100 Sonetos de amor de pablo neruda

100 SONETOS DE AMOR PABLO NERUDA Soneto I Matilde, nombre de planta o piedra o vino, de lo que nace de la tierra y dura, palabra en cuyo crecimiento amanece, en cuyo estio estalla la luz de los limones. En ese nombre corren navios de madera rodeados por enjambres de fuego azul marino, y esas letras son el agua de un rio que desemboca en mi corazon calcinado. Oh nombre descubierto bajo una enredadera como la puerta de un tunel desconocido que comunica con la fragancia del mundo! Oh invademe con tu boca abrasadora, indagame, si quieres, con tus ojos nocturnos, pero en tu nombre dejame navegar y dormir. Soneto II

Amor, cuantos caminos hasta llegar a un beso, que soledad errante hasta tu compania! Siguen los trenes solos rodando con la lluvia. En Taltal no amanece aun la primavera. Pero tu y yo, amor mio, estamos juntos, juntos desde la ropa a las raices, juntos de otono, de agua, de caderas, hasta ser solo tu, solo yo juntos. Pensar que costo tantas piedras que lleva el rio, la desembocadura del agua de Boroa, pensar que separados por trenes y naciones tu y yo teniamos que simplemente amarnos, con todos confundidos, con

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hombres y mujeres, con la tierra que implanta y educa los claveles. Soneto III Aspero amor, violeta coronada de espinas, atorral entre tantas pasiones erizado, lanza de los dolores, corola de la colera, por que caminos y como te dirigiste a mi alma? Por que precipitaste tu fuego doloroso, de pronto, entre las hojas frias de mi camino? Quien te enseno los pasos que hasta mi te llevaron? Que flor, que piedra, que humo mostraron mi morada? Lo cierto es que temblo la noche pavorosa, el alba lleno todas las copas con su vino y el sol establecio su presencia celeste, mientras que el cruel amor me cercaba sin tregua hasta que lacerandome con espadas y espinas abrio en mi corazon un camino quemante. Soneto IV Recordaras aquella quebrada caprichosa donde los aromas palpitantes treparon, de cuando en cuando un pajaro vestido con agua y lentitud: traje de invierno. Recordaras los dones de la tierra: irascible fragancia, barro de oro, hierbas del matorral, locas raices, sortilegas espinas como espadas. Recordaras el ramo que trajiste, ramo de sombra y agua con silencio, ramo como una piedra con espuma. Y aquella vez fue como nunca y siempre: vamos alli donde no espera nada y hallamos todo lo que esta esperando. Soneto V No te toque la noche ni el aire ni la aurora, solo la tierra, la virtud de los racimos, las manzanas que crecen oyendo el agua pura, l barro y las resinas de tu pais fragante. Desde Quinchamali donde hicieron tus ojos hasta tus pies creados para mi en la Frontera eres la greda oscura que conozco: en tus caderas toco de nuevo todo el trigo. Tal vez tu no sabias, araucana, que cuando antes de amarte me olvide de tus besos mi corazon quedo recordando tu boca y fui como un herido por las calles hasta que comprendi que habia encontrado, amor, mi territorio de besos y volcanes. Soneto VI En los bosques, perdido, corte una rama oscura y a los labios, sediento, levante su susurro: era tal vez la voz de la lluvia llorando, una campana rota o un corazon cortado.

Algo que desde tan lejos me parecia oculto gravemente, cubierto por la tierra, un grito ensordecido por inmensos otonos, por la entreabierta y humeda tiniebla de las hojas. Pero alli, despertando de los suenos del bosque, la rama de avellano canto bajo mi boca y su errabundo olor trepo por mi criterio como si me buscaran de pronto las raices que abandone, la tierra perdida con mi infancia, y me detuve herido por el aroma errante. Soneto VII «Vendras conmigo» dije -sin que nadie supiera donde y como latia mi estado doloroso, y para mi no habia clavel ni barcarola, nada sino una herida por el amor abierta.

Repeti: ven conmigo, como si me muriera, y nadie vio en mi boca la luna que sangraba, nadie vio aquella sangre que subia al silencio. Oh amor ahora olvidemos la estrella con espinas! Por eso cuando oi que tu voz repetia «Vendras conmigo» -fue como si desataras dolor, amor, la furia del vino encarcelado que desde su bodega sumergida subiera y otra vez en mi boca senti un sabor de llama, de sangre y de claveles, de piedra y quemadura. Soneto VIII Si no fuera porque tus ojos tienen color de luna, de dia con arcilla, con trabajo, con fuego, y aprisionada tienes la agilidad del aire, si no fuera porque eres una semana de ambar, i no fuera porque eres el momento amarillo en que el otono sube por las enredaderas y eres aun el pan que la luna fragante elabora paseando su harina por el cielo, oh, bienamada, yo no te amaria! En tu abrazo yo abrazo lo que existe, la arena, el tiempo, el arbol de la lluvia, y todo vive para que yo viva: sin ir tan lejos puedo verlo todo: veo en tu vida todo lo viviente. Soneto IX Al golpe de la ola contra la piedra indocil la claridad estalla y establece su rosa y el circulo del mar se reduce a un racimo, a una sola gota de sal azul que cae. Oh radiante magnolia desatada en la espuma, magnetica viajera cuya muerte florece eternamente vuelve a ser y a no ser nada: sal rota, deslumbrante movimiento marino. Juntos tu y yo, amor mio, sellamos el silencio, mientras destruye el mar sus constantes estatuas y derrumba sus torres de arrebato y blancura, porque en la trama de estos tejidos invisibles del agua desbocada, de la incesante arena, sostenemos la unica y acosada ternura. Soneto X Suave es la bella como si musica y madera, agata, telas, trigo, duraznos transparentes, hubieran erigido la fugitiva estatua. Hacia la ola dirige su contraria frescura. El mar moja brunidos pies copiados a la forma recien trabajada en la arena es ahora su fuego femenino de rosa una sola burbuja que el sol y el mar combaten. Ay, que nada te toque sino la sal del frio! Que ni el amor destruya la primavera intacta. Hermosa, reverbero de la indeleble espuma, deja que tus caderas impongan en el agua una medida nueva de cisne o de nenufar y navegue tu estatua por el cristal eterno. Soneto XI Suave es la bella como si musica y madera, agata, telas, trigo, duraznos transparentes, hubieran erigido la fugitiva estatua. Hacia la ola dirige su contraria frescura. El mar moja brunidos pies copiados a la forma recien trabajada en la arena y es ahora su fuego femenino de rosa na sola burbuja que el sol y el mar combaten. Ay, que nada te toque sino la sal del frio! Que ni el amor destruya la primavera intacta. Hermosa, reverbero de la indeleble espuma, deja que tus caderas impongan en el agua una medida nueva de cisne o de nenufar y navegue tu estatua por el cristal eterno. Soneto XII Plena mujer, manzana carnal, luna caliente, espeso aroma de algas, lodo y luz machacados, que oscura claridad se abre entre tus columnas? Que antigua noche el hombre toca con sus sentidos? Ay, amar es un viaje con agua y con estrellas, con aire ahogado y bruscas tempestades de harina: amar es un combate de relampagos dos cuerpos por una sola miel derrotados. Beso a beso recorro tu pequeno infinito, tus margenes, tus rios, tus pueblos diminutos, y el fuego genital transformado en delicia corre por los delgados caminos de la sangre hasta precipitarse como un clavel nocturno, hasta ser y no ser sino un rayo en la sombra. Soneto XIII La luz que de tus pies sube a tu cabellera, la turgencia que envuelve tu forma delicada, no es de nacar marino, nunca de plata fria: eres de pan, de pan amado por el fuego. La harina levanto su granero contigo y crecio incrementada por la edad venturosa, cuando los cereales duplicaron tu pecho i amor era el carbon trabajando en la tierra. Oh, pan tu frente, pan tus piernas, pan tu boca, pan que devoro y nace con luz cada manana, bienamada, bandera de las panaderias, una leccion de sangre te dio el fuego, de la harina aprendiste a ser sagrada, y del pan el idioma y el aroma. Soneto XIV Me falta tiempo para celebrar tus cabellos. Uno por uno debo contarlos y alabarlos: otros amantes quieren vivir con ciertos ojos, yo solo quiero ser tu peluquero. En Italia te bautizaron Medusa por la encrespada y alta luz de tu cabellera. Yo te llamo chascona mia y enmaranada: mi corazon conoce las puertas de tu pelo.

Cuando tu te extravies en tus propios cabellos, no me olvides, acuerdate que te amo, no me dejes perdido ir sin tu cabellera por el mundo sombrio de todos los caminos que solo tiene sombra, transitorios dolores, hasta que el sol sube a la torre de tu pelo. Soneto XV Desde hace mucho tiempo la tierra te conoce: eres compacta como el pan o la madera, eres cuerpo, racimo de segura substancia, tienes peso de acacia, de legumbre dorada. Se que existes no solo porque tus ojos vuelan y dan luz a las cosas como ventana abierta, sino porque de barro te hicieron y cocieron en Chillan, en un horno de adobe estupefacto.

Los seres se derraman como aire o agua o frio y vagos son, se borran al contacto del tiempo, como si antes de muertos fueran desmenuzados. Tu caeras conmigo como piedra en la tumba y asi por nuestro amor que no fue consumido continuara viviendo con nosotros la tierra. Soneto XVI Amo el trozo de tierra que tu eres, porque de las praderas planetarias otra estrella no tengo. Tu repites la multiplicacion del universo. Tus anchos ojos son la luz que tengo de las constelaciones derrotadas, tu piel palpita como los caminos que recorre en la lluvia el meteoro. De tanta luna fueron para mi tus caderas, de todo el sol tu boca profunda y su delicia, e tanta luz ardiente como miel en la sombra tu corazon quemado por largos rayos rojos, y asi recorro el fuego de tu forma besandote, pequena y planetaria, paloma y geografia. Soneto XVII No te amo como si fueras rosa de sal, topacio o flecha de claveles que propagan el fuego: te amo como se aman ciertas cosas oscuras, secretamente, entre la sombra y el alma. Te amo como la planta que no florece y lleva dentro de si, escondida, la luz de aquellas flores, y gracias a tu amor vive oscuro en mi cuerpo el apretado aroma que ascendio de la tierra. Te amo sin saber como, ni cuando, ni de donde, te amo directamente sin problemas ni orgullo: si te amo porque no se amar de otra manera, sino asi de este modo en que no soy ni eres, tan cerca que tu mano sobre mi pecho es mia, tan cerca que se cierran tus ojos con mi sueno. Soneto XVIII Por las montanas vas como viene la brisa o la corriente brusca que baja de la nieve o bien tu cabellera palpitante confirma los altos ornamentos del sol en la espesura. Toda la luz del Caucaso cae sobre tu cuerpo como en una pequena vasija interminable en que el agua se cambia de vestido y de canto a cada movimiento transparente del rio. Por los montes el viejo camino de guerreros y abajo enfurecida brilla como una espada l agua entre murallas de manos minerales, hasta que tu recibes de los bosques de pronto el ramo o el relampago de unas flores azules y la insolita flecha de un aroma salvaje. Soneto XIX Mientras la magna espuma de Isla Negra, la sal azul, el sol en las olas te mojan, yo miro los trabajos de la avispa empenada en la miel de su universo. Va y viene equilibrando su recto y rubio vuelo como si deslizara de un alambre invisible la elegancia del baile, la sed de su cintura, y los asesinatos del aguijon maligno. De petroleo y naranja es su arco iris, busca como un avion entre la hierba, con un rumor de espiga vuela, desaparece, ientras que tu sales del mar, desnuda, y regresas al mundo llena de sal y sol, reverberante estatua y espada de la arena. Soneto XX Mi fea, eres una castana despeinada, mi bella, eres hermosa como el viento, mi fea, de tu boca se pueden hacer dos, mi bella, son tus besos frescos como sandias. Mi fea, donde estan escondidos tus senos? Son minimos como dos copas de trigo. Me gustaria verte dos lunas en el pecho: las gigantescas torres de tu soberania. Mi fea, el mar no tiene tus unas en su tienda, mi bella, flor a flor, estrella por estrella, ola por ola, amor, he contado tu cuerpo: mi fea, te amo por tu cintura de oro, i bella, te amo por una arruga en tu frente, amor, te amo por clara y por oscura. Soneto XXI Oh que todo el amor propague en mi su boca, que no sufra un momento mas sin primavera, yo no vendi sino mis manos al dolor, ahora, bienamada, dejame con tus besos. Cubre la luz del mes abierto con tu aroma, cierra las puertas con tu cabellera, y en cuanto a mi no olvides que si despierto y lloro es porque en suenos solo soy un nino perdido que busca entre las hojas de la noche tus manos, el contacto del trigo que tu me comunicas, un rapto centelleante de sombra y energia. Oh, bienamada, y nada mas que sombra por donde me acompanes en tus suenos me digas la hora de la luz. Soneto XXII Cuantas veces, amor, te ame sin verte y tal vez sin recuerdo, sin reconocer tu mirada, sin mirarte, centaura, en regiones contrarias, en un mediodia quemante: eras solo el aroma de los cereales que amo. Tal vez te vi, te supuse al pasar levantando una copa en Angol, a la luz de la luna de Junio, o eras tu la cintura de aquella guitarra que toque en las tinieblas y sono como el mar desmedido. Te ame sin que yo lo supiera, y busque tu memoria. En las casas vacias entre con linterna a robar tu retrato. Pero yo ya sabia como era. De pronto mientras ibas conmigo te toque y se detuvo mi vida: rente a mis ojos estabas, reinandome, y reinas. Como hoguera en los bosques el fuego es tu reino. Soneto XXIII Fue luz el fuego y pan la luna rencorosa, el jazmin duplico su estrellado secreto, y del terrible amor las suaves manos puras dieron paz a mis ojos y sol a mis sentidos. Oh amor, como de pronto, de las desgarraduras hiciste el edificio de la dulce firmeza, derrotaste las unas malignas y celosas y hoy frente al mundo somos como una sola vida. Asi fue, asi es y asi sera hasta cuando, salvaje y dulce amor, bienamada Matilde, el tiempo nos senale la flor final del dia. Sin ti, sin mi, sin luz ya no seremos: ntonces mas alla del la tierra y la sombra el resplandor de nuestro amor seguira vivo. Soneto XXIV Amor, amor, las nubes a la torre del cielo subieron como triunfantes lavanderas, y todo ardio en azul, todo fue estrella: el mar, la nave, el dia se desterraron juntos. Ven a ver los cerezos del agua constelada y la clave redonda del rapido universo, ven a tocar el fuego del azul instantaneo, ven antes de que sus petalos se consuman. No hay aqui sino luz, cantidades, racimos, espacio abierto por las virtudes del viento hasta entregar los ultimos secretos de la espuma. Y entre tantos azules celestes, sumergidos, e pierden nuestros ojos adivinando apenas los poderes del aire, las llaves submarinas. Soneto XXV Antes de amarte, amor, nada era mio: vacile por las calles y las cosas: nada contaba ni tenia nombre: el mundo era del aire que esperaba. Yo conoci salones cenicientos, tuneles habitados por la luna, hangares crueles que se despedian, preguntas que insistian en la arena. Todo estaba vacio, muerto y mudo, caido, abandonado y decaido, todo era inalienablemente ajeno, todo era de los otros y de nadie, hasta que tu belleza y tu pobreza llenaron el otono de regalos. Soneto XXVI Ni el color de las dunas terribles en Iquique, i el estuario del Rio Dulce de Guatemala, cambiaron tu perfil conquistado en el trigo, tu estilo de uva grande, tu boca de guitarra. Oh corazon, oh mia desde todo el silencio, desde las cumbres donde reino la enredadera hasta las desoladas planicies del platino, en toda patria pura te repitio la tierra. Pero ni hurana mano de montes minerales, ni nieve tibetana, ni piedra de Polonia, nada altero tu forma de cereal viajero, como si greda o trigo, guitarras o racimos de Chillan defendieran en ti su territorio imponiendo el mandato de la luna silvestre. Soneto XXVII Desnuda eres tan simple como una de tus manos, isa, terrestre, minima, redonda, transparente, tienes lineas de luna, caminos de manzana, desnuda eres delgada como el trigo desnudo. Desnuda eres azul como la noche en Cuba, tienes enredaderas y estrellas en el pelo, desnuda eres enorme y amarilla como el verano en una iglesia de oro. Desnuda eres pequena como una de tus unas, curva, sutil, rosada hasta que nace el dia y te metes en el subterraneo del mundo como en un largo tunel de trajes y trabajos: tu claridad se apaga, se viste, se deshoja y otra vez vuelve a ser una mano desnuda. Soneto XXVIII Amor, de grano a grano, de planeta a planeta, la red del viento con sus paises sombrios, a guerra con sus zapatos de sangre, o bien el dia y la noche de la espiga. Por donde fuimos, islas o puentes o banderas, violines del fugaz otono acribillado, repitio la alegria los labios de la copa, el dolor nos detuvo con su leccion de llanto. En todas las republicas desarrollaba el viento su pabellon impune, su glacial cabellera y luego regresaba la flor a sus trabajos. Pero en nosotros nunca se calcino el otono. Y en nuestra patria inmovil germinaba y crecia el amor con los derechos del rocio. Soneto XXIX Vienes de la pobreza de las casas del Sur, de las regiones duras con frio y terremoto ue cuando hasta sus dioses rodaron a la muerte nos dieron la leccion de la vida en la greda. Eres un caballito de greda negra, un beso de barro oscuro, amor, amapola de greda, paloma del crepusculo que volo en los caminos, alcancia con lagrimas de nuestra pobre infancia. Muchacha, has conservado tu corazon de pobre, tus pies de pobre acostumbrados a las piedras, tu boca que no siempre tuvo pan o delicia. Eres del pobre Sur, de donde viene mi alma: en su cielo tu madre sigue lavando ropa con mi madre. Por eso te escogi, companera. Soneto XXX Tienes del archipielago las hebras del alerce, la carne trabajada por los siglos del tiempo, enas que conocieron el mar de las maderas, sangre verde caida del cielo a la memoria. Nadie recogera mi corazon perdido entre tantas raices, en la amarga frescura del sol multiplicado por la furia del agua, alli vive la sombra que no viaja conmigo. Por eso tu saliste del Sur como una isla poblada y coronada por plumas y maderas y yo senti el aroma de los bosques errantes, halle la miel oscura que conoci en la selva, y toque en tus caderas los petalos sombrios que nacieron conmigo y construyeron mi alma. Soneto XXXI Con laureles del Sur y oregano de Lota te corono, pequena monarca de mis huesos, y no puede faltarte esa corona ue elabora la tierra con balsamo y follaje. Eres, como el que te ama, de las provincias verdes: de alla trajimos barro que nos corre en la sangre, en la ciudad andamos, como tantos, perdidos, temerosos de que cierren el mercado. Bienamada, tu sombra tiene olor a ciruela, tus ojos escondieron en el Sur sus raices, tu corazon es una paloma de alcancia, tu cuerpo es liso como las piedras en el agua, tus besos son racimos con rocio, y yo a tu lado vivo con la tierra. Soneto XXXII La casa en la manana con la verdad revuelta de sabanas y plumas, el origen del dia sin direccion, errante como una pobre barca, ntre los horizontes del orden y del sueno. Las cosas quieren arrastrar vestigios, adherencias sin rumbo, herencias frias, los papeles esconden vocales arrugadas y en la botella el vino quiere seguir su ayer. Ordenadora, pasas vibrando como abeja tocando las regiones perdidas por la sombra, conquistando la luz con tu blanca energia. Y se construye entonces la claridad de nuevo: obedecen las cosas al viento de la vida y el orden establece su pan y su paloma. Soneto XXXIII Amor, ahora nos vamos a la casa donde la enredadera sube por las escalas: antes que llegues tu llego a tu dormitorio el verano desnudo con pies de madreselva.

Nuestros besos errantes recorrieron el mundo: Armenia, espesa gota de miel desenterrada, Ceylan, paloma verde, y el Yang Tse separando con antigua paciencia los dias de las noches. Y ahora, bienamada, por el mar crepitante volvemos como dos aves ciegas al muro, al nido de la lejana primavera, porque el amor no puede volar sin detenerse: al muro o a las piedras del mar van nuestras vidas, a nuestro territorio regresaron los besos. Soneto XXXIV Eres hija del mar y prima del oregano, nadadora, tu cuerpo es de agua pura, cocinera, tu sangre es tierra viva y tus costumbres son floridas y terrestres. Al agua van tus ojos y levantan las olas, la tierra tus manos y saltan las semillas, en agua y tierra tienes propiedades profundas que en ti se juntan como las leyes de la greda. Nayade, corta tu cuerpo la turquesa y luego resurrecto florece en la cocina de tal modo que asumes cuanto existe y al fin duermes rodeada por mis brazos que apartan de la sormbra sombria, para que tu descanses, legumbres, algas, hierbas: la espuma de tus suenos. Soneto XXXV Tu mano fue volando de mis ojos al dia. Entro la luz como un rosal abierto. Arena y cielo palpitaban como una culminante colmena cortada en las turquesas. Tu mano toco silabas que tintineaban, copas, lcuzas con aceites amarillos, corolas, manantiales y, sobre todo, amor, amor: tu mano pura preservo las cucharas. La tarde fue. La noche deslizo sigilosa sobre el sueno del hombre su capsula celeste. Un triste olor salvaje solto la madreselva. Y tu mano volvio de su vuelo volando a cerrar su plumaje que yo crei perdido sobre mis ojos devorados por la sombra. Soneto XXXVI Corazon mio, reina del apio y de la artesa: pequena leoparda del hilo y la cebolla: me gusta ver brillar tu imperio diminuto, las armas de la cera, del vino, del aceite, del ajo, de la tierra por tus manos abierta de la sustancia azul encendida en tus manos, e la transmigracion del sueno a la ensalada, del reptil enrollado en la manguera. Tu con tu podadora levantando el perfume, tu, con la direccion del jabon en la espuma, tu, subiendo mis locas escalas y escaleras, tu, manejando el sintoma de mi caligrafia y encontrando en la arena del cuaderno las letras extraviadas que buscaban tu boca. Soneto XXXVII Oh amor, oh rayo loco y amenaza purpurea, me visitas y subes por tu fresca escalera el castillo que el tiempo corono de neblinas, las palidas paredes del corazon cerrado. Nadie sabra que solo fue la delicadeza construyendo cristales duros como ciudades y que la angre abria tuneles desdichados sin que su monarquia derribara el invierno. Por eso, amor, tu boca, tu piel, tu luz, tus penas, fueron el patrimonio de la vida, los dones sagrados de la lluvia, de la naturaleza que recibe y levanta la gravidez del grano, la tempestad secreta del vino en las bodegas, la llamarada del cereal en el suelo. Soneto XXXVIII Tu casa suena como un tren a mediodia, zumban las avispas, cantan las cacerolas, la cascada enumera los hechos del rocio, tu risa desarrolla su trino de palmera. La luz azul del muro conversa con la piedra, llega como un pastor silbando un telegrama y entre las dos higueras de voz verde

Homero sube con zapatos sigilosos. Solo aqui la ciudad no tiene voz ni llanto, ni sin fin, ni sonatas, ni labios, ni bocina sino un discurso de cascada y de leones, y tu que subes, cantas, corres, caminas, bajas, plantas, coses, cocinas, clavas, escribes, vuelves, o te has ido y se sabe que comenzo el invierno. Soneto XXXIX Pero olvide que tus manos satisfacian las raices, regando rosas enmaranadas, hasta que florecieron tus huellas digitales en la plenaria paz de la naturaleza. El azadon y el agua como animales tuyos te acompanan, mordiendo y lamiendo la tierra, y es asi como, trabajando, desprendes ecundidad, fogosa frescura de claveles. Amor y honor de abejas pido para tus manos que en la tierra confunden su estirpe transparente, y hasta en mi corazon abren su agricultura, de tal modo que soy como piedra quemada que de pronto, contigo, canta, porque recibe el agua de los bosques por tu voz conducida. Soneto XL Era verde el silencio, mojada era la luz, temblaba el mes de Junio como una mariposa y en el austral dominio, desde el mar y las piedras, Matilde, atravesaste el mediodia. Ibas cargada de flores ferruginosas, algas que el viento sur atormenta y olvida, aun blancas, agrietadas por la sal devorante, us manos levantaban las espigas de arena. Amo tus dones puros, tu piel de piedra intacta, tus unas ofrecidas en el sol de tus dedos, tu boca derramada por toda la alegria, pero, para mi casa vecina del abismo, dame el atormentado sistema del silencio, el pabellon del mar olvidado en la arena. Soneto XLI Desdichas del mes de Enero cuando el indiferente mediodia establece su ecuacion en el cielo, un oro duro como el vino de una copa colmada llena la tierra hasta sus limites azules. Desdichas de este tiempo parecidas a uvas pequenas que agruparon verde amargo, confusas, escondidas lagrimas de los dias asta que la intemperie publico sus racimos. Si, germenes, dolores, todo lo que palpita aterrado, a la luz crepitante de Enero, madurara, ardera como ardieron los frutos. Divididos seran los pesares: el alma dara un golpe de viento, y la morada quedara limpia con el pan fresco en la mesa. Soneto XLII Radiantes dias balanceados por el agua marina, concentrados como el interior de una piedra amarilla cuyo esplendor de miel no derribo el desorden: preservo su pureza de rectangulo. Crepita, si, la hora como fuego o abejas y es verde la tarea de sumergirse en hojas, hasta que hacia la altura es el follaje n mundo centelleante que se apaga y susurra. Sed del fuego, abrasadora multitud del estio que construye un Eden con unas cuantas hojas, porque la tierra de rostro oscuro no quiere sufrimientos sino frescura o fuego, agua o pan para todos, y nada deberia dividir a los hombres sino el sol o la noche, la luna o las espigas. Soneto XLIII Un signo tuyo busco en todas las otras, en el brusco, ondulante rio de las mujeres, trenzas, ojos apenas sumergidos, pies claros que resbalan navegando en la espuma. De pronto me parece que diviso tus unas oblongas, fugitivas, sobrinas de un cerezo, y otra vez es tu pelo que pasa y me parece er arder en el agua tu retrato de hoguera. Mire, pero ninguna llevaba tu latido, tu luz, la greda oscura que trajiste del bosque, ninguna tuvo tus diminutas orejas. Tu eres total y breve, de todas eres una, y asi contigo voy recorriendo y amando un ancho Mississippi de estuario femenino. Soneto XLIV Sabras que no te amo y que te amo puesto que de dos modos es la vida, la palabra es un ala del silencio, el fuego tiene una mitad de frio. Yo te amo para comenzar a amarte, para recomenzar el infinito y para no dejar de amarte nunca: por eso no te amo todavia. Te amo y no te amo como si tuviera en mis manos las llaves de la dicha un incierto destino desdichado. Mi amor tiene dos vidas para armarte. Por eso te amo cuando no te amo y por eso te amo cuando te amo. Soneto XLV No estes lejos de mi un solo dia, porque como, porque, no se decirlo, es largo el dia, y te estare esperando como en las estaciones cuando en alguna parte se durmieron los trenes. No te vayas por una hora porque entonces en esa hora se juntan las gotas del desvelo y tal vez todo el humo que anda buscando casa venga a matar aun mi corazon perdido. Ay que no se quebrante tu silueta en la arena, ay que no vuelen tus parpados en la ausencia: no te vayas por un minuto, bienamada, orque en ese minuto te habras ido tan lejos que yo cruzare toda la tierra preguntando si volveras o si me dejaras muriendo. Soneto XLVI De las estrellas que admire, mojadas por rios y rocios diferentes, yo no escogi sino la que yo amaba y desde entonces duermo con la noche. De la ola, una ola y otra ola, verde mar, verde frio, rama verde, yo no escogi sino una sola ola: la ola indivisible de tu cuerpo. Todas las gotas, todas las raices, todos los hilos de la luz vinieron, me vinieron a ver tarde o temprano. Yo quise para mi tu cabellera. Y de todos los dones de mi patria solo escogi tu corazon salvaje. Soneto XLVII

Detras de mi en la rama quiero verte. Poco a poco te convertiste en fruto. No te costo subir de las raices cantando con tu silaba de savia. Y aqui estaras primero en flor fragante, en la estatua de un beso convertida, hasta que sol y tierra, sangre y cielo, te otorguen la delicia y la dulzura. En la rama vere tu cabellera, tu signo madurando en el follaje, acercando las hojas a mi sed, y llenara mi boca tu substancia, el beso que subio desde la tierra con tu sangre de fruta enamorada. Soneto XLVIII Dos amantes dichosos hacen un solo pan, una sola gota de luna en la hierba, dejan andando dos sombras que se reunen, ejan un solo sol vacio en una cama. De todas las verdades escogieron el dia: no se ataron con hilos sino con un aroma, y no despedazaron la paz ni las palabras. La dicha es una torre transparente. El aire, el vino van con los dos amantes, la noche les regala sus petalos dichosos, tienen derecho a todos los claveles. Dos amantes dichosos no tienen fin ni muerte, nacen y mueren muchas veces mientras viven, tienen la eternidad de la naturaleza. Soneto XLVI De las estrellas que admire, mojadas por rios y rocios diferentes, yo no escogi sino la que yo amaba y desde entonces duermo con la noche. De la ola, una ola y otra ola, erde mar, verde frio, rama verde, yo no escogi sino una sola ola: la ola indivisible de tu cuerpo. Todas las gotas, todas las raices, todos los hilos de la luz vinieron, me vinieron a ver tarde o temprano. Yo quise para mi tu cabellera. Y de todos los dones de mi patria solo escogi tu corazon salvaje. Soneto XLVII Detras de mi en la rama quiero verte. Poco a poco te convertiste en fruto. No te costo subir de las raices cantando con tu silaba de savia. Y aqui estaras primero en flor fragante, en la estatua de un beso convertida, hasta que sol y tierra, sangre y cielo, te otorguen la delicia y la dulzura. En la rama vere tu cabellera, u signo madurando en el follaje, acercando las hojas a mi sed, y llenara mi boca tu substancia, el beso que subio desde la tierra con tu sangre de fruta enamorada. Soneto XLVIII Dos amantes dichosos hacen un solo pan, una sola gota de luna en la hierba, dejan andando dos sombras que se reunen, dejan un solo sol vacio en una cama. De todas las verdades escogieron el dia: no se ataron con hilos sino con un aroma, y no despedazaron la paz ni las palabras. La dicha es una torre transparente. El aire, el vino van con los dos amantes, la noche les regala sus petalos dichosos, tienen derecho a todos los claveles.

