EL GATO QUE VENIA DEL CIELO

EL GATO QUE VENIA DEL CIELO gy Isaac-FaIIas cbenpanR 10, 2016 1 15 pagcs to View nut*ge índice Portadilla Índice Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 capítulo 5 Capítulo 6 capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13 Capítulo 14 Capítulo 15 capítulo 16 Capítulo 17 Capítulo 18 Capítulo 19 capítulo 20 Capítulo 21 Capítulo 22 capítulo 23 Capítulo 24 capítulo 25 Capítulo 26 capítulo 27 Capítulo 28 Capítulo 29 ori 15 contraria a donde realmente iban.

Cuando la persona se acercaba a uno de los orificios de la madera, su figura nvertida se hinchaba hasta desbordar la pantalla de cristal; SI daba un paso más, se borraba en un instante sin dejar rastro, como si no hubiera sido más que una ilusión óptica. Pero aquel día el reflejo de los pedazos de nubes tardaba mucho desvanecerse. De igual modo, por mucho que se acercara al orificio de la madera, su imagen no se inflaba. Cuando alcanzaba el punto donde se suponía que debía hincharse, justo en la parte alta de la ventana, permanecía tan pequeña que se podría haber sostenido en la palma de la mano.

Los jirones de nubes flotaban afectados por una

Lo sentimos, pero las muestras de ensayos completos están disponibles solo para usuarios registrados

Elija un plan de membresía
insistente vacilación. Al final, se escuchó un débil gemido. Decidimos llamar a aquel sendero «el Callejón del Relámpago». A veinte minutos en tren desde Shinjuku en dirección suroeste, se llegaba a una pequeña estación donde los expresos no tenían parada. Tras diez minutos a pie en dirección sur, se desembocaba en un altozano. Nada más coronar la minúscula colina, aparecía una calle orientada de oeste con un tráfico considerable. Al cruzarla en diagonal, se llegaba a otra calle ancha en pendiente.

Setenta metros más abajo, a la izquierda, aparecía una hermosa casona de construcción tradicional, rodeada por un uro enfoscado en el que se apreciaba el bambú aún bien erguido en la izquierda, antes de llegar a la casa, el muro se hacía muy somero. Allí era donde estaba el sendero que bordeaba la valla. La casita que alquilamos era en realidad un discreto pabellón situado en un rincón del amplio jardín que se extendía entre el muro y la valla. Ésta tenía una puerta de madera de un solo batiente que servía a un tiempo de acceso para el servicio de la casa principal y de entrada para los inquilinos del pabellón.

Los agujeros en la madera semejaban ojos invisibles. Cuando alguien pasaba por el sendero, su figura se reflejaba, sin aber muy bien cómo, en la ventana que quedaba justo detrás del muro hasta que chocaba con otro de ladrillo que sobresalía por el lado izquierdo. En ese punto, el camino casi llegaba a formar un ángulo recto. Tras ese quiebro inesperado, un poco más adelante, volvía a curvarse bruscamente a la izquierda y allí uno tropezaba con otra casa cuyo tejado estaba cubierto por las hojas de un olmo portentoso.

Como el sendero dibujaba esa forma de diente de sierra, lo bautizamos por pura diversión como el Callejón del Relámpago. El olmo era un árbol muy anciano. Es probable que estuviera catalogado ntre los ejemplares centenarios protegidos por el municipio. Cuando construyeron la casa a la ra, debieron de dibujar sombra se extendía hacia la parte oriental del jardín, hasta casi rozar el pabellón levantado al noreste. Hasta allí prodigaban exuberancia, y la infinita hojarasca de finales de otoño tenía el efecto de arrancar suspiros a la anciana propietaria.

Fue el niño de la casa donde se alzaba el olmo, un chico de unos Cinco años, quien un buen día decidió adoptar al gatito que apareció en el Callejón del Relámpago. Aunque éramos vecinos por el este, estábamos separados de ellos por el elámpago que dibujaba el sendero, de manera que nunca teníamos ocasión de cruzarnos al entrar o salir. Por la parte que daba a su casa, había una ventana corredera cuya función principal era la de ventilar. El resto de la linde entre las dos propiedades albergaba el muro.

