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La sonrisa de la Gioconda Memorias de Leonardo Luis Racionero Premio de Novela Fernando Lara 1999 Premio C Luis Racionero, 1 999 C Editorial Planeta, S, A. , 2005 Avinguda Diagonal, 662, 6″ planta. 08034 Barcelona (España) Diseño de la cubierta: Hans Geel Svipe nextp Ilustración de la cubi Fotografía del autor. Primera edición Cole Segunda edición: ene Depósito Legal: B. 2. ISBN: 8408055534 317 br 2004 Impresión y encuadernación: Liberdúplex, S.

L. Printed in Spain Impreso en España La Fundación José Manuel Lara y Editorial Planeta convocan el Pr emio de Novela Fernando Lara, fiel al objetivo de Editorial Planeta de estim lar la creación literaria y contribuir a su difusión. Esta novela obtuvo el IV Premio de Novela Fernando Lara, concedi do por el siguiente jurado: José Manuel Lara Hernández, erenci Moix, Lui s María Ansón, Carlos Pujol, José Enrique Rosendo y Manuel Lombardero. úsica y luz, pero algo me incita a explicarme contigo, porque sé, aunque Jamás me lo hayas dicho, que en muchas cosas no me has comprendido ; a pesar de lo cual tu incesante bondad no ha flaqueado. Te debo una explicació n por Salai, por el español, por Ludovico, por el desdichado Juan Galeazzo. Sé

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que no me lo ides, pero veo en tus ojos el reproche de lo incomprendido. Nunca he discutido ni me he excusado. He adulado a veces, cuan do era necesario para conseguir mis propósitos. ?Te acuerdas de la satisf acción del rey Francisco I cuando le presenté el león mecánico de oro, de cuyo p echo saltaron los lises de Francia? Tampoco estuvo mal mi entrada en Milán cuando improvisé y canté para Ludovico con la lira de nueve cuerdas sobr e una dorada cabeza de caballo que me había cincelado Verrocchio. Alli me gané al desconfiado y altanero Ludovico Sforza. pero si no me he excusado ni enzarzado en disputas, sí que he intentado explicarme uchas veces, la mayoría con escasos resultados.

Me he explicado a mí mismo en i nterminables cuadernos y por eso quiero dedicarte a ti, querido Francesco, este último, donde contaré lo que más me ha importado, lo que ha sido más caro a mi corazón, empezando por mi madre. En el más antiguo recuerdo de mi infancia tengo para mí que, esta ndo en la cuna, un neblí me abría la ola y me golpeaba los labi os con las mevela? ¿Qué enigma me estaban insinuando los dioses que mueven los d estinos? ¿Nos habla Hermes en sueños?

Quizás me estaban avisando de que er a bastardo — algo que supe mucho después de que debería cerrar la boca ante la insolencia y la altanería de quienes, peores que yo, gozaban de ilu stre cuna. La cofradía de jueces y notarios prohíben el acceso a esta noble prof esión a los hijos naturales, igual que a los sepultureros, los curas y los criminales, de modo que 5 de La Gioconda La sonrisa me estaba cerrado el camino de mi padre y de mis abuelos. Tamp oco pude ir, por eso mismo, a la universidad.

A cambio de ello tuve dos madre s, la mía natural y la esposa de mi padre, una en Vinci y otra en Florencia, y por tener dos en realidad no tuve quizás ninguna. Me dediqué al arte. El rocío se esfuma hacia lo invisible, la fruta madura se pudre y re seca, pero los caracteres eternos que yo trazo no perecerán jamás. Cosa mo rtal pasa, pero no el arte. iOh Leonardo! ¿A qué tanto penar, qué buscas, qué te ha faltado? Ahora lo sé y ya no me importa confesarlo a la orilla de la muerte: el amor de la madre, esa ternura inefable, incondicional, injusta que se da infati gable.

Es ése, 3 317 Francesco, el único amor un hombre V una mujer, e aprenda demasiado tarde, cuando ella ya no está, y él la ha pretendido reemplazar vanamen te por otras mujeres. ?Por qué crees que he traído conmigo ese retrato de mujer sin nombre? : esa que sonríe para sí, como la montaña cruzada por un a nube, es mi madre. Obsérvala bien y notarás su parecido conmigo. Sin una madre, Francesco, no se puede vivir, pero sin una madre tampoco se pue de morir. Ella me acompañará en las últimas horas que ya siento aproximarse: c ulda de su retrato cuando yo haya muerto, dáselo al rey de Francia, pero no le reveles quién era.

La soledad, Francesco, es el buitre que corroe a Prometeo, no otr a cosa me ha atormentado toda mi vida: desde niño supe que era diferente. Un d[a, ugando con mis compañeros cuando tenía tres años me di cuent a de que no era como ellos y volví llorando a casa: no estaba mi madre. Casi nunc a ha estado mi madre, i)’ eso que tenía dos! Toda mi vida ha sido esa huida de mi s companeros de juegos, esa casa sin madre, la soledad vacía de ternura. iQué no hubiera dado yo por una hora de ternura!

La gloria, sin dudarlo, todo lo hu biese dado, menos la belleza que me ha salvado del suicidio, la divina belleza que transporta a su amante más allá de las murallas llameantes del mundo, al empíreo donde nada s rque todas las cosas 4DF 317 han alcanzado la e visitado como ningún otro mortal; pero lo que aprendí debo guardarlo para mí, so pena de ser escarnecido, además de incomprendido, cuando no perseguido. El evento crucial de mi juventud sucedió cuando, en plena adolesc encla, m. padre decidió colocarme como aprendiz de Verrocchio en Florenci a.

Yo había tenido la educación de familia bienestante en Vinci, pues mi abuelo, notario retirado, me crió en su casa de terrateniente, es decir, orientada a las labores del campo. De mi madre, que creía era la esposa de mi padre, sabia q ue vivía con él en Florencia, y como así fue desde el principio y no conocía otra si uación, y como me sentía feliz con mis abuelos paternos y el tío Francesco, no envidié a mis compañeros de juego cuando eran llamados por sus madres a recogerse en 6 el hogar: mi abuela fue mi madre de hecho, y tenía una oficial lejo s, que por lo menos servía para convertirme en un hijo normal.

De Catalina, la campesina que tuvo el desliz con el joven notario Piero da Vinci, de ésa, mi verdadera madre, no supe hasta bien avanzada mi juventud. Y tuve que apre nderlo de golpe, a disgusto y sumido en el estupor cuando descubrí, por des pecho de un 5 DF 317 canalla, las circunstanci egular nacimiento. A arecer, la consoló de mi pérdida. Gracias a Dios pude recuperarl a al final de sus días el tiempo suficiente para hacerla feliz y vislumbrar como era: lo que descubri de esa mujer fabulosa lo he dejado en el retrato que te e ncomiendo.

Mi padre era amigo de Verrocchio y le enseñó algún dibujo de los que yo garabateaba desde niño. Me sallan espontáneamente, con la mis ma naturalidad con que hablaba o cantaba, creía que dibujar era lo más natural d el mundo, que todos lo hacian, como segar, coser o cocinar. En lo único que me s entía distinto era en usar la mano izquierda en vez de la derecha. Los dibujos y influencia de mi padre, que trabajaba para la Signoria y gozaba de prestigio en Florencia, me sirvieron de credenciales para entrar en uno de los mejores talleres de Florencia, que los tenia excelsos.

Qué hombre maravilloso era Verrocchio. Me acogió en su casa co mo un hijo y en su taller como aprendiz con esa magnanimidad desinteresada de los grandes señores de raza. Cuando pinté el ángel para su Anunciación y todo el mundo vio que era mucho mejor que el suyo, él, en vez de ofenderse envidiosamente, se alegró y dijo que en adelante podría dejarme I os pinceles y dedicarse de lleno a la escultura.

Decir que Verrocchio fue un padre para mi puede parecer elogios o cuando e mi padre se cuidó de m en realidad es autoconmi í de lelos, me ontarme cuentos como nadie, quizás porque no hacía nada, viviendo en casa de mis abuelos y dedicándose a frivolidades rurales como plantar morera s y cultivar gusanos de seda. Como sólo era quince años mayor que yo, mi tí o se prestaba a llevarme con él en sus paseos por el campo.

Incluso llegó a inspec cionar los trabajos en las viñas y olivares cuando mi abuelo ya era demasiad o viejo. En esas visitas caminábamos largamente entre olivares, viñedos y hu ertos, sobre olinas suaves que descienden hacia arroyos umbríos. A menudo, él se paraba a recoger plantas medicinales y conchas de caracol, fósiles, esqueletos de animalitos, siempre que fueran retorcidos, rampantes, caracoleantes. Estaba fascinado por las formas en espiral.

De él me viene el gusto con q ue decoro los yelmos y las máscaras quiméricas: alas de dragón, membrana de murciélago, espiral de caracol, pico de concha son para mí ondulación petrific ada, fusión de fuerza y forma, dureza cristalina testimoniando el crecimiento que fue vivo. 7 Fue el tío Francesco quien me sugirió la broma pesada que le gast mos a ml padre —la primera entre 7 317 ue he perpetrado a lo lare a mi manera, estaba yo pensando qué le pintaría cuando entró Fr ancesco y me propuso su idea.

Así que nos fuimos al campo a cazar salamanqu esas, lagartos, grillos, serpientes, mariposas, lechuzas y otras especies de animales lo más raros y escalofriantes posibles. Luego me encerré en una cabaña donde no dejábamos entrar a nadie, y de la multitud de animales variament e combinada tracé un engendro horrible y espantoso que pinté de tal modo que parecía envenenar y ahogar el aire con su aliento; salía de una roca oscur y quebrada echando veneno por las fauces abiertas, fuego por los ojos y hum o por la nariz, de modo que parecía cosa monstruosa y terrible.

Cuando Francesco venía a comprobar los progresos de aquella Medusa se quejaba del hedor de los animales muertos amontonados ante mi caballete, pero yo no lo sentía. Acabada la obra, que ya no me reclamaban mi padre ni el campes ino, le dije a mi padre que podía mandar por ella cuando quisiera. Vino pues Ser Piero una mañana a la cabaña por la rodela, llamó a la puerta y le dije, sin ab rirle, que aguardase un poco; volvi adentro y coloqué la rodela a ontraluz mientras Francesco disponía los postigos de la ventana de modo que entrase luz deslumbradora.

Hice pasar a mi padre, quien al ver la rodela de pr onto y no esperándose aquello se s reyendo que fuese el esc 8 317 udo, ni siquiera se escondía en un rincón, soltó la risa y yo le contuve diciendo: «E sta obra sirve para lo que ha sido hecha; tomadla pues y lleváosla, pues tal es el fin que debe esperarse de toda obra. » Lástima que Francesco ya no estaría para ver la cara que puso el j ardinero del papa, muchos años después, cuando solté por el Belvedere un lagarto al que njerté alas de murciélago.

Francesco se casó por fin cuando yo me vine a Florencia —disculpa el lapsus, pero es que yo estoy siempre en FI orencia, y mas en estos últimos años de crepuscular melancolía y al morir hace diez años me legó a mí sus tierras. Bendito Francesco, fue mi segundo padre. V errocchio serla el tercero. Verrochio nos tenía en su casa como hijos, según era la costumbr e entre maestro y aprendices, con la particularidad de que él era soltero, cosa que yo he imitado entre otras muchas que aprendí de aquel hombre excele nte.

Lorenzo di Credi no le abandonó nunca, aun pas da la edad de aprendiz, y gracias a él nuestro maestro no Vivió nunca solo ni conoció la amargura de los solteros. Cuando murió en Venecia, Lorenzo trajo su cuerpo a Florencia. Su devoción a Verrocchio habla por sí sola de las calidades de Lorenzo di Credi, c ompahero inolvidable como lo fue Perugino; tuve suerte al encontrarlos, pue s igual podía g 317 haberme tocado conviv es más parecidos a preguntamos cómo se encontraba nos dijo: «Estoy mal. ? «Pero te han curado, ¿no? «Por eso estoy mal, mejor estaría con un poco de fiebre en a quel hospital cuidado y servido. ? Cuando moría en el mismo hospital le pusieron en las manos una cruz de madera y él protestó exigiendo que le diesen un crucifijo labrado por Donatello pues no podía resistir una obra tosca. Este perfeccionismo nos lo debió inculcar el maestro a todos, pues Lor enzo di Credi no soportaba que se hiciera el menor movimiento en el taller par a que no se levantase polvo.

Además de purificar y destilar él mismo los aceit es de nuez — como yo he practicado también , componía en la paleta los colores que iba mezclando, del más claro al más oscuro, que de cada color tenía t reinta matices para cada uno reservaba un pincel particular. Manias de viejo en las que cualesquiera podemos caer. Al final se fue a vivir al convento de S anta Maria Novella, y allí le cuidaban y le dejaban hacer, hasta que murió apa ciblemente.

Con Lorenzo y Perugino me llevé muy bien, ésa fue mi fortuna. Su pongo que se la debo a nuestro maestro, que atraía hacia sí gente de su propia complexión. No tuvimos incidentes como en otros talleres; el de Ghirlandaio, por ejemplo, que envió a sus aprendices a copiar los frescos de M asaccio en la iglesia del Carmine. Me h Torrigiani que Buonarrot 317 i V él estaban

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