Dos amantes dichosos no tienen fin ni muerte, nacen y mueren muchas veces mientras viven, tienen la eternidad de la naturaleza. Soneto XLIX Es hoy: todo el ayer se fue cayendo entre dedos de luz y ojos de sueno, manana llegara con pasos verdes: nadie detiene el rio de la aurora. Nadie detiene el rio de tus manos, los ojos de tu sueno, bienamada, eres temblor del tiempo que transcurre entre luz vertical y sol sombrio, y el cielo cierra sobre ti sus alas llevandote y trayendote a mis brazos con puntual, misteriosa cortesia: Por eso canto al dia y a la luna, al mar, al tiempo, a todos los planetas, a tu voz diurna y a tu piel nocturna.

Soneto L Cotapos dice que tu risa cae como un halcon desde una brusca torre y, es verdad, atraviesas el follaje del mundo con un solo relampago de tu estirpe celeste que cae, y corta, y saltan las lenguas del rocio, las aguas del diamante, la luz con sus abejas y alli donde vivia con su barba el silencio estallan las granadas del sol y las estrellas, se viene abajo el cielo con la noche sombria, arden a plena luna campanas y claveles, y corren los caballos de los talabarteros: porque tu siendo tan pequenita como eres dejas caer la risa desde tu meteoro electrizando el nombre de la naturaleza. Soneto LI

Tu risa pertenece a un arbol entreabierto por un rayo, por un relampago plateado que desde el cielo cae quebrandose en la copa, partiendo en dos el arbol con una sola espada. Solo en las tierras altas del follaje con nieve nace una risa como la tuya, bienamante, es la risa del aire desatado en la altura, costumbres de araucaria, bienamada. Cordillerana mia, chillaneja evidente, corta con los cuchillos de tu risa la sombra, la noche, la manana, la miel del mediodia, y que salten al cielo las aves del follaje cuando como una luz derrochadora rompe tu risa el arbol de la vida. Soneto LII Cantas y a sol y a cielo con tu canto u voz desgrana el cereal del dia, hablan los pinos con su lengua verde: trinan todas las aves del invierno. El mar llena sus sotanos de pasos, de campanas, cadenas y gemidos, tintinean metales y utensilios, suenan las ruedas de la caravana. Pero solo tu voz escucho y sube tu voz con vuelo y precision de flecha, baja tu voz con gravedad de lluvia, tu voz esparce altisimas espadas, vuelve tu voz cargada de violetas y luego me acompana por el cielo. Soneto LIII Aqui esta el pan, el vino, la mesa, la morada: el menester del hombre, la mujer y la vida: a este sitio corria la paz vertiginosa, por esta luz ardio la comun quemadura.

Honor a tus dos manos que vuelan preparando los blancos resultados del canto y la cocina, salve! la integridad de tus pies corredores, viva! la bailarina que baila con la escoba. Aquellos bruscos rios con aguas y amenazas, aquel atormentado pabellon de la espuma, aquellos incendiaron panales y arrecifes son hoy este reposo de tu sangre en la mia, este cauce estrellado y azul como la noche, esta simplicidad sin fin de la ternura. Soneto LIV Esplendida razon, demonio claro del racimo absoluto, del recto mediodia, aqui estamos al fin, sin soledad y solos, lejos del desvario de la ciudad salvaje. Cuando la linea pura rodea su paloma el fuego condecora la paz con su alimento tu y yo erigimos este celeste resultado! Razon y amor desnudos viven en esta casa. Suenos furiosos, rios de amarga certidumbre decisiones mas duras que el sueno de un martillo cayeron en la doble copa de los amantes. Hasta que en la balanza se elevaron, gemelos, la razon y el amor como dos alas. Asi se construyo la transparencia. Soneto LV Espinas, vidrios rotos, enfermedades, llanto asedian dia y noche la miel de los felices y no sirve la torre, ni el viaje, ni los muros: la desdicha atraviesa la paz de los dormidos, el dolor sube y baja y acerca sus cucharas no hay hombre sin este movimiento, no hay natalicio, no hay techo ni cercado: hay que tomar en cuenta este atributo. Y en el amor no valen tampoco ojos cerrados, profundos lechos lejos del pestilente herido, o del que paso a paso conquista su bandera. Porque la vida pega como colera o rio y abre un tunel sangriento por donde nos vigilan los ojos de una inmensa familia de dolores. Soneto LVI Acostumbrate a ver detras de mi la sombra y que tus manos salgan del rencor, transparentes, como si en la manana del mar fueran creadas: la sal te dio, amor mio, proporcion cristalina. La envidia sufre, muere, se agota con mi canto.

Uno a uno agonizan sus tristes capitanes. Yo digo amor, y el mundo se puebla de palomas. Cada silaba mia trae la primavera. Entonces tu, florida, corazon, bienamada, sobre mis ojos como los follajes del cielo eres, y yo te miro recostada en la tierra. Veo el sol trasmigrar racimos a tu rostro, mirando hacia la altura reconozco tus pasos. Matilde, bienamada, diadema, bienvenida! Soneto LVII Mienten los que dijeron que yo perdi la luna, los que profetizaron mi porvenir de arena, aseveraron tantas cosas con lenguas frias: quisieron prohibir la flor del universo. «Ya no cantara mas el ambar insurgente de la sirena, no tiene sino pueblo. »

Y masticaban sus incesantes papeles patrocinando para mi guitarra el olvido. Yo les lance a los ojos las lanzas deslumbrantes de nuestro amor clavando tu corazon y el mio, yo reclame el jazmin que dejaban tus huellas, yo me perdi de noche sin luz bajo tus parpados y cuando me envolvio la claridad naci de nuevo, dueno de mi propia tiniebla. Soneto LVIII Entre los espadones de fierro literario paso yo como un marinero remoto que no conoce las esquinas y que canta porque si, porque como si no fuera por eso. De los atormentados archipielagos traje mi acordeon con borrascas, rachas de lluvia loca, y una costumbre lenta de cosas naturales: llas determinaron mi corazon silvestre. Asi cuando los dientes de la literatura trataron de morder mis honrados talones, yo pase, sin saber, cantando con el viento hacia los almacenes lluviosos de mi infancia, hacia los bosques frios del Sur indefinible, hacia donde mi vida se lleno con tu aroma. Soneto LIX (G. M. ) Pobres poetas a quienes la vida y la muerte persiguieron con la misma tenacidad sombria y luego son cubiertos por impasible pompa entregados al rito y al diente funerario. Ellos -oscuros como piedrecitas- ahora detras de los caballos arrogantes, tendidos van, gobernados al fin por los intrusos, ntre los edecanes, a dormir sin silencio. Antes y ya seguros de que esta muerto el muerto hacen de las exequias un festin miserable con pavos, puercos y otros oradores. Acecharon su muerte y entonces la ofendieron: solo porque su boca esta cerrada y ya no puede contestar su canto. Soneto LX A ti te hiere aquel que quiso hacerme dano, y el golpe del veneno contra mi dirigido como por una red pasa entre mis trabajos y en ti deja una mancha de oxido y desvelo. No quiero ver, amor, en la luna florida de tu frente cruzar el odio que me acecha. No quiero que en tu sueno deje el rencor ajeno olvidada su inutil corona de cuchillos.

Donde voy van detras de mi pasos amargos, donde rio una mueca de horror copia mi cara, donde canto la envidia maldice, rie y roe. Y es esa, amor, la sombra que la vida me ha dado: es un traje vacio que me sigue cojeando como un espantapajaros de sonrisa sangrienta. Soneto LXI Trajo el amor su cola de dolores, su largo rayo estatico de espinas y cerramos los ojos porque nada, porque ninguna herida nos separe. No es culpa de tus ojos este llanto: tus manos no clavaron esta espada: no buscaron tus pies este camino: llego a tu corazon la miel sombria. Cuando el amor como una inmensa ola nos estrello contra la piedra dura, os amaso con una sola harina, cayo el dolor sobre otro dulce rostro y asi en la luz de la estacion abierta se consagro la primavera herida. Soneto LXII Ay de mi, ay de nosotros, bienamada, solo quisimos solo amor, amarnos, y entre tantos dolores se dispuso solo nosotros dos ser malheridos. Quisimos el tu y yo para nosotros, el tu del beso, el yo del pan secreto, y asi era todo, eternamente simple, hasta que el odio entro por la ventana. Odian los que no amaron nuestro amor, ni ningun otro amor, desventurados como las sillas de un salon perdido, hasta que se enredaron en ceniza y el rostro amenazante que tuvieron e apago en el crepusculo apagado. Soneto LXIII No solo por las tierras desiertas donde la piedra salina es como la unica rosa, la flor por el mar enterrada, anduve, sino por la orilla de rios que cortan la nieve. Las amargas alturas de las cordilleras conocen mis pasos. Enmaranada, silbante region de mi patria salvaje, lianas cuyo beso mortal se encadena en la selva, lamento mojado del ave que surge lanzando sus escalofrios, oh region de perdidos dolores y llanto inclemente! No solo son mios la piel venenosa del cobre o el salitre extendido como estatua yacente y nevada, sino la vina, el cerezo premiado por la primavera, on mios, y yo pertenezco como atomo negro a las aridas tierras y a la luz del otono en las uvas, a esta patria metalica elevada por torres de nieve. Soneto LXIV De tanto amor mi vida se tino de violeta y fui de rumbo en rumbo como las aves ciegas hasta llegar a tu ventana, amiga mia: tu sentiste un rumor de corazon quebrado y alli de la tinieblas me levante a tu pecho, sin ser y sin saber fui a la torre del trigo, surgi para vivir entre tus manos, me levante del mar a tu alegria. Nadie puede contar lo que te debo, es lucido lo que te debo, amor, y es como una raiz natal de Araucania, lo que te debo, amada.

Es sin duda estrellado todo lo que te debo, lo que te debo es como el pozo de una zona silvestre en donde guardo el tiempo relampagos errantes. Soneto LXV Matilde, donde estas? Note, hacia abajo, entre corbata y corazon, arriba, cierta melancolia intercostal: era que tu de pronto eras ausente. Me hizo falta la luz de tu energia y mire devorando la esperanza, mire el vacio que es sin ti una casa, no quedan sino tragicas ventanas. De puro taciturno el techo escucha caer antiguas lluvias deshojadas, plumas, lo que la noche aprisiono: y asi te espero como casa sola y volveras a verme y habitarme. De otro modo me duelen las ventanas.

Soneto LXVI No te quiero sino porque te quiero y de quererte a no quererte llego y de esperarte cuando no te espero pasa mi corazon del frio al fuego. Te quiero solo porque a ti te quiero, te odio sin fin, y odiandote te ruego, y la medida de mi amor viajero es no verte y amarte como un ciego. Tal vez consumira la luz de Enero, su rayo cruel, mi corazon entero, robandome la llave del sosiego. En esta historia solo yo me muero y morire de amor porque te quiero, porque te quiero, amor, a sangre y fuego. Soneto LXVII La gran lluvia del sur cae sobre Isla Negra como una sola gota transparente y pesada, l mar abre sus hojas frias y la recibe, la tierra aprende el humedo destino de una copa. Alma mia, dame en tus besos el agua salobre de estos mares, la miel del territorio, la fragancia mojada por mil labios del cielo, la paciencia sagrada del mar en el invierno. Algo nos llama, todas las puertas se abren solas, relata el agua un largo rumor a las ventanas, crece el cielo hacia abajo tocando las raices, y asi teje y desteje su red celeste el dia con tiempo, sal, susurros, crecimientos, caminos, una mujer, un hombre, y el invierno en la tierra. Soneto LXVIII (Mascaron de Proa) La nina de madera no llego caminando: lli de pronto estuvo sentada en los ladrillos, viejas flores del mar cubrian su cabeza, su mirada tenia tristeza de raices. Alli quedo mirando nuestras vidas abiertas, el ir y ser y andar y volver por la tierra, el dia destinendo sus petalos graduales. Vigilaba sin vernos la nina de madera. La nina coronada por las antiguas olas, alli miraba con sus ojos derrotados: sabia que vivimos en una red remota de tiempo y agua y olas y sonidos y lluvia, sin saber si existimos o si somos su sueno. Esta es la historia de la muchacha de madera. Soneto LXIX Tal vez no ser es ser sin que tu seas, sin que vayas cortando el mediodia omo una flor azul, sin que camines mas tarde por la niebla y los ladrillos, sin esa luz que llevas en la mano que tal vez otros no veran dorada, que tal vez nadie supo que crecia como el origen rojo de la rosa, sin que seas, en fin, sin que vinieras brusca, incitante, a conocer mi vida, rafaga de rosal, trigo del viento, y desde entonces soy porque tu eres, y desde entonces eres, soy y somos, y por amor sere, seras, seremos. Soneto LXX Tal vez herido voy sin ir sangriento por uno de los rayos de tu vida y a media selva me detiene el agua: la lluvia que se cae con su cielo. Entonces toco el corazon llovido: lli se que tus ojos penetraron por la region extensa de mi duelo y un susurro de sombra surge solo: Quien es? Quien es? Pero no tuvo nombre la hoja o el agua oscura que palpita a media selva, sorda, en el camino, y asi, amor mio, supe que fui herido y nadie hablaba alli sino la sombra, la noche errante, el beso de la lluvia. Soneto LXXI De pena en pena cruza sus islas el amor y establece raices que luego riega el llanto, y nadie puede, nadie puede evadir los pasos del corazon que corre callado y carnicero. Asi tu y yo buscamos un hueco, otro planeta en donde no tocara la sal tu cabellera, en donde no crecieran dolores por mi culpa, n donde viva el pan sin agonia. Un planeta enredado por distancia y follajes, un paramo, una piedra cruel y deshabitada, con nuestras propias manos hacer un nido duro, queriamos, sin dano ni herida ni palabra, y no fue asi el amor, sino una ciudad loca donde la gente palidece en los balcones. Soneto LXXII Amor mio, el invierno regresa a sus cuarteles, establece la tierra sus dones amarillos y pasamos la mano sobre un pais remoto, sobre la cabellera de la geografia. Irnos! Hoy! Adelante, ruedas, naves, campanas, aviones acerados por el diurno infinito hacia el olor nupcial del archipielago, por longitudinales harinas de usufructo!

Vamos, levantate, y endiademate y sube y baja y corre y trina con el aire y conmigo vamonos a los trenes de Arabia o Tocopilla, sin mas que trasmigrar hacia el polen lejano, a pueblos lancinantes de harapos y gardenias gobernados por pobres monarcas sin zapatos. Soneto LXXIII Recordaras tal vez aquel hombre afilado que de la oscuridad salio como un cuchillo y antes de que supieramos, sabia: vio el humo y decidio que venia del fuego. La palida mujer de cabellera negra surgio como un pescado del abismo y entre los dos alzaron en contra del amor una maquina armada de dientes numerosos. Hombre y mujer talaron montanas y jardines, ajaron a los rios, treparon por los muros, subieron por los montes su atroz artilleria. El amor supo entonces que se llamaba amor. Y cuando levante mis ojos a tu nombre tu corazon de pronto dispuso mi camino. Soneto LXXIV El camino mojado por el agua de Agosto brilla como si fuera cortado en plena luna, en plena claridad de la manzana, en mitad de la fruta del otono. Neblina, espacio o cielo, la vaga red del dia crece con frios suenos, sonidos y pescados, el vapor de las islas combate la comarca, palpita el mar sobre la luz de Chile. Todo se reconcentra como el metal, se esconden las hojas, el invierno enmascara su estirpe solo ciegos somos, sin cesar, solamente. Solamente sujetos al cauce sigiloso del movimiento, adios, del viaje, del camino: adios, caen las lagrimas de la naturaleza. Soneto LXXV Esta es la casa, el mar y la bandera. Errabamos por otros largos muros. No hallabamos la puerta ni el sonido desde la ausencia, como desde muertos. Y al fin la casa abre su silencio, entramos a pisar el abandono, las ratas muertas, el adios vacio, el agua que lloro en las canerias. Lloro, lloro la casa noche y dia, gimio con las aranas, entreabierta, se desgrano desde sus ojos negros, y ahora de pronto la volvemos viva, la poblamos y no nos reconoce: iene que florecer, y no se acuerda. Soneto LXXVI Diego Rivera con la paciencia del oso buscaba la esmeralda del bosque en la pintura o el bermellon, la flor subita de la sangre recogia la luz del mundo en tu retrato. Pintaba el imperioso traje de tu nariz, la centella de tus pupilas desbocadas, tus unas que alimentan la envidia de la luna, y en tu piel estival, tu boca de sandia. Te puso dos cabezas de volcan encendidas por fuego, por amor, por estirpe araucana, y sobre los dos rostros dorados de la greda te cubrio con el casco de un incendio bravio y alli secretamente quedaron enredados mis ojos en su torre total: tu cabellera.

Soneto LXXVII Hoy es hoy con el peso de todo el tiempo ido, con las alas de todo lo que sera manana, hoy es el Sur del mar, la vieja edad del agua y la composicion de un nuevo dia. A tu boca elevada a la luz o a la luna se agregaron los petalos de un dia consumido, y ayer viene trotando por su calle sombria para que recordemos su rostro que se ha muerto. Hoy, ayer y manana se comen caminando, consumimos un dia como una vaca ardiente, nuestro ganado espera con sus dias contados, pero en tu corazon el tiempo echo su harina, mi amor construyo un horno con barro de Temuco: tu eres el pan de cada dia para mi alma. Soneto LXXVIII

No tengo nunca mas, no tengo siempre. En la arena la victoria dejo sus pies perdidos. Soy un pobre hombre dispuesto a amar a sus semejantes. No se quien eres. Te amo. No doy, no vendo espinas. Alguien sabra tal vez que no teji coronas sangrientas, que combati la burla, y que en verdad llene la pleamar de mi alma. Yo pague la vileza con palomas. Yo no tengo jamas porque distinto fui, soy, sere. Y en nombre de mi cambiante amor proclamo la pureza. La muerte es solo piedra del olvido. Te amo, beso en tu boca la alegria. Traigamos lena. Haremos fuego en la montana. Soneto LXXIX De noche, amada, amarra tu corazon al mio que ellos en el sueno derroten las tinieblas como un doble tambor combatiendo en el bosque contra el espeso muro de las hojas mojadas. Nocturna travesia, brasa negra del sueno interceptando el hilo de las uvas terrestres con la puntualidad de un tren descabellado que sombra y piedras frias sin cesar arrastrara. Por eso, amor, amarrame el movimiento puro, a la tenacidad que en tu pecho golpea con las alas de un cisne sumergido, para que a las preguntas estrelladas del cielo responda nuestro sueno con una sola llave, con una sola puerta cerrada por la sombra. Soneto LXXX De viajes y dolores yo regrese, amor mio, tu voz, a tu mano volando en la guitarra, al fuego que interrumpe con besos el otono, a la circulacion de la noche en el cielo. Para todos los hombres pido pan y reinado, pido tierra para el labrador sin ventura, que nadie espere tregua de mi sangre o mi canto. Pero a tu amor no puedo renunciar sin morirme. Por eso toca el vals de la serena luna, la barcarola en el agua de la guitarra hasta que se doblegue mi cabeza sonando: que todos los desvelos de mi vida tejieron esta enramada en donde tu mano vive y vuela custodiando la noche del viajero dormido. Soneto LXXXI Ya eres mia. Reposa con tu sueno en mi sueno.

Amor, dolor, trabajos, deben dormir ahora. Gira la noche sobre sus invisibles ruedas y junto a mi eres pura como el ambar dormido. Ninguna mas, amor, dormira con mis suenos. Iras, iremos juntos por las aguas del tiempo. Ninguna viajara por la sombra conmigo, solo tu, siempreviva, siempre sol, siempre luna. Ya tus manos abrieron los punos delicados y dejaron caer suaves signos sin rumbo, tus ojos se cerraron como dos alas grises, mientras yo sigo el agua que llevas y me lleva: la noche, el mundo, el viento devanan su destino, y ya no soy sin ti sino solo tu sueno. Soneto LXXXII Amor mio, al cerrar esta puerta nocturna e pido, amor, un viaje por oscuro recinto: cierra tus suenos, entra con tu cielo en mis ojos, extiendete en mi sangre como en un ancho rio. Adios, adios, cruel claridad que fue cayendo en el saco de cada dia del pasado, adios a cada rayo de reloj o naranja, salud oh sombra, intermitente companera! En esta nave o agua o muerte o nueva vida, una vez mas unidos, dormidos, resurrectos, somos el matrimonio de la noche en la sangre. No se quien vive o muere, quien reposa o despierta, pero es tu corazon el que reparte en mi pecho los dones de la aurora. Soneto LXXXIII Es bueno, amor, sentirte cerca de mi en la noche, nvisible en tu sueno, seriamente nocturna, mientras yo desenredo mis preocupaciones como si fueran redes confundidas. Ausente, por los suenos tu corazon navega, pero tu cuerpo asi abandonado respira buscandome sin verme, completando mi sueno como una planta que se duplica en la sombra. Erguida, seras otra que vivira manana, pero de las fronteras perdidas en la noche, de este ser y no ser en que nos encontramos algo queda acercandonos en la luz de la vida como si el sello de la sombra senalara con fuego sus secretas criaturas. Soneto LXXXIV Una vez mas, amor, la red del dia extingue trabajos, ruedas, fuegos, estertores, adioses, a la noche entregamos el trigo vacilante que el mediodia obtuvo de la luz y la tierra. Solo la luna en medio de su pagina pura sostiene las columnas del estuario del cielo, la habitacion adopta la lentitud del oro y van y van tus manos preparando la noche. Oh amor, oh noche, oh cupula cerrada por un rio de impenetrables aguas en la sombra del cielo que destaca y sumerge sus uvas tempestuosas, hasta que solo somos un solo espacio oscuro, una copa en que cae la ceniza celeste, una gota en el pulso de un lento y largo rio. Soneto LXXXV Del mar hacia las calles corre la vaga niebla como el vapor de un buey enterrado en el frio, largas lenguas de agua se acumulan cubriendo el mes que a nuestras vidas prometio ser celeste. Adelantado otono, panal silbante de hojas, cuando sobre los pueblos palpita tu estandarte cantan mujeres locas despidiendo a los rios, los caballos relinchan hacia la Patagonia. Hay una enredadera vespertina en tu rostro que crece silenciosa por el amor llevada hasta las herraduras crepitantes del cielo. Me inclino sobre el fuego de tu cuerpo nocturno y no solo tus senos amo sino el otono que esparce por la niebla su sangre ultramarina. Soneto LXXXVI Oh Cruz del Sur, oh trebol de fosforo fragante, con cuatro besos hoy penetro tu hermosura atraveso la sombra y mi sombrero: la luna iba redonda por el frio. Entonces con mi amor, con mi amada, oh diamantes de escarcha azul, serenidad del cielo, espejo, apareciste y se lleno la noche con tus cuatro bodegas temblorosas de vino. Oh palpitante plata de pez pulido y puro, cruz verde, perejil de la sombra radiante, luciernaga a la unidad del cielo condenada, descansa en mi, cerremos tus ojos y los mios. Por un minuto duerme con la noche del hombre. Enciende en mi tus cuatro numeros constelados. Soneto LXXXVII Las tres aves del mar, tres rayos, tres tijeras cruzaron por el cielo frio hacia Antofagasta, or eso quedo el aire tembloroso, todo temblo como bandera herida. Soledad, dame el signo de tu incesante origen, el apenas camino de los pajaros crueles, y la palpitacion que sin duda precede a la miel, a la musica, al mar, al nacimiento. (Soledad sostenida por un constante rostro como una grave flor sin cesar extendida hasta abarcar la pura muchedumbre del cielo. ) Volaban alas frias del mar, del Archipielago, hacia la arena del Noroeste de Chile. Y la noche cerro su celeste cerrojo. Soneto LXXXVIII El mes de Marzo vuelve con su luz escondida y se deslizan peces inmensos por el cielo, vago vapor terrestre progresa sigiloso, na por una caen al silencio las cosas. Por suerte en esta crisis de atmosfera errabunda reuniste las vidas del mar con las del fuego, el movimiento gris de la nave de invierno, la forma que el amor imprimio a la guitarra. Oh amor, rosa mojada por sirenas y espumas, fuego que baila y sube la invisible escalera y despierta en el tunel del insomnio a la sangre para que se consuman las olas en el cielo, olvide el mar sus bienes y leones y caiga el mundo adentro de las redes oscuras. Soneto LXXXIX Cuando yo muera quiero tus manos en mis ojos: quiero la luz y el trigo de tus manos amadas pasar una vez mas sobre mi su frescura: entir la suavidad que cambio mi destino. Quiero que vivas mientras yo, dormido, te espero, quiero que tus oidos sigan oyendo el viento, que huelas el aroma del mar que amamos juntos y que sigas pisando la arena que pisamos. Quiero que lo que amo siga vivo y a ti te ame y cante sobre todas las cosas, por eso sigue tu floreciendo, florida, para que alcances todo lo que mi amor te ordena, para que se pasee mi sombra por tu pelo, para que asi conozcan la razon de mi canto. Soneto XC Pense morir, senti de cerca el frio, y de cuanto vivi solo a ti te dejaba: tu boca eran mi dia y mi noche terrestres y tu piel la republica fundada por mis besos.

En ese instante se terminaron los libros, la amistad, los tesoros sin tregua acumulados, la casa transparente que tu y yo construimos: todo dejo de ser, menos tus ojos. Porque el amor, mientras la vida nos acosa, es simplemente una ola alta sobre las olas, pero ay cuando la muerte viene a tocar a la puerta hay solo tu mirada para tanto vacio, solo tu claridad para no seguir siendo, solo tu amor para cerrar la sombra. Soneto XCI La edad nos cubre como la llovizna, interminable y arido es el tiempo, una pluma de sal toca tu rostro, una gotera carcomio mi traje: el tiempo no distingue entre mis manos o un vuelo de naranjas en las tuyas: ica con nieve y azadon la vida: la vida tuya que es la vida mia. La vida mia que te di se llena de anos, como el volumen de un racimo. Regresaran las uvas a la tierra. Y aun alla abajo el tiempo sigue siendo, esperando, lloviendo sobre el polvo, avido de borrar hasta la ausencia. Soneto XCII Amor mio, si muero y tu no mueres, no demos al dolor mas territorio: amor mio, si mueres y no muero, no hay extension como la que vivimos. Polvo en el trigo, arena en las arenas el tiempo, el agua errante, el viento vago nos llevo como grano navegante. Pudimos no encontrarnos en el tiempo. Esta pradera en que nos encontramos, oh pequeno infinito! evolvemos. Pero este amor, amor, no ha terminado, y asi como no tuvo nacimiento no tiene muerte, es como un largo rio, solo cambia de tierras y de labios. Soneto XCIII Si alguna vez tu pecho se detiene, si algo deja de andar ardiendo por tus venas, si tu voz en tu boca se va sin ser palabra, si tus manos se olvidan de volar y se duermen, Matilde, amor, deja tus labios entreabiertos porque ese ultimo beso debe durar conmigo, debe quedar inmovil para siempre en tu boca para que asi tambien me acompane en mi muerte. Me morire besando tu loca boca fria, abrazando el racimo perdido de tu cuerpo, y buscando la luz de tus ojos cerrados.

Y asi cuando la tierra reciba nuestro abrazo iremos confundidos en una sola muerte a vivir para siempre la eternidad de un beso. Soneto XCIV Si muero sobreviveme con tanta fuerza pura que despiertes la furia del palido y del frio, de sur a sur levanta tus ojos indelebles, de sol a sol que suene tu boca de guitarra. No quiero que vacilen tu risa ni tus pasos, no quiero que se muera mi herencia de alegria, no llames a mi pecho, estoy ausente. Vive en mi ausencia como en una casa. Es una casa tan grande la ausencia que pasaras en ella a traves de los muros y colgaras los cuadros en el aire. Es una casa tan transparente la ausencia ue yo sin vida te vere vivir y si sufres, mi amor, me morire otra vez. Soneto XCV Quienes se amaron como nosotros? Busquemos las antiguas cenizas del corazon quemado y alli que caigan uno por uno nuestros besos hasta que resucite la flor deshabitada. Amemos el amor que consumio su fruto y descendio a la tierra con rostro y poderio: tu y yo somos la luz que continua, su inquebrantable espiga delicada. Al amor sepultado por tanto tiempo frio, por nieve y primavera, por olvido y otono, acerquemos la luz de una nueva manzana, de la frescura abierta por una nueva herida, como el amor antiguo que camina en silencio or una eternidad de bocas enterradas. Soneto XCVI Pienso, esta epoca en que tu me amaste se ira por otra azul sustituida, sera otra piel sobre los mismos huesos, otros ojos veran la primavera. Nadie de los que ataron esta hora, de los que conversaron con el humo, gobiernos, traficantes, transeuntes, continuaran moviendose en sus hilos. Se iran los crueles dioses con anteojos, los peludos carnivoros con libro, los pulgones y los pipipasseyros. Y cuando este recien lavado el mundo naceran otros ojos en el agua y crecera sin lagrimas el trigo. Soneto XCVII Hay que volar en este tiempo, a donde? Sin alas, sin avion, volar sin duda: a los pasos pasaron sin remedio, no elevaron los pies del pasajero. Hay que volar a cada instante como las aguilas, las moscas y los dias, hay que vencer los ojos de Saturno y establecer alli nuevas campanas. Ya no bastan zapatos ni caminos, ya no sirve la tierra a los errantes, ya cruzaron la noche las raices, y tu apareceras en otra estrella determinadamente transitoria convertida por fin en amapola. Soneto XCVIII Y esta palabra, este papel escrito por las mil manos de una sola mano, no queda en ti, no sirve para suenos, cae a la tierra: alli se continua. No importa que la luz o la alabanza se derramen y salgan de la copa i fueron un tenaz temblor del vino, si se tino tu boca de amaranto. No quiere mas la silaba tardia, lo que trae y retrae el arrecife de mis recuerdos, la irritada espuma, no quiere mas sino escribir tu nombre. Y aunque lo calle mi sombrio amor mas tarde lo dira la primavera. Soneto XCIX Otros dias vendran, sera entendido el silencio de plantas y planetas y cuantas cosas puras pasaran! Tendran olor a luna los violines! El pan sera tal vez como tu eres: tendra tu voz, tu condicion de trigo, y hablaran otras cosas con tu voz: los caballos perdidos del Otono. Aunque no sea como esta dispuesto el amor llenara grandes barricas omo la antigua miel de los pastores, y tu en el polvo de mi corazon (en donde habran inmensos almacenes) iras y volveras entre sandias. Soneto C En medio de la tierra apartare las esmeraldas para divisarte y tu estaras copiando las espigas con una pluma de agua mensajera. Que mundo! Que profundo perejil! Que nave navegando en la dulzura! Y tu tal vez y yo tal vez topacio! Ya no habra division en las campanas. Ya no habra sino todo el aire libre, las manzanas llevadas por el viento, el suculento libro en la enramada, y alli donde respiran los claveles fundaremos un traje que resista la eternidad de un beso victorioso.