira ese pergamino: tu firma hace falta al pie… -Dejadme… Soltad… -No os ireis sin firmarle. -? Cual es su contenido? -Una demanda de divorcio que pedis vos misma… -? Yo? Soltad. -No -exclamo don Enrique deteniendola con una mano, mientras le ensenaba el pergamino extendido sobre la mesa con la otra, en que relucia su agudo punal. -? Nunca! ?Socorro! ?Elvira! ?Elvira! -grito la desesperada condesa huyendo hacia la camara. -Callad, o sois muerta -interrumpio con voz reconcentrada el conde, fuera de si, arrojandose delante de ella para impedirle la salida-; callad o templad este punal. Pero ya era tarde: la ondesa habia llegado al colmo de su indignacion, que estallaba en aquella coyuntura con tanta mas fuerza cuanto mayor tiempo habia estado comprimida en el fondo de su corazon. En vano procuraba taparla la boca su iracundo esposo imponiendole repetidas veces la mano sobre los labios; no bien la separaba, sonidos inarticulados se escapaban del pecho de la condesa y resonaban por los ambitos del salon; en balde trataba el conde de sujetarla a sus plantas, la condesa, de rodillas conforme habia caido al querer huir, hacia inconcebibles esfuerzos por desasirse de aquellos lazos crueles que la detenian. -? No firmareis? -repitio cuando la tuvo mas sujeta don Enrique-. ?No firmareis?

En este momento se oyo una puerta que, girando sobre sus goznes ruidosos, iba a dar entrada en el salon a Elvira, que asustada acudia a las voces de su senora. -Si -grito levantandose la de Albornoz animada con el ruido de la puerta, que hacia perder asimismo su posicion opresora al conde-, si, firmare, firmare -y anadiendo pero de esta manera, y precipitandose sobre el pergamino, lo arrojo al fuego inmediato, sin que pudiera evitarlo don Enrique estupefacto, a quien habia quitado la accion la inesperada vista de Elvira. -? Que teneis, senora, que dais tantos gritos? -pregunto azorada Elvira, echando una mirada exploradora de desconfianza hacia el conde, que con los brazos cruzados, pero sin pensar en esconder el punal, parecia su propia estatua enclavada en medio de su casa.

Arrojose la condesa en brazos de Elvira sin tener aliento sino para exhalar tristisimos ayes y profundos suspiros y regar con abundantes y ardientes lagrimas el pecho de su camarera, donde oculto su rostro avergonzado. Volvio el conde al mismo tiempo las espaldas, sonriendose con cierta expresion sardonica de desprecio y de indignacion, y sin proferir una sola palabra que pudiese dar a Elvira la clave de lo que entre sus senores habia pasado, anduvo varios pasos, escondio su punal en la vaina y al llegar a la pared apreto con su dedo un resorte oculto en la tapiceria, el cual cedio y manifesto una puerta de la altura y ancho de una persona, secretamente practicada en aquella parte.

Por ella desaparecio como un espectro que se hunde en una pared o que se borra y desvanece al mirarle detenidamente; que no otra cosa hubiera parecido el conde al espectador que le hubiera mirado estando ignorante de la salida misteriosa, la cual no dejo despues de su desaparicion la menor senal de fractura, raya o llave, por donde pudiese conocerse que no era obra de magia o de encantamiento. Capitulo IV |     Este es aquel Albenzayde | | | | Que entre todos tiene fama. | | | | Floresta de var. rom. |                 | La camara de don Enrique de Villena, adonde vamos a trasladar a nuestro lector, era una rareza en el siglo XV. Una ancha y pesada mesa, que en balde intentariamos comparar con ninguna de las que entre nosotros se usan, era el mueble que mas llamaba la atencion al entrar por primera vez en el estudio del sabio.

Varios voluminosos libros, de los cuales algunos abiertos presentaban a la vista del curioso gruesos caracteres goticos estampados, o mejor diremos, dibujados sobre pulidas hojas de pergamino; un reloj de arena; un enorme tintero, cuyos algodones hubieran podido prestar zumo para varios tomos en folio; dos o tres lunas redondas, de aquellas con que solia surtir la reina del Adriatico entonces a las personas ricas; algun espejo metalico girando sobre un eje a la manera de los modernos tocadores de las damas; varios instrumentos groseros de matematicas, que el vulgo creia talismanes magicos, y no pocos alambiques y redomas aplicables a usos quimicos, si asi podemos llamar a las confecciones misteriosas de los que en aquella epoca encanecian buscando la piedra filosofal o la esencia del oro; crisoles y aparatos sencillos, si bien costosos, de fisica, eran los objetos que cubrian la mesa que hemos procurado describir; veianse a otra parte de la habitacion armas ofensivas y defensivas, que, segun la estima que en aquellos tiempos beligeros tenian, no dejaban nunca de verse en las camaras de los caballeros; una lampara de cuatro mecheros, suspendida del artistico arteson, y otra manual y mas pequena colocada entre la confusion de objetos que llenaban la mesa,

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