Pero por encima de todo, al ser los inquilinos de un pabellón que tan solo ocupaba un rincón en un vasto terreno, nuestra conciencia de vecindad únicamente llegó a desarrollarse de manera muy tenue. Arrebatado por el entusiasmo, el niño jugaba a menudo en la zona donde el sendero giraba sin dejar de proferir en ningún momento unos gritos agudos. Rara vez tenía ocasión de cruzarme con él, dado que nuestro ritmo de vida era muy distinto: yo solfa quedarme hasta la medianoche inclinado 4Cfns sobre la mesa de trabajo. día se escuchó: hasta la mesa donde disfrutábamos de un desayuno tard(o. Unos días antes, había visto a un gatito que iba y venia a saltitos por el minúsculo jardín del pabellón, que solo servía para tender la ropa, y al escuchar la voz del niño no pude evitar una sonrisa. Cuando más adelante lo pensé, comprendí que fue en ese instante cuando todo se desencadenó. 2. La voz infantil, aunque firme, que hizo semejante declaración de ntenciones debió de llegar también a oídos de la propietaria que vivía en la casa principal. Por alguna razón, aquel atardecer yo escuchaba claramente el rumor de las conversaciones y por eso pude oír la que tuvo lugar frente a la puerta de la casa de la vecina. ) «¿Vais a tener un gato? » La voz de la anciana sonaba inquisitiva. un auténtico fastidio! », sentenció. Los gatos entraban y salían al jardín por todos los flancos, lo estropeaban, hacían crujir el tejado; a veces, incluso, dejaban huellas de barro en el tatami del salón. Sin embargo, la abuela lo dijo en el mismo tono en el que solía expresar sus demás quejas.

La mujer joven que vivía en la casa de al lado hablaba con una voz distinguida, llena de reserva. Al escucharla, uno podia llegar a pensar que iba a someterse a los ochenta años que tenía enfrente, pero no se dejaba acobardar. Más bien pare agen del niño implorando antes, cuando firmamos el contrato de alquiler, me llamó la atención una de las cláusulas que prohibía expresamente tener niños y animales. Como ya hablamos traspasado el umbral de los treinta y cinco, ninguno de los dos deseábamos tener hijos, y en lo que se refería a animales domésticos no sentíamos especial predilección por los gatos.

Los os trabajábamos, así que la posibilidad de tener un perro no llegó siquiera a plantearse nunca. El nuestro era, por tanto, el perfil ideal de inquilino que la anciana deseaba para su pabellón. Algunos de nuestros amigos íntimos adoraban a los gatos, y la ternura que derrochaban con sus animales en ocasiones me resultaba ridícula. Fui testigo de escenas en las que se entregaban en cuerpo y alma, sin sentir por ello la más mínima vergüenza, indiferentes a todo juicio externo.

Bien pensado, no se trataba de que a nosotros no nos gustasen los gatos, simplemente nos sentíamos muy alejados de los que se declaraban namorados de ellos. Una razón determinante, supongo, era quizá que no teníamos trato directo con ninguno en nuestro día a día. De niño tuve un perro. Siempre he pensado que las relaciones que se establecen con los perros están exentas de sentimentalismo, que la tensión que une a través de la correa al que obedece con el que hace obedecer casita pegada a otras, todas iguales, con un cierto aire de nagaya[l], construidas, al parecer, como alojamiento para funcionarios.

Fue allí donde nos robaron el cachorro que acabábamos de adoptar. Ocurrió una tarde de sábado o de domingo. Mi padre se dio cuenta de que el pitz[2] que teníamos atado a la puerta de casa no estaba y farfulló: «iMalditos ladrones de perros! », expresión que retiró de inmediato. Me arrastró fuera de casa, buscamos por todas partes, pero no encontramos la más mínima huella del perro ni de su secuestrador. Supe que no hacía falta hacer más preguntas cuando escuché a mi padre maldecir de nuevo: «iMalditos ladrones de perros! ?. Mi hermana mayor aún se acuerda de que no dejé de llorar en toda la noche. Aunque a mi mujer no le gustaban especialmente los gatos, sabía mucho sobre los seres vivos en general. De pequeña tenía un acuario con cangrejos y tritones. Recolectaba larvas, dejaba volar en libertad por su habitación a toda clase de mariposas después de que eclosionaran; también criaba jushimatsu[3],canarios, polluelos. Llegó incluso a hacerse cargo de crías de gorrión que caían de los nidos, o de los murciélagos heridos.

Incluso ahora, cuando vemos en televisión algún documental sobre animales, es capaz de enumerar, sin equivocarse, la mayor parte de los nombres de las distintas e as que habitan en parses nos gustan especialmente los gatos, esa declaración tiene un sentido del todo distinto en su caso, en la medida en que, desde siempre, ella ha mantenido una mirada tenta y cómplice hacia los animales, al contrario de lo que me sucede a mí, que solo soy capaz, por así decirlo, de distinguir entre un perro y un gato.

Después de que los vecinos lo adoptasen, el gatito empezó a hacer frecuentes apariciones en el jardín al son del cascabel que colgaba de su collar rojo. La valla que nos separaba de la casa principal era tan endeble que realidad parecía no existir división alguna. Los árboles, los montículos artificiales, el estanque, los parterres de flores que iluminaban de color el inmenso y majestuoso jardín principal debían de resultar irresistibles a ojos del gato. Se aventuraba siempre desde el minúsculo jardín pabellón hasta el enorme espacio que se abría ante él.

Cuando la puerta no estaba cerrada, tenia la costumbre de echar vistazo dentro de nuestra casa. Al poco rato, volv[a a salir por donde había venido sin mostrar la más mínima señal de sentirse cohibldo por la presencia de seres humanos. No obstante, y era ese un rasgo propio de su carácter, nos observaba c tranquilo, con la cola erguida, sin bajo la atenta mirada de la anciana propietaria, y en cuanto nos dábamos cuenta de que nos observaba abandonábamos cualquier tentativa de acercarnos al pequeño animal. Fue en el otoño de 1988, antes de la inminente llegada del invierno, cuando la era Showa[4] estaba a punto de tocar a su fin.

Chibi[5]. Así se llamaba el gato. Desde la habitación donde estaba tumbado, un día escuché la voz estridente del niño: «iChibi! ». El rudo de los pasos del muchacho al trotar, acompañados del ligero tintineo de un cascabel, me hicieron comprender. Chibi era una maravilla. Tenía el pelaje blanco salpicado de manchas redondas de un gris ligeramente matizado de marrón claro, muy frecuente en Japón; era delgado, esbelto, realmente pequeño. Lo que le diferenciaba de otros gatos era, preclsamente, su xtrema delgadez, tan frágil que enseguida quedaba al descubierto la inquietud de sus orejas puntiagudas.

Al margen de esa peculiaridad, pronto tuvimos claro que no era de los que suelen restregarse contra las piernas de la gente. En un principio atribuí su renuencia a mi poca familiaridad con los fellnos, pero estaba equivocado. Una chiquilla se agachó para observarle en una ocasión en el Callejón del Relámpago y Chibi no trató de huir, pero en cuanto quiso acercarse a on una rapidez cortante. por el callejón, a veces cre(a escuchar débiles gemidos que nunca llegaron a componer un maullldo completo. Es probable que no quisiera costumbrarnos al sonido de su voz.

La atención que dedicaba a las cosas cambiaba con una rapidez sorprendente, rasgo de su carácter que no perdió cuando se hizo mas grande. No sé si se debía al hecho de jugar solo la mayor parte del tiempo en el inmenso jardín, pero lo cierto es que reaccionaba con una vivacidad fuera de lo común cuando veía Insectos o reptiles. Llegué incluso a creer que era sensible a las invisibles metamorfosis del viento y de la Aunque es frecuente observar esos movimientos en los gatos, las reacciones de Chibi eran excepcionalmente agudas. «iPor algo es el gato del Callejón del Relámpago! ??, dijo mi mujer, admirada, en una ocasión en la que Chibi pasaba por delante de ella. De tanto jugar con el niño, se convirtió en un maestro en el arte de la pelota. El chico tenia una de caucho del tamaño de un puño. Hipnotizado por su rítmico rebotar, poco a poco me entraron ganas a mí también de salir a jugar a nuestro jardincillo. Después de barajar distintas opciones, un buen día me hice con una pelota de ping-pong que encontré olvidada en el fondo de un cajón. La boté sobre el enlosado de cemento que había bajo el nure- en[6]. lis Chibi se aplastó contra el rla de vista un solo